Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 29 de septiembre de 2013

Notas de piano y versos sueltos

Sus dedos pulsaban con gracia y pasión cada tecla del piano hundiéndose en sus pensamientos. Llevaba puesta una camisa con el viejo corte que una vez tanto apreció. Era de chorreras, con el torso descubierto al no tenerla abrochada, sus elegantes mangas terminaban con un encaje similar al que solían tener aquellas que con gusto mandaba confeccionar. La ropa y su estilo siempre fue una de sus preocupaciones pues deseaba lucir con cierto encanto y cadencia que le recordara tiempos en los cuales era más estúpido pero no más alocado. Sus pantalones también poseían el corte de otra época y sus medias blancas cubrían sus piernas torneándolas y resaltando cada músculo de éstas. Los zapatos que tenía podía haberlos lucido Louis XVI antes de su decapitación. Tenía los cabellos sueltos y caían en cascada de rizos dorados, tan dorados como el oro, sobre sus hombros rozando su cuello y pómulos así como de forma graciosa, y desordenada, se precipitaban algunos mechones sobre su frente.

La melodía que sonaba era una obra de Haydn. Apreciaba a ese autor tanto como otros genios destacables y pequeños músicos que casi han sido desterrados de la memoria colectiva. Sus labios tenían una dulce mueca de felicidad y su mirada parecía sobrecogida por la fascinación. Era increíblemente hermoso verlo tocar, pero a la vez sabías que no era humano y tampoco un disfraz aquellas ropas que cubrían su piel de mármol. Era el monstruo, el héroe, el seductor, el elegante, alocado y estúpido ocasional de Lestat de Lioncourt.

Junto a él había un cesto donde yacía cómodamente adormilada una pequeña de rizos dorados, sonrojadas mejillas y labios diminutos pero carnosos. Sus pequeñas manos estaban cerradas en diminutos puños que parecían proclamar mayor ritmo y entrega. Era un cómodo y cálido lugar para estar, donde nada ni nadie la haría daño. La chimenea estaba encendida desde hacía horas, la habitación era cálida y la pequeña se había adormecido nada más entrar cargada por el vampiro.

Ella se llamaba Hazel y poseía una historia peculiar. Los genes de Lestat habían sido extraído de su piel, la cual tenía una composición tan asombrosa como la de un Taltos. Él, un vampiro, que había moldeado gracias a los siglos de cacería, sus peripecias y tomar sangre de los antiguos su cuerpo, sus poderes y por supuesto sus genes habían cambiado. Sin embargo, esos genes pudieron aislarse y tomarse en cuenta para modificar genéticamente el esperma de un donante. De ese modo, y con óvulos congelados de la doctora Rowan Mayfair, lograron el milagro. Al menos, esa era la historia que Lestat conocía casi con precisión matemática. Los ojos de Hazel eran violetas, de un violeta intenso, pero estaban resguardados por sus párpados que terminaban en hermosas pestañas doradas. La niña era casi una replica de Rowan y de él mismo.

La puerta se abrió aunque él estaba tan involucrado en la pieza que tocaba para la pequeña que no cesó. Los brazos algo fríos, delicados y a la vez firmes, de Rowan lo rodearon. Pronto sintió sus pechos rozar sus hombros y como ésta se inclinaba para besar su mejilla. El aroma de Rowan siempre le despertaba el amor que germinaba como enredadera en su corazón. Estaba atrapado y sin embargo le restaba importancia.

-Os estaba buscando-dijo con su aterciopelada voz dejando que le hiciera estremecerse- Pronto será hora que pida alimento y tú la has secuestrado para ofrecerle un concierto- era un regaño hacia él, pues solía llevarse a la niña sin decir nada. Le fascinaba como aquella pequeña criatura se parecía tanto a él y ofrecía un aspecto saludable. Su pequeña mente infantil parecía desear tan sólo leche, cuidados y colores que llamaran su atención de forma inconfundible- Lestat... -colocó su mano derecha sobre la derecha de su esposo y la acaició provocando que parara.

Ella no era ya de aquel hombre noble de aspecto grecoromano, ese que tenía el cabello negro y rizado con algunas betas de canas que le daban cierto encanto, sino de aquel vampiro con aspecto de muchacho terrible y sonrisa encantadora que deslumbraba a todos como a ella lo había deslumbrado. Tampoco era humana, aunque siendo Mayfair el título de humana era tan sólo una metáfora para entender que podía morir de igual modo que estuvo a punto de hacerlo cuando Lasher la retuvo. Pensar en aquellos días la estremecía y la hundía en la locura, pero Lestat estaba ahí tocando con pasión el piano para ella y su hija. Una hija que no había nacido Taltos pero sí con poderes de bruja, como ella.


-Sonarán las campanas en la torre del edén, verá Babilonia un nuevo amanecer, y los ángeles cantarán sin decoro canciones de amor. Tú y yo sumidos en el deseo y la locura caminaremos por los prados, seremos las sombras más brillantes y las más oscuras, convirtiéndonos en almas con vuelo de paloma mensajera. Nuestro mensaje será de pasión desmedida y sueños conseguidos en medio de la oscuridad de ésta ciudad inmortal y humana que es New Orleans- recitó un poema que había hecho para ella noches atrás y que aún no le había ofrecido- Rowan- ella se estremeció apartándose mientras él se erguía para caminar hacia ella, rodearla por la cintura y besar sus mejillas mientras ella se aferraba a él comprendiendo que la noche tan sólo había empezado.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt