La sinfonía ejercía su poderoso
magnetismo y se alzaba rozando el encantador papel pintado. El
vitrola tocaba el vals de Violeta y el fantasma de Julien Mayfair
bailaba en aquella habitación. Ya no existía la pequeña
biblioteca, la hermosa mesa de caoba de Michael ni ninguno de los
muebles modernos. La cama de hierro volvía a estar próxima a la
ventana y ésta estaba abierta dejando que la brisa nocturna
penetrara en su interior. Las cortinas se movían de forma espectral
como si el fantasma jugara con ellas.
Lestat subió precipitadamente los
escalones de la vivienda Mayfair. La barandilla temblaba como si
cientos de personas se encontraran en la sala divirtiéndose como en
la época de Stella. Al borde de ésta se hallaba la figura menuda de
cabellos negros y ojos firmes. Era la nieta e hija de Julien Mayfair.
Junto a ella se hallaba Julien tomándola por los hombros con una
sonrisa desafiante.
-Bonsoir mon fils- no había visto que
moviera sus labios.
Sin embargo, el sonido de la puerta
principal al cerrarse provocó que la casa volviera a su estado
habitual. Los espíritus que estuvieron atormentándolo se esfumaron
como el humo de un cigarrillo. Él tenía el rostro congestionado.
Sus ojos violetas se clavaron en el pequeño pasillo hacia la
entrada. Su figura atlética parecía menuda porque se hallaba algo
encogido. Aquellas presencias siempre le perturbaban.
-Lestat
La voz de su esposa, la doctora Rowan
Mayfair, le arrancó cualquier atisbo de miedo. Pues, más que miedo
era inquietud y sobrecogimiento. Aquellas almas sin cuerpo por
siempre atrapadas en New Orleans viviendo a ratos cerca de la luz y
en otros momentos en medio de la pétrea oscuridad.
Llevaba un traje blanco impecable, pese
a las gotitas de sudor que habían resbalado por su cutis de mármol,
y lo lucía con sencilla elegancia. Sus pasos bajando los primeros
peldaños fueron calmados mientras meditaba si confesar su visión.
Rowan le miraba con sus ojos grises centelleantes desde el inicio de
la escalera.
-Rowan- murmuró abriendo sus brazos
para recogerla entre estos y cerrar los ojos aspirando su aroma- Je
t'aime ma cherie. Je t'aime a mourir.
Ella sonrió acariciando sus cabellos
dorados enredando sus largos y finos dedos en los mechones de su
amado. Ambos sabían que su amor se había convertido en un revuelo
en la familia, ya fueran los vivos o los muertos. Había dejado a
Michael aunque seguía manteniendo una relación cordial y formal,
sin embargo él sí era un Mayfair y Lestat no. Él era un intruso en
los planes de la familia. Sin embargo, se amaban y no importaba las
trabas.
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