"El espectro de mi vida" es un texto de terror de nuestro compañero David. Es su infancia. No es sólo un texto más. También es un enigma.
Lestat de Lioncourt
Tan sólo tenía diez años. El cuerpo
era menudo, algo pequeño para su edad, y sus enormes ojos tenían
una vida especial. Siempre estaba enfermo. Había visto muchas cosas,
escuchado cientos de palabras susurradas cerca de sus pequeñas
orejas y sentido como el vello se erizaba. Era un niño especial. La
mansión donde vivía, la cual pertenecía a su familia desde su
construcción, era formidable. Sin embargo, sabía bien que era un
lugar donde muchos aparecían de la nada, le llamaban y esperaban que
pudieran calmar sus miedos.
Él no sabía lo que era tener miedo.
Vivía todo como un juego. Pequeñas visiones de otros mundos, unos
más hermosos que otros, en los cuales se inmiscuía con total
naturalidad. Sonreía a los ancianos, jugaba con los niños y
tranquilizaba a las mujeres más afligidas. Nunca había ocultado sus
conversaciones, ni sus visiones. Su padre temía que la muerte
rondara al pequeño, pues David parecía vivir entre la vida y la
muerte.
Aquel día de otoño, próximo al día
de los Santos Difuntos, se despertó debido al golpeteo insistente de
las ramas torcidas del roble del jardín contra su ventana. Las
sombras que generaba no le eran preocupantes. Nada le preocupaba. Sin
embargo, escuchó murmullos. La habitación estaba fría, la humedad
había desaparecido y sentía como algo estaba sentado junto a él.
El peso de aquel volumen de energía hundía ligeramente el colchón
y provocaba que él mirara insistentemente hacia la nada, hacia el
vacío que dejaba, pues deseaba darle forma.
—¿Qué deseas?—preguntó
incorporándose—. No son horas.
No hubo respuesta.
—Necesito dormir—explicó.
El pequeño se recostó de nuevo,
quedando tumbado boca arriba. Sus mejillas se enfriaban, igual que la
punta de sus dedos, mientras aquel ser permanecía a su lado
custodiándolo. Albergaba la esperanza que le hablara. Pero él
estaba realmente agotado. Se sentía con sus defensas bajas, casi al
límite, y con las energías al límite de la extenuación. Sus
pequeños párpados se bajaban, su respiración se apaciguaba y
volvía mínima. Pronto quedó dormido. Parecía un ángel con el
pelo revuelto.
La noche continuó como si nada. Fuera
la lluvia apareció con una terrible tormenta. La casa crujía. Las
viejas construcciones siempre tienen ruidos, pues parecen tener vida
propia, y las ramas seguían golpeando fuertemente la ventana. Tan
fuerte golpeó la rama que terminó rompiéndose uno de los
cristales. Aquello provocó que volviera a despertarse.
La presencia persistía. El frío era
aún más intenso. Casi congelaba sus pequeños pulmones. Sentía
como le vigilaban en plena noche, igual que una pantera esperando
saltar sobre ti en plena jungla. Esta vez no tenía energía para
incorporarse. Tan sólo buscó el bulto en su cama y clavó sus ojos
en el vacío.
—¿Qué deseas?—preguntó agotado y
tembloroso por el frío.
Percibió entonces como le tocaban el
pelo, acariciaban sus mejillas y tomaban sus manos. Él simplemente
esperaba ver el rostro de aquel espíritu. Quería ayudar. Su único
deseo era que parara. No tenía miedo, pero estaba sintiéndose
fatigado.
—Te amo—escuchó la voz de una
mujer—. Volveré a por ti.
No comprendió ese mensaje hasta años
más tarde. Ya era un anciano, con sus terribles achaques. Había
vivido por y para los espíritus, casos sin resolver y seres
extraños. Estaba tirado en el suelo, con un cuerpo que no era el
suyo, y aquella presencia regresó. Ésta vez tenía cuerpo y un
rostro aniñado. Se aproximó a él, se arrodilló y besó sus
labios.
David jamás comprendió realmente el
mensaje, y aún desea averiguar porque tanto misterio. A veces, cree
que es el propio destino encarnado en un espectro. Si bien, eso no
tiene sentido. Aunque sí una vieja historia de la mansión Talbot.
Una mujer que vivió allí mucho antes, que era bruja, y terminó
ahorcada y quemada. Era una doncella humilde, trabajaba lavando y
remendando prendas. Fue asesinada porque decían que había matado a
su hijo. Poco después supo que era parte del legado de la familia,
que por ello se compraron los terrenos y se hizo la mansión. Es la
única explicación que él puede llegar a aceptar.
La mansión siempre ha estado allí. La
recuperó como gran parte de su patrimonio. Las viejas habitaciones
acumulaban soledad. La mayor parte del tiempo se encontraba en otros
lugares, sumergido en nuevas y desafiantes historias. Talamasca había
quedado atrás. Aquellos sabios que desearon tenerlo junto a él, y
adorarlo cual Dios, debido a su poder, habían desaparecido de su
vida. Podía ir y venir de un lado a otro sin dar explicaciones. Sus
padres habían muerto. Muchos de sus familiares ya eran polvo en los
cementerios. Los viejos guardeses habían sido cambiado por otros. El
mundo seguía. Pero la mansión se mantenía inalterable, con sus
ruidos y siniestras sombras. Aún se escuchan pasos, frases
incompletas y proféticas palabras. Si bien, no hay rastro de ella.
Nada de esa mujer. Es absurdo que realmente se crea la segunda
teoría, pero es la más sensata.
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