Marius y Mael discutiendo cuando la Reina... ¡Ja!
Lestat de Lioncourt
—Siempre diciendo
estupideces—argumentó.
—Aquí el único imbécil eres
tú—replicó.
—Después de ti, amigo mío, porque
no hay nadie que te supere en este mundo—dije mientras tomaba
asiento en la mesa de reuniones.
Había caminado durante días para
reunirme con todos. San Francisco no era mi lugar predilecto. De
hecho, odiaba las ciudades sobrepobladas llenas de contaminación y
apatía. Las almas que allí habitaban no eran puras y desconocían
lo que era ser libres. Estaban intoxicadas con el humo de los
cigarrillos, las enormes chimeneas de las fábricas y la comida
basura. Eran un desastre como individuos y población. La vida
germinaba marchita y se extendía más allá de los emblemáticos
edificios del centro bursátil.
Yo me dedicaba a pasear cabizbajo
mientras pensaba en Jesse. El concierto iba a iniciarse. Había
escuchado de todo a todos los vampiros jóvenes que se fueron
acumulando en las calles, como si fuera una colmena, mientras el
zumbido de los vehículos dañaba mis finos oídos. Pero ahora estaba
allí en un pequeño remanso de paz olvidando lo que había allí
fuera. Estábamos reunidos y las conversaciones se mezclaban. No
tenía intención alguna de discutir con Marius, pero comencé a
hacerlo como cientos de años atrás.
—¡Cómo te atreves!—dijo dando un
enérgico golpe sobre la mesa, aunque no lo hizo con toda la fuerza
que poseía aquel envase poderoso que era el de un demonio con
colmillos, un vampiro milenario, que había visto y sentido
demasiadas noches y víctimas.
—Es una virtud lo que hago, Marius.
Una virtud que detestas porque no digieres la verdad cuando esta
recae sobre tus acciones, pensamientos o creencias. Realmente tienes
un gran problema—susurré evitando su mirada porque no quería
seguir un tema que no tenía salida.
—Mi problema eres tú—aseguró.
—¿Yo? No—respondí mirándolo a
los ojos.
—¡Sí!—gritó.
—Tu problema es que crees saber pero
en realidad sólo eres un soberbio con demasiado tiempo
libre—contesté mientras mi mirada se centraba en esa expresión
tan furibunda.
—¡Mael! ¡Deberías sentirte
avergonzado por lo que estás diciendo!—seguía alterado.
—¿Por qué?—pregunté sin alzar la
voz— ¿Por preguntarle a otro sobre un comentario que hiciste? ¿Por
qué? Sólo quería saber si era cierto.
—Pudiste preguntarme a mí—dijo.
—Tú no estabas en ese momento y no
sabía si me contestarías. Estabas tan furioso conmigo, contigo y
con el mundo que creí que todo ardería a causa de tu ira.
Sabía cual era su problema. Su mayor
problema es que no quería ver destacar a otros por encima de su
nombre. Él quería ser el elegido. Deseaba que todos le amaran y
adularan como creía merecer. Sin embargo, yo cuestionaba sus
acciones como muchos otros lo habían hecho a lo largo del tiempo.
Muchos habían ido en contra de sus absurdas leyes pero nadie era
capaz de plantarle cara mostrándole cada uno de sus defectos,
haciéndole ver que estaba equivocado y que sólo era un tonto
intentando parecer un genio.
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