Cuando conocí a Ashlar no tuve el placer de poder conversar con él. Ya era un ser muerto, conservado en hielo y fruto de las lágrimas de los tres hijos que sobrevivieron al desastre. Silas lo envenenó lentamente. No pudo detener aquella locura. Él no se veía capaz de matar a su pueblo.
Aquí una carta que dejó a Rowan y Michael. Él tenía esperanzas que pudieran salvar algo.
Lestat de Lioncourt
Desde lo profundo de nuestros
recuerdos, más allá de la vida y la muerte, se puede escuchar el
eco del valle. Las almas danzan alrededor de las viejas piedras, las
mismas que aún poseen un significado oculto para el mundo. Se alzan
gigantescas, gloriosas, cubiertas de una pátina de misterio y
belleza. Allí, reunidos bajo las estrellas, aún se pueden encontrar
las almas de los que acudieron a celebrar la vida. Irónicamente
también fue el lugar donde otros celebraron la muerte, el odio, la
miseria y el dolor. Ardieron tantos, pero tantos. Lloraron cientos de
niños con cuerpos de hombres, de rostro hermoso y ojos intensos como
sus padres. No pudieron calmar sus gritos. Nadie pudo callar la
miseria que allí sucedió. El dolor en mi corazón, en el corazón
de todo aquel que puede recordar el valle. Siempre iremos al valle
estemos vivos o muertos. Caminaremos danzando hacia las tierras que
nos acogieron.
Siempre fui el líder. Jamás tuve otra
condición. Un macho joven, atlético y sin miedo a imponer nuevos
retos. Alguien que desafiaba a todos con la mirada y una sonrisa
bondadosa. Quería salvarlos y darles una nueva tierra. Fui quien
construyó las balsas, el mismo que inventó miles de objetos. Amaba
a mi pueblo y ellos me amaban a mí. Mis queridos hermanos, hermanas,
amantes, nietos y restantes familiares. Éramos una gran familia.
Nosotros vivíamos un amor puro, intenso y lleno de rituales para
mantenernos en paz. Quise hacer lo mismo con mi familia, con mi nuevo
pueblo y fracasé.
Hubo sangre, dolor, tragedia y cientos
de los nuestros perecieron. Mis hijos, mis nietos y mi legado cayó
en manos de desalmados peores que nosotros mismos. Ella dormía.
Siempre dormía llena de dolor. Ella, la mujer que amé por última
vez, me desafiaba. Juraba que yo amaba a otra mujer, la bruja que
conocí en mi periplo buscando una compañera. Me marcó con sus ojos
verdes, me juró que no la amaba y eso era falso. Amé a todos en
aquella isla tropical. Los amé intensamente.
Era un misterio inclusive para mis
hijos. Intentaba ser recto, dedicado, amable con todos ellos
ofreciéndoles todo lo que me pedían y jamás pude imponerme ante
los nuevos nacimientos. No podía matar la vida que surgía. Había
vivido tanto tiempo solo con mi amargura, recordando los ríos de
sangre manchando el pasto verde de nuestro valle. No podía. No era
capaz. Matar no era lo que yo deseaba. Si mis manos se manchaban de
sangre sería ayudando en un parto, no matando al nuevo Taltos.
Quisiera gritar alzando mis brazos a
las estrellas. Necesito volver a alcanzar esa chispa de felicidad.
Fui feliz. Me sentí dichoso. Jamás dejé de verlos a todos como la
esperanza. El pueblo secreto, el pueblo de los Taltos. No nacimos
humanos, no éramos humanos. Nosotros, criaturas bondadosas, nos
torcimos en algún momento y la maldad se apoderó de todos nosotros.
La ambición contaminó a mis hijos, la soledad me abrazó de nuevo y
yo abracé a mi amada pelirroja por última vez. Envenenados,
torturados por el dolor, y finalmente congelados esperando ser
salvados. Mis hijos, mi legado, mi dinero y mis memorias quedaron
abandonadas en una isla. Nos convertimos en náufragos de la historia
y prácticamente zozobramos ante las costas de un mito que se diluye,
y se pierde por siempre.
No me llamen santo. No fui santo. Sólo
fui un padre que únicamente pudo llorar la crueldad de sus hijos,
pues fue incapaz de contener la rabia y la codicia que germinaba en
sus jóvenes corazones.
Rowan... Michael... salvadnos. Salvad
lo que queda de mi pueblo.
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