Sus dedos pulsaban con gracia y pasión
cada tecla del piano hundiéndose en sus pensamientos. Llevaba puesta
una camisa con el viejo corte que una vez tanto apreció. Era de
chorreras, con el torso descubierto al no tenerla abrochada, sus
elegantes mangas terminaban con un encaje similar al que solían
tener aquellas que con gusto mandaba confeccionar. La ropa y su
estilo siempre fue una de sus preocupaciones pues deseaba lucir con
cierto encanto y cadencia que le recordara tiempos en los cuales era
más estúpido pero no más alocado. Sus pantalones también poseían
el corte de otra época y sus medias blancas cubrían sus piernas
torneándolas y resaltando cada músculo de éstas. Los zapatos que
tenía podía haberlos lucido Louis XVI antes de su decapitación.
Tenía los cabellos sueltos y caían en cascada de rizos dorados, tan
dorados como el oro, sobre sus hombros rozando su cuello y pómulos
así como de forma graciosa, y desordenada, se precipitaban algunos
mechones sobre su frente.
La melodía que sonaba era una obra de
Haydn. Apreciaba a ese autor tanto como otros genios destacables y
pequeños músicos que casi han sido desterrados de la memoria
colectiva. Sus labios tenían una dulce mueca de felicidad y su
mirada parecía sobrecogida por la fascinación. Era increíblemente
hermoso verlo tocar, pero a la vez sabías que no era humano y
tampoco un disfraz aquellas ropas que cubrían su piel de mármol.
Era el monstruo, el héroe, el seductor, el elegante, alocado y
estúpido ocasional de Lestat de Lioncourt.
Junto a él había un cesto donde yacía
cómodamente adormilada una pequeña de rizos dorados, sonrojadas
mejillas y labios diminutos pero carnosos. Sus pequeñas manos
estaban cerradas en diminutos puños que parecían proclamar mayor
ritmo y entrega. Era un cómodo y cálido lugar para estar, donde
nada ni nadie la haría daño. La chimenea estaba encendida desde
hacía horas, la habitación era cálida y la pequeña se había
adormecido nada más entrar cargada por el vampiro.
Ella se llamaba Hazel y poseía una
historia peculiar. Los genes de Lestat habían sido extraído de su
piel, la cual tenía una composición tan asombrosa como la de un
Taltos. Él, un vampiro, que había moldeado gracias a los siglos de
cacería, sus peripecias y tomar sangre de los antiguos su cuerpo,
sus poderes y por supuesto sus genes habían cambiado. Sin embargo,
esos genes pudieron aislarse y tomarse en cuenta para modificar
genéticamente el esperma de un donante. De ese modo, y con óvulos
congelados de la doctora Rowan Mayfair, lograron el milagro. Al
menos, esa era la historia que Lestat conocía casi con precisión
matemática. Los ojos de Hazel eran violetas, de un violeta intenso,
pero estaban resguardados por sus párpados que terminaban en
hermosas pestañas doradas. La niña era casi una replica de Rowan y
de él mismo.
La puerta se abrió aunque él estaba
tan involucrado en la pieza que tocaba para la pequeña que no cesó.
Los brazos algo fríos, delicados y a la vez firmes, de Rowan lo
rodearon. Pronto sintió sus pechos rozar sus hombros y como ésta se
inclinaba para besar su mejilla. El aroma de Rowan siempre le
despertaba el amor que germinaba como enredadera en su corazón.
Estaba atrapado y sin embargo le restaba importancia.
-Os estaba buscando-dijo con su
aterciopelada voz dejando que le hiciera estremecerse- Pronto será
hora que pida alimento y tú la has secuestrado para ofrecerle un
concierto- era un regaño hacia él, pues solía llevarse a la niña
sin decir nada. Le fascinaba como aquella pequeña criatura se
parecía tanto a él y ofrecía un aspecto saludable. Su pequeña
mente infantil parecía desear tan sólo leche, cuidados y colores
que llamaran su atención de forma inconfundible- Lestat... -colocó
su mano derecha sobre la derecha de su esposo y la acaició
provocando que parara.
Ella no era ya de aquel hombre noble de
aspecto grecoromano, ese que tenía el cabello negro y rizado con
algunas betas de canas que le daban cierto encanto, sino de aquel
vampiro con aspecto de muchacho terrible y sonrisa encantadora que
deslumbraba a todos como a ella lo había deslumbrado. Tampoco era
humana, aunque siendo Mayfair el título de humana era tan sólo una
metáfora para entender que podía morir de igual modo que estuvo a
punto de hacerlo cuando Lasher la retuvo. Pensar en aquellos días la
estremecía y la hundía en la locura, pero Lestat estaba ahí
tocando con pasión el piano para ella y su hija. Una hija que no
había nacido Taltos pero sí con poderes de bruja, como ella.
-Sonarán las campanas en la torre del
edén, verá Babilonia un nuevo amanecer, y los ángeles cantarán
sin decoro canciones de amor. Tú y yo sumidos en el deseo y la
locura caminaremos por los prados, seremos las sombras más
brillantes y las más oscuras, convirtiéndonos en almas con vuelo de
paloma mensajera. Nuestro mensaje será de pasión desmedida y sueños
conseguidos en medio de la oscuridad de ésta ciudad inmortal y
humana que es New Orleans- recitó un poema que había hecho para
ella noches atrás y que aún no le había ofrecido- Rowan- ella se
estremeció apartándose mientras él se erguía para caminar hacia
ella, rodearla por la cintura y besar sus mejillas mientras ella se
aferraba a él comprendiendo que la noche tan sólo había empezado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario