Entrevista ofrecida por parte de Michael Curry a David Talbot. Disfruten...
Lestat de Lioncourt
Los grandes misterios a veces perturban
tanto que se convierten en una obsesión. La famlia Mayfair había
sido un gran misterio desde sus inicios, como si fuese un banco de
niebla espeso en el cual no hay escapatoria y ni siquiera se baraja
esa opción. Aaron Lightner había disfrutado de una vida plena,
intensa y dedicada a una familia que, por causas del azar, había
terminado siendo la suya propia. Beatrice Mayfair había sido la
afortunada esposa de Aaron en los pocos meses que pudo disfrutar de
una vida fuera de Talamasca, sus misterios y sacrificios. David
Talbot conocía al detalle a la familia, pero aún así había nuevos
misterios que no podía comprender.
Aquella noche despertó temprano, tomó
los viejos apuntes de su compañero y se sentó en su pequeño
despacho. La habitación tenía un orden excesivo, salvo sobre la
robusta mesa de madera. Allí, arrojados como si fueran un mapa con
códigos imposibles de descifrar, se encontraba la historia familiar
de los Mayfair. Cada papel representaba un suceso paranormal,
relacionado con el vudú o asesinato en el cual no se hallaron
pruebas inequívocas de haber sido pertrechado por alguno de los
miembros. También, por supuesto, habían sucesos más alegres y
otros meramente económicos. La fortuna de los Mayfair era bien
conocida en todo el país, como si fueran una leyenda que sólo se
escribe de despacho en despacho.
Con cuidado tomó, de entre tantos
documentos, una pequeña carpeta de cuero envejecido por el paso de
los años. Dentro había unos datos a mano, hechos por Aaron, sobre
los Taltos. Era un documento que había escrito en sus últimos meses
de vida. Se trataba de la historia de Lasher. La forma en la cual se
había hecho con toda aquella información no era precisamente legal,
ética o posible de realizar por un ser que no fuese un vampiro.
Durante semanas, con cierta cautela,
había espiado los pasos de Michael Curry y decidió que esa misma
noche, la noche en la cual releyó la historia de su hijo Lasher,
sería la apropiada para dar con él. Necesitaba confirmar todo aquel
asunto y asegurarse que era imposible lo que estaba ocurriendo, pues
muchos Mayfair estaban regresando del más allá y todo era por culpa
del demonio. Sin embargo, rogaba encarecidamente que Julien no
hubiese traído de vuelta esos Taltos, esos que trajeron miseria y
tristeza a la familia. Sobre todo, si hablamos de Lasher, pues
Morrigan sólo aportó lágrimas pero no dolor o miseria.
Tomó tan sólo una de las viejas
fotografías de Aaron, la colocó en su cartera y la guardó en el
bolsillo interior de su americana. Llevaba un pulcro traje hecho a
medida, de color azul oscuro, con una camisa en tono celeste y sin
corbata. Deseaba tener un aspecto más informal, pues donde iba a ir
era un lugar muy distinto al habitual. Conocía bien uno de los
defectos de Michael y ese era su gran afición a la cerveza.
Encontraría al padre de los Taltos en uno de los bares más
prestigiosos de la ciudad, pero no era por su clientela sino por la
cerveza que allí se consumía.
Unos pasos casi inaudibles se
aproximaron a la habitación. Provenían del pasillo y eran
elegantes, cuidados y hechos con calzado masculino muy cómodo. La
colonia que llevaba el empleado le delató como Lorenzo Mill. El
muchacho, de profundos ojos verdes, apareció acomodando su tupido
flequillo rubio, para después anunciar algo que ya sabía, pues
había escuchado el motor del vehículo.
—Mr. Talbot, el taxi que pidió está
en la puerta—indicó.
—Gracias—dijo con una leve sonrisa
que denotaba amabilidad y sobriedad.
David se encaminó a la puerta, rebasó
a Lorenzo y éste cerró el despacho tras de sí. Los pasos de ambos
se confundieron en el pasillo, caminando entre las numerosas puertas
que allí se encontraban. Louis se encontraba fuera y daba gracias
por ello, pues no quería dar demasiadas excusas que ni siquiera él,
un viejo amigo, admitiría.
El conductor del taxi era un hombre
mayor, de cabello completamente blanco y con una pequeña gorra de
cuero negra sobre la cabeza. El olor del jazmín del patio se
mezclaba con el expulsado por el tubo de escape, el cual recordaba
que estaban en una ciudad y no en mitad de la nada. El jardín
resplandecía, estaba cargado de rosas y diversas flores silvestres.
Los grillos cantaban su noble serenata y los pequeños animales,
algunos tan diminutos como un grillo, sonaban entre los brotes de
césped. Comenzó a tomar conciencia entonces que la vida provocaba
enormes cambios, del mismo modo que la muerte, y aquella noche
tendría un gran cambio en la suya. Él podía notarlo.
Decidió tomar asiento en la parte
trasera del vehículo y le ofreció al conductor la dirección. El
hombre comenzó a informarle sobre el local, como si fuese nuevo en
la ciudad, explicándole la excelente calidad de las cervezas
alemanas, irlandesas y británicas que allí se servían. También le
habló de la numerosa carta de cervezas, que no eran de barril, que
se podía consumir. Por supuesto no paró de hablar de la decoración
y de como el dueño se estaba haciendo rico. David a penas le
escuchaba, pues tenía asuntos importantes en los que sumergirse.
Además, él era un vampiro y no necesitaba beber ni una gota de
aquellas barricas.
Cuando se apeó del taxi descubrió que
el local estaba abarrotado, había música en directo y Michael
estaba sentado frente a una gigantesca pinta de cerveza negra. Sus
ojos parecían perdidos y tenía aspecto cansado. Llevaba una simple
camiseta blanca, unos jeans y unas sandalias de cuero negro. De ese
modo, como si fuera un hombre común, pasaba inadvertido incluso para
los miembros de Talamasca, aunque sólo para los más jóvenes.
El vampiro entró en el local, se
deslizó entre alas esas y terminó sentado frente al brujo. Él no
se movió ni un milímetro, tan sólo levantó la cerveza y di un
largo trago. Aquellos ojos tan intensos le provocaron un escalofrío
terrible, pero se controló. El rostro de Michael parecía más
joven, a penas tenía alguna arruga y el color de su barba, así como
el de su cabello, había tomado un tono mucho más oscuro,
olvidándose al fin de las canas. Era como el Michael que describió
Aaron, aquel hombre hecho a sí mismo con unas hermosas gafas de
pasta. Sí, también llevaba esas gafas, pero no impedía perderse en
aquellos dos océanos que parecían terriblemente agitados.
—Hace mucho que no le veía—habló
él primero sobresaltando a David—. Me hizo una entrevista sobre mi
vida, algo corta pero destacando lo principal—levantó la jarra
acercándosela a la boca, pero no bebió—. ¿Qué quiere de
mí?—preguntó, dio un corto trago y dejó la jarra sobre la mesa.
—Quiero saber la verdad, pues así me
aseguró que sería aquella vez—dijo aquello con solemnidad, como
si se tratara de un pacto de caballeros.
—Adelante—no hubo evasivas, pero
sabía que no obtendría aquella información con facilidad.
—¿Qué ocurre con los
Taltos?—aquella primera pregunta, tan directa, sorprendió a
Michael. David no iba a buscar rodeo alguno. Necesitaba saber la
verdad. Sentía que el mundo corría un terrible peligro si
continuaban con aquellos juegos.
—Los hijos de Ashlar siguen en sus
funciones administrativas habituales, así como están desarrollando
nuevas cualidades para la mejor atención de los enfermos y también
un análisis más concreto, y específico, de su enfermedad—respondió
con una sonrisa gentil que enmascaraba una cruda verdad.
La mente del brujo estaba cerrada. Tal
y como sopesó Ashlar, en algunas de sus anotaciones encontradas por
la orden, él era fuerte, muy poderoso y astuto. Su imagen bonachona
guardaba a un hombre sabio y rápido, que sabía juzgar bien las
situaciones y que había llegado a ser terriblemente violento. Era
como estar frente a una bestia con multitud de rostros y unos
encantadores ojos azules.
—No hablo de ellos—respondió.
—Entonces, no sé—dijo encogiéndose
de hombros—. ¿Tiene alguna pregunta más?—sonrió con aquellos
labios que guardaban tanto, pero también con los ojos. Se sentía
victorioso al ocultar algo tan importante.
—Lasher ha vuelto a la vida y está
bajo el dominio de Julien—comentó inclinándose hacia delante,
para fijar sus ojos pardos en aquellos tan claros y desafiantes—.
Intentará mantenerlo lejos de Rowan, ¿verdad? Es eso lo que le ha
dicho. Seguramente se lo ha jurado en repetidas ocasiones, pero bien
sabe que no tendrá piedad y la buscará—el discurso provocó
cierto nerviosismo en Michael. El brujo tomó la jarra para beberla
de un sólo trago, mientras David proseguía—. ¿Y si se la lleva?
Dígame Michael, ¿qué hará? ¿Qué ocurrirá si Lasher termina
forzando de nuevo a la que fue su madre? Aunque no le de Taltos, como
tanto ansía, ella es una fantasía erótica recurrente para él,
¿verdad? Sé que lo sabe. Es una obsesión malsana la de Lasher y
sus brujas. Porque Rowan siempre fue suya, mucho antes que su esposa.
—¡Basta!—exclamó dejando la jarra
sobre la mesa. Sus manos temblaban y muchos le miraban con cierta
curiosidad. Sin embargo, pasaba por un borracho en plena discusión y
esperaban ver puñetazos.
—No, no me voy a detener—dijo con
un tono sosegado, aunque ligeramente enérgico—.Aaron murió por
ayudarlos, así que no aceptaré que su muerte haya sido en vano.
—Aaron era su amigo, pero también
era mi amigo. Tal vez, no lo conociera como usted. Quizás, jamás me
hubiese contado sus verdaderos conocimientos. Es posible que nunca
comprenda el dolor que siente atenazando su corazón. Sí,
posiblemente no lo sepa. ¿Era como su hermano?—aquella última
pregunta la hizo algo conmovido.
David quedó en silencio y sus ojos
brillaron. De un momento a otro iba a llorar. Durante años se
mantuvo firme como si nada le afectara, pero terminó explotando en
un llanto amargo cuando Merrick también decidió partir de su lado.
Todo lo que había hecho para la orden quedó vendido por unos
desgraciados, los cuales además habían asesinado a Aaron, herido a
Yuri y expuesto públicamente ciertos casos importantes. Era una
tragedia. No sólo era la muerte de Aaron, sino de toda una época.
Pero, su muerte no era la de un amigo, sino la de un hermano.
Trabajar a solas, indagar sobre vampiros, era un trabajo duro a pesar
de ser uno de ellos.
—Sí—respondió tras varios
segundos de mutuo silencio.
—¿Quién le ofreció esa
información?—frunció el ceño y se inclinó sobre la mesa,
colocando los codos sobre ella, para luego pasar sus manos por la
cabeza y deslizar sus dedos por la nuca. Estaba desconcertado. Nadie
le había dicho nada.
—Julien—la respuesta enfureció a
Michael, pero fue un alivio para David—. ¿Y Morrigan? ¿Qué ha
sido de su hija?
—Ella está a salvo en casa, de donde
no debió salir—al fin hablaba del tema y eso hizo que el vampiro
prestara aún mayor atención—. Es mi hija, aunque sea un Taltos.
Para mí ella no es un monstruo y no deseo que muera de nuevo. Ha
sufrido demasiado como para...
—Hablé con Ashlar—intervino—.
¿No piensa dejar que se vean?
—No, no quiero una unión de
Taltos—sus ojos parecían tristes y conmovieron a David—. Durante
años estuve buscándola. Mona tenía el corazón destrozado. Mi
pobre niña, nuestra pobre niña, sufrió una terrible aventura. Todo
comenzó como si fuera el paraíso prometido, pero acabó siendo
sometida a los caprichos de seres abominables. Seres que dicen tener
buen corazón, pero sólo son mezquinos.
—Sus propios hijos y
narcotraficantes, lo sé—respondió—. Pero, ¿no piensa aceptar
la posibilidad?
Recordó la hipótesis que se barajó
en ciertos momentos cuando Lestat indagó sobre los Taltos. Cientos
de esas criaturas caminando por el mundo, comprendiendo y conociendo,
esperando la oportunidad para matar a los humanos del mismo modo que
ellos fueron aniquilados. Sin embargo, conociendo a Ashlar no cabía
posibilidad alguna al respecto. Él era un hombre, por así llamarlo,
tranquilo. Posiblemente sólo buscaba una isla cálida que le
recordara al lugar de sus orígenes.
—No—dijo de forma tajante.
—¿Ni bajo su supervisión?—la
pregunta debía hacerse, aunque sabía la respuesta.
—No—negó suavemente con la cabeza
y se acomodó en la silla.
—Pero Julien lo ha traído a la vida,
¿usted lo sabía?
Ambos se miraron durante unos segundos.
El murmullo del bar quedó solapado con el de sus pensamientos. Todo
lo que había a su alrededor no existía. Las altas paredes cubiertas
de madera de viejas barricas, el suelo de losas de gaucho, las
numerosas mesas, los cientos de ojos que esperaban con ansiedad el
final del primer tiempo del partido, el sonido difuso de las
distintas televisiones de plasma, el ir y venir de los camareros, el
timbre de pedidos o incluso el crujido de las sillas se había vuelto
invisible. Sólo estaban los dos, en un espacio indeterminado,
mirándose a los ojos mientras encajaban la información. David aún
no salía de su asombro, a pesar de los días transcurridos, pero
Michael lo estaba digiriendo de una forma asombrosa.
—No, es la primera noticia que tengo
sobre ello—explicó—. Aunque, después de escuchar lo que me ha
dicho sobre Lasher, nada me sorprende.
—¿Oberon sabe que su madre está
viva?—quería saber más, pero no quería perturbarlo, así que
optó por una pregunta más suave.
—Todavía no—respondió
rápidamente—. Ni él ni sus hermanas—añadió—. Soy incapaz de
sentarme a conversar con ellos sin sentir un nudo en mi garganta.
Ellos padecieron cosas terribles, momentos para olvidar, y desconozco
como vayan a reaccionar.
—Es su madre—comentó.
—Es mi hija—repuso—. Un padre
desea proteger a sus hijos.
Él no la había protegido. Quizás era
uno de los motivos por los cuales prácticamente temblaba con el sólo
hecho de imaginar a Ashlar junto a Morrigan.
—Tiene razón.
—¿Desea algo más?—hizo la
pregunta con franqueza, pues quería saber si aquel vampiro sabía
más de todo el asunto.
—Sólo una pregunta más, por
favor—musitó.
—Adelante—se encogió de hombros y
acomodó en la mesa, colocando las manos sobre la madera. Con sus
gruesos y ásperos dedos seguía las curvas de cada trazo de ésta,
se dejaba llevar por la sensación del barniz y prácticamente
memorizaba cada trozo de aquella mesa.
—Lestat y Rowan...—empezó a decir.
—Él la ama—estaba seguro de sus
palabras, mucho más que ningún hombre cuando decía amar a su
mujer—. Ofrece a Rowan el delicioso momento de una aventura
distinta cada vez. Su modo de relacionarse con nosotros la
sobrecoge—murmuró aquella última frase con cierto pudor, pero era
franco. Estaba abriendo su corazón, como sucedía habitualmente
cuando él hablaba de su esposa. Michael era un hombre, que a pesar
de sus deslices, era completamente leal a Rowan y sus necesidades—.
Sé que no puedo ser el único hombre en su vida, lo he aceptado hace
tiempo. Yo le ofrezco a Rowan protección, seguridad, cariño y
entrega absoluta. Él le ofrece cierto punto salvaje, una comprensión
mayor que la mía y unas emociones que no sé ofrecerle. Somos polos
opuestos, y ella nos ama así. Soy incapaz de poner punto y final a
esa relación, así que digamos que convivo con un aliado y un
enemigo a la vez.
Por unos instantes permitió a David
leer su mente. Le ofreció la posibilidad de observar los ojos
tristes y meditabundos de Rowan. David era el creador de Rowan, la
había hecho su hija para que fuese compañera de Lestat. Michael lo
sabía, por eso mismo se sentía ciertamente incómodo. Sin embargo,
las imágenes que mostraba de ella eran la de una mujer dividida.
Ella ciertamente era feliz con ambos a su lado, teniéndolos en
silencio completamente subyugados a sus caricias y pensamientos.
Rowan los necesitaba, sobre todo ahora que Lasher podía aparecer.
—¿Cómo puede aceptarlo?—aquella
pregunta era algo que le carcomía el alma. No pudo aceptar que Louis
amase a Merrick, como tampoco pudo aceptar que Merrick coqueteara con
él. Ya no era capaz siquiera de aceptar que su actual pareja, Louis,
correteara por las calles tras prostitutas y maleantes. Los celos le
cubrían con una fina película trágica, la cual se reproducía cada
noche, y sin embargo el se mostraba ajeno y frío ante todo.
—Porque ni Lestat ni yo somos
perfectos—soltó una leve carcajada y negó con la cabeza una vez
más—. No existe la perfección.
—Debo marcharme—comentó.
El bar regresó. La vida que había en
él surgió de entre las grietas de un abismo extraño, la música de
la máquina tragaperras alertaba de un premio, un borracho suplicaba
por una copa más y el murmullo de la televisión era atractivo,
sobre todo ante los vítores de los allí congregados. David se dio
la vuelta, echó a caminar hacia la salida y no se giró ni un
instante para escuchar como Michael se despedía. Aquel hombre le
había dado una información importante: Morrigan estaba viva de
nuevo.