La observaba desde la ventana del
segundo piso. Sus manos acariciaban el cristal mientras las suyas
tecleaban veloces las palabras que su magnífico cerebro dictaba.
Redactaba un informe sobre uno de sus múltiples pacientes. Su nueva
vida no impedía que saliera en las noches, se dirigiera al hospital,
colocara la bata y examinara a los enfermos que había decidido que
serían su caso debido a las condiciones en las cuales habían
llegado o simplemente porque eran niños. Desde la muerte de Emaleth
había sufrido un cambio que la impulsaba a desear salvar vidas de
pacientes infantiles, y que claramente se había intensificado al
logar ser madre gracias a la ciencia.
Él se resguardaba del frío en su tres
cuartos negros con las solapas alzadas acariciando sus mejillas. Sus
ojos violáceos inspeccionaba cada movimiento de su esposa. La
espiaba porque sabía que de otro modo no podría contemplarla
trabajando. Era meticulosa y en ocasiones se molestaba porque hiciese
cientos de preguntas que a veces ni podía lograr responder antes que
formulara otra. La curiosidad se precipitaba sobre él como si fuera
un montón de piedras y fuese a quedar sepultado. Sin embargo, en
cierto momento ella se giró, lo miró, cerró los ojos unos
segundos, suspiró y se levantó para abrir la ventana mirándolo
fijamente.
-¿Qué haces ahí?-interrogó
frunciendo ligeramente el ceño.
-Observo como trabajas-la simpleza de
sus palabras motivó que se inclinara acariciando sus alborotados
cabellos.
-¿Por qué?-aquello no tenía ni pies
ni cabeza. ¿Por qué le intrigaba tanto verla ensimismada en la
documentación? ¿Qué había de increíble en ello? ¿Quizás porque
trabajaba y él sólo hizo algo similar hacía cientos de años? ¿Tal
vez era por como fruncía el ceño, se mordía los labios y volvía a
ser estatua de cera cuando daba el diagnóstico apropiado? ¿Qué
era?
-Mera curiosidad-dijo encogiéndose de
hombros- Acabo de regresar de mi paseo nocturno y me preguntaba que
hacías- movió los dedos rápidamente contra el alfeizar antes de
subirse sobre él, quedando sentado con las piernas colgando mientras
las movía incesantemente- No quería molestar.
-Lestat...
-¿Qué?
-Demonios ¿por qué te comportas como
un crío?- entonces lo miró y meditó un segundo. Por un momento
estuvo a punto de reírse ante la boba sonrisa que lucía en su
rostro- No he dicho nada. Por favor, pasa.
Una vez dentro se situó tras su
espalda, como un enorme heraldo, y observó murmurando algunas
palabras y preguntando directamente que ocurría con aquellos
pacientes, cual era la peculiaridad por la cual los había elegido
para tratar ella misma y si podían marcharse pronto para disfrutar
de la noche. Rowan sólo respondía afirmativamente a unas, de forma
más extendida a todas aquellas respecto a los enfermos y pedía
paciencia, algo imposible, a Lestat. De ese modo pasaron varias
horas.
Lestat estaba allí por algo más que
curiosidad y era porque la amaba. Amaba contemplarla en todos los
aspectos de la vida y ese era uno más.
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