Memnoch está buscando aún sus diez almas y yo sigo diciendo que no le creo. Que diga el Demonio lo que quiera, a mí plin.
Lestat de Lioncourt
Llevaba varias horas apostado en una
calle. La lluvia caía como si fueran las lágrimas de un Dios
inocente, que llora por todos y cada uno de sus hijos, junto a un
coro de ángeles que cantan alabanzas terribles sobre lo sucedido.
Los rayos y truenos parecían romper el mundo en mil pedazos. El
cielo, completamente oscuro, no dejaba ver bien la silueta de la
ciudad. No había luz. Ni una sola farola funcionaba. Los habitantes
de la gran ciudad, una cualquiera, se arremolinaban entorno a velas
que se encendían precipitadamente. No había televisor que les
lavase el cerebro, ni música que calmase sus almas o Internet que se
inyectara como una droga a través de las ondas. No. No había nada.
Sólo quedaba el silencio de los coches intentando llegar a casa,
rozando el asfalto y pisando charcos que se acumulaban. Alguna que
otra pisada a lo lejos, un par de gritos, una charla amena, un niño
que llora y un par de ancianos que rezan sus oraciones es todo lo que
queda de una urbe bulliciosa.
Contemplaba aquello con fascinación.
Era como si nunca hubiese visto el mundo. Pero él conocía bien
todos sus secretos. Podía leer el alma de aquel paraíso destrozado
y desquiciado. Sabía palpar los muros de tal forma que podía
derrumbarlos. Sin embargo, permanecía quieto con aquella pose de
chico perdido. Sus largos cabellos rubios se pegaban a su rostro, sus
cejas se fruncían suavemente por algún ruido nuevo y miraba con
curiosidad cualquier acción humana. Él no confiaba en su verdad,
pero su libro seguía vendiéndose en todo el mundo. Ya nada podía
cambiar.
Tenía una misión, pero la había
olvidado. Salvar diez auténticas almas. Mostrarle a Dios que todos
eran perfectos para estar en su reino. Y, sin embargo, estaba allí
parado obsesionado con el mundo moderno y con las dificultades que se
ponían en su camino. Aún no había determinado como hacer la criba.
Tal vez por la inocencia y curiosidad. Almas como las de ese vampiro
que le había dado la espalda. Un vampiro que juraba que él le había
mentido, que la iglesia estaba corrupta y que no caería de nuevo en
sus trucos baratos. Ya lo veía como una fábula, un cuento para irse
a dormir, cuando era tan real como él. Sintió deseos de ir a su
encuentro, de viajar hasta donde se encontraba y besar su frente
diciéndole: Te perdono.
El frío comenzaba a penetrar en su
carne, calando sus huesos, mientras algunos viandantes alocados, que
buscaban refugio, reparaban en él. Allí de pie, como una aparición,
era sospechoso, pues parecía esperar un milagro que no llegaba. Un
loco más, suponían. Pero no, era el Diablo. El Diablo en persona.
Un ser grotesco según las diversas religiones, pero él poseía un
rostro perfilado por la belleza y el desconsuelo.
—¿Cómo podré encontrar esas diez
almas?—murmuró para sí mismo—. Si ni siquiera puedo convencer a
un vampiro ególatra.
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