Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 30 de noviembre de 2014

El monstruo

Memnoch sigue intentando convencernos que él no es el culpable... ¡Y yo me lo creo! 

Lestat de Lioncourt 


Las calles están repletas de almas solitarias. En este mundo moderno donde todo tiene fecha de caducidad, o simplemente deja de estar a la moda, los milagros no existen. Las noticias que no salen en televisión no son veraces, no llegan a la mayoría y si llegan están tan sesgadas como deseen los propietarios del gran oligopolio de las comunicaciones. Miles han abandonado la fe en Dios y se han encaminado a la fe barata del dinero. La propia iglesia ha caído de rodillas ante el brillo dorado de las monedas que arrojan a sus templos. Muchos hombres, pescadores de almas y beneficios, deciden prácticamente quien muere y quien vive. Sus conciencias están limpias y pueden dormir por las noches. Los corazones ya no tienen esperanza, pues la mayoría se han convertido en piezas oscuras imposibles de amar. Si bien, la bondad existe. Sí, existe. Sin embargo, aunque existe es difícil de creer. Sólo vemos el lado oscuro del mundo, ese que es mucho más fácil de contemplar.

Mientras quede una brizna de pureza, aunque sea en las lágrimas de un anciano y en la sonrisa de un niño recién nacido, el mundo tendrá posibilidades. Sin embargo, Dios abandonó su proyecto más preciado hace mucho tiempo. Han quedado solos, desamparados, olvidados y convertidos en pura leyenda. No son lo importante. Si quieren acercarse a él pueden hacerlo, él no rechazará la presencia de sus hijos en el Reino de los Cielos, pero es casi imposible en un mundo donde miles de humanos se convierten en sus propios demonios y susurran al oído de otros tantos. La libertad desmedida, la escasa información y la carencia de fe, han obligado a muchos a recorrer el infierno arrastrando sus cadenas.


No permanezco contemplativo. He decidido hace mucho bajar una y otra vez a las calles de las grandes ciudades, recorrido pueblos casi desérticos, contemplado la muerte en el punto de mira del arma reglamentaria de un soldado, escuchado las bombas caer en Gaza, corrido junto a un ladronzuelo, recorrido el desierto con hambre y sed, vivido entre los más humildes y despreciado a los ricos gracias a la muerte de otros mientras me manifestaba junto a jóvenes que parecían descreído. Soy el demonio. Soy el culpable que todos desean sacrificar. Sin embargo, recorro el mundo buscando diez almas. Sólo son diez almas. Diez hermosas almas. Un día las encontraré y salvaré al mundo del mismo modo que lo intentó Jesús. Yo no fallaré. Yo ya os conozco bien.  

viernes, 10 de octubre de 2014

Diez almas

Memnoch está buscando aún sus diez almas y yo sigo diciendo que no le creo. Que diga el Demonio lo que quiera, a mí plin. 

Lestat de Lioncourt

Llevaba varias horas apostado en una calle. La lluvia caía como si fueran las lágrimas de un Dios inocente, que llora por todos y cada uno de sus hijos, junto a un coro de ángeles que cantan alabanzas terribles sobre lo sucedido. Los rayos y truenos parecían romper el mundo en mil pedazos. El cielo, completamente oscuro, no dejaba ver bien la silueta de la ciudad. No había luz. Ni una sola farola funcionaba. Los habitantes de la gran ciudad, una cualquiera, se arremolinaban entorno a velas que se encendían precipitadamente. No había televisor que les lavase el cerebro, ni música que calmase sus almas o Internet que se inyectara como una droga a través de las ondas. No. No había nada. Sólo quedaba el silencio de los coches intentando llegar a casa, rozando el asfalto y pisando charcos que se acumulaban. Alguna que otra pisada a lo lejos, un par de gritos, una charla amena, un niño que llora y un par de ancianos que rezan sus oraciones es todo lo que queda de una urbe bulliciosa.

Contemplaba aquello con fascinación. Era como si nunca hubiese visto el mundo. Pero él conocía bien todos sus secretos. Podía leer el alma de aquel paraíso destrozado y desquiciado. Sabía palpar los muros de tal forma que podía derrumbarlos. Sin embargo, permanecía quieto con aquella pose de chico perdido. Sus largos cabellos rubios se pegaban a su rostro, sus cejas se fruncían suavemente por algún ruido nuevo y miraba con curiosidad cualquier acción humana. Él no confiaba en su verdad, pero su libro seguía vendiéndose en todo el mundo. Ya nada podía cambiar.

Tenía una misión, pero la había olvidado. Salvar diez auténticas almas. Mostrarle a Dios que todos eran perfectos para estar en su reino. Y, sin embargo, estaba allí parado obsesionado con el mundo moderno y con las dificultades que se ponían en su camino. Aún no había determinado como hacer la criba. Tal vez por la inocencia y curiosidad. Almas como las de ese vampiro que le había dado la espalda. Un vampiro que juraba que él le había mentido, que la iglesia estaba corrupta y que no caería de nuevo en sus trucos baratos. Ya lo veía como una fábula, un cuento para irse a dormir, cuando era tan real como él. Sintió deseos de ir a su encuentro, de viajar hasta donde se encontraba y besar su frente diciéndole: Te perdono.

El frío comenzaba a penetrar en su carne, calando sus huesos, mientras algunos viandantes alocados, que buscaban refugio, reparaban en él. Allí de pie, como una aparición, era sospechoso, pues parecía esperar un milagro que no llegaba. Un loco más, suponían. Pero no, era el Diablo. El Diablo en persona. Un ser grotesco según las diversas religiones, pero él poseía un rostro perfilado por la belleza y el desconsuelo.


—¿Cómo podré encontrar esas diez almas?—murmuró para sí mismo—. Si ni siquiera puedo convencer a un vampiro ególatra.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt