Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

jueves, 17 de octubre de 2013

Volverte a ver

Sus manos acariciaban sus cabellos con delicadeza, como si no quisiera aplastar los rizos que caían con hermosas ondulas hacia su cuello. El fuego consumía la madera que había sido arrojada hacía un buen rato. La nieve caía fuera precipitándose contra el alfeizar de la ventana, toqueteando el cristal y creando cierta magia en el interior de la habitación. La cama ricamente vestida, la alfombra color vino extendida sobre el suelo de piedra, el escudo recordando el pasado glorioso, el baúl tallado con mimo para que los ángeles surgieran con belleza mientras que ellos dos estaban sentados junto al fuego, muy cerca, esperando que sus cuerpos entraran en calor.

Los pliegues de su vestido verde se asemejaban a los surcos en los valles y sus dorados cabellos, completamente trenzados hasta su cintura, caían hacia un lado recordando a las espigas de trigo. El niño que dormía en sus brazos era el único hijo que deseaba proteger. Las vejaciones de su esposo, la tosquedad de sus besos, el asco que sentía al saber que era un traidor y que jamás la amó, que siempre fue para él la criada refinada que debía parir sus hijos.

Aquello debía ser un sueño. Su madre tan joven, casi una niña y aún así con tantos abortos y partos duros. Tirada en la cama, sin mucha compañía más que la partera y su propias fuerzas. Sudada, sucia, con los ojos entrecerrados rogando morir en uno de ellos para que él no volviera a tocarlo. Y finalmente el último parto la dejó tan maltrecha, tan rotundamente mal, que era incapaz de dar más hijos. El último de todos era él. Siete hijos, pero sólo tres. Dos de ellos eran estúpidos, toscos, de cabello café casi negro, ojos oscuros, piel tosca y manos aún más toscas tan similares a su esposo. Sin embargo, él era rubio, de ojos azules, piel clara y delicada, labios rosados y con una inocencia asombrosa aunque inteligente, pero siempre bajo sus faldas.

Todo se volvió blanquecino, como si se evaporara o hubiese estado compuesto de humo. La escena quedó en blanco y él despertó en la cama que compartía con Rowan. Las sábanas revueltas, el olor a su esposa impregnándolo todo, la lamparilla encendida, la ventana abierta por completo y con las cortinas ondeando como si fueran una bandera gracias a la brisa fresca del otoño, la hojasca escuchándose fuera y una figura que no alcanzaba a ver cerca, muy cerca, de la puerta donde la penumbra se hacía oscuridad.

-Sólo vine a visitarte para ver que sigues de una pieza- esa voz atercipoleada pero profunda y firme le sacó una sonrisa- He visto a tu pareja en su despacho revisando algunos archivos de sus labores como médica- se aproximó dando un par de pasos y dejó que se viera su camisa mal colocada, incluso algo abierta con parte de sus pechos asomándose, y unos pantalones ajustados algo sucios por el barro junto a unas botas, unas hermosas botas marrones algo altas- ¿No dices nada?-preguntó acomodando sus cabellos bajo su sombrero vaquero.

-He soñado contigo madre-dijo al fin incorporándose- La chimenea de tu vieja habitación donde me narrabas viejas historias, la cama mullida donde me abrazabas hasta quedar dormido y el lugar donde leías, la ventana aquella hecha con gruesos cristales y madera.

-Muy bien hijo, ahora marcho-respondió saliendo de la habitación de forma elegante para después perder el eco de sus pasos.

Se incorporó deseando abrazarla, pero ya no estaba. No era un sueño porque olía a tierra, bosque por la humedad, ramas podridas, flores silvestres y a sangre fresca. Su madre había estado allí. Aquello le sacó una sonrisa mientras se dirigía de nuevo a la cama, donde Mojo se encontraba ya tomando casi al completo el colchón.

-Quédatelo porque voy a salir, amigo mío.


Volverla a ver. Sentirla cerca. Saber que estaba bien. Escuchar su voz. Saber que estaba ahí y comprender que sólo deseaba estarlo. Todo aquello y más le hacía feliz. Era feliz.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt