Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 22 de mayo de 2017

Muerte y melodía

Este momento se deja entrever en los libros, pero nada más.

Lestat de Lioncourt

—No deberías hacer esa fiesta—dije.

Mi voz sonó gruesa, muy varonil, pero extremadamente débil. Tenía los ojos fijos en ella y no podía apartar la mirada. Era como ver una magnífica ilusión de una sirena recién salida de las aguas. Estaba desnuda mostrando su cuerpo de forma indecente, paseándose por la habitación, intentando concentrarse en qué vestido usaría. Había decenas en la cama. Tenían todos cortes provocadores y extremadamente seductores.

Sentí que me ahogaba, aunque eso era imposible. Yo sólo era un espectro sin cuerpo intentando acapararla. Una congoja extraña subía en mi garganta recordando la discusión de Carlotta con Lionel. No podía dejar de imaginar o siquiera pensar que ambos estaban tramando algo extraño. No obstante no pude escuchar demasiado porque ella giró su rostro, me miró y encendió la radio. Maldita radio.

—Eres un absurdo—contestó—. ¿Acaso no te gusta la dichosa música?—preguntó girándose hacia mí.

Su madre había muerto hacía algún tiempo, también Julien. Las personas que amaba me abandonaban. Su pequeña hija, Antha, estaba sentada en el pasillo jugando con una muñeca de trapo. Ella la hacía bailar tomándola de sus pequeños brazos y entretanto Evelyn suspiraba cansada. La hija que había tenido con Julien estaba en su mansión a cargo de una niñera, aunque ya tenía edad suficiente para defenderse sola. Sabía que venía a la fiesta arrastrada por Stella, por el amor y la confianza que ambas se tenían. Ambas brujas estaban enamoradas y deseosas de volar libres, pero a la vez sentían la fría y fuerte losa de la familia.

—Me gusta, pero tengo un mal presentimiento—aclaré.

—Tú eres el mal presentimiento, Impulsor—me reclamó frunciendo el ceño.

—Creí que me admirabas y querías... —dije con la voz temblorosa.

—Creíste mal—dijo enérgica—. Ya estoy cansada de luchar con la familia y de intentar sobrevivir en este mundo de gente absurda y cínica. Por favor, déjame en paz. ¡Necesito despejarme en esa fiesta!—acabó gritando provocando que Evelyn diese un respingo al otro lado de la puerta.

—Stella...—mi voz sonó igual que la de Julien cuando se moría. Era idéntica.

Aún usaba su aspecto cuando me aparecía para caminar por las avenidas. Ese garbo jamás lo tuve yo ni vivo ni muerto. Sus ojos eran dos zafiros azules, como los de Stella, y su sonrisa la de un diablo encantador. Pero mi apariencia en ese instante era el del hombre que fue quemado en la hoguera. Aunque, ¿alguna vez fui un hombre? Siempre fui un monstruo.

—Esfúmate por ahora, Impulsor.


No debí hacerle caso. Una hora más tarde murió. Lionel disparó a su pequeño cráneo y ella cayó desplomada en el suelo. La música sonaba logrando que no pudiese asistirla. Cayó frente a mis ojos, pero también frente al hombre de Talamasca que fue a visitarla, su propio hermano que la disparó y todos los restantes familiares y amigos. Aquello fue demasiado terrible. La pequeña Antha también asistió a esa muerte y quedó por siempre marcada.  

miércoles, 18 de mayo de 2016

Café para dos

Este escrito se ha encontrado en un diario de uno de los Mayfair más conocidos: Cortland Mayfair. Cortland era hijo de Julien, padre de Evelyn (Evy) Mayfair y amante ocasional de Stella Mayfair que a su vez era hermana por parte de padre. 

Hoy sale a la luz como regalo atrasado del día contra la homofobia y transfobia. Mañana habrá otro texto para conmemorar este hecho. Porque no importa como seas porque siempre encontrarás a alguien que valga la pena para compartir tu vida. 

Lestat de Lioncourt


La cafetería estaba prácticamente desierta. Era aún demasiado temprano para tomar café solo y un croissant, pero muchos proletarios ya se habían bajado de sus camas y caminado por las calles hasta las fábricas y campos cercanos. Ella estaba allí sentada con su magnífico carmín rojo embelesando a todos con una sonrisa suave e indecente. Sus cortos y negros cabellos rozaban ligeramente sus pómulos empolvados, igual que sus terribles ojeras ocultas gracias al maquillaje, provocaban que su cuello pareciera aún más largo y hermoso. Aún no había pegado ojo y todavía sentía como la música vibraba en su cuerpo.

Por un momento su sonrisa se esfumó volviendo serio su rostro de ángel. Sus largas pestañas negras descendieron y sus ojos azules se aguaron ligeramente. Pensó en él. No podía dejar de pensar en él. Siempre la había acompañado de algún modo en sus pensamientos y en las escasas oraciones que conocía. Su tío Julien, su verdadero padre, había desaparecido hacía ya algunos años pero lo sentía cerca en cada fiesta, cada timba ilegal en el salón con la excusa de tomar un té con leche o limonada, y también en aquella inmensa biblioteca que fue su habitación y despacho en la casa. Recordó cuando la quiso y protegió. Ahora era madre y sabía bien qué era preocuparse por el bienestar de una niña que iba a crecer rodeada del mismo ambiente podrido, turbio y extraño que ella. No quería que aquel fantasma se acercara a ella con las mismas palabras con las cuales la engatusó siendo una niña. Julien apartó a Lasher siempre de su camino, pero cuando murió fue imposible detenerlo.

El tintineo de la campanilla de la entrada a la cafetería la sacó de sus pensamientos y la arrojó a la realidad. En la puerta estaba ella apoyada ligeramente buscando la mesa donde se había sentado. Su traje blanco con flores pequeñas azules le daba un toque infantil. Tenía las mejillas rojas y frescas, nada de maquillaje, y se notaba que había dormido plácidamente en su cama. Hacía más de dos días que no la veía, pero sentía lo mismo que la primera vez que se cruzó con ella. Adoraba a Evy del mismo modo que Julien la adoró hasta el mismo día de su muerte. Aquella chica voluptuosa, de cintura de avispa y caderas suaves tenía una mirada suspicaz pero inocente. Ella aún guardaba una inocencia casi pura y fresca como el rocío en mitad de una mañana de primavera.

Ambas acabaron frente a frente consolándose con la mirada. Stella vestía de negro, como aún fuese de luto por Julien, pero con una falda demasiado descarada para aquella época y unos tacones muy llamativos. Evy no llevaba tacones y siempre vestía algo puritana. Esas dos chicas eran distintas por completo, pero se necesitaban y no podían vivir la una sin la otra.

—¿Cómo está tu hija?—preguntó—. Ya casi debe ser una jovencita.

—Está empezando a hacer demasiadas preguntas y ya no sé controlarla. Tengo miedo que cometa un error tras otro—dijo bajando la mirada hacia sus manos pequeñas y finas.

—Ah... la mía apenas anda y ya me está dando dolores de cabeza—respondió echándose a reír mientras le tomaba de las manos—. Los hijos son complicados porque los padres lo somos. No somos santas, Evy.

Quien las viera vería a dos chicas de rasgos algo similares consolándose como buenas amigas. En realidad eran dos primas, con vínculos demasiado mezclados como un cóctel explosivo, que jugaban a algo más que a caricias cuando nadie las veía. Sus ojos hablaban de amor pero no de uno simple, sino tan complicado como ellas. Se deseaban, se amaban y se necesitaban.

—¿Vendrás hoy a casa? Necesito que vengas—dijo Stella.

—Claro. Hoy posiblemente podamos contarnos algo más que penas—murmuró con una sonrisa coqueta mientras sus mejillas se ruborizaban aún más.

El olor del café, los pasteles y la primavera endulzaban el ambiente en aquella coqueta cafetería que fue llenándose poco a poco. Las camareras sonreían sirviendo café, leche y té a quienes deseaban comenzar la mañana con un pequeño desayuno en mitad de una ciudad cargada de misterio e historias singulares. Ellas se comían con la mirada mientras mantenían pequeñas charlas aparentemente simples o vacías. Sin embargo, esa noche las sábanas darían buena cuenta de la pasión y la entrega de otras conversaciones llenas de gemidos y placeres.



lunes, 28 de diciembre de 2015

Mi adorada Stella

Yo conocí a Stella, pero su historia me la contaron otros. Yo sólo vi a una niña fantasma, muy similar a Claudia en tamaño y en edad. Sólo eso. Lo demás lo tuve que averiguar de boca de los Mayfair y Talamasca. Igualmente pasó con Lasher.

Lestat de Lioncourt


—Déjame—dijo acomodándose el peinado.

Había cortado su pelo hacía poco. Tenía un corte llamativo, muy común en esa época, que en ella quedaba demasiado bien. Podía contemplar perfectemente su largo cuello de cisne, de piel blanca y carne suave. Su aroma era delicioso. Cuando se perfumaba solía quedarme cerca de ella, aspirando su aroma como si fuese una flor, mientras mis manos se deslizaban bajo sus faldas cortas e insinuantes.

—Déjame—repitió arrugando su frente, frunciendo así sus cejas negras perfectamente delineadas.

—Qué risa...—susurré cerca de su nuca, dejando que mi aliento erizara su piel.

Tenía los pechos turgentes, aunque no demasiado grandes. Sus caderas eran amplias, pero su cintura estrecha, y le daba una hermosa figura similar al de una guitarra. Creo que había logrado captar la belleza de su padre, Julien Mayfair, en esos ojos azules y profundos. Tenía una mirada de fiera increíble y nadie cuestionaba que sus palabras eran firmes, aunque todos creían que estaba algo perdida.

—Impulsor... —su respiración se hizo agitada cuando logré bajar sus medias, así como su ropa interior, provocando que mis fantasmagóricos dedos se introdujeran dentro de su vagina.

Tan sólo tenía dieciocho años, pero ya nos conocíamos demasiado bien. Habíamos jugado demasiado al gato y al ratón. Éramos viejos conocidos de gemidos y arañazos, así como de súplicas y sábanas arrugadas. Ella entrecerró los ojos sin perder detalle a su rostro en el espejo, el cual dejó de mostrar serenidad para ser reflejo de su pecaminosa alma. Sus labios, pintados con un apasionado rojo, se abrieron mostrando sus pechos dientes. No dudó en abrir bien sus piernas y dejar que mis juegos prosiguieran.

Sus manos, pequeñas y cálidas, acabaron sobre sus propios pechos oprimiéndolos. Sentía que el aire se le escapaba, que no podía contenerse, y soltó un terrible gemido. Con firmeza la arrojé al suelo y le abrí las piernas, para introducir mi miembro fantasma en ella abarcándola por completo. Su clítoris dilató y sus rodillas temblequeaban, como toda su figura, mientras rogaba que la rompiera por la mitad.

Durante varios minutos sus gemidos aumentaron en número, pero también se elevaron en sonido, su espalda hacía hueco con el suelo y sus caderas se alzaban. Sus manos oprimían cada vez más sus senos, los cuales fueron liberados abriendo los botones de su rebeca y rasgando su blusa. Los botones se diseminaron por la habitación rodando de un lado a otro, rebotando y cayendo incluso bajo la cómoda. Su sujetador de encaje negro, tan delicado y llamativo, terminó sobrando mientras ella lo bajaba para mostrar sus redondos y duros pezones.

—Lámelas, lámelas... hazme sentir tu lengua—rogó con los ojos obnubilados por el placer y la voz tomada por la lujuria.

No dudé en apretarlos con mi boca, provocando que gritara de deseo, mientras sus manos se aferraban a mi cabello. Ella podía verme perfectamente. Contemplaba al hombre bien vestido, de cabello oscuro y ojos claros que tan bien conocía. Podía sentir el vello de mi rostro contra la aureola de su pezón, así como el peso de mi cuerpo inmaterial. Y yo, como no, me sentía más vivo y dichoso complaciendo a mi bruja.


Stella, oh mi Stella... ¡Cuánto extraño esos juegos!  

martes, 22 de septiembre de 2015

Al fin libre

Stella es de esos fantasmas que terminaron viniendo hacia mí, para presentarse como una niña adorable. Reconozco que tomé aprecio a los Mayfair, del mismo modo que entraba en pánico cuando uno se aproximaba a mí.

Lestat de Lioncourt


Las calles parecían menos terribles en mi época, como con otro encanto y un dulce desafío. Recuerdo el sonido de mis tacones por las avenidas, el olor de los jazmines y el dondiego llenando mis pulmones, así como el agradable frescor de las noches de verano. La ciudad tenía otro encanto. Las luces no eran tan llamativas y podían verse las estrellas. Todavía había misterio en el mundo.

Al llegar al viejo barrio francés iba cargada de intrigas, preguntas y necesidades. Compraba los útiles necesarios a las mujeres libres, las cuales habían nacido de padres que apenas sabían que era la libertad. La esclavitud se abolió, pero no la condena racial que aún los trataba como escoria. Para mí no lo eran. Mi familia siempre trató con educación y respeto a los esclavos que poseíamos, llegada la liberación de éstos fueron contratados con igualdad de condiciones que un ciudadano blanco. Ellas para mí eran inteligentes, inquietantes a veces, pero llenas de conocimiento que yo deseaba absorber. Sabía que algunas tenían lazos de sangre con los nuestros, pues mi tío Julien había decidido jugar demasiado a levantar las faldas, enamorar y engatusar a cualquier mujer que tuviese una chispa de belleza.

Allí, en los barrios más bajos, me encontraba como en mi propia casa. Solía bailar hasta altas horas de la noche, pero también tenía mis consejos. El vudú era importante para mí. Quería ayudar a Lasher a conseguir su objetivo, pues de ese modo sería liberada de su yugo y podría ir donde me placiera. Deseaba recorrer el mundo sin tenerlo a él a mi lado, susurrando sus perversas lisonjas y sus inquietantes versos. No quería escucharlo más. Deseaba conseguir un cuerpo para él, hacerlo material, y lograr así la liberación de mi alma. Si bien, no sirvió para nada.

Por mucho que lo intentara jamás logré que él consiguiera su maldito cuerpo. Ahora, tras más de un siglo, me siento cómodamente sobre las ramas de éste vetusto y antiguo roble. Observo la tierra cubierta de césped, flores y lágrimas. Ahí abajo, bajo una pequeña capa de tierra, yace su cuerpo junto al de la mujer que logró engendrar con su propia madre. Mi querida Rowan, mi bisnieta, sufrió lo indecible y casi muere tan joven como todas nosotras. Sin embargo, me divierte saber que él ha terminado condenado a un agujero y las brujas siguen celebrando sus fiestas cerca de la piscina, mi piscina, olvidándose del dolor y del yugo de un infeliz.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Esperanza

Michael Curry es uno de esos hombres que tienen un sueño, una pequeña ilusión, y ahora parece que está a punto de lograrlo. Si logra ser feliz junto a Rowan yo lo estaré, pues amé muchísimo a ambos.

Lestat de Lioncourt


Junto a mis viejos proyectos he encontrado una vieja lista con nombres emborronados. Cuando la escribí me encontraba en el mejor momento de mi vida. No desprecio la vida que he llevado, ni los años que poseo y ni mucho menos las experiencias que he vivido, sin embargo en aquellos días era absolutamente feliz. Como si fuese un niño pequeño soñando alcanzar una estrella pensé que esa felicidad, esa vida perfecta, duraría por siempre y tendría un final similar a las viejas comedias románticas del cine en blanco y negro. Pero no. Mi vida se emborronó como la lista.

Creé aquella nota cuando supe que iba a ser padre por segunda vez. La primera vez me arrebataron el placer de tener a mi hijo en brazos, observándolo con cariño y respeto, mientras notaba un profundo calor en mi pequeño me rugía con euforia. Mi primera relación formal se truncó en una camilla tras practicar un aborto. Esa segunda vez era querido por ambos. Ella deseaba darme la felicidad que me arrebataron y algo en su interior, en la profundidad de su cálido pecho, bombeaba el deseo de ser madre. Toda mujer tiene momentos de debilidad frente a un pequeño, aunque hay quienes se resisten y desean vivir una vida lejos de la maternidad, centrándose en otros proyectos y un ritmo de vida distinto.

No sabíamos cual sería su sexo. Pero el nombre de Chris se repetía en más de una ocasión. Decidimos que el pequeño se llamaría así. Sería de nuevo bautizado con el nombre que yo le hubiese puesto a mi primer hijo. Al fin tendría la oportunidad de abrazar ese pequeño cuerpo, contar sus dedos y alzarlo con un orgullo propio de cualquier hombre.

De inmediato acabé llorando. Mis ojos se llenaron repentinamente de lágrimas y una terrible congoja se agarró a mi garganta. No pude pronunciar palabra alguna. Mi corazón bombeaba más rápido de lo normal y sentí un ligero mareo. La tensión se volvía desproporcionada. Las imágenes de toda una vida venían a mis ojos azules, pasándose frente a mí como la proyección de una vieja película, y cuando regresé a mí mismo ella estaba allí. Rowan había venido a buscarme, como si fuese un ángel, reanimando y calmando mi acelerado corazón. Besó mis mejillas, vio la lista y decidió hacerla trizas.

—No deberías remover el pasado, Mich—dijo frunciendo el ceño.

Yo tan sólo agaché la cabeza dejando correr la última lágrima. Ella buscó mis brazos aferrándose a mí, buscando instintivamente calmar mi nerviosismo para evitar un ataque al corazón. No sé como lo hizo. A veces lograba aparecer cuando más la necesitaba. Siempre me salvaba. Tuve suerte que estuviese descansando ese día de sus obligaciones cotidianas.

—Han llamado de la clínica—comentó. Pensé de inmediato que debería marcharse y yo tendría que quedarme solo con los fantasmas de la casa, como si fuese parte de ellos—. La fecundación ha sido un éxito—dijo mirándome a los ojos. Esos ojos suyos grises, tan profundos y hermosos, me parecieron terriblemente amorosos—. Hay un niño en un vientre que tiene nuestros genes...—susurró secando de nuevo mis lágrimas—. No vivas más en el dolor. No merece la pena ver el pasado.

—Yo no lo hice. Apareció de golpe—dije.

Noté entonces alguien más con nosotros. Alguien que me pareció ver durante unos segundos. Creí ver a la pequeña imagen de Stella, como cuando era una niña traviesa, correr hacia una de las estanterías. Entonces lo supe. Aquello era una llamada de atención.


—Creo que alguien quiso decirme que debemos hacer una nueva—susurré estrechándola contra mí.  

miércoles, 11 de febrero de 2015

Enloquéceme.

Stella y Cortland... esa noche sucedió algo que pocos sabían: el inicio de la vida de Antha.
Los Mayfair tienen un hueco en mi corazón y por lo tanto aquí. Disfruten.

Lestat de Lioncourt

«Jamás digas nunca. No sabes cual de todos los pecados existentes será el que más te guste. Quizás sea la mentira, es posible que la lujuria o la pereza. Nunca digas que jamás serás uno de esos pecadores que luego se golpean el pecho en la iglesia. No seas idiota. Jamás podrás negarte la pequeña punzada de placer cuando cometes un delito, una inmoralidad o algo impropio de ti.»

Estaba allí ante mí sin un atisbo de timidez. Desconocía por completo el motivo por el cual la había seguido. Estaba como aturdido. Buscaba su sonrisa pícara y sus ojos intensos. Tenía un cuerpo delicado, curvilíneo y de senos turgentes. Parecía una de esas modelos que solían salir en las revistas de moda, o alguna de las afamadas actrices. Poseía ese pelo negro, corto y espeso, que rozaba sus mejillas por lo corto y rebelde. Juro que jamás he visto a una mujer tan apasionada y segura de sí misma. Era la mezcla perfecta entre un hombre y una mujer.

—¿Qué haces aquí?—me dijo.

Creo que se burlaba descaradamente de mí. Ella sabía que hacía allí y que estaba dispuesto. Todos sabían que hacía un hombre en el cuarto de una mujer a esas horas de la noche. Conocía sus juegos más turbios, esos juegos lésbicos que tenía con Evelyn e incestuosos con Lionel, así que no era inocente. También sabía que era hija y nieta de mi difunto padre, lo cual no asombraría a nadie que lo conociera. Tenía su forma de mirar. Esa mirada profunda que conquistaba a cualquiera. Estaba hipnotizado con sus hermosos ojos azules.

—Stella...—dije a punto de echarme a gritar, pues ella se echó a reír como una niña.

Era joven, distraída y quería huir lejos de la obediencia fiel de su hermana Carlotta. La severidad de los rasgos de su hermana eran los de un perro furioso. Pero ella, la alocada Stella, tenía unos rasgos aniñados y llenos de vida. Quería besar sus labios y, a su vez, gritar que era culpable de mis delirios. Estaba a punto de ser infiel a la mujer que amaba, y, pese a todo, no me importaba.

—Cálmate—susurró quitándose los pendientes, para dejarlos sobre su tocador.

El reflejo de ambos en aquel espejo ovalado era terrible. Ella prácticamente estaba desnuda. Bajo aquella corta bata no sabía nada más que un sujetador y unas pequeñas braguitas de encaje. Mi aspecto era el de un hombre ebrio, casi delirante, que tenía que sujetarse a un mueble cercano para no caer de bruces. Me sequé apresuradamente el sudor y pedí, o más rogué, a Dios que me ayudase a salir de aquella casa.

—Stella... —susurré acercándome a ella, mientras guardaba el pañuelo en mi bolsillo—. ¿Qué me has hecho? Dime, bruja—mascullé colocando mis manos en sus senos.

—¿Yo?—preguntó, lanzándome una de sus carismáticas sonrisas.

—Tú—dije, hundiendo mi rostro en el lado derecho de su cuello—. Tú, mi bruja. Tú.

—¿Tuya? Aún no me has hecho tuya, Cortland—apartó mis manos de imprevisto, logrando que me tambaleara, para luego tomar una pequeña toalla para limpiar el maquillaje de sus mejillas. Tenía un rubor muy natural, pues su piel era lechosa y muy atractiva. Parecía una muñeca de porcelana. Sí, una delicada muñeca que yo deseaba romper en aquella cama—. ¿Acaso crees que puedo ser tuya? Soy demasiado mujer para ti. Lárgate a casa, con esa estúpida que te calienta el almuerzo pero no la bragueta, y llora en la cama junto a su frígido cuerpo.

—¡Stella!—grité indignado precipitándome sobre ella.

De inmediato ella se incorporó, pero yo ya la había atrapado entre mis brazos. Se revolvía como un pez fuera del agua tratando de respirar. Parecía un ratón que quería liberarse de una serpiente. Sí, eso parecía. Sin embargo, se giró y me miró fiera, decidida y deseosa. Sus pezones, bajo el sujetador, se habían endurecido y su cuerpo parecía estremecerse. Durante casi un minuto nos mantuvimos de ese modo, mirándonos con lujuria. Su corazón, en ese momento, era de Evy. El mío, supuestamente, de mi mujer. Pero allí estábamos deseando tenernos el uno al otro.

Ella fue quien me besó rompiendo el silencio y la pasividad de mis acciones. Sus labios eran suaves, carnosos y cálidos. Mi lengua se introdujo en su boca y ella intentó lidiar con aquella daga de carne húmeda. Su aliento y el mío se mezclaban, mientras sus manos me agarraban de la solapa de la chaqueta oscura que llevaba. Rápidamente noté como ella me desnudaba y como yo arrancaba cada pedazo de tela que aún vestía.

Su mano derecha, sin sutileza alguna, se colocó en mi bragueta y apretó mi miembro. Sus dedos masajeaban lentamente cada milímetro. Aún tenía los pantalones subidos, la cremallera también y el botón echado. Sí, aún había varias barreras que romper. Sin embargo, algo se despertó en mí. Ese algo era la bestia que encerraba.

Había deseado hacerle el amor desde que éramos niños. Ella siempre me pareció salvaje, demasiado adelantada a su época y hermosa. Vestía trajes inocentes, miraba con dulzura, pero sabía que su despertar sexual fue temprano. Cuando éramos unos niños nos besamos bajo uno de los grandes árboles del jardín. Éramos unos niños, aunque yo era algo mayor que ella. Un adolescente y una niña jugando a juegos que estaban prohibidos en un mundo “inocente”. La deseaba. Siempre la deseé. Aún lo hacía. En ese momento sólo pensé en las horas y días que había pensado en tenerla para mí, arrancándole la ropa y penetrándola sin miramientos.

Me tomó del rostro mientras nos besábamos. Creo que lo hizo porque mis rasgos la atraían. Era rasgos muy similares a Julien, nuestro padre, y ella lo adoraba. Sin embargo, era mi nombre el que murmuraba mientras la ropa terminaba de salir.

Mis pantalones cayeron al suelo, la hebilla hizo un sonido seco y metálico contra las baldosas, y ella de inmediato deslizó mi ropa interior. La miré entregado por el deseo, con una pequeña erección y mis manos sobre su rostro. Ella se arrodilló frente a mí, me giró dejándome de lado frente al espejo, y lamió mi glande. Aún no se había retirado del todo el fino pellejo de mi sexo. Todavía no estaba del todo despierto. Sus labios presionaron mi miembro, ocultando sus dientes, dejando que su lengua humedeciera lentamente cada trozo. Cerré los ojos unos instantes, pero al volver a abrirlos miré nuestro reflejo. Sus pechos, de pezones gruesos pezones cafés, estaban duros y sus manos se hallaban en mis caderas. Tenía mi miembro casi atrapado entre sus fauces y mi erección cada vez era mayor. Comencé a mover mis caderas y, en ese momento, la tomé de la parte frontal del cuello y la nuca mientras movía mi pelvis desenfrenado. Sus ojos, enormes y azules, me contemplaban con un ardiente deseo que se comprobaba en el ligero sudor indecente que recorría su frente.

En cierto momento, cuando empezaba a perder el dominio de mí mismo, me quedé dentro de ella gimiendo. Comprobé entonces que sus manos se habían bajado hasta sus pechos, para masajearlos y pellizcarlos, mientras mi vista iba a la pequeña mata de vello negro, rizado y espeso que tenía su sexo.

La aparté, arrojándola al suelo, para abrir sus piernas y contemplar su sexo. Su clítoris parecía llamarme, pues quería que lo lamiera, chupara y mordisqueara hasta hacerla gritar. No tardé demasiado en realizarle un oral. Abrí bien sus labios con mis dedos, introduje mi lengua y dejé que comenzara a moverse ligeramente sobre cada milímetro de su vagina. Hundí un dedo en ella, para escuchar sus gemidos. Sus caderas se movían incitándome, sus manos buscaron mi cabeza para tirar de mis cabellos y sus piernas temblaban del mismo modo que sus pechos. Tenía la respiración agitada, como la mía, pero ella se veía más atractiva con aquella boca cargada de erotismo.

—Cortland... Cortland... —recitaba entre gemidos y jadeos.

De inmediato me incorporé, con aquella erección entre mis piernas. Ella me miró temblorosa, pero sabía lo que deseaba. Se movió torpe, casi arrastrándose por el suelo hasta el borde del tocador, para ponerse de pie mirando al espejo. Sus piernas se abrieron con dificultad. Tenía la espalda arqueada, perlada de sudor, y los pechos me pedían ser mordidos. Al colocarme tras ella hice que sintiera mi sexo cerca de su entrada. Rozaba sintiendo el calor de su vagina, pero no la penetré. No iba a ser tan sencillo. Giré ligeramente su cuerpo de cintura para arriba, mordí sus pezones y la miré a los ojos.

La penetré. Entré en ella estallando en un gruñido parecido al de una bestia. Un poderoso resoplido cerca de su oreja derecha la enloqueció. Mis manos se colocaron en sus caderas y ella se apoyó en el tocador. Muchos de los perfumes cayeron al suelo, rompiéndose en mil pedazos y derramando su caro contenido. Ella gritaba mi nombre y yo aullaba el suyo. Cada penetración nos hacía estar más cerca del orgasmo. Veía su mirada reflejada en el espejo, igual que ella veía la mía. Su mano derecha fue a mi nuca, para tirar de mi pelo, mientras ella casi lloraba del placer. Entonces, sin esperármelo, me apartó y me miró con furia.

—Quiero que cuando se lo hagas a tu mujer pienses en mí. Deseo que no puedas olvidarme. Tú serás mío hasta el día de tu muerte—dijo subiéndose al mueble, abriendo sus piernas y atrayéndome con sus brazos.

Tiró de mí pegándome a ella, para que la penetrara, mientras mis dientes se movían por su cuello. Mordisqueaba cada trozo, haciéndola sentir mía, notando como me contenía entre sus cálidos muslos de bruja. Besé su boca una vez más. Rezaba por mi alma, pues estaba cayendo en el pecado, y ella casi reía porque era prácticamente un juego.

Cuando estallé derramándome dentro de ella, tan dentro como pude, ella me arañó la espalda dejando profundos surcos bajo mis omóplatos. Me miró sin aliento, intentando recobrar el sentido, mientras yo quería golpearme a mí mismo por mis debilidades.

Al retirarme mis fluidos, al igual que los suyos, comenzaron a salir. Ella no dudó en recogerlos con su mano derecha, hundiendo sus dedos en su vagina, para llevárselos a la boca y lamerlos como si fuera mermelada, o cualquier crema de un dulce. Se bajó, arrodillándose de nuevo, para limpiar mi miembro y, de paso, endurecerlo otra vez.

No recuerdo bien si fue ella, o fui yo, quien decidió ir a la cama. Allí, recostados, la hice mía de nuevo agarrándola del rostro, permitiendo que se abriera de piernas de una forma casi imposible, y penetrándola sin importarme nada. El cabezal rebotaba contra la pared y el papel pintado se dañaba. Los muelles parecían salirse. El colchón se destrozaba. Besaba, lamía y mordía. Me dejaba llevar. Cada movimiento era más rudo. Cuando llegó al orgasmo final lo hice de nuevo, la llené.


Al día siguiente estaba en su cama, con la ropa devuelta, pero ella no estaba. Quien estaba era Carl, su hermana, mirándome desde la puerta. Estaba seguro que quería arrojarme todo el mobiliario a la cabeza, pero sólo me lanzó la ropa y me mostró la salida. Cuando bajaba las escaleras creo que escuché como me maldecía, o quizás maldecía a Stella. Pocos meses después supe que estaba embarazada. El bebé podía ser mío o de Lionel, pero cuando vi a la pequeña Antha supe que era nuestra. Eso era lo que ella quería: un bebé. Sólo quería eso de mí. Me sentí tan usado, tan miserable, tan dolido y a la vez tan orgulloso porque esa pequeña, esa niña, sería la elegida para seguir con el legado.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Una bala de pasión

Stella es una de las apariciones que tuve que soportar cuando conocí a los Mayfair. Pero juro que fue la aparición más agradable que jamás he tenido. Ella me encantó, pues era fascinante. 

Lestat de Lioncourt


Podía escuchar sus pasos por el piso superior, las discusiones con Julien eran frecuentes. Ellos hablaban como si fueran dos mitades divididas por un destino cruel. Era la malicia que a tío Julien le faltaba, esa malicia que le armaba de valor para elaborar planes terribles de venganza y dinero. Sabía que la atmósfera cruel que lo envolvía era parte del hombre manipulador y encantador que le sostenía de los hombros, besaba sus mejillas y rogaba que le dejase poner el mundo a sus pies. Ellos eran una dualidad terrible.

Conocía bien al ser de peligrosa mirada, modales remilgados adoptados por la simpatía hacia el cabeza de familia y escuchaba sus canciones penetrando bajo la puerta. Era tan sólo una niña cuando comenzó a visitarme con frecuencia. Tocaba mis cabellos apartándolos de mi frente, oprimía sus labios contra los míos y deslizaba las sábanas para contemplarme como si fuera un triunfo. Julien jamás le permitió que tuviese actos más funestos conmigo. Nunca logró mancillar mi honor, por así decirlo, mientras él estuvo vivo.

Los ojos azules de mi padre brillaban como canicas en medio de la oscuridad. Me vigilaba atentamente, con preocupación y amor. Respetaba la escasa inocencia que poseía, aunque a veces me arrastraba a los peores lugares de la ciudad. Eran lecciones. Quería que viese donde iban los desafortunados y desarrapados. Necesitaba que comprendiera que debía ser astuta. Él me tenía un amor único e irreemplazable. Jamás vi tanto amor de un hombre a una niña. Creo que porque además de ser su hija era su nieta. Yo representaba un vínculo para nada ordinario que traspasaba generaciones. Se sentía muy orgulloso de mi portentosa inteligencia y los dones que la genética me habían conferido. Yo era su pequeño talismán.

Mi hermana siempre me detestó. Creo que nunca aceptó mi forma de ser. Yo era vital y jamás tenía miedo a nada, ni siquiera al Hombre que se aproximaba a nosotras con gentiles sonrisas y un trato amigable. Mi madre lo ignoraba ocasionalmente, pero sé que también lo veía y hacía tratos con él. Sin embargo, quien imponía los grilletes al monstruo que nos engrandecía, colmaba de riquezas y colaboraba en nuestro mundo de poder era mi padre.

Siempre supe que era mi padre. Jamás me creí las historias que solían contarme sobre mi concepción. Mi madre amaba a su marido, pero el juez terminó siendo un borracho que no se sostenía en pie. La pobre eligió mal. Más bien, su corazón no supo elegir adecuadamente. Ella poseía una fuerza de la que él carecía y es posible que eso llamara su atención. No lo sé.

La música siempre me fascinó y noté rápidamente que enloquecía al pequeño diablillo que nos observaba. Supe rápido que tener música cerca era tener poder sobre él. Julien me lo confirmó. Me convertí en la elegida y sabía que llevaría pronto la esmeralda. Tan pronto como me casara o tuviese una hija. Las bodas no eran lo mío. No quería comprometer mi corazón tan rápido. Odiaba pensar que un hombre se acostara conmigo en la cama hasta verlo envejecer. El amor eterno no existía. Así lo veía yo. Aunque las mujeres y los hombres siempre me llamaron la atención. Sobre todo las mujeres que tenían cierto espíritu artista o vanguardista. Mujeres que para nada tuviesen que ver con el rostro gris y enfuruñado de mi hermana mayor. Carlotta siempre tuvo el ceño fruncido y la boca torcida. Jamás se divirtió. Decidió ser fuerte como nuestra madre y tener la carrera que su padre destrozó. Una abogada implacable. Una mujer de ley y orden... pero yo era lo contrario. Me gustaba vivir desenfrenadamente y descubrir.

Cuando tío Julien murió la casa se llenó de un duelo insondable. Podía escuchar los sollozos de aquel ser en su habitación. La tormenta fue terrible, pero también lo fue su trato conmigo. Pronto las visitas dejaron de ser meramente un juego para ser un terrible vínculo. Descubrí el sexo abriendo mis jóvenes piernas, dejando que él invadiera mi boca con el aire de su poderoso deseo y permití que mis manos tiraran de las sábanas mientras gemía como toda una mujer.

Tras la muerte del hombre más interesante que he conocido, tras la partida de mi adorado tío Julien, él decidió que yo ocuparía inmediatamente su lugar. Yo y no mi madre. Así que comencé a luchar para darle lo que quería y poder vivir así en paz, con la conciencia tranquila, para que mi tío, estuviese donde estuviese, se encontrara siempre tan orgulloso de mí como cuando era sólo una niña.


Un disparo puso fin a mi vida. Una vida que comenzó a truncarse. Yo quería huir, pero Carlotta no lo sabía. Deseaba huir de sus manos y sus juegos. Si bien, todo fue de mal en peor. Pobre de nuestro hermano Lionel, él tuvo que ser quien apretara el gatillo que ella no podía sostener.  

viernes, 26 de septiembre de 2014

Stella, mi pequeña Stella.

Julien Mayfair se pone blandito cuando habla de Stella. Es que de tal palo tal astilla. No olvidemos de quien es nieta/hija... Julien, que pillo eres. Hay que aceptar que este brujo fabricaba mujeres hermosas. Bueno, acepto que además de ser un bastardo (y mucho) tenía un buen físico. Ahora, amputen mis manos como sucedió con Nico. 

Lestat de Lioncourt


Aún creo escuchar tu encantadora voz en el jardín. Puedo imaginar que estás ahí, con los pies descalzos, mientras intentas cazar mariposas únicamente para verlas de cerca. Tenías el cabello negro, ondulado, espeso y caía sobre tus hombros. Eras una niña preciosa. Te consentía en todo e intenté protegerte de cualquier pequeño retazo de oscuridad, pero fue en vano. Todo lo que yo esperaba de la vida, aquello que deseaba con fuerza, quedó desterrado y como si fuera una maldición, tan terrible como efectiva, quedaste atrapada entre los largos dedos de la mayor bestia que podías imaginar.

La oscuridad de las suaves sobras del jardín se hicieron intensas, el paraíso se convirtió en infierno, y un día cualquiera, en tu infancia, yo me desvanecí. Las flores dejaron un aroma distinto en tus cabellos y las calles quedaron empapadas. Mi espíritu quedó atrapado, se asomaba a la ventana y podía verte crecer entre el dondiego y los jazmines. La tenue luz de la adolescencia hizo estragos en ti, del mismo modo que tus poderes. Rogué que fueras libre, pero caíste presa de un don peligroso. La esmeralda comenzó a lucir en tus pronunciados escotes, tu largo cabello quedó tirado en el suelo de alguna peluquería y tu sonrisa empezó a ser distinta.

Hija mía, eras mi corazón. Hiciste que este monstruo se ablandara de tal forma que quedé irreconocible. Mis manos arrugadas, tan viejas como mis ojos, te contemplaron de forma tierna y pura. Jamás pensé que pudiera amar tanto a alguien. Te amé desde el día de tu nacimiento, cuando te dejaron envuelta en mis brazos. Mi último fruto. Mi última hija. Una bruja más para la cuenta final. Un enigma.

Tal vez debí decirte cuánto te quería en aquellos momentos, pero hay amores que no necesitan ser dichos para ser conocidos. Creo que siempre supiste la verdad, que el ser que te abrazaba no era más que un hombre al que no podías llamar padre. No importa. Fui padre de muchos, pero pocos tuvieron siquiera el honor de ser apreciados por mí. Quise que conocieras la verdad de esta ciudad, tan llena de misterios y pecado, para que nada te sorprendiera. Intenté ser el mejor ejemplo. Deseé mi fuerza y entereza para ti. 

Siempre te amaré mi pequeña Stella.



viernes, 30 de agosto de 2013

Canción Mayfair


Homenaje a las brujas de Mayfair


Canción Mayfair 


Demonios en la oscuridad susurrando
versos prohibidos que voy arrojando
en papeles blancos, como el alma de un niño.
¿Me sientes cerca cariño mío?

En aquella casa de la calle Amelia
pasan cosas oscuras, igual que en la Primera.
Puedes escuchar los pasos del Hombre
y la melodía del vals de Violeta.

Puedes ver en sus ojos que no son humanos,
pues fuerza, belleza y poder es imposible.
¿Qué ocurre? ¿Qué es lo intangible?
Llantos de pájaros oscuros en los altos muros.

Demonios, grillos y fantasmas de fiestas pasadas...
ella es Stella, la del pasamanos, la que baila.
¡Alza tu poder oscuro y penetra en el misterio!
¿Recuerdas a Suzzane? ¿Recuerdas las brujas quemadas?

Canto para ti, para que me escuches desde el balcón
el cielo hoy está encapotado, muy gris.
Y sé que morirá alguien de la familia.
¿Volverán los llantos a los Mayfair del club de campo?

Misterios, más misterios y un demonio traicionero.
¿Qué es un Taltos? ¿Qué es la reencarnación?
¿Has oido las ascuas consumiendo libros? ¡Traición!

Mayfair Witches bailan al son de la voz del diablo.  

miércoles, 12 de junio de 2013

Stella Mayfair by David Talbot

Sus cabellos negros algo ondulados estaban cortados de una forma que su rostro encajaba con encanto. Sus ojos eran profundos océanos donde uno podía naufragar en su sensual, extravagante y divertida persona. Deseaba ser distinta a los demás familiares y desempolvar el apellido de viejas fiestas familiares. Ella vivió los alocados años veinte, conoció a Julien y lo quiso como todos lo quisieron, del mismo modo que siempre hubo alguna sospecha que éste podía ser su padre así como lo era Belle, su hermanastra.

Stella era una mujer vital con cierto deseo de destacar olvidando quizás al “Hombre” que se cernía sobre ella como una gárgola. Amó a Pierce, nadie dice que no lo hiciese, y al hombre con quien estuvo siendo su amante y del cual se desconoció siempre quién era realmente. Ella fue la hija que incluso el alcohólico juez McIntyre adoró, pese a que siempre recaía la sombra de sospecha de su paternidad. Carlotta, su hermana, siempre fue demasiado rígida, y en cierto modo, parecida a su madre pero sin su encanto. Lionel vivía a la sombra de Stella, de quien también hubo dudas sobre la paternidad de la única hija de la heredera de los Mayfair, y vivía por complacerla, por viajar con ella, hasta que una noche, dice que influido quizás por Carlotta, disparó contra su hermana en mitad de una fiesta donde ésta había bailado con el jovencísimo Pierce frente a su pequeña hija Antha, la cual también la vio morir de aquel certero disparo y poco después como fue pisoteada por los invitados a la despampanante y trágica fiesta.

Todos decían que era una bruja y que compraba velas negras para sus sesiones espiritistas, también que no le importaba los negocios que le fueron legados y que Mayfair Mayfair así como Carlotta intentaban manejar para que no se hundieran. Decidió tener una vida distinta a la que tuvo su madre, la cual vivió más para otros que para sí misma, y que Julien.

Tengo en mi poder algunas pinturas que la representan. Su sonrisa tan encantadora, atrayente y seductora provoca escalofríos porque parece que se funde en un cuerpo que aún vive y que pronto te va a lanzar un guiño. Murió muy joven, con tan sólo 28 años, aunque Julien le dijo que viviría muchos años. Una lástima porque ella dio la nota de color la historia familiar y que a veces es olvidada gracias a los tentáculos de su hermana Carlotta que hasta su muerte hizo lo indecible por parecer demasiado ocupada, severa y concentrada en hablar de enfermedades congénitas ante la visión de “El Hombre”.

Cuando murió, al igual que cuando murieron sus antecesoras y sus descendientes, cayó una enorme tormenta que agitó aún más a los que estaban en la vivienda. Grandes relámpagos iluminaban todas las habitaciones mientras los truenos resonaban y la lluvia incluso entraba en los rotos cristales del salón de fiestas. Numerosos fueron los testigos que vieron a Lionel empuñar el arma, pero nadie lo vio a él morir en aquella residencia para personas mentalmente insanas. Él habló del hombre y de como Stella le permitía estar junto a Antha, la pequeña que también muy joven moriría dejando a su pequeña de tan sólo dos meses llorando la muerte de su madre mientras se desataba su tormenta.

El funeral fue descomunal y tal y como Stella lo decidió a su tierna edad de once años. Parecía la celebración de Mayo de New Orleans siendo ella la reina de Mayo vestida de blanco. Cientos de velas se encendieron en la vivienda para velar el cuerpo y la lluvia no cesó, aunque se concentraba en las inmediaciones de donde ella se hallaba y no en el resto de la ciudad.

Stella fue la primera bruja poderosa tras varias generaciones, la cual se hizo notar. Cuando murió llevaba la piedra en su cuello, la cual no solía usar su hija aunque sí el día de su muerte el cual, posiblemente, originó la disputa con Carlotta y su posterior muerte. Deirdre creció sin madre, pero con un legado importante y muertes sospechosas originadas por el mismo ser que la cuidó de ser sedada en varias ocasiones.

“El hombre”, “Impulsor” y posteriormente “Lasher” apareció el día de la fiesta a uno de nuestros hermanos que posteriormente, y sin posibilidades de conocer a ciencia cierta si así fue, de un infarto rumbo a nuestra Sede en Londres.


Y ésta es la historia de Stella Mayfair, la cual hizo un guiño en varias ocasiones a la Orden de Talamasca y que incluso rogó asilo como si supiese que sería dañada.  

jueves, 7 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 9 - I


Parte 9 - I
No te metas con un Mayfair



Aquella noche tan sólo había empezado, sabía que Mona regresaría pero no que ocurriría las desgracias que sucedieron. Louis descansaba al fin a mi lado acariciando mi pecho, mis brazos lo rodeaban y mi mente se sumergía en sueños agradables de viajes alocados buscando tan sólo placer y ambicionando diversión.

Soñaba con la hermosa Toscana. Las casas vestidas de blanco, y otras de muros de piedra, iluminadas con pequeñas bombillas en porches y azoteas cubiertas por mesas con manteles resplandecientes, pequeñas viandas y vino de la tierra. Cuestas eternas y bajadas agradables que provocan que el camino sea serpenteante hasta los viñedos tan increíbles de la zona. El mar cerca bramando con aguas nocturnas que durante el día son traslúcidas y dejan ver la arena fina y dorada.

Sentí una presencia que se adentraba en la habitación, y su aroma dulzón me hizo apretar con desesperación a Louis. Sabía que era Mona y esperaba que hiciese su berrinche para responder sus lloros, si bien sus pasos se alejaron rápidamente hasta el pasillo.

Abrí los ojos girando mi rostro hacia el sobre que ella había depositado. Me incorporé acomodando a Louis sobre mi almohada, pues no quería que despertase. Él estaba agotado aunque parecía sumamente feliz. El anillo resplandecía en su mano y parecía que iluminaba su rostro.

Tomé el sobre y lo rajé por un canto gracias a mis largas y afiladas uñas. Mis ojos se deslizaron por las líneas de una nota que rápidamente cayó sobre mi pecho. La letra era de ella, pero eso ya lo sabía debido al perfume que desprendía su cuerpo y también a la presencia que se sentía en el piso inferior.

“Jefecito hermoso y primoroso... no te cases por favor.
Con cariño, Mona.”

Dentro del sobre había una fotografía de ella desnuda sobre su cama. Recordé entonces el error que cometí, aunque fue placentero navegar dentro de ella sintiendo el calor de sus muslos apretándome. Sus manos recorrían su cintura, caderas y largas piernas. Pero no podía olvidar tampoco el dolor que me transmitía Louis, así como tampoco podía dejar de pensar en el dolor que estaba causando a Tarquin.

Bajé rápidamente de la cama y corrí escaleras abajo para hablar con ella. Debía explicarle que todo fue un error, que ambos teníamos mucho más que perder y que ganar... necesitaba pedir perdón por no detenerla ya que había arruinado ambos matrimonios por una calentura.

La hallé en uno de los salones vestida con un simple vestido azul pavo real, el cual se hallaba con la espalda totalmente abierto, poseía una falda de vuelo con un lazo a un lado en un tono levemente más oscuro y un escote bastante sugerente. Sus cabellos estaban sueltos y llenos de lazos, como la describió mi hermanito una vez, sus labios tenían un cálido labial rojizo y sus mejillas tenían reflejos ocres que resaltaban sus facciones finas. Tenía maquillaje también en los párpados y las pestañas, tan pobladas como siempre, pintadas y rizadas hacia arriba. Era hermosa, realmente cualquier hombre se volvería loco deseando palpar bajo sus faldas.

Me armé de valor tomando con firmeza entre mis dedos su nota y la imagen. Ella se giró suavemente con una tímida sonrisa, la cual resultó terriblemente seductora. Cualquier hombre se habría arrojado a besar sus pies, acariciar sus frágiles tobillos para acto seguido arrojarla a uno de los sofá de tres piezas, levantar sus falsas y bajar su ropa interior hundiendo su lengua en su sexo. Cualquier hombre habría sucumbido y yo tuve que hacer memoria de porque quería echarla de mi vida, de las lágrimas de Louis y de nuestro futuro. Pero sin duda, dudaba hacerlo cuando parecía sacada de un cuadro renacentista hecho para perturbar a cualquier hombre.
Quedé frente a ella tragando saliva y esperando que no se tomara a mal mis acciones. Pensé en Tarquin, el cual estaría posiblemente llorando amargamente. Mi estúpido y pobre hermano, ¿qué hice? Creé un monstruo como consorte.

Con rabia y el ceño fruncido rompí en mil cachitos su fotografía, la nota y seguramente sus sueños. Acto seguido tiré todo aquel confeti a sobre ambos algo airado.

-Haré lo que quiera, ¿entiendes? Tú no puedes impedirme nada. Sólo eres una niña encaprichada porque no te dan el sexo que quieres. ¿Sabes qué? Compra un libro a Quinn para que aprenda a darte ese sexo brusco que tanto ansías... pero a mí déjame en paz Mona. No quiero problemas de momento con Louis.

Pensé que debía ser estricto para hacerme entender, pues era así como a veces entendía. Era una niña que quería jugar con mi bragueta y yo era un hombre que en esos instantes quería tenerla subida.

-¿Como te atreves! -le propino una fuerte bofetada indignada por tal acción- ¡Tú no puedes casarte, idiota!

-¿Y quién lo dice?-preguntó furioso en un murmullo añadido siseante-. ¿No te casaste tú? ¿Por qué yo no tengo ese derecho? Vete a la mierda Mona- repliqué propinándole una fuerte bofetada-. Pobre Quinn... y pensar que estará llorando ¿a caso no te da pena? A mí me han entrado miles de remordimientos.

-Eres realmente un maldito idiota. ¡El mayor de todos los idiotas!-exclamó llevándose la mano derecha a la boca mientras le temblaba. Ahí reconocí a la niña que estreché entre mis brazos, la muchacha que quería que la amaran por siempre y ser Inmortal. Una niña que había vivido encerrada en un mundo donde todo se le negaba y todo se le ofrecía. La caprichosa, la necesitada y la dulce- pero si fuese Rowan no pensarías dos veces- prosiguió dando un leve suspiro- en ir con esa frígida zorra mal trecha -gruño furiosa apretando sus puños-. Pero no pensaste en ello esa noche ¿verdad? -sonrió perversa llevando su mano derecha a mi torso, el cual estaba desnudo. Después de haber estado con Louis en la bañera tan sólo logré ponerme el pantalón pensando en el servicio, el cual haría ronda para asegurarse que estuviésemos protegidos del sol-. Espero no descubra Louis lo nuestro, sería una lástima ¿no crees?

-No hay nada nuestro Mona-dije mostrando los dientes con una expresión fiera-. Louis sabe, ¿o crees que puedo ocultar algo así? Y aún así me ama y se ha quedado a mi lado.

-¿Sabe?-enmarcando su finísima ceja derecha-. Bien, entonces alguien deberá saber que te casas- se acercó apresurada el teléfono inalámbrico que poseíamos y apurada marcó- ¿Dolly Jean? Hola... ¿cómo estás? Soy Mona- una sonrisa de zorra pretenciosa se formuló en sus labios y yo ardía de ira- Oye una pregunta ¿Rowan está en casa?-me miró observándome con el rabillo del ojo paseándose cual chica que hace la calle. Sus tacones altos golpearon con fuerza el parquet y a mí me hirvió la sangre- ¿Serías tan amable de comunicarme con ella? Es de suma importancia.

No podía creer que me hiciese esa jugarreta. Yo mismo quería decirle la verdad a mi amante, hundirme en sus pechos y besarlos mientras la preparaba para la dura y fría verdad. Si bien, no pensaba dejarla a un lado. Ella seguiría siendo mía, del mismo modo que era de Michael.

Me moví rápidamente y le quité el teléfono estrellándolo contra el suelo. Miles de trozos de la carcasa, chips y tornillos se alzaron hacia el techo rebotando contra las paredes y muebles cercanos. La miré como un animal enfurecido y estuve por quebrar todos sus huesos.
-¿Con quién crees que juegas?-pregunté agarrándola de ambos brazos-. Mona, deja de jugar... ¡déjame en paz!

Con tanto alboroto Louis acabó por bajar y unirse a nuestro encuentro. Allí en la suave penumbra de la habitación todo se podía malinterpretar. Él sólo llevaba la sábana blanca envolviendo su cuerpo, que aunque masculino tenía un toque sensual muy digno de una hembra. Sus cabellos estaban algo revueltos y aún algo húmedos.

-Lestat ¿qué hace esa zorra aquí? -se aceró a mí rubio mirándome entre dolido y enojado.

-¿Crees que te libraras con facilidad de mi verdad? -sonrió una vez mas dando gala de su perversidad Mayfair-. Seré tú peor pesadilla Lestat, no por nada soy descendiente de Julien -me observo fieramente deshaciendo mi agarre-. Se feliz mientras puedas jefecito -sonrió enfatizando las últimas palabras, saliendo de la habitación mostrándose altiva siendo sus tacones él único sonido que se escuchaba por el lugar dirigiéndose a la salida aporreando con toda su fuerza la puerta. Ésta vibró y como si fuese cruzada por un relámpago todos los cristales, los cuales eran un hermoso mosaico de colores, estallaron-. ¡Lo siento! ¡Creo que se me fue la mano!-soltando una fuerte y cruel carcajada en dirección a la calle.

-¿Me crees ahora, Louis?-dije histérico a punto de saltar sobre la puerta y cruzarla. Quería golpear su rostro aniñado otra vez para demostrar que conmigo no se jugaba-. Me trajo un sobre con un desnudo suyo rogándome que no me case... intentando seducirme de nuevo- desconocía como se había enterado tan rápido, pero seguramente la mente de Louis no era rival para sus trucos. Me giré hacia él y lo miré entre confuso y dolido-. La he parado ahora, pero no sé cuanto la pararé... ha jurado venganza ¿qué clase de venganza puede hacer? Ya ni sé si hablar con Quinn.

En ese preciso instante Julien apareció tras Louis. Su rostro serio tenía una sonrisa temible. Miraba la escena como quien no le importaba nada, ni siquiera el destrozo que había hecho su descendiente. Me acusaba a mí como el culpable de todo mal, pues para él yo tenía la culpa y ella era un borreguito.

-¿Ves por qué siempre debes pensar las cosas antes de hacerla?-no era un regaño, pero yo lo tomé así-. Esa niña está loca y desquiciada, pero debe haber una forma de detenerla. Temo que quiera hacerte algo peor- me garró del brazo mientras yo estaba estático escuchando a Oncle Julien.

-Te has metido con una Mayfair, mon ami Lestat- enunció con un acento francés perfecto-. Mon fils espero que salgas bien librado que ésta es una bruja aún más poderosa que Rowan. Y ciertamente, debiste pensarlo dos veces.

Stella también hizo su aparición con su sedoso cabello negro bien peinado, sus enormes ojos oscuros se clavaron en mí y sonrió socarronamente. Hubiese deseado que fuese aún de carne y hueso para dispararla yo mismo con un revolver recreando como la mató su hermano Lionel.

-Pobre Lestat, cree que es fácil librarse de un Mayfair, oncle Julien.

-Julien, vete de aquí de una buena vez-dije alejándolo de ambos fantasmas-. Bruja, o no, ella no es quien para decidir si me debo de casar -acaricié los cabellos de mi amante intentando sosegarse y pensar una solución-. No olvides que Quinn también es de tu familia ¿a caso no vas a ayudarlo? Si sólo vas a estar aquí para molestar lárgate... ¡largaos!-grité a ambos mientras soltaba del abrazo a Louis y tiraba de él hacia la puerta de la mansión. Si ellos no se iban nosotros por supuesto que sí.

-¿Con quién hablas? -miró a su alrededor buscando a alguien, pero ahí desgraciadamente para mí sólo estábamos nosotros dos ante sus ojos. Si bien, en cuanto se percató que intentaba huir de allí gritó-¡Espera, no tengo ropa!

Louis podía ver a Claudia y a Nicolas, en ocasiones también a Goblin ya que había regresado, pero el resto para él eran silencio. No había nada ni nadie a su alrededor. Lo único que tenía como cierto Louis es que lo arrastraba.

Ambos fantasmas se voltearon hacia el televisor mientras los miraba con inquina. Quería huir, pero si tenía que esperar a que Louis decidiese su vestuario e hiciese las maletas, con total parsimonia, tardaríamos horas. Stella levantó el brazo con el puño cerrado en dirección al aparato electrónico, el cual se encendió súbitamente mostrando un vídeo pornográfico donde salía junto a Mona.

-No nacimos humanos- enunció Julien girándose hacia mí-. Nacimos Mayfair- ella se dedicó a sonreír apoyándose en uno de los hombros de su fantasmagórico acompañante.

Louis se quedó mirando la televisión y en cuanto vio como dejaba que ella comenzara a chuparme, del mismo modo que yo echaba hacia atrás mi cabeza rindiéndome y concentrándome en mi respiración para durar más en ese delicioso acto, se quedó desnudo porque soltó sus sábanas para tapar sus oidos mientras cerraba sus ojos.

-¡Apágalo!-gritó histérico con el corazón roto y la voz destrozada por la rabia.-¡Apágalo! ¡Apágalo, Lestat!

Quedé atónito porque aquella cámara había viajado en el bolso de Mona. Sin duda, ella había premeditado aquello por si algún día la rechazaba. Fue tan fría de grabarnos sucumbiendo en un acto lleno de frenesí. Stella elevó el sonido al levantar su mano mientras Julien dejaba en el suelo mi camisa destrozada, la que él me había regalado como muestra de afecto.

Louis había estado horas en un gran almacén eligiendo la tela, el corte y el color que mejor me sentaba. Fue un regalo hecho con deseo de hacerme sentir importante para él, pues habíamos discutido por otra de mis conquistas y le hice creer que sólo eran celos insensatos. Lloró horas en el suelo deprimido pensando que había juzgado mal mis actos, pero la verdad era distinta. Reconozco que disfruté el ver como lloraba y también gocé colocándome aquella camisa. Era mi victoria inmerecida, del mismo modo que fue victoriosamente arrancada de mis brazos y puesta luego en el piso de mi mansión ante los ojos cerrados de Louis.

-Pobre de ti Lestat, elegiste a la peor de las Mayfair.

Gracias a mis poderes logré que aquel plasma, el cual había comprado para mis invitados, explotara.

-Ya Louis, ya pasó todo... escúchame- si bien, sabía que no era así, pues la guerra comenzaba.

Ver esas imágenes bastaron para destrozarlo de nuevo, su cuerpo convulsionaba en espasmos provocados por su llanto ahogado. Temí que me alejara, abofeteara y huyera escaleras arriba. La casa no era segura, teníamos que huir. El resto de inmortales se hallaban cazando, muy seguramente, aunque Mael parecía estar reunido de aquel hombre, el coloso de aspecto sosegado, en las cuadras. El cual, por la descripción de Marius en su historia juraba que era Avicus.

-Sácame de aquí... -y contra todo posible pronóstico suplicó aquello-. ¡Lestat, ya no me importa nada! ¡Quiero irme lejos de aquí y contigo!



Stella encendió la radio siendo ésta vez las voces y gemidos roncos que yo ofrecía los que se escuchaban "seras mi puta predilecta" me observó cuando esa frase se hizo eco, mientras Julien se paseaba por la habitación triunfal.

-Stella, servirán todos los televisores de la casa ¿probamos?-preguntó con una sonrisa para nada agradable- Probemos-dijo alzando los brazos encendiendo todos y cada uno, y por supuesto todos al máximo volumen sinconizándolos al mismo tiempo.

-¡Eso se lo dices a todas!-no estaba seguro si aquel grito fue una pregunta o una afirmación, pero sin duda estaba molesto.

-¡Ya basta!-grité provocando que tomara a Louis en mis brazos junto a las sábanas, echara a correr lejos de allí abriendo la puerta y clavándose en mis pies los cristales que Mona había hecho estallar minutos atrás. Corrí sobre la nieve dejando que mis huellas de sangre mancharan todo el jardín mientras se alzaba al fin mi cuerpo, junto al de mi amante, por los aires. Intentaba pensar donde podíamos refugiarnos, pero no tenía idea-. Te juro que no es lo que crees Louis, eso es pasado.-le decía mientras le abrazaba con fuerza-. Louis, por favor deja que te explique cuando descendamos.

Miré hacia atrás para ver la casa completamente iluminada. Mael, como había pensado cabalgaba llegando a la entrada. Julien había adoptado la forma de Rowan situándose en la verja.

-No creí en Mona... No quise creer...-su voz sonaba idéntica pero el milenario vampiro no la veía, por lo tanto supe que era una ilusión.

-¿De qué quieres hablar? ¿De que para ti todas son tus putas predilectas? ¡Eres un cínico, decías que yo era el único!- no forcejeaba para soltarse porque era demasiado riesgo, pero apenas sus pies tocaron tierra lejos de todo, y de todos, se alejaría lo más rápido posible.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt