Khayman ha regresado con una nueva joya. Realmente espero que siga haciéndolo. Es el más viejo de todos. Más de 6.000 años son muchos años.
Lestat de Lioncourt
Es un mundo extraño de personas
extrañas que miran con extrañeza la simplicidad de sus vidas.
Caminas bajo las diáfanas luces de las ciudades sintiéndose solos
en medio de una montaña de almas que transportan los cadáveres de
viejos sueños, momentos felices desdibujados y de sonrisas amargas.
Personas que beben sus vidas y las ahogan en whisky barato. El humo
del cigarrillo se convierte en un aroma dulce junto al del carburador
de los motores encendidos. El tráfico tiene su propio perfume, y es
pegajoso como la colonia de las damas de alta sociedad. También
posee una melodía perfecta de dolor y esperanza. Todos poseen una
esperanza, aunque sea vana, y de éste podo se permiten vivir.
He visto tantas ciudades y todas son la
misma. No importa que tan alejado esté de casa, si es que aún poseo
una, porque siempre termino encontrándome los mismos problemas
clavados en el alma. Los villanos siempre sonríen despreocupados,
sobre todo cuando me acerco a darles último beso de buenas noches.
Mi automóvil se desplaza por la ciudad como si fuera un gigantesco
ataúd, la radio se convierte en plegarias por las almas arrebatadas
y el vino de la misa es la sangre que recorre mi garganta y calienta
mis mejillas.
Hoy regresé a tu lado. Permití que
mis ojos se hirieran con el fuego de tu cabello. Estabas desnuda en
aquella habitación y tejías. Tus dedos se movían sobre el telar
como las patas de una araña. Parecías tan concentrada que me sentí
tentado a guardar silencio, pero sé que sabías que estaba allí
deleitándome con tu magnífico espectáculo. Tu espalda diminuta, de
hombros pequeños, te hacía lucir como una muñeca sin hilos. Me
acerqué a ti, con las manos vacías, para colocarlas sobre tus
brazos y deslizarlas hasta tus muñecas.
—La bondad de tus manos, siempre
olvido la bondad de tus manos—dijiste girándote suavemente.
Varios cabellos cubrían tus pechos
desnudos. Parecías una diosa perversa, pero a la vez eras la mujer
que arranqué de su tierra para ser condenada. Yo te condené. Nos
condenamos todos. Eras tan hermosa. Tu hermana tan salvaje y tú
también. Os quise a ambas, pero me enamoré de ti. Aún recuerdo la
maldición. Ella, tú y yo malditos por siempre. Malditos sin poder
ver la luz del sol. Convertidos en monstruos grotescos que parecían
carecer de alma, pero si te seguí amando y necesitando era porque
aún era el hombre que conociste. Cometí grandes pecados. Pero el
mayor de todo lo cometo a diario cuando me aparto, salgo a las
junglas de asfalto y sonrío con cierta malicia a los extraños que
caminan a mi lado.
—Yo siempre regresaré para
recordarte cuanto te amo—susurré besando tus mejillas y tú me
abrazaste.
Un abrazo. Algo tan simple y poderoso.
Un abrazo que transmite todo. Transmitió paz ese abrazo. Una paz y
un amor tan fuertes como la paz y el amor que yo deseaba darte.
Maharet, tú siempre serás para mí el símbolo de lo que soy
realmente.
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