Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 20 de septiembre de 2014

Entrevista al príncipe

Bueno, una entrevista no viene mal ¿no? Recordar buenos momentos con viejos amigos. En vista a la publicación del día 27 de Octubre de "Príncipe Lestat" se ha hecho de nuevo el "milagro". No maten a David con sus preguntas, que ha sido peor que un test de la Cosmopolitan, sino admiren su trabajo.

Lestat de Lioncourt 


Hacía tanto tiempo que no desarrollaba pacíficamente las entrevistas que ya lo había olvidado. Sentado cómodamente en un sillón, rodeado de cámaras y focos, se sentía completamente cegado por la emoción. Eran luces tenues, pero perfectas. Iluminaban el estudio justo en los lugares que se precisaba. La biblioteca, con sus pesados y finos tomos, estaba a las espaldas y bajo sus pies una encantadora, y cara, alfombra persa. La mesa del despacho estaba recogida, tan sólo se hallaba un libro sobre ella. Las sillas, extremadamente cómodas, estilo Luis XVI estaban forradas en color borgoña. Él, allí situado, parecía un perfecto maniquí elegantemente ataviado con un traje gris humo, una corbata en el mismo tono y una camisa blanca de lino. Sus zapatos resplandecían y se movían inquietos.

Era una entrevista sencilla, cómoda y atractiva. De nuevo volvía a estar frente a frente con él, un viejo amigo. Sin embargo, era una puesta en escena meticulosa y elaborada. Nada podía salir mal. Cualquier fallo, por mínimo que fuese, no se lo perdonaría jamás. Volvían a estar juntos, haciendo algo sin mucho peligro pero sí de gran interés. Se trataba de una oportunidad única. Era algo que no podían rechazar. Hablar sin tapujos en un medio como ese y para todo mundo. Saldría en emisión online, todos verían de nuevo a Lestat antes de su fabulosa aparición a través de su nueva novela. El mundo entero debía saber que estaba ahí, igual que cuando dio aquel famoso concierto que fue un auténtico fiasco.

Las cámaras estaban preparadas, los jóvenes de los micrófonos listos y una chica, muy esbelta y de piel cenicienta, terminaba de acomodar unas hermosas flores sobre la mesa. Entonces, de la nada, apareció él. Llevaba tu típica ropa de estrella del rock, con esas gafas de lentes violetas y el pelo suelto completamente enmarañado. Unas botas militares algo desgastadas, unos pantalones de cuero y una levita con camafeos que se hizo famosa gracias a sus anteriores libros. Lestat era sin duda la imagen de la rebeldía. Había rogado que fuese elegante, pero se presentaba inclusive con camisa con chorreras y un aspecto sacado de una revista de variedades.

—Te dije que vinieras bien vestido—chistó bajo sin perder su sonrisa británica, tan cortés y diplomática.

—Oh, por Dios... ¿ya vas a empezar igual que si fuera mi madre?—preguntó bajo con una ligera risilla.

—No es divertido, Lestat. Te pedí encarecidamente que...

—¿Empezamos?—preguntó uno de los jóvenes, el cual llevaba la cámara y parte del peso de la grabación recaería sobre él.

—Sácame tan guapo como soy—dijo lanzándole una sonrisa seductora—. Por cierto, un placer conocerte.

Lestat era irreverente. Si pudiese catalogarse a ese vampiro sería de joven rebelde eterno. Un ser que nunca sería consciente de su poder y habilidades. El chico era alto, de cabello negro y liso, ojos negros y rasgados, uno de tantos que entraban y salían de aquella mansión. Nunca nadie hubiese reparado en él. Talbot se rodeaba de jóvenes con talento y cierto dominio de la tecnología. Ellos eran su equipo para esta serie de entrevistas, así como para filmar algún suceso paranormal que pudiese apreciarse en la zona. El joven se quedó paralizado observando los ojos casi violáceos del vampiro. Su sonrisa era demasiado atractiva y su voz le resultó sugestiva. Conocer a otro vampiro, además del señor Talbot, suponía una experiencia nueva. Tan sólo llevaba un par de semanas en la ciudad y podía decirse que estaba acostumbrándose a la idea. La verdad no tenía límites, el mundo carecía de fronteras y pronto escucharía todo lo que Lestat quisiera desvelar.

—Jackson—pronunció el apellido del muchacho y éste reaccionó—Comienza a filmar, comenzamos—sentenció con severidad, intentando influir cierta seriedad a todo lo que estaba a punto de empezar—. Ya recortaremos lo que creamos necesario.

—No me dejas ser yo mismo—dijo negando suavemente con la cabeza—. Joder, todo está muy limpio. ¿Por qué estamos en Talbot Manor?

—Llevo unas semanas en Londres—confesó con un ligero aire de nostalgia, pero sobre todo con un secretismo al que se aferraba con tenacidad—. Necesitaba finiquitar unos asuntos.

—Has ido a robar cosas a la vieja matriz de Londres—comentó guiñándole un ojo.

—Eso a ti no te incumbe—le reprochó visiblemente molesto.

—Ladrón—chistó—. Ladronzuelo...—susurró con una ligera risa que se convirtió en risotada.

—Lestat, por favor—dijo acomodándose en la silla, que empezaba a resultar incómoda por la actitud de su buen amigo.

—Sí, empieza—se desabotonó la levita y acomodó su camisa. Sin mucho cuidado se acarició el cabello y tomó una pose muy desenfadada. Sus piernas estaban ligeramente encogidas y su cuerpo relajado. Parecía cómodo ante el objetivo.

—Bienvenidos una semana más a ésta serie de entrevistas donde nuestros compañeros inmortales, brujos o vampiros, dan su punto de vista y detalles más profundos a su vida—intervino David Talbot con total naturalidad. Aquello sin duda le fascinaba. Lanzar sus preguntas al aire para que otros la recogieran, sintiendo la emoción y el peligro de saberse perseguido por sus viejos compañeros, y apreciar el momento tal y como era le encantaba—. Hoy, en una excepcional ocasión, tenemos a Lestat de Lioncourt—lo presentó con un ligero ademán de cabeza y prosiguió sin perder el hilo de sus pensamientos—. Uno de los más famosos vampiros que existen, así como mi creador y mi mejor amigo.

—Ese era Aaron, pero desde que murió me tocó ser el primer premio—dijo con una señal de victoria mientras sonreía. Aunque sabía bien que era un tema delicado, Lestat, no podía evitar quitarle un poco de hierro al asunto.

—Lestat, por favor—clavó sus ojos en él como si fueran incisivos. Esos ojos pardos, cargados de una sabiduría casi ancestral. No eran los ojos de un muchacho. La profundidad que tenían eran las del hombre que él bien conoció en sus últimos años de vida.

—Lo siento—murmuró.

—Ya muchos conocen tu nuevo regreso, ¿deseas decir algo al respecto?—la primera pregunta fue colocada sobre la mesa. Era una oportunidad mágica. Todo empezaba de nuevo.

—Sí... ¡Mamá te conseguiré una copia!—gritó señalando la cámara mientras se reía a mandíbula suelta—. ¡Lo siento! Tenía que hacer esta broma—pidió disculpas a su buen amigo, el cual lo observaba con cierta ira contenida. Lestat siempre hacía lo que quería, en el momento que deseaba y a veces era el menos oportuno—. Sólo quería agradecer a todos el estar aquí. Estoy muy satisfecho con la gran acogida que estamos teniendo. Muchos creen ya mis palabras, algunos han pedido que realmente me canonicen como tanto deseaba y ahora estoy aquí. Me siento tentado a ser travieso, a jugar con todos ustedes, reír con unos buenos chistes y olvidar. Quiero sentarme aquí, con las ropas más cómodas que poseo, y lanzar un par de halagos a los que siempre me han apoyado. Sé que ha sido una larga y tensa espera. Muchos ya creían que me había olvidado de ellos, y que no regresaría jamás—sus dedos se movieron mágicamente sobre el reposabrazos de la silla. Sus ojos se movían por toda la habitación. Había escrutado cada detalle, centrándose en el jarrón cargado de flores. Amaba las rosas, pero también las flores silvestres. Parecía estar recordando algo, quizás a Mona o tal vez la muerte fatídica de Morrigan. Nadie podía saberlo allí salvo él. Se quedó callado unos segundos y después habló—. Creyeron mis palabras como buenos amantes de mis descabelladas ocurrencias, pero no podía mantenerme callado—acabó diciendo.

—Ha pasado más de diez años...—Lestat en ese momento no supo si ese murmullo fue un apunte, un reproche o simplemente iba a preguntar algo. Sin embargo, le miró directamente a los ojos y sonrió.

—El tiempo vuela cuando tienes cosas que hacer—explicó brevemente.

—¿Y qué has estado haciendo?—preguntó al fin.

—Resolver misterios, como tú, pero a mi modo—se encogió de hombros y se echó a reír—. Han ocurrido cosas trágicas entre nosotros, hemos visto la violencia más atroz y recuperado del cajón de los recuerdos momentos dolorosos—colocó mejor los codos sobre la silla y reflexionó un breve segundo—. En estos años me he acordado mucho de ella, de Akasha, con su piel de mármol y sus ideas locas sobre una religión basada en los vampiros, la sangre y la sumisión humana.

—¿Y qué has sacado de ello?—la pose de David cada vez era más relajada. Su viejo amigo, su buen amigo, uno de sus mayores amores, ya que a los amigos se les ama por encima inclusive de cualquier problema, al cual mayor lealtad de le había demostrado se estaba colocando en una pose seria y cercana. David amaba escuchar su voz y sus historias. Era en parte el motivo por el cual lo ayudó la primera vez. Lestat era brillante, pero no era algo que acostumbrara a decirle. Temía por sus ocurrencias. Cada locura suya era un riesgo para todos.

—Que somos monstruos, pero que la verdadera monstruosidad que reside en nosotros es aún peor que nuestros actos—sonrió descaradamente a la cámara levantando sus cejas, con una expresión cómica como si le sorprendiera algo de todo lo que había dicho, e hizo un ligero guiño—. Todos entenderán esto al leer Príncipe Lestat.

—¿Qué deseas hacer ahora?—intervino David.

—Seguir escribiendo—afirmó sin meditarlo ni un minuto—. Siempre escribo mis memorias. Puede que en menos de dos años tengamos otra de mis aventuras colocadas en una estantería, con una hermosa encuadernación y mi nombre en letras gigantescas.

La habitación, llena de libros, tenía un hermoso decorado con cortinas borgoña, como las sillas, y un suelo bien pulido. Aquel lugar, que era como un santuario para un hombre como David Talbot, se había convertido en el refugio de dos vampiros que intentaban recordar quienes eran.

—¿Crees en el destino? ¿Aún crees en esas cosas?—dijo inclinándose hacia delante, para crear un clima más cercano a ser posible.

—No lo sé—se encogió de hombros y meneó la cabeza. Sus rizos cayeron sobre su frente y rozaron sus delgadas cejas doradas—. Sé que si no hubiese ido a matar esos lobos, pues estaban acabando con el ganado y la tranquilidad del pueblo, jamás me hubiese escogido Magnus—suspiró—. El sacrificio de esos animales fue más allá del honor y el placer de sabernos a salvo. Aún así, te confieso, que no hay noche que no recuerde el olor a sangre y la sensación de frío que sentí allí solo, impotente y aterrado.

—¿Entonces?—preguntó intrigado.

—Creo que todos tenemos la suerte de tener una vida, más o menos duradera, con unas oportunidades magníficas y sólo hay que descubrir cual es la mejor—frunció el ceño y después relajó el rostro, para seguir hablando como si abriera su alma. Realmente la estaba desnudando—. A veces es por puro instinto, otras simplemente no hay remedio. Siempre quise destacar y lo hice. Nunca me he dejado acobardar.

—Lestat, ¿has creído alguna vez que no debiste hacer algo?—aquello era más bien la confesión de sus pecados. David Talbot sabía que había tenido en su vida muchos fallos, pero no era hora de hablar de ellos. Deseaba que Lestat comulgara los suyos.

—Muchas veces—asintió ligeramente—. Transformé por capricho y necesidad a Claudia. No pensé bien aquello en el momento en el cual se dio. Me comporté de forma muy egoísta. Sin embargo, ¿dejarías morir a una niña de escasos seis años?—aquella pregunta retórica le hizo recordar brevemente a Louis, se notó. Sus ojos parecían humedecerse, pero no lloró. No podía llorar frente a las cámaras. Era inaudito que llorara mostrando su debilidad, su dolor—. Era tan pequeña, David, que prácticamente podía cargarla con un solo brazo. Acepto que no estuvo bien, que soy un asesino que mata todas las noches, pero ella era inocente. Me juré no volver a matar a un inocente. Louis se sentía lleno de remordimientos por todo, y no quería uno más. Pensé que si ella vivía con nosotros, si era parte de nosotros, y formábamos una familia terminaríamos siendo más fuertes y hermosos que cualquier grupo de vampiros. Y así fue, pero ella...

—Intentó matarte—lanzó aquello como un cuchillo, pero Lestat lo esquivó con galantería.

—Durante unas noches así lo creyó—susurró—. Festejó mi muerte y a la vez me maldijo—aquello lo creía a pies puntillas. Él conocía bien a Claudia, mejor que Louis y que cualquier otro, porque era muy similar a él y también a su madre. Era una mujer libre, luchadora y quiso soñar con algo más que muñecas. Él sabía que cometió horribles pecados, que uno de ellos era no permitir que fuera lo que siempre deseó ser—. No había mucho sobre mí en mis pertenencias. Mi pasado era humo, una novela barata de ciencia ficción, y jamás sabría mi verdadera procedencia. Me convertí en un fantasma que me burlaba de ella y la aterraba. La conciencia le pesaba, yo lo sabía. A pesar de todo, en lo profundo de su alma, le reconcomía porque no había conseguido todo lo que quería. Tan caprichosa como siempre.

—¿Aún la amas?

Tras esa pregunta hubo un silencio en la habitación. Los chicos que se movían realizando las tomas, evitando ruidos que pudieran crear mal sonido o simplemente observando los focos que iluminaban todo ligeramente, se quedaron quietos esperando la respuesta de Lestat.

—¿Puede un padre dejar de amar a un hijo?—cuestionó con ligero tono afligido.

—No. Creo que no—dijo—¿Y Nicolas? ¿Sigue en tus pensamientos?

—Sí—afirmó rotundamente sin evitar los ojos pardos que le asechaban, los ojos de un cazador—. Todos los que he amado están en mis pensamientos. Aquellos que he querido y apreciado en ésta vida, o en mi vida mortal, están conmigo—sonrió sin malicia ni sorna. Una sonrisa limpia—. No sé si eso es ser parte de un infierno personal o de un paraíso para privilegiados.

—¿Qué aprendiste de él?—David era directo y Lestat lo agradecía, pues era igualmente directo. Aquello le estaba gustando a ambos.

—Apreciar la melancolía y los minutos que nos dan de felicidad. Él era pura oscuridad, completamente atormentado, y por eso era excelente. Hizo obras para el teatro que deslumbraban por su ingenio.

El teatro de los vampiros que había quemado Louis, el mismo que Nicolas dijo que quemaría si no hacían lo que quería. Un teatro que fue una maldición. El lugar donde Magnus se presentó para señalarlo con su dedo huesudo. La muerte rondaba las tablas de aquel teatro, el mismo que ardió hasta la última viga. Ahora había un edificio de apartamentos allí. Algo menos pomposo que un teatro.

—¿Y Louis? ¿Él no te enseñó la melancolía?—preguntó.

—Y el rencor, la rabia, el dolor, la miseria, ser cínico las veinticuatro horas del día y la filosofía de un mártir—enumeró una serie de defectos que a cualquiera le parecía cruel y desmedida, sobre todo a David. Aquel vampiro amaba los ojos esmeraldas de Louis. Muchos amaban la figura lánguida del filósofo y mártir que una vez decidió abrir la caja de Pandora.

—Eso es cruel—murmuró.

—Sí, pero aún así lo amé—le dijo señalándolo con el dedo índice de la mano derecha, lo hizo sacudiendo ligeramente el brazo—. Amé su lado humano. Siempre he amado a los humanos y tenerlo a él, como castigo por la muerte de Nicolas y como gran pasión por su forma de ser, era sin duda un milagro. Pero ya no es el mismo. Tú mismo has visto que es un asesino sin escrúpulos y se mueve por el mundo con unos deseos insaciables.

—¿Cómo es la relación con tu madre? Ella fue tu primer vampiro—ambos sonrieron cuando se miraron en ese momento. Bien sabían que estaban hablando de una mujer fuerte y rebelde, más fuerte y rebelde que su propio hijo.

—Mi hija, mi compañera, mi hermana, mi amante... pero no mi madre—aclaró—. Ella dejó de serlo. Creo que nunca tuvimos una relación habitual entre una madre y un hijo. Es cierto, que cuando era pequeño me secó algunas lágrimas, me contó hermosas historias y me hizo pensar que podría hacer cualquier cosa—se incorporó y tomó una de las flores del jarrón. Era una rosa roja. Una rosa cargada de un color muy llamativo. En sus manos, ligeramente bronceadas, parecía un corazón a punto de ser despedazado—. Sin embargo, ella más que una madre fue mi confidente. Aún recuerdo los días más fríos cuando su cuerpo temblaba, ya que sus huesos no soportaban el clima, y se acomodaba a mi lado, en la cama, hablando conmigo sobre sus sueños.

—Los sueños son importantes, ¿no es así?—la voz de David era la de un confidente. Parecía un ángel ataviado con ropas de burócrata esperando que un demonio hablara.

—¿Qué sería del mundo sin sueños ni soñadores?—susurró acercándose la rosa a la nariz. La olfateaba y acariciaba suavemente con sus largos dedos—. Los sueños nos hacen avanzar. Imaginar lo imposible a veces hace real cualquier cosa. Fíjate en nosotros, ¿no somos personajes de pesadillas? Y mira, estamos aquí. Quizás porque alguien nos soñó, tal vez porque somos parte de los sueños de éste gran mundo. Damos esperanza, David. Amigo mío, los sueños son importantes. Si le quitas a alguien sus sueños no queda nada, ni siquiera cenizas.

—¿Y a eso te dedicas?—preguntó, aunque sabía que respondería. Él lo conocía bien.

—A soñar y seguir mis sueños. Deseo conocer todo lo que hay en éste mundo y en otros. No quiero dejar preguntas sin responder. Fui a por preguntas una vez, tuve algunas pero no todas. La vida me ha dado muchas, pero aún así no soy lo suficientemente viejo para decir que sé todo.

—¿Alguno de nosotros lo es?—rió casi a carcajadas. David sabía que diría que no lo eran. Nadie lo era.

—No, ni siquiera las Gemelas o Khayman. Todos somos niños jugando en un jardín salvaje lleno de peligros y misterios—se calló y le lanzó la rosa para que la atrapara, cosa que hizo—.Todos.

—¿Cuál crees que ha sido tu mejor aventura?—la rosa estaba ahora en su poder, perfumando sus manos. Podía hacerle mil preguntas si él se lo permitía.

—Todas han merecido la pena.

—¿Qué piensas de aquellos que te desprecian?—ese tema era peliagudo. Sabía que a veces se alteraba, pero otras veces era un ser algo más racional.

—No viven mucho—dirigió una mirada desafiante a la cámara, para luego sonreír como si nada—. Aquellos que se han dedicado a juzgarme, sin siquiera darme la oportunidad, han terminado con vidas insulsas. Yo he puesto la emoción a millones de personas. Soy un ejemplo que no se debe seguir, pero a la vez me he convertido en el héroe de todos. Soy el puto amo, como dicen los jóvenes hoy en día. Me muevo por las calles viviendo, respirando vida. Si alguien no me aprecia no voy a tener cinco minutos para él, ni siquiera me alimentaré de ellos. Pobres diablos, ¿no creen? Con vidas amargadas y sosas.

—¿Y aquellos que ya no te recuerdan?

Muchos decían ahora recordarle, pero había miles que no recordaban o ni siquiera habían oído hablar de él aún. Era un vampiro seductor, arrogante, egocéntrico y amaba ser reconocido. Pasar de la fama al anonimato no debió caerle muy bien.

—Todos me recuerdan ahora—la forma en la cual lo dijo fue maravillosa. Su acento francés se marcó en la última palabra. No solía hacer gala de él, pero a veces se escapaban ciertas palabras que recordaban sus orígenes—. Muchos que habían dejado aparcada la lectura de mis libros se precipitan a leerlos antes que aparezca el nuevo. Muchos se frotan las manos con las nuevas películas y piensan en el merchandaising enorme que tendrán mis novelas, mis historias, mi vida y en definitivamente nuestro mundo.

—¿Tienes miedo a la oposición de otros?—intervino cortando su monólogo sobre las ventas, el carisma y su yoismo.

—Soy el príncipe de los vampiros—de inmediato se incorporó de la silla y extendió los brazos. Parecía decirles a todos que estaba ahí, desarmado, sin intención de irse. Si querían atacar que atacaran—. ¿Miedo? Sí, siempre hay miedo. El miedo nos hace estar alerta, pero yo no siento que ahora pueda estarlo.

—¿Y tu corazón?—fue a un tema más serio, donde Lestat se derrumbó por una milésima de segundo. Sabía que en esos momentos habría cierta fragilidad en él. Si bien, era algo que tenía que preguntar sin rodeos.

—¿Qué hay con él?—una ligera sonrisa llena de amargura se deslizó en sus labios.

—¿Cómo se encuentra?

—¿El real o mi alma?—arqueó su ceja derecha y luego tomó asiento nuevamente, cruzó sus piernas de forma varonil y dejó sus brazos sobre los posabrazos. Estaba ligeramente incómodo y a la defensiva—. El real hace mucho que sólo late cuando bebo sangre, pero mi alma no. Mi alma aún late. Hay algo humano en mí. El hombre que fui es el hombre que soy. No he dejado de ser yo.

—¿Y quién eres tú?—de nuevo ese tono templado que le recordaba que era un amigo, un confidente, un amante y su cazador. David era el cazador de historias.

—Un hombre que aún recuerda a todos y cada uno de los que amó—susurró con en tono quedo—. Como te he dicho ellos perduran en mí—cerró los ojos y al abrirlos la cámara lo enfocaba—. No me gustan las despedidas.

—Pudimos notarlo en Cántico de Sangre.

—Odié decir adiós en ese momento—intervino rompiendo la cadena de preguntas—. Todavía me arrepiento. Me comporté como un crío asustado. No sabía como rechazar esa propuesta.

—¿Y ahora?

—Lo he intentado todo—aseguró dejando que una lágrima surgiera al fin. Ese tema le rompía el corazón—. Sabes que he fallado y me he fallado a mí mismo. He fallado a todos. No he logrado que ella esté ahora a mi lado. Sin embargo, eso no resta ni un ápice de pureza a mis sentimientos. La amo. Jamás he amado con tanta fuerza e insistencia. Te juro que es la primera vez que me siento tan tentado en el amor. La pasión que tengo por ella es imposible. Nunca permitiría que le pasara nada malo—sus manos temblaron, se agitó por unos momentos y después recobró la compostura—. Pero no puedo cuidarla siempre. Es imposible encerrarla en una caja de cristal, como si fuera el ataúd de Blancanieves, y llevarla a lo profundo de un bosque para custodiarla. No, no es un cuento de hadas. La realidad es dura, injusta y cruel. Yo sé que es tener un corazón encadenado a un amor que no se va, no se desvanece, no se irá. Mi vida y la suya están atadas y siempre lo estarán. No voy a dejar de intentarlo—un mechón de pelo cayó sobre su frente, rozando sus cejas, y él lo apartó rápidamente—. ¿Comprendes, David?—susurró—. No voy a permitirlo, pero a la vez algo me dice que debo dejarlo por la paz.

—Hablas de amor, ¿y del odio?

—De él podría escribir varios libros—rió, aunque estaba secándose la lágrima con un pañuelo de seda que llevaba en su bolsillo.

—¿Odias algo?—preguntó.

—Las reglas—otra carcajada, pero esta fue de todo el equipo. Incluso los muchachos no pudieron contener la carcajada. Todos recordaron en ese momento a Marius—. Odio que me impongan algo. Odio que no me digan la verdad. Pero sobre todo odio que algo malo le pase a las personas que amo.

—¿Y Armand?—era su peor enemigo, o al menos quien más veces se había enfrentado a él.

—A ratos lo amo, pero la mayor parte del tiempo no lo soporto. Me gustaría asfixiarlo con mis propias manos, y luego quiero abrazarlo como a un hermano—sí, eso era. Al menos eso se decía para sí. La cámara lo quería, le favorecía aquella luz. Sus ojos parecían más vivos que nunca. Las emociones arrancadas por Rowan y las pequeñas carcajadas le habían dado un toque aún más humano—. Es algo monstruoso y extraño.

—¿Qué aprendiste de los Taltos?—dijo sumamente intrigado.

—Hermosos, inteligentes, inocentes y llenos de misterios.

—¿Y de los fantasmas?—sonrió guiñándole ahora él. Era el chico de los misterios y los fantasmas, el hombre que los perseguía y aún los veía. El sacerdote del candomblé a quienes muchos iban en peregrinación para que los ayudaran.

—Que nunca descansan en paz—tal vez lo dijo por Claudia, quizás por otros que había visto. Pero sin duda lo creía. Creía que no descansaban jamás en paz. David también lo creía así.

—¿Del demonio?—un tic nervioso apareció en el ojo derecho de Lestat, pero era una pregunta que debía hacerle.

—Que un abusón de instituto puede parecerse a él—aquella similitud jamás se le hubiese ocurrido a David y le fascinó—. Te castiga por tu bien, golpeándote donde más duele, pero te fortalece. Creo que salí fortalecido de esa aventura.

—¿Has vuelto recientemente a Auvernia?—él había regresado a la mansión familiar, pero no era algo que todos hacían.

—No y sí. Viajo a Auvernia todos los días cuando recuerdo la nieve cayendo pesadamente, aquí la nieve no es común—explicó aquello con una simplicidad asombrosa. Se podía viajar a través de los recuerdos y él lo estaba haciendo.

—¿Qué sientes por New Orleans?

—Pasión—sonrió como no lo había hecho en toda la entrevista. Eran sus raíces. Si había un hogar para él ese era New Orleans. La ciudad del jazz, el blues, el vudú y los pantanos.

—¿Y la música?—casi era de las últimas preguntas, pero debía hacerla. Todos recordaban su faceta de estrella del rock. Es más, había visitado el lugar como si fuera una de esas estrellas en sus estrafalarios videoclips.

—Bien alta en mi deportivo, a toda velocidad por las autopistas, sin mirar atrás—una honda carcajada surgió de su pecho y arrasó su garganta. Se sentía feliz y satisfecho. La música siempre le acompañaría—. Ya no puedo ser la celebridad de la música que tanto deseaba ser.

—¿Los libros?—dijo tomando el que se encontraba en la mesa, que era uno de los ejemplares de “Príncipe Lestat”.

—Mis mejores amigos y mi legado—confesó.

—Gracias por todo—la expresión del rostro de su amigo era de profundo amor. Amaba a Lestat y le agradecía esa oportunidad, pero no era el único que agradecía todo aquello.

—Gracias a ti—respondió, antes de señalar al cámara para que lo enfocara bien—. Quiero agradecer a Jasmine por su simpatía y su buen trato cuando me hospedé en casa de Quinn. También quiero mandar un saludo a todos aquellos que he amado y un mensaje: chicos, empieza la diversión. He vuelto.


Se acabó. La entrevista se cortó allí. Lestat se incorporó y empezó a pasearse por la biblioteca revisando los libros. Si había alguno que no había leído seguramente se lo pediría. Él era así. No había misterio en sus costumbres. Su amigo quedó a unos pasos, de pie igual que él, observándolo. Ambos sabían que el mundo había estado en peligro, pero de nuevo estaba en paz y esa charla lo demostraba. Finalmente nada de la entrevista se recortaría, Lestat lo hubiese odiado y él no quería molestarlo.  

lunes, 7 de julio de 2014

Entrevista con el padre de los Taltos

Entrevista ofrecida por parte de Michael Curry a David Talbot. Disfruten... 


Lestat de Lioncourt 



Los grandes misterios a veces perturban tanto que se convierten en una obsesión. La famlia Mayfair había sido un gran misterio desde sus inicios, como si fuese un banco de niebla espeso en el cual no hay escapatoria y ni siquiera se baraja esa opción. Aaron Lightner había disfrutado de una vida plena, intensa y dedicada a una familia que, por causas del azar, había terminado siendo la suya propia. Beatrice Mayfair había sido la afortunada esposa de Aaron en los pocos meses que pudo disfrutar de una vida fuera de Talamasca, sus misterios y sacrificios. David Talbot conocía al detalle a la familia, pero aún así había nuevos misterios que no podía comprender.

Aquella noche despertó temprano, tomó los viejos apuntes de su compañero y se sentó en su pequeño despacho. La habitación tenía un orden excesivo, salvo sobre la robusta mesa de madera. Allí, arrojados como si fueran un mapa con códigos imposibles de descifrar, se encontraba la historia familiar de los Mayfair. Cada papel representaba un suceso paranormal, relacionado con el vudú o asesinato en el cual no se hallaron pruebas inequívocas de haber sido pertrechado por alguno de los miembros. También, por supuesto, habían sucesos más alegres y otros meramente económicos. La fortuna de los Mayfair era bien conocida en todo el país, como si fueran una leyenda que sólo se escribe de despacho en despacho.

Con cuidado tomó, de entre tantos documentos, una pequeña carpeta de cuero envejecido por el paso de los años. Dentro había unos datos a mano, hechos por Aaron, sobre los Taltos. Era un documento que había escrito en sus últimos meses de vida. Se trataba de la historia de Lasher. La forma en la cual se había hecho con toda aquella información no era precisamente legal, ética o posible de realizar por un ser que no fuese un vampiro.

Durante semanas, con cierta cautela, había espiado los pasos de Michael Curry y decidió que esa misma noche, la noche en la cual releyó la historia de su hijo Lasher, sería la apropiada para dar con él. Necesitaba confirmar todo aquel asunto y asegurarse que era imposible lo que estaba ocurriendo, pues muchos Mayfair estaban regresando del más allá y todo era por culpa del demonio. Sin embargo, rogaba encarecidamente que Julien no hubiese traído de vuelta esos Taltos, esos que trajeron miseria y tristeza a la familia. Sobre todo, si hablamos de Lasher, pues Morrigan sólo aportó lágrimas pero no dolor o miseria.

Tomó tan sólo una de las viejas fotografías de Aaron, la colocó en su cartera y la guardó en el bolsillo interior de su americana. Llevaba un pulcro traje hecho a medida, de color azul oscuro, con una camisa en tono celeste y sin corbata. Deseaba tener un aspecto más informal, pues donde iba a ir era un lugar muy distinto al habitual. Conocía bien uno de los defectos de Michael y ese era su gran afición a la cerveza. Encontraría al padre de los Taltos en uno de los bares más prestigiosos de la ciudad, pero no era por su clientela sino por la cerveza que allí se consumía.

Unos pasos casi inaudibles se aproximaron a la habitación. Provenían del pasillo y eran elegantes, cuidados y hechos con calzado masculino muy cómodo. La colonia que llevaba el empleado le delató como Lorenzo Mill. El muchacho, de profundos ojos verdes, apareció acomodando su tupido flequillo rubio, para después anunciar algo que ya sabía, pues había escuchado el motor del vehículo.

—Mr. Talbot, el taxi que pidió está en la puerta—indicó.

—Gracias—dijo con una leve sonrisa que denotaba amabilidad y sobriedad.

David se encaminó a la puerta, rebasó a Lorenzo y éste cerró el despacho tras de sí. Los pasos de ambos se confundieron en el pasillo, caminando entre las numerosas puertas que allí se encontraban. Louis se encontraba fuera y daba gracias por ello, pues no quería dar demasiadas excusas que ni siquiera él, un viejo amigo, admitiría.

El conductor del taxi era un hombre mayor, de cabello completamente blanco y con una pequeña gorra de cuero negra sobre la cabeza. El olor del jazmín del patio se mezclaba con el expulsado por el tubo de escape, el cual recordaba que estaban en una ciudad y no en mitad de la nada. El jardín resplandecía, estaba cargado de rosas y diversas flores silvestres. Los grillos cantaban su noble serenata y los pequeños animales, algunos tan diminutos como un grillo, sonaban entre los brotes de césped. Comenzó a tomar conciencia entonces que la vida provocaba enormes cambios, del mismo modo que la muerte, y aquella noche tendría un gran cambio en la suya. Él podía notarlo.

Decidió tomar asiento en la parte trasera del vehículo y le ofreció al conductor la dirección. El hombre comenzó a informarle sobre el local, como si fuese nuevo en la ciudad, explicándole la excelente calidad de las cervezas alemanas, irlandesas y británicas que allí se servían. También le habló de la numerosa carta de cervezas, que no eran de barril, que se podía consumir. Por supuesto no paró de hablar de la decoración y de como el dueño se estaba haciendo rico. David a penas le escuchaba, pues tenía asuntos importantes en los que sumergirse. Además, él era un vampiro y no necesitaba beber ni una gota de aquellas barricas.

Cuando se apeó del taxi descubrió que el local estaba abarrotado, había música en directo y Michael estaba sentado frente a una gigantesca pinta de cerveza negra. Sus ojos parecían perdidos y tenía aspecto cansado. Llevaba una simple camiseta blanca, unos jeans y unas sandalias de cuero negro. De ese modo, como si fuera un hombre común, pasaba inadvertido incluso para los miembros de Talamasca, aunque sólo para los más jóvenes.

El vampiro entró en el local, se deslizó entre alas esas y terminó sentado frente al brujo. Él no se movió ni un milímetro, tan sólo levantó la cerveza y di un largo trago. Aquellos ojos tan intensos le provocaron un escalofrío terrible, pero se controló. El rostro de Michael parecía más joven, a penas tenía alguna arruga y el color de su barba, así como el de su cabello, había tomado un tono mucho más oscuro, olvidándose al fin de las canas. Era como el Michael que describió Aaron, aquel hombre hecho a sí mismo con unas hermosas gafas de pasta. Sí, también llevaba esas gafas, pero no impedía perderse en aquellos dos océanos que parecían terriblemente agitados.

—Hace mucho que no le veía—habló él primero sobresaltando a David—. Me hizo una entrevista sobre mi vida, algo corta pero destacando lo principal—levantó la jarra acercándosela a la boca, pero no bebió—. ¿Qué quiere de mí?—preguntó, dio un corto trago y dejó la jarra sobre la mesa.

—Quiero saber la verdad, pues así me aseguró que sería aquella vez—dijo aquello con solemnidad, como si se tratara de un pacto de caballeros.

—Adelante—no hubo evasivas, pero sabía que no obtendría aquella información con facilidad.

—¿Qué ocurre con los Taltos?—aquella primera pregunta, tan directa, sorprendió a Michael. David no iba a buscar rodeo alguno. Necesitaba saber la verdad. Sentía que el mundo corría un terrible peligro si continuaban con aquellos juegos.

—Los hijos de Ashlar siguen en sus funciones administrativas habituales, así como están desarrollando nuevas cualidades para la mejor atención de los enfermos y también un análisis más concreto, y específico, de su enfermedad—respondió con una sonrisa gentil que enmascaraba una cruda verdad.

La mente del brujo estaba cerrada. Tal y como sopesó Ashlar, en algunas de sus anotaciones encontradas por la orden, él era fuerte, muy poderoso y astuto. Su imagen bonachona guardaba a un hombre sabio y rápido, que sabía juzgar bien las situaciones y que había llegado a ser terriblemente violento. Era como estar frente a una bestia con multitud de rostros y unos encantadores ojos azules.

—No hablo de ellos—respondió.

—Entonces, no sé—dijo encogiéndose de hombros—. ¿Tiene alguna pregunta más?—sonrió con aquellos labios que guardaban tanto, pero también con los ojos. Se sentía victorioso al ocultar algo tan importante.

—Lasher ha vuelto a la vida y está bajo el dominio de Julien—comentó inclinándose hacia delante, para fijar sus ojos pardos en aquellos tan claros y desafiantes—. Intentará mantenerlo lejos de Rowan, ¿verdad? Es eso lo que le ha dicho. Seguramente se lo ha jurado en repetidas ocasiones, pero bien sabe que no tendrá piedad y la buscará—el discurso provocó cierto nerviosismo en Michael. El brujo tomó la jarra para beberla de un sólo trago, mientras David proseguía—. ¿Y si se la lleva? Dígame Michael, ¿qué hará? ¿Qué ocurrirá si Lasher termina forzando de nuevo a la que fue su madre? Aunque no le de Taltos, como tanto ansía, ella es una fantasía erótica recurrente para él, ¿verdad? Sé que lo sabe. Es una obsesión malsana la de Lasher y sus brujas. Porque Rowan siempre fue suya, mucho antes que su esposa.

—¡Basta!—exclamó dejando la jarra sobre la mesa. Sus manos temblaban y muchos le miraban con cierta curiosidad. Sin embargo, pasaba por un borracho en plena discusión y esperaban ver puñetazos.

—No, no me voy a detener—dijo con un tono sosegado, aunque ligeramente enérgico—.Aaron murió por ayudarlos, así que no aceptaré que su muerte haya sido en vano.

—Aaron era su amigo, pero también era mi amigo. Tal vez, no lo conociera como usted. Quizás, jamás me hubiese contado sus verdaderos conocimientos. Es posible que nunca comprenda el dolor que siente atenazando su corazón. Sí, posiblemente no lo sepa. ¿Era como su hermano?—aquella última pregunta la hizo algo conmovido.

David quedó en silencio y sus ojos brillaron. De un momento a otro iba a llorar. Durante años se mantuvo firme como si nada le afectara, pero terminó explotando en un llanto amargo cuando Merrick también decidió partir de su lado. Todo lo que había hecho para la orden quedó vendido por unos desgraciados, los cuales además habían asesinado a Aaron, herido a Yuri y expuesto públicamente ciertos casos importantes. Era una tragedia. No sólo era la muerte de Aaron, sino de toda una época. Pero, su muerte no era la de un amigo, sino la de un hermano. Trabajar a solas, indagar sobre vampiros, era un trabajo duro a pesar de ser uno de ellos.

—Sí—respondió tras varios segundos de mutuo silencio.

—¿Quién le ofreció esa información?—frunció el ceño y se inclinó sobre la mesa, colocando los codos sobre ella, para luego pasar sus manos por la cabeza y deslizar sus dedos por la nuca. Estaba desconcertado. Nadie le había dicho nada.

—Julien—la respuesta enfureció a Michael, pero fue un alivio para David—. ¿Y Morrigan? ¿Qué ha sido de su hija?

—Ella está a salvo en casa, de donde no debió salir—al fin hablaba del tema y eso hizo que el vampiro prestara aún mayor atención—. Es mi hija, aunque sea un Taltos. Para mí ella no es un monstruo y no deseo que muera de nuevo. Ha sufrido demasiado como para...

—Hablé con Ashlar—intervino—. ¿No piensa dejar que se vean?

—No, no quiero una unión de Taltos—sus ojos parecían tristes y conmovieron a David—. Durante años estuve buscándola. Mona tenía el corazón destrozado. Mi pobre niña, nuestra pobre niña, sufrió una terrible aventura. Todo comenzó como si fuera el paraíso prometido, pero acabó siendo sometida a los caprichos de seres abominables. Seres que dicen tener buen corazón, pero sólo son mezquinos.

—Sus propios hijos y narcotraficantes, lo sé—respondió—. Pero, ¿no piensa aceptar la posibilidad?

Recordó la hipótesis que se barajó en ciertos momentos cuando Lestat indagó sobre los Taltos. Cientos de esas criaturas caminando por el mundo, comprendiendo y conociendo, esperando la oportunidad para matar a los humanos del mismo modo que ellos fueron aniquilados. Sin embargo, conociendo a Ashlar no cabía posibilidad alguna al respecto. Él era un hombre, por así llamarlo, tranquilo. Posiblemente sólo buscaba una isla cálida que le recordara al lugar de sus orígenes.

—No—dijo de forma tajante.

—¿Ni bajo su supervisión?—la pregunta debía hacerse, aunque sabía la respuesta.

—No—negó suavemente con la cabeza y se acomodó en la silla.

—Pero Julien lo ha traído a la vida, ¿usted lo sabía?

Ambos se miraron durante unos segundos. El murmullo del bar quedó solapado con el de sus pensamientos. Todo lo que había a su alrededor no existía. Las altas paredes cubiertas de madera de viejas barricas, el suelo de losas de gaucho, las numerosas mesas, los cientos de ojos que esperaban con ansiedad el final del primer tiempo del partido, el sonido difuso de las distintas televisiones de plasma, el ir y venir de los camareros, el timbre de pedidos o incluso el crujido de las sillas se había vuelto invisible. Sólo estaban los dos, en un espacio indeterminado, mirándose a los ojos mientras encajaban la información. David aún no salía de su asombro, a pesar de los días transcurridos, pero Michael lo estaba digiriendo de una forma asombrosa.

—No, es la primera noticia que tengo sobre ello—explicó—. Aunque, después de escuchar lo que me ha dicho sobre Lasher, nada me sorprende.

—¿Oberon sabe que su madre está viva?—quería saber más, pero no quería perturbarlo, así que optó por una pregunta más suave.

—Todavía no—respondió rápidamente—. Ni él ni sus hermanas—añadió—. Soy incapaz de sentarme a conversar con ellos sin sentir un nudo en mi garganta. Ellos padecieron cosas terribles, momentos para olvidar, y desconozco como vayan a reaccionar.

—Es su madre—comentó.

—Es mi hija—repuso—. Un padre desea proteger a sus hijos.

Él no la había protegido. Quizás era uno de los motivos por los cuales prácticamente temblaba con el sólo hecho de imaginar a Ashlar junto a Morrigan.

—Tiene razón.

—¿Desea algo más?—hizo la pregunta con franqueza, pues quería saber si aquel vampiro sabía más de todo el asunto.

—Sólo una pregunta más, por favor—musitó.

—Adelante—se encogió de hombros y acomodó en la mesa, colocando las manos sobre la madera. Con sus gruesos y ásperos dedos seguía las curvas de cada trazo de ésta, se dejaba llevar por la sensación del barniz y prácticamente memorizaba cada trozo de aquella mesa.

—Lestat y Rowan...—empezó a decir.

—Él la ama—estaba seguro de sus palabras, mucho más que ningún hombre cuando decía amar a su mujer—. Ofrece a Rowan el delicioso momento de una aventura distinta cada vez. Su modo de relacionarse con nosotros la sobrecoge—murmuró aquella última frase con cierto pudor, pero era franco. Estaba abriendo su corazón, como sucedía habitualmente cuando él hablaba de su esposa. Michael era un hombre, que a pesar de sus deslices, era completamente leal a Rowan y sus necesidades—. Sé que no puedo ser el único hombre en su vida, lo he aceptado hace tiempo. Yo le ofrezco a Rowan protección, seguridad, cariño y entrega absoluta. Él le ofrece cierto punto salvaje, una comprensión mayor que la mía y unas emociones que no sé ofrecerle. Somos polos opuestos, y ella nos ama así. Soy incapaz de poner punto y final a esa relación, así que digamos que convivo con un aliado y un enemigo a la vez.

Por unos instantes permitió a David leer su mente. Le ofreció la posibilidad de observar los ojos tristes y meditabundos de Rowan. David era el creador de Rowan, la había hecho su hija para que fuese compañera de Lestat. Michael lo sabía, por eso mismo se sentía ciertamente incómodo. Sin embargo, las imágenes que mostraba de ella eran la de una mujer dividida. Ella ciertamente era feliz con ambos a su lado, teniéndolos en silencio completamente subyugados a sus caricias y pensamientos. Rowan los necesitaba, sobre todo ahora que Lasher podía aparecer.

—¿Cómo puede aceptarlo?—aquella pregunta era algo que le carcomía el alma. No pudo aceptar que Louis amase a Merrick, como tampoco pudo aceptar que Merrick coqueteara con él. Ya no era capaz siquiera de aceptar que su actual pareja, Louis, correteara por las calles tras prostitutas y maleantes. Los celos le cubrían con una fina película trágica, la cual se reproducía cada noche, y sin embargo el se mostraba ajeno y frío ante todo.

—Porque ni Lestat ni yo somos perfectos—soltó una leve carcajada y negó con la cabeza una vez más—. No existe la perfección.

—Debo marcharme—comentó.

El bar regresó. La vida que había en él surgió de entre las grietas de un abismo extraño, la música de la máquina tragaperras alertaba de un premio, un borracho suplicaba por una copa más y el murmullo de la televisión era atractivo, sobre todo ante los vítores de los allí congregados. David se dio la vuelta, echó a caminar hacia la salida y no se giró ni un instante para escuchar como Michael se despedía. Aquel hombre le había dado una información importante: Morrigan estaba viva de nuevo.



sábado, 28 de junio de 2014

Entrevista con el Rey Taltos

David dio con alguien especial y ha decidido traernos a todos la entrevista. Es una información que deberían apreciar. 

Lestat de Lioncourt 


Una pequeña y coqueta tienda de encantadoras muñecas había abierto sus puertas en New Orleans. Eran productos realmente maravillosos, casi sacados de otro tiempo, con unos rostros que parecían observarte allá donde estuvieras con sus impactantes ojos de vidrio. Aquellas muñecas, todas vestidas para la ocasión, hacían las delicias de todo aquel que pasaba y se fijaba en sus precios, para nada desorbitados comparándolos con la calidad, así como en toda la decoración que las realzaba con sus bonitas pelucas recién peinadas y sus cuellos almidonados. Eran dignas muestras de la sociedad, pues no sólo eran hermosas sino que poseían diversos colores de piel, ojos y estilos.

Se aproximaba la hora del cierre, el atardecer ya había caído y las luces de la tienda comenzaban a disminuir. Ya no quedaba ni un cliente, pero se estaba terminando de arreglar algunos paquetes para regalo. Las pequeñas descansaban en sus respectivas cajas, aunque algunas habían sido sustraídas de éstas para cobrar, aparentemente vida, en el mostrador y diversas secciones de complementos.

La puerta se abrió y una alegre música de pequeñas campanas sonó. Era una puerta fina, como la de esos viejos negocios, con una vidriera colorida que tenía el logotipo de la tienda con sus letras negras en relieve. La tienda era “El paraíso de Bru” y pocos sabían quién era Bru, pero él sí. Él sabía perfectamente quien era esa jovencita. David quedó asombrado cuando escuchó por primera vez sobre la tienda y más aún cuando la pudo contemplar con sus propios ojos una noche.

Bru era el nombre de la primera muñeca de Ashlar Templeton, un Taltos que se camuflaba ante los humanos como un carismático empresario. León Casimir Bru era el creador de la muñeca. Había surgido en la época de oro de las muñecas de porcelana tras una demanda de cientos de niñas, las cuales querían verse reflejadas en sus compañeras de juego. Fue la madre de todas las épocas para ser juguetero y vender encantadoras muñecas de porcelana. Se mostraba el esplendor de la época victoriana con sus encajes, bordados, estampados de cientos de colores y hermosos tocados. No sólo se compraban por parte de las familias adineradas para sus pequeñas, sino por modistos y personas adultas que las encontraban fascinantes. Ashlar la encontró en una fría noche, reconoció su belleza y la adoptó para que aliviara su soledad. Observando al muñeca comprendió que quería llevar esa magia a otros y fundó su fábrica de muñecas. Ver ese nombre, Bru, hizo que sus temores infundados tomaran mayor viveza.

Cuando pudo entrar en la tienda, vestido de forma impecable con un traje de sastre color chocolate y una camisa blanca de lino italiano, pudo ver como los dos únicos empleados estaban rodeando a un gigantesco hombre, cuyos rasgos eran los de un Taltos nada más ver sus enormes manos sosteniendo la delicada muñeca, junto a ellos.

—¿Puedo ayudarle en algo?—preguntó enmarcando sus cejas con una amable sonrisa maquillando cualquier pensamiento grotesco en él—. ¿Desea algo de la tienda? Estamos a punto de cerrar—comentó dejando la muñeca en el mostrador—. Si desea alguna novedad tendrá que venir mañana, pues justo ahora estaba explicándole a mis empleados que...

—Ashlar—pronunció su nombre dejándolo callado—, conociste a Yuri que fue discípulo mío y de Aaron Lightner—dijo dando un par de pasos hacia el frente.

Los profundos ojos azules de Ashlar se enturbiaron al recordar cada detalle de Yuri, la historia que hubo antes y después de su aparición, y posiblemente también los sentimientos que todo eso le transmitían. Tenía el cabello más corto de como lo describió Lestat, pero era negro y tenía algunas canas que habían sido intentadas camuflar con tinte. Sus rasgos eran fascinantes, pues tenía una belleza masculina muy atractiva con unos labios no muy finos, unos dientes perfectos y blancos, una piel que parecía elástica a pesar de no ser un Taltos joven. Poseía unas manos enormes, pero cuidadas. Y su traje era perfecto, por supuesto de sastre, en color negro con una camisa blanca de algodón sin corbata.

—Por favor, caballeros, espero que me disculpen—comentó con una tímida sonrisa—. Tendré que marcharme, pero en la nota que les proporciono tienen el nombre y precio de las nuevas muñecas—dijo alejándose de ellos para aproximarse a David, al cual tomó del brazo derecho, justo por encima del codo, para presionar suavemente sus dedos y finalmente hablarle mirándole a los ojos—. Si desea hablar de algo relacionado con mi pasado, sea lo que sea, estaré dispuesto sólo si lo hacemos con discreción.

—Por supuesto, conozco el sitio perfecto—aseguró David sin apartarse, como si lo desafiara.

Por primera vez en mucho tiempo el antiguo director de Talamasca, David Talbot, se sintió pequeño e insignificante. Estaba frente a un hombre, o mejor dicho ser, que le rebasaba en estatura y conocimiento más allá de lo que cualquier vampiro, o sabio humano, podría tolerar.

Ambos salieron de la tienda, David el primero, para bajar por la calle en silencio. La noche tenía una deliciosa brisa veraniega, los vehículos circulaban a sus anchas por las calles, había luces de neón regadas por toda la calle que daba a la Avenida Saint Charles.

—Hay una cafetería que abren hasta altas horas de la noche, sirven un buen chocolate y diversos pastelillos. Aunque, conociéndolo, con leche sola y fría tendrá suficiente—aquellas palabras sonrojaron a Ashlar e hicieron que mirara hacia las fachadas que se alzaban a su lado derecho—. Le creía bajo el hielo, acompañado de su reina y de pétalos de flores diseminados sobre sus cuerpos.

—Es una larga historia—susurró—, pero puedo contársela si tiene tiempo.

—Cuando era mortal podía decir que le escucharía hasta que el cansancio me venciera, ahora soy un vampiro y tengo toda la noche, así como toda la eternidad, para hablar con usted—dijo clavando sus orbes cafés en su gigantesco acompañante.

Templeton bajó el ritmo de sus zancadas cuando notó que David lo hacía, para detenerse finalmente y entrar en una cafetería pequeña, pero muy hermosa. Aún no era el momento álgido y los empleados se encontraban tranquilos. Dentro de unas horas, casi hacia la media noche, tendrían numerosos jóvenes disfrutando de algún aperitivo dulce antes de continuar sus fechorías, varios insomnes buscando un descafeinado y románticos empedernidos que deseaban escribir sus memorias frente a una taza humeante de té, chocolate o café.

Las mesas tenían patas de hierro, pero una estructura muy hermosa. No eran las típicas mesas de cafeterías modernas que poseían todas, absolutamente todas, el mismo diseño. Las sillas eran cómodas y también había pequeños sillones muy agradables y acogedores. Ellos decidieron tomar asiento en una de las mesas más apartadas, cerca de una de las gigantescas ventanas y de los servicios.

—Tome asiento, por favor—indicó David, tomando asiento a su vez.

—No me ha dicho su nombre ni qué pretende—comentó sentándose frente al vampiro.

—Mi nombre es David Talbot. Fui director de Talamasca durante varias décadas, ostenté mi cargo con amor y eficiencia. Amor a la sabiduría, los misterios y cualquier miembro de mi orden. Bajo mi tutela estuvo Yuri Stefano, al cual conoció bien, e hice amistad, desde mi época de novicio, con Aaron Lightner, el cual fue asesinado—explicó desabrochando el único botón de su chaqueta que tenía cerrado, el central, para luego aproximar un poco más la silla hasta su acompañante—. Soy un vampiro creado por el mismo vampiro que creó a Mona.

—Fascinante, pero usted es... —dijo arrugando la frente y frunciendo el ceño.

—Joven de aspecto por azares del destino, pero era ya un anciano cuando Lestat me transformó—los vivaces ojos de Ashlar se fijaron en la estructura ósea de David. Aquellos ojos profundos, tan oscuros como el café más amargo, denotaban que su alma no era joven y que no pertenecía al de un vampiro que vivió una vida corta. Sus rasgos no eran del todo ingleses, su piel tenía un ligero tostado y sus labios formaban una sonrisa casi felina. Sin duda, era un hombre atractivo e interesante por lo que contaba. Ashlar quería hablar, pero no sabía bien qué decir y además David continuaba hablando—. Perdí mi cuerpo original, mi alma se enjauló en éste recipiente mucho más joven y él le dio la vida eterna. No se preocupe por éste misterio, pues el de su regreso de entre los muertos es mucho más...

—Interesante—susurró fascinado, como cuando le presentaban una nueva muñeca y deseaba estrecharla entre sus brazos—. Tuvo suerte.

—Correcto, mucha suerte—respondió con un ligero ademán de cabeza.

—¿Y qué quiere de mí?—dijo aún sobresaltado— ¿Qué desea que le explique?

—¿Cómo volvió?—preguntó—. Es decir, usted estaba muerto.

—No lo sé—sus palabras sonaron francas, pues aquel Taltos tenía esa peculiaridad. Era incapaz de mentir. Sin duda, era uno de esos hombres acostumbrados a dar la cara por todo lo que hacía o sabía. Podía ocultar la verdad, pero jamás mentir descaradamente—. Una mañana desperté en uno de mis viejos apartamentos, el mismo que se había mantenido desocupado durante años, recostado en mi cama y rodeado de algunos brujos.

—¿Quienes?

David había cambiado su postura relajada por una más tensa. Había bajado la guardia durante unos segundos, pues Ashlar propiciaba ese estado. Sin embargo, nada más oír esa breve historia se sobresaltó.

—No lo sé, eran todos Mayfairs—explicó.

—¿Qué querían de usted?—dijo rápidamente intentando averiguar las intenciones de la familia, las cuales no estaban aún nada claras.

—Me contaron que uno de mis hijos me envenenó, así como Oberon y mis dos hijas Miravelle y Lorkyn dieron la noticia de mi muerte a Mona, su compañero y otras personas cercanas a la familia—relajó su mente para que el vampiro la leyera si lo deseaba, cosa que no hizo porque sentía que no era necesario—. También me hablaron de un conjuro especial que me había devuelto la vida y restaurado mi cuerpo—hizo un breve inciso y se acomodó en la silla—. Nada más. Se lo aseguro.

—¿Y qué pretende ahora? ¿Qué desea hacer? ¿Por qué esa tienda?—eran muchas preguntas, pero todas tenían un objetivo. David sentía que New Orleans era ahora su hogar, porque fuese donde fuese sólo se sentía cómodo en sus calles llenas de turistas, artistas de todo tipo y delincuencia. Sí, era el aroma distinto del aire y el ritmo desenfrenado de algunos locales lo que le daban vida, y esa vida no la quería perder. Había cierta quietud en la ciudad y quería que así permaneciera, lejos de malas influencias y juegos macabros de un brujo con demasiados deseos de triunfo.

—Soy empresario—se apresuró a decir—. Siempre he tenido grandes sueños—encogió sus hombros y observó por el rabillo del ojo a las camareras. Ellas estaban allí situadas, a corta distancia, murmurando sobre ellos—. Creo en la justicia y en la igualdad—comentó llevándose la mano izquierda al torso inclinándose suavemente hacia delante—. Deseo tener aún mis viejos sueños, si me lo permite, y por supuesto quiero hacerlos realidad junto a mi frágil, pero fuerte, Morrigan—su mano dejó de estar abierta, para convertirse en un puño y caer suavemente sobre la mesa—. Aún no sé nada de ella y el sólo pensar que está lejos de mí, aterrada o padeciendo Dios sabe qué...

Una de las camareras se aventuró y caminó hacia ellos. Tenía un movimiento sensual y atractivo, con unos pechos que llamaron poderosamente la atención del Taltos. La leche que surgía de los pezones de las mujeres después del embarazo, y que en su raza podía continuar ofreciéndose durante años, le hacía desear beber como lo habría hecho un niño. Podía notar que ella era madre y sus senos contenían leche, por la forma y porque había una ligera mancha en la camisa, justo cerca del pezón, que ella no había sabido ocultar.

—¿Qué desean tomar?—dijo con la pequeña libreta entre sus encantadoras manos.

Ashlar quedó mudo imaginándola junto a él, ofreciéndole esa leche que tanto le excitaba y entusiasmaba, y recordó entonces a su hermosa Morrigan con sus pechos llenos de leche y el sabor de ésta. Estaba por volverse loco, pero contuvo sus impulsos y mantuvo cierta distancia con la joven.

—Yo no deseo nada, pero mi amigo necesita un buen vaso de leche fría—David pidió por él, de forma cortés y atenta, cosa que hizo que se ahorrara algún comentario sobre la joven. El vampiro había notado esa alteración, pero no dijo nada.

—¿Desea galletas que acompañen a la leche?—preguntó escribiendo en el papel el simple pedido.

—No, gracias—respondió Ashlar bajando sus ojos azules por la figura de la joven, cosa que provocó en ella cierto escalofrío acompañado con un calor sofocante y cierto enrojecimiento de sus mejillas.

—Ahora mismo traigo su pedido—susurró.

—Gracias—dijo el Taltos con una sonrisa bondadosa antes de ver como ella se giraba, encaminaba sus pasos y se acercaba al mostrador.

—No sé si Morrigan está viva, pero conociendo a Julien habrá pedido que se resucite del mismo modo que lo han hecho con él y con otros—afirmó—. Ésto es una maldita locura—murmuró sorprendido por tantos acontecimientos que le hacían sentir mareado.

—Juro por todo lo que he amado y perdido, así como puedo jurarle que aún siendo un profundo respeto y amor por Janet, que jamás he pretendido hacer daño al mundo—sus grandes manos estaban sobre la mesa, casi tocando el servilletero de metal—. Se lo juro—llevó su mano derecha al brazo de David y lo apretó.

—Le creo—dijo colocando su mano derecha sobre la del Taltos y éste se relajó de nuevo.

—Sólo quiero vender mis muñecas a un precio módico, restablecer mis franquicias, vivir una vida plena y reconquistar el corazón de mi hermosa pelirroja—regresó a su posición inicial y suspiró—. Nada más.

—Comprendo, pero ¿no le han dado órdenes de algún tipo?—precisaba más datos, pero desconocía si Ashlar podría ofrecérselos.

—No, sólo me dijeron que pronto podría reunirme con ella si Michael accedía—le miró a los ojos, cosa que no le extrañó, y parecía rogar que él tuviese alguna respuesta a esa orden que le habían dado. Una orden de esperar a un milagro, prácticamente.

—¿Michael Curry?—preguntó.

—Sí, Michael.

—Michael ésta implicado...—todo comenzaba a cuadrar, aunque no sabía hasta que punto podía afirmarse que estuviese o no implicado. Al menos, tenía ciertos conocimientos y debía arriesgarse a conocerlos.

—No lo sé—negó suave—. No sé nada—añadió sintiéndose perdido, pues hasta el momento al menos tenía ciertas convicciones y esperanzas. Sin embargo, lo que más le molestaba es que David parecía acusarlo de tener una información valiosa, ser cómplice de algo, que él ni siquiera llegaba a comprender—. Está usted acusándome con el dedo de algo que ni siquiera sé bien qué es.

—No se altere, por favor, no estoy intentando agredirle—imploró.

El ligero golpe de tacón bajo de la camarera les hizo recordar dónde se encontraban. Ella se aproximó con la bandeja y en ella, colocado sobre un plato de postre, un vaso de tubo con leche fría y un pequeño sobre con azúcar junto a una cucharilla y una servilleta doblada.

—Aquí tiene—dijo colocando la bebida sobre la mesa, justo frente al Taltos.

—Muchas gracias, es usted encantadora—la voz de Ashlar sonó sedosa y tranquila, aunque quizás era sólo para demostrar cierta calma frente a ella. Tal vez no deseaba que se apreciara que ambos discutían.

—Y usted un hombre muy caballeroso—respondió antes de marcharse.

—Ahslar—David le llamó la atención, para que no siguiera con la mirada a la camarera y se perdiera en sus pensamientos.

—Dígame—dijo tomando el vaso con su mano derecha para aproximarlo a sus labios.

—¿Sabe Talamasca de su regreso?—preguntó.

—No lo sé—se encogió de hombros y dio un largo trago a la leche.

—Entiendo, creo que debo retirarme—comentó poniéndose de pie.

—Disculpe—Ashlar dejó el vaso en la mesa, justo en el plato al lado de la bolsita de azúcar que no usó y la cuchara—. Si consigue hablar con Michael, pues para mí ha sido imposible, ¿podría decirle que no fue mi intención que Morrigan terminara muerta? Morrigan significó el fin de la soledad, un punto de luz en mi vida y por supuesto un sueño—sus ojos se adueñaron de una tristeza profunda y sus labios soltaron un último ruego—. Necesito volver a verla.

—Y yo necesito respuestas, pero le haré llegar el mensaje—le explicó—. Buenas noches, Ashlar Templeton.

—Buenas noches, David Talbot—respondió quedando allí con la leche fría y la única compañía del murmullo de las camareras, la suave radio del local y las luces diáfanas de la ciudad a lo lejos, tras el cristal de la ventana.


David se marchó cabizbajo, pero con cierto optimismo. Si lograba dar con Michael y hablar cinco minutos con él, aunque fuese cinco minutos, tendría una información suculenta. Debía regresar a su despacho, describir todo lo que había ocurrido y archivar aquella pequeña entrevista. La vida de Ashlar era larga, pudo preguntarle sobre mil cuestiones que quedaron en el tintero, pero de momento quería centrarse en el presente y éste era escueto.  

domingo, 12 de mayo de 2013

Entrevista con el Príncipe


En ésta entrevista salgo yo y David me ha pedido como siempre que la respalde aquí. 



El equipo de rodaje se había desplazado de nuevo hacia New Orleans para la siguiente entrevista. David estaba inquieto pues conocía el deseo de varios inmortales por dejar ciertas aclaraciones, pues siempre se puede tergiversar la verdad y dejarla desnuda era lo más sensato. Debido a su pasión por ciertos temas, acompañado por el deseo de regresar a la ciudad donde Mona le esperaba, acabó dirigiéndose al despacho de Lestat tendiéndole la mano y una sutil invitación. La noche inmediatamente después de conversar con su maestro, Marius, el encantador, y alocado, Príncipe Malcriado aceptaba el reto con una sonrisa llena de fascinación.

La cámara enfocaba directamente el pequeño salón de actos, donde se arremolinaban algunas personalidades en las noches donde actuaba para sus huéspedes e invitados. Sus elegantes telones granates caían lánquidamente rozando el suelo de madera con sus bordados e oro. Las sillas dispuestas alrededor de la zona de focos eran cómodas y elegantes, Luis XVI idénticas a las de otras salas, y parecían esperar a un público que no llegaba. Los altos ventanales de vidriera dejaban entrar la tenue luz de la luna mientras el foco central iluminaba donde ambos estaban sentados.

Lestat vestía una levita azul pavo real con botones de camafeos, cada uno de ellos eran las musas, y tenía una camisa blanca de chorreras bien planchada y con un broche en el pañuelo también de camafeo. Sin embargo, en el broche de piedra negra había algo más que un rostro. En el broche de su pañuelo estaba su inicial que imitaba su excelente caligrafía, muy pomposa y grande. Sus pantalones eran similares a los usados en otra época y sus leotardos blancos cubrían sus piernas tornándolas. Sus pies estaban cubiertos por unas botas bajas que resplandecían por lo limpias que se veían, pero no eran nada de otro mundo. Los cabellos dorados del vampiro caían sobre sus hombros acariciando su mentón suavemente marcado mientras su enorme y perfecta boca sonreía con descaro.

David sin embargo vestía sobrio muy aferrado a su estilo. Vestía un traje clásico negro, como noches atrás, aunque con un leve cambio en las solapas al ser suavemente más finas, y una camisa blanca sin corbata en esta ocasión. Deseaba tener un tono desenfadado pues sabía que se arriesgaba a una entrevista en la cual todo y nada era posible. Sus cabellos estaban perfectamente peinados y su leve sonrisa gentil surgía de su boca de forma encantadora.

-Una vez más estamos en nuestro pequeño encuentro- dijo a la cámara antes de señalar, abriendo su brazo derecho, hacia su acompañante- Hoy nos encontramos con Lestat de Lioncourt, nuestro anfitrión. Una leyenda viva nos abre las puertas de su mansión a diario y nos deja descubrir secretos de su mundo, al cual llama Jardín Salvaje, invitándonos al aquelarre de sensaciones gratas y amargas, en alguna ocasión. Tenemos ante la lente de nuestra cámara a un aventurero, al cual intentaremos retener durante unos breves minutos mostrándonos algo más de él- hizo un inciso y se giró hacia su maestro y amigo, el carismático Lestat- Bienvenido.

-Bienvenido a ti mon ami- respondió remarcando su casi olvidado acento francés mientras soltaba una leve carcajada- Bienvenido a mi mansión, eres libre de preguntar cualquier cosa por seria o descabellada que te parezca. No me enfadaré como otros puedan hacerlo, creo que no estamos para enfadarnos sino para disfrutar del momento. Ya echaba de menos tu presencia y también pensaba que no querías verme en tu descabellada propuesta- movía las manos y la cabeza mostrando su energía- Mon dieu! Creí que me huías.

-No, no te huía- intervino con un tono de voz agradable.

-Pues eso creía- respondió intentando llevar el ritmo de la entrevista, pues Lestat era así de avasallador- ¿No me preguntas nada?

-Lo harías si me dejaras- contestó intentando que sonara a broma, pero en realidad era cierta molestia.

-Oh, lo lamento- dijo intentando guardar silencio a espera de una pregunta al fin.

-Bien- comentó David desabrochando un par de botones de su chaqueta, para de nuevo volver a cerrarla. Ciertamente Lestat a veces le exasperaba y estaba perdiendo la paciencia que tanto le sobraba. Su buen amigo era como un niño y en ocasiones había que pedirle que se callara de forma amable, eso sí- He tenido la inmensa fortuna de conversar con Memnoch sobre su relación ¿cómo podrías definirla?

-Pésima- dijo con cierta sequedad en su tono de voz- No lo deseo cerca, pues no sé que pretende realmente. Es cierto que gracias a su intervención pude ofrecerle el Velo de Verónica a Dora, pero la verdad ¿por qué debería ser su amigo? No hay nada que me agrade en su forma de ser, pues siento que sólo juega y los juegos si no los llevo yo no me agradan. Me siento un juguete y la verdad, soy un juguete muy caro para romperse en manos de un demonio.

David escuchaba su parloteo prestando atención. Realmente Lestat podía parecer que olvidara, pero no era así. Seguía estando ciertamente traumatizado con las revelaciones que el demonio le hizo.

-¿Y la relación con Julien?-aquella pregunta realizada por su buen amigo David le provocó cierto rictus en su cara, pero luego se echó a reír.

-A veces los fantasmas nos persiguen, pues fíjese en Nicolas. Vienen de otro plano y se quedan en tu casa, sin necesidad que les ofrezcas una habitación pues todas son suyas, y te regañan como si fueses su hijo o su amante. No, no me llevo con Julien y creo que nunca me he llevado con un fantasma – sus últimas palabras fueron amargas. Hubo un requiebro en su voz y sus ojos se ensombrecieron. Esos ojos violetas que tenían cierta belleza similar al amanecer, o anochecer, se habían enturbiado. Claudia era un fantasma, ella los visitaba, y él sentía un dolor terrible al recordar sus palabras, la muerte de la pequeña y también los años dulces que no regresarían.

-Vayamos por temas más agradables- comentó David estirando su brazo derecho hacia él, acariciando la zurda de Lestat- Amigo mío, debo preguntarte por tus hijos.

-Mis hijos- esbozó una sonrisa casi infantil, como la de un ángel o un inocente- Mis hijos de la noche son muchos, pues siempre he deseado estar acompañado en una fiesta sin fin. Sin embargo, tengo otros que son míos. No olvido los Taltos que he concebido con Rowan y Mona, las cuales se recuperaron de sus enfermedades gracias a mi sangre. Mona es hija mía, está contigo, y espero que realmente encuentre la libertad y la felicidad en tus manos- se echó a reír antes de sacudir su cabeza- Ah, David- musitó- Siempre quise recuperar los encantadores años con Louis, a pesar que él no es el mismo. Louis es más frío y calculador, muestra diferentes caras allá donde va, pero siempre será Louis. He regresado mil veces a su lado aunque somos incompatibles porque somos dos polos opuestos, pero es eso precisamente lo que me hace caer arrodillado frente a sus ojos esmeralda. Me arrastra a sus deseos, complazco sus caprichos y me comporto como un adolescente- la cámara le amaba y también le amaba David, pues eran amigos pese a sus diferencias.

-¿Podrías contarnos el milagro de la vida?- preguntó con suavidad apartando su mano de Lestat mientras recobraba un gesto serio y algo frío. David jamás entendería como podían ser amigos, pero lo eran. Había algo en Lestat que invitaba a amarlo.

-Los inventos modernos provocan que la vida sea más fácil. Celeste y Gabriel han venido a la vida después de años de investigación. En el Instituto Mayfair había ayuda a la concepción de hijos por parte de vientre de alquiler, como han hecho famosos cantantes y actores, así como parejas homosexuales de todo tipo – hizo un breve silencio y prosiguió- Admiro la música y soy fanático de conocer cualquier hecho que rodee a un artista, pues creo que influye en su obra. Elton John logró ser padre con su esposo y pensé que podría concederle ese capricho a Louis, el cual era también mi capricho. Intentar volver al pasado con un nuevo futuro, ambos juntos soportando la eternidad junto a unos pasos inocentes- se echó a reír de la nada- Pero también está el milagro del Don Oscuro que ahora muchas jovencitas, y también mujeres maduras, creen que es lo mejor que puede ocurrir por culpa de vampiros que brillan como si fuesen lámparas de discoteca.

-Justamente quería preguntarte sobre las nuevas novelas de vampiros, algunos son reales y otros pura imaginación – comentó con una leve sonrisa - ¿Qué piensas de ellos? Siempre has mostrado lo fantástico que es ser inmortal, pero también el deseo de muchos de sentirse humanos de nuevo.

-Es cierto -dijo acomodándose en la silla- Pero, también te recuerdo que como si fuésemos superheroes debo señalar que un enorme poder conlleva a una enorme responsabilidad. Ya no soy tan alocado, aunque realmente termino siendo impulsivo y me interno en aventuras donde cualquier otro habría muerto, e intento llevar una vida más centrada. Se debe pensar a quien se da el don, aunque no soy el más indicado para decirlo ¿verdad?- preguntó echándose a reír de nuevo mientras agitaba sus cabellos- Las nuevas novelas son un fraude. Seamos sinceros ¿quién quiere ir eternamente al instituto pudiendo viajar y conocer de primera mano hechos históricos? ¿Y ese cortejo de te deseo pero me das náuseas? ¡Por dios! Lo peor de todo es que son como Louis con sus pollos y caniches.

-¿Es cierto que sufres o sufriste síndrome de Edipo?-interrogó David intentando no alargar las respuestas de su entrevistado.

-Sí, pero no deseo entrar en detalles. Cuando entro en ese tipo de detalles mi madre acaba furiosa y recordándome que no es digno hablar de ciertos temas que ocurren entre un hombre y una dama- susurró achicando los ojos mientras se inclinaba hacia delante- ¿Comprendes?

-Sí, por supuesto- respondió con una sonrisa agradable y comprensiva- ¿Volverías al pasado para arreglar algunos asuntos y que no ocurrieran como los viviste?

-No, si volviera sería para disfrutarlos de nuevo conociendo lo que iba a pasar. Seguramente estaría más preparado, los aprovecharía al máximo, y en esas épocas en las que fui realmente feliz las saborearía con otra perspectiva- dijo encogiéndose de hombros- Sólo eso- finalizó.

-¿Qué sientes por Louis? ¿Y qué es lo que sientes por Rowan?- era una pregunta delicada, pero todos lo habían visto viajar de unos brazos a otros.

-Amor, un amor de entrega y un deseo insaciable. Amo a ambos por igual, mi corazón por lo tanto está dividido. No puedo elegir a uno sin sentir que me falta el aire. Ellos no lo comprenden y lo único que ven es que soy un mujeriego, aunque es cierto que coqueteo y me dejo llevar por los besos más picantes, así como por las caricias más cariñosas, que me ofrecen los que tanto me admiran. Sin embargo, siempre regreso a ellos y ruego sus atenciones mientras les ofrezco los caprichos que ambos tienen – aquello lo decía con rotundidad en sus palabras. Se notaba en sus ojos violáceos la verdad brotando desde su pecho. Era un hombre entregado a su discurso y creía en él. La cámara lo enfocaba directamente, pero desvió su atención hacia David que simplemente se mantenía estoico.

-¿Qué sentiste cuando Nicolas volvió a ti convertido en un fantasma?- justamente era uno de los motivos por el cual le hacía aquella entrevista. El curioso suceso de Nicolas persiguiéndole allá donde iba, como Claudia.

-Dolor -masculló con tristeza- Tenía cierto alivio que hubiese visto la luz, como fue el caso de Magnus cuando se inmoló, pero al parecer sólo cayó en el limbo y al tocar unas pertenencias suyas que tenía Talamasca, las cuales trajiste tú mismo hasta mi presencia, él pareció poder volver a través de mis sentimientos. Jamás dejé de quererlo, pero el amor pasional se enfría y queda sólo los buenos recuerdos.

-¿Volverías a cantar?- preguntó con una escueta sonrisa intentando atrapar la atención de los ojos, ahora tristes, de Lestat.

-Canto cada noche para mis hijos, pero no deseo cantar para las masas. Posiblemente grabe algo para ellos, pero nada más. Suficientemente canto en la ducha, frente a las cunas o mientras conduzco. ¿Sabías que es genial cantar T.N.T de AC/DC a más de doscientos kilómetros por hora?-preguntó explotando en carcajadas- Amo cantar en mi descapotable sintiendo el viento enredando en mis cabellos, mis manos sobre el volante sintiendo como se desliza el vehículo, y mi voz de barítono retorciéndose en casa palabra de la canción.

-Tenía una ligera sospecha- carraspeó – En una palabra describe lo que sentiste cuando viste la película de La Reina de los Condenados.

-Horror- dijo entre carcajadas.

-Lamento hacerte esta pregunta pero necesito hacerla, ya que muchos creen que jamás la amaste y creo que es un error. ¿Qué sientes cuando el nombre de Claudia viene a tu mente o ella aparece?-susurró intentando ser delicado, aunque sabía que esa pregunta ensombrecería a su rubio y alocado maestro.

-La creé por capricho y necesidad. Necesitaba una hija para formar una familia perfecta. Sin embargo, sé que me equivoqué y fue un error porque la hice sufrir. Sin embargo, no sabes lo feliz que era comprándole todo, observando sus rubios cabellos tan similares a los míos, tocando sus manos pequeñas mientras la felicitaba por la interpretación que acababa de tocar y cuan orgulloso estaba de sus progresos como vampira. La amé más que a mí mismo, de igual modo que Louis la amó. Me parece un terrible error por parte de muchos que crean que no la amé o que simplemente me burlaba de ella. Es cierto que discutíamos y podíamos ser ambos muy crueles, pero ella para mí era mi pequeña.

Las facciones de Lestat eran las de un padre que había perdido a su hija. Pese a la verdad, o más bien la realidad, que Claudia seguía viva en algún plano eso no quitaba que para él ya no era lo mismo. Muchos padres hubiesen dado cualquier cosa por una respuesta de sus hijos desde otros mundos, pero las respuestas grotescas y crueles de la niña le herían. Por eso mismo, David intentó llevar a Lestat a un nuevo momento de euforia.

-Lestat- dijo con un tono confidente- Marius parece que niega que os parezcáis ¿qué piensas?

-Que sus milenios le afectan- respondió con una buena carcajada- Ambos tenemos normas que ni cumplimos pero deseamos que otros las cumplan, somos rubios, tenemos legado de las mismas tierras pues mi padre era italiana y la suya era celta, muy posiblemente de la región francesa, lo cual nos hace ser a ambos franco-italianos y esa es otra de las peculiaridades que tenemos. Se podría decir que somos una extraña pareja de padre e hijo que quieren ser únicos a su manera, pero los dos amamos el arte y somos mecenas, deseamos leer libros para acaparar sabiduría y sobre todo tenemos relaciones muy apasionadas – dijo todo aquello sin parar ni un segundo. Su ceño se relajó dejando alzadas sus cejas y luego una fuerte carcajada le hizo doblarse- Ah, Marius tan celoso y enigmático a veces.

-¿Y qué es de Armand? Muchos preguntan por él- intervino intentando que callara antes que Marius se enojara al ver el vídeo, pero Lestat seguía riendo a carcajadas- Lestat ¿qué es de Armand?

-No lo sé, tal vez estará llorando porque se le acabaron los tomates para licuar o triturar en sus cacharros de cocina- respondió con una sonrisa burlona- Yo no lo extraño, más bien me agrada tener mi casa sin su presencia incómoda y su voz chillona.

-Para finalizar ¿cuál es la aventura que más le ha fascinado tras haberla vivido? ¿Tal vez aquella en la cual quiso ser santo?- dijo cruzando sus largas piernas mientras esperaba una larga respuesta.

-La eternidad. Toda mi eternidad es una gran aventura- susurró con una leve sonrisa- ¿No te parece enorme y grandiosa? Me fascina incluso verte vivo con ese cuerpo que también usé. Es increíble que estemos hoy aquí, después de tantos años, y que pueda ver todos los inventos que aún intento comprender, así como poder ver aviones sobre el cielo y también escuchar rock o jazz en la radio cada noche -susurró con una leve sonrisa encantadora, tan brillante que parecía un milagro. Su cara se animaba en cada facción- Es fascinante incluso el zumbido de los mosquitos en el pantano, incluso eso. Todo es fascinante porque me puedo rodear de la humanidad, la cual amo y odio a la vez, y dejarme seducir por nuevas oportunidades- guardó silencio y se levantó abriendo sus brazos- ¿Me das un abrazo?

David quedó impresionado por la frescura que aún tenía pese a todo. Él se incorporó y se acercó a él abrazándolo. Era su forma de agradecerle ese momento, el cual había sido por supuesto una charla entre viejos amigos.

-Te amo David, te amo a ti como amo a todos los que me aman. Te aprecio muchísimo- susurró hundiendo su rostro en el hueco del cuello de David y éste sonrió acariciando sus rubios cabellos mientras la cámara fundía a negro.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt