Bueno, otro bonito romance a la vista. Yo sólo espero que la cuide como siempre ha hecho. Rowan es muy especial para mí. Sé que él sabrá cuidarla.
Lestat de Lioncourt
Siempre hay noches en las que no se
puede conciliar el sueño. Por mucho que todo parezca en calma sabes
que ahí afuera, donde las luces resplandecen como si fuera
luciérnagas, existen peligros terribles y desconocidos. La suave
brisa que movía las copas de los árboles también traía consigo el
aroma de las flores que aún poseía el jardín. No era una noche
fría, pero el otoño ya estaba dando color a varias ramas de los
árboles de la parte trasera de aquel pequeño paraíso. Había
salido de la cama, con el pijama mal acomodado y una bata fina mal
cerrada. Tenía el pelo revuelto, las gafas las había dejado en la
mesilla y en sus manos había una lata de cerveza.
Salir al jardín descalzo, sintiendo la
hierva crecida entre sus dedos, podía ser considerado síntoma de
locura. Caminaba con una dirección marcada, bien conocida, hacia la
tumba donde yacían los viejos huesos de su hijo y Emaleth. Lasher
parecía un fantasma más en sus recuerdos, pero había regresado con
mayor viveza que nunca. Igual que Julien. Todos danzaban con cuerpos
nuevos, mucho más resistentes y jóvenes. Los pactos y trucos sucios
con entidades superiores, mucho más peligrosas de lo que jamás
pudieron vislumbrar sus antepasados, los había cambiado. Todo había
cambiado.
Ahí fuera el pueblo secreto se estaba
reuniendo. Oberon parecía exultante de alegría. Inclusive había
telefoneado a última hora de la tarde. Todos estaban bien, decía.
No había problema alguno. Comentó que Ashlar parecía más
misterioso que nunca, además de severo. Había marcado pautas,
dictado ciertas normas que antes jamás hubiese siquiera pensado y
estaban ideando un plan para mantenerse en contacto con nosotros,
aunque haciendo su propia vida sin tener que depender eternamente del
hospital. Por otro lado, Rowan parecía cansada de escuchar esas
historias. Ella no quería saber nada más sobre los Taltos y su
vinculación con todos nosotros. Ni siquiera deseaba saber qué
estaba tramando Julien con todo eso. Ella sólo quería descansar.
Estaba rota.
Rowan tenía un aspecto más joven y
fresco, pero había dejado de ser una mujer en el término estricto.
No podía concebir. Él seguía con las visiones, aunque las
controlaba. Por primera vez controlaba todos sus poderes. Olivier se
había puesto en contacto con ellos, tras tantos años, sólo para
comentarle un par de detalles de una nueva línea de investigación
sobre la familia. Él no dijo nada. Tan sólo dejó que hablara aquel
viejo amigo. Escuchó atentamente cada palabra, saboreándola como
esa amarga cerveza que portaba en su diestra, y cuando terminó le
dio las buenas noches y colgó.
Cuando sus pies llegaron al borde de la
tumba se arrodilló y dio un trago a su cerveza. Allí, de rodillas
como si rezara, se preguntó porque las cosas no sucedieron de forma
distinta. Hubiese dado cualquier cosa por ese niño. Deliraba con
comprarle coches, enseñarlo a leer, llevarlo al colegio tomado de la
mano y contarle viejas historias de bomberos como solía hacer su
padre. Quería ser un buen padre. Siempre había deseado serlo. Rowan
y él tenían ciertas esperanzas con Hazel, pero no era su hija.
Nunca tendría un hijo propio. Uno del cual sentirse orgulloso por
completo. Tan sólo tendría monstruos que gritaran su nombre
mientras él los miraba furioso. Ni siquiera Morrigan pudo borrar el
horror de todo aquello.
—Michael—escuchó su nombre de boca
de la única persona que parecía importarle su estado—. Michael,
no son horas para la jardinería.
Ella estaba en la ventana, cubriendo su
cuerpo con una bata rosa pálido. Tenía una figura delgada, de
estrecha cintura, y parecía tan frágil que incluso desde allí
abajo, desde el jardín, él podía romperla con la mirada. Se
incorporó tras dar un trago a la cerveza y tirar el resto sobre la
tumba.
—Michael... ¿estabas
bebiendo?—preguntó con cierto asombro que pudo notarse en su tono
de voz—. Bebías...—dijo ligeramente molesta.
—No podía dormir—dijo alzando la
voz.
—Me decepcionas, Michael—respondió
cerrando la ventana, apagando la luz, para marcharse nuevamente a la
cama.
Él decidió regresar a la habitación.
Mientras subía por las escaleras observó a tantos rostros como
cuadros había. Cada mirada tenía una expresión única. La mirada
más siniestra siempre había sido la de Julien. Era un rostro
bondadoso, de frente despejada y unos magníficos ojos azules. Sin
embargo, las sombras jugaban una mala pasada. Parecía uno de esos
villanos terribles que destruían todo a su paso, pero cuando se
aproximaba uno al cuadro perdía cualquier matiz de malicia y veías
en ellos una sonora carcajada plasmada para siempre. Los numerosos
artistas que habían pintado a los distintos Mayfair eran magníficos.
Tenían detalles prodigiosos. Él se preguntó si Rowan no desearía
uno de esos cuadros, pero nada más cruzar la puerta desechó
cualquier idea. Ella no era como todos allí. Ni siquiera él podía
aproximarse poder compararse con ella. Era una extraña aún en esa
ciudad. A pesar del tiempo transcurrido en ella, y de haber nacido
inclusive prácticamente bajo el techo que los refugiaba, seguía
siendo una extranjera. Él no. Él podía describir cada casa, calle,
parque o establecimiento con los ojos cerrados y una sonrisa en sus
gentiles labios.
—Rowan...—pronunció su nombre con
cierta preocupación y ternura—. Rowan...
—Estoy molesta contigo, Michael—dijo
dándole la espalda.
Llevaba tan sólo un camisón de
diminutas tiras. Era de color rosa pálido, igual que la bata y las
zapatillas, que le daban un aspecto aún más delicado a su piel. Sus
cabellos rizados caían sobre la almohada, parecían un mar dorado
cargado de bravas olas. La manta cubría ligeramente su cuerpo. Su
espalda estaba al descubierto, pues se había girado rápidamente tan
sólo para no verlo.
—Y yo preocupado—susurró
sentándose en la cama—. Muy preocupado.
—¿Por qué? Ya no tienes que pensar
en las cosas que puedan pasarme en las noches que me alejaba de ti.
Todo se acabó entre ese vampiro y yo—parecía cansada de dar
explicaciones, o quizás dolida porque debía darlas aún.
Michael dejó la lata vacía sobre la
mesilla y decidió meterse en la cama.
—Ya no tengo nada, Michael. Sólo
tengo vacío—aquellas palabras le alarmaron—. Siempre han hecho
con mi vida lo que han deseado. Nunca puedo decidir yo—se incorporó
y se sentó con la espalda contra el cabezal.
No pudo resistirse en mirarla
completamente obnubilado. Tenía un perfil hermoso, como el de muchas
Mayfair, con unos ojos enormes de pestañas pobladas y largas. Poseía
una boca pequeña, ligeramente carnosa, y unos pómulos marcados.
Siempre parecía triste, como ausente, pero a la vez fría y sincera
hasta llegar a ser hiriente. Sus delgadas manos estaban sobre las
sábanas, arrugándolas ligeramente. Él sabía que podía romper a
llorar en cualquier momento.
—Ni siquiera pude decidir sobre mi
cuerpo—susurró dejando escapar una lágrima.
No lo pensó. Se abrazó a ella y
cubrió su rostro con pequeños besos. Ella lo rodeó hundiéndose en
su pecho, dejando que las lágrimas empaparan el pijama de su esposo
y humedecieran aún más sus mejillas. Tiritaba como si tuviese frío,
pero sólo sentía cierto dolor que no se iba.
—Te amo—dijo tomándola del
rostro—. Te amo cada día más. Aprendo a tu lado a vivir y a
soportar una carga terrible. Nadie debería estar en nuestra
situación—era sincero, ella lo sabía. Sus ojos azules se clavaban
en los suyos grises y aguados.
Sus labios se rozaron fundiéndose.
Aquel beso era el más apasionado en semanas. Ella sabía que había
descuidado su matrimonio en multitud de ocasiones. Había impuesto su
trabajo, la ciencia, las diversas aventuras y el conocimiento al
amor. Se había comportado de forma fría, pero era porque tenía
miedo. Si él tenía miedo, ella tenía mucho más. Temía amar y
perder todo. Ya había perdido parte de su corazón con su madre
adoptiva. Aún recordaba los últimos días arrojada al lado suya,
tomándole la mano, mientras el cáncer la mataba. No quería que lo
que quedaba de su corazón, de su maltrecha alma, se lo llevaran con
facilidad. Pero ya estaba dispuesta a todo. Aquel beso la encendió.
Él comenzó a dejar caricias en sus
mejillas, apartando algún que otro mechón de cabello, para luego
deslizar sus manos por sus hombros llevándose entre sus dedos los
tirantes de su camisón. Los hombros de Rowan quedaron desnudos, pero
pronto fueron cubiertos por los labios de su esposo. Michael dejaba
suaves y breves besos sobre estos. La respiración de ambos se
aceleró ligeramente. Con cuidado acabó quitando su camisón,
echándolo a un lado, para hundir su rostro entre sus cálidos
pechos. No llevaba ropa interior, salvo unas cómodas bragas de color
blanco con ligera lencería en los laterales.
Ella le quitó la bata y la parte
superior del pijama sin tener que luchar demasiado, para luego bajar
sus manos por sus costados e introducir la diestra dentro de la
bragueta del pantalón. Palpó la entrepierna de su esposo, y lo hizo
por encima de la tela del boxer. Michael agarró su pecho izquierdo
con su mano diestra, con la zurda se apoyaba en la cama, mientras el
pecho derecho era devorado con ansias por su dientes y lengua.
Rowan apartó las sábanas y volvió a
su tarea. Acariciaba sus costados, bajaba sus manos hasta aquella
abultada zona y poco a poco decidió desabrochar por completo el
pantalón, sacando de ese modo el miembro por encima del elástico
del boxer.
Michael se entretenía en los pliegues
de sus pechos, justo bajo estos, oliendo su piel y sintiendo su calor
sobre sus mejillas. Ella podía sentir el vello de su rostro rozar
libremente aquella zona tan delicada. Movía su muñeca de forma que
su mano abarcara todo el miembro, pero detenía sus dedos en el
glande para pellizcarlo suavemente y deslizar con cuidado las yemas
hasta llegar prácticamente a sus testículos.
Sin embargo, ella acabó recostada
sobre el colchón y las diversas almohadas. Él colocó sus manos
sobre sus caderas, jugando con la ropa interior de su esposa,
mientras la miraba con deseo. Un breve suspiro se escapó de los
labios de aquella mujer, que siempre se mantenía firme en todo y en
esos momentos se derretía en cada caricia. Finalmente ella quedó
desnuda, tal y como vino al mundo, y él decidió terminar lo que
ella había comenzado.
Ambos desnudos, piel contra piel, se
abrazaron y besaron mientras paseaban sus dedos por cada trozo de sus
cuerpos. Las largas piernas de Rowan se abrieron abarcando a Michael,
aunque se sentía ligeramente presionada por su peso y estatura, pero
este se deslizó sobre ella y acabó entre sus piernas.
Dejó varios besos en su vientre, un
par de mordiscos en sus muslos y unas lamidas sutiles en sus ingles
antes de comenzar a hundir su lengua dentro de su vagina. Acariciaba
su clítoris, rodeándolo y succionándolo, para luego clavar la
lengua, como si fuera una daga, en su pequeño orificio. Mordía los
labios inferiores, succionaba algunas de sus partes y se deleitaba
con los fluidos que ella indudablemente empezaba a tener. Se
humedecía. El calor calentaba sus mejillas y le daban un calor
rosado intenso casi rojizo. Terminó por colocar sus manos sobre la
cabeza de Michael, tirando de sus ondulados cabellos. Ella movía sus
caderas para obtener más placer, pero lo hacía por inercia. Todo
era natural, completamente espontáneo y desesperado.
Ella lo apartó mirándolo desafiante.
Aún había restos de sus lágrimas en sus ojos, pero lo que veía en
ellos en ese momento era lujuria. Tiró de él hacia ella y acabó
tumbado sobre su cuerpo, abriendo bien sus piernas para rodearlo.
Entró de una sola vez, aunque con
cierto cuidado. Ella gimió y gritó a la vez. Era un grito de dolor
y placer que se mezclaban hasta hacer un cóctel explosivo. Su
miembro era demasiado ancho y largo, siempre lo había sido. El sexo
con Michael dejaba un delicioso ardor que las volvía completamente
locas. Cada embestida era un jadeo por parte de ambos. Sus voces se
unían y sus labios se buscaban. Él no paraba de besarla y ella
arañaba su espalda, aunque acabó clavándolas en ambas nalgas para
ayudarle a hacer cada movimiento más profundo.
Sus pezones, completamente duros y
adoloridos por los mordiscos, rozaban su torso ancho y musculado.
Parecían dos tentadores flanes con una deliciosa guinda café
clamando por ser saboreada, succionada y mordisqueada.
En cierto momento paró, se tumbó en
la cama y la subió sobre él. Verla convertida en una amazona
siempre le fascinaba. La tomó de la cadera con la mano derecha, pero
la izquierda fue a sus pechos. Ella lo miraba con unos ojos parecidos
a los de un animal salvaje. Lo devoraba. Cada movimiento de su cadera
los aproximaba al orgasmo final. Cuando sobrevino ella botaba libre,
sintiendo que aquel semental se doblegaba a sus instintos más bajos.
Ella gimió más alto que nunca, sus
músculos se tensaron y dejó que su orgasmo final llegara. Sus
pezones estaban completamente duros, sus manos se enterraron como
garras los laterales del vientre de su esposo, los dedos de sus pies
se encogieron y los músculos de su vagina apretaron con fuerza su
pene. Michael no tardó más de un par de estocadas.
Finalmente se abrazaron. Ella cayó
sobre él, él la rodeó y subió las sábanas para cubrir a ambos.
No dudó en besar su rostro. Hacía aquello como si fuera un ritual
sagrado. Él besaba a su ángel, al ángel que le había salvado mil
veces. Ella se dejaba llevar por el hombre que le había ofrecido
misterio a su vida. Pero, sobre todo, lo que Michael le había dado
era su corazón por entero.
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