Sus manos acariciaban sus cabellos con
delicadeza, como si no quisiera aplastar los rizos que caían con
hermosas ondulas hacia su cuello. El fuego consumía la madera que
había sido arrojada hacía un buen rato. La nieve caía fuera
precipitándose contra el alfeizar de la ventana, toqueteando el
cristal y creando cierta magia en el interior de la habitación. La
cama ricamente vestida, la alfombra color vino extendida sobre el
suelo de piedra, el escudo recordando el pasado glorioso, el baúl
tallado con mimo para que los ángeles surgieran con belleza mientras
que ellos dos estaban sentados junto al fuego, muy cerca, esperando
que sus cuerpos entraran en calor.
Los pliegues de su vestido verde se
asemejaban a los surcos en los valles y sus dorados cabellos,
completamente trenzados hasta su cintura, caían hacia un lado
recordando a las espigas de trigo. El niño que dormía en sus brazos
era el único hijo que deseaba proteger. Las vejaciones de su esposo,
la tosquedad de sus besos, el asco que sentía al saber que era un
traidor y que jamás la amó, que siempre fue para él la criada
refinada que debía parir sus hijos.
Aquello debía ser un sueño. Su madre
tan joven, casi una niña y aún así con tantos abortos y partos
duros. Tirada en la cama, sin mucha compañía más que la partera y
su propias fuerzas. Sudada, sucia, con los ojos entrecerrados rogando
morir en uno de ellos para que él no volviera a tocarlo. Y
finalmente el último parto la dejó tan maltrecha, tan rotundamente
mal, que era incapaz de dar más hijos. El último de todos era él.
Siete hijos, pero sólo tres. Dos de ellos eran estúpidos, toscos,
de cabello café casi negro, ojos oscuros, piel tosca y manos aún
más toscas tan similares a su esposo. Sin embargo, él era rubio, de
ojos azules, piel clara y delicada, labios rosados y con una
inocencia asombrosa aunque inteligente, pero siempre bajo sus faldas.
Todo se volvió blanquecino, como si se
evaporara o hubiese estado compuesto de humo. La escena quedó en
blanco y él despertó en la cama que compartía con Rowan. Las
sábanas revueltas, el olor a su esposa impregnándolo todo, la
lamparilla encendida, la ventana abierta por completo y con las
cortinas ondeando como si fueran una bandera gracias a la brisa
fresca del otoño, la hojasca escuchándose fuera y una figura que no
alcanzaba a ver cerca, muy cerca, de la puerta donde la penumbra se
hacía oscuridad.
-Sólo vine a visitarte para ver que
sigues de una pieza- esa voz atercipoleada pero profunda y firme le
sacó una sonrisa- He visto a tu pareja en su despacho revisando
algunos archivos de sus labores como médica- se aproximó dando un
par de pasos y dejó que se viera su camisa mal colocada, incluso
algo abierta con parte de sus pechos asomándose, y unos pantalones
ajustados algo sucios por el barro junto a unas botas, unas hermosas
botas marrones algo altas- ¿No dices nada?-preguntó acomodando sus
cabellos bajo su sombrero vaquero.
-He soñado contigo madre-dijo al fin
incorporándose- La chimenea de tu vieja habitación donde me
narrabas viejas historias, la cama mullida donde me abrazabas hasta
quedar dormido y el lugar donde leías, la ventana aquella hecha con
gruesos cristales y madera.
-Muy bien hijo, ahora marcho-respondió
saliendo de la habitación de forma elegante para después perder el
eco de sus pasos.
Se incorporó deseando abrazarla, pero
ya no estaba. No era un sueño porque olía a tierra, bosque por la
humedad, ramas podridas, flores silvestres y a sangre fresca. Su
madre había estado allí. Aquello le sacó una sonrisa mientras se
dirigía de nuevo a la cama, donde Mojo se encontraba ya tomando casi
al completo el colchón.
-Quédatelo porque voy a salir, amigo
mío.
Volverla a ver. Sentirla cerca. Saber
que estaba bien. Escuchar su voz. Saber que estaba ahí y comprender
que sólo deseaba estarlo. Todo aquello y más le hacía feliz. Era
feliz.
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