Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.
Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.
Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)
Un saludo, Lestat de Lioncourt
ADVERTENCIA
Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.
Todos hemos disfrutado alguna vez de la
soledad. Es difícil aceptarla en nuestra vida, hacerle hueco y dejar
que se instale como compañera de habitación. A veces son piedras
muy pesadas en nuestra maleta cuando la arrastramos por el andén de
estación en estación. Se convierte en un símbolo de derrota o
sufrimiento demasiadas veces. Pero yo hablo de ir a verla y
preguntarle si quiere quedarse un rato a tu lado. De esa soledad. La
soledad que buscamos desesperadamente cuando sentimos que la sociedad
nos impone demasiadas metas, creencias, palabras y sentimientos que
ni siquiera han sido cercanos a nuestros ideales. Esa presión logra
que muchos decidamos emprender un viaje fuera.
Quería recordar quien era. Necesitaba
encontrarme con el joven que fui y preguntarle cuantos sueños
seguían en el cajón del olvido. Ansiaba querer saber si por
fortuna, o por desgracia, seguía ahí. Deseaba hallar el lugar en el
mundo que la inmortalidad me había arrebatado. El foco de la
victoria se encendió demasiado rápido y emprendí una trayectoria
directo a las estrellas. Así, directamente. Me despegué y
desvinculé de quien era para ser otro, lo cual fue un error.
Fui fuerte por mi madre, por Nicolas,
por la verdad que estaba más allá de las simples y cautivadoras
palabras de Armand, después por Marius mismo para ponerme a prueba y
por todos los que vinieron después. Pero sobre todo fui fuerte por
Louis. Amo demasiado a Louis. Él es todo lo que una vez ansié en
aquel pequeño pueblo francés. Era el hijo de un marqués arruinado
y que no vería ni una pequeña porción de la herencia. El tercero
de tres hermanos que habían sobrevivido a siete partos. Realmente
era un superviviente. Había sobrevivido a tantas tragedias que
decidí que tenía que fortalecerme continuamente. Él no. Él podía
ser débil. Él tenía permiso de echarse al piso y llorar hasta que
el corazón se derrumbaba tras cada latido.
En los últimos años decidí ser otro.
Quise disfrutar del anonimato. Salía cada noche a descubrir un
pedazo de mundo. Ya no sólo perseguía a mis víctimas, sino también
espectáculos a los que jamás hubiese asistido. No hablo de obras
intensas en teatros convertidos en palacios de las artes. Hablo de
lluvia de estrellas, tormentas marinas, amaneceres en las montañas o
simplemente escuchar el ulular de los búhos mientras me oculto entre
la tierra removida de algún bosque. Quería recordar que era ser
auténticamente salvaje.
Durante casi diez años viví solo.
Quise desprenderme de todo, pero no lo logré. Louis estaba ahí de
forma recurrente, igual que todos los que amaba. Aún así pude
pensar en ellos sin sentir la presión de sus deseos. No tenía que
cubrir esas necesidades.
Aprendí que quiero estar con ellos,
formar un lazo intenso con cada uno, pero también con el hombre que
sigo siendo. El hombre humano y joven que mira los viñedos de su
padre y se dice a sí mismo: ¿Ves, maldito imbécil? Podían
recuperarse. He recuperado las tierras.
Sí, he vuelto a Auvernia. No me
arrepiento. Tal vez este lugar fue una cárcel para mi madre, pero es
el lugar donde nací dos veces. La primera del vientre materno y la
segunda de entre las fauces de unos lobos que sólo querían
sobrevivir, así como yo quería hacer lo mismo.
Nunca me sentí del todo solo. Siempre
hubo alguien a mi alrededor. Aunque no puedo catalogarlo como alguien
pese a conocer el cruel destino que tuvo desde su nacimiento. Creo
que en mi interior, en el fondo de mi corazón, sabía que ese
fantasma, tan parecido y a la vez diferente a mí, tenía que ver con
mi historia y no con la vivienda en sí. Nadie recordaba a ningún
familiar con mi aspecto, ni otras muertes rondando la vivienda. Al
menos, eso decían. Todo falso, por supuesto. Tan falso como ser hijo
único, tener problemas mentales y de comportamiento, así como vivir
aislado por mi propio bien. Igual de falso que creer que mis abuelos
eran mis padres, porque así fue hasta que cuando contaba alrededor
de cinco años la verdad, cruel y detestable, se impuso frente a mí
explicándome que aquella mujer, la que creía mi hermana, que
usualmente me despreciaba y siempre estaba alcoholizada, pues parecía
que eso era lo único que sabía hacer además de cantar, era mi
madre.
Pero como he dicho... jamás me sentí
verdaderamente solo. Ahora es distinto. Él se ha ido para siempre.
Puedo decirlo. Es un hecho que Goblin, mi hermano Garwain, no va a
regresar. Sus restos, los escasos huesos que quedan, no sé como
calificarlos. Observo su pequeño cráneo en la hoguera, donde
Merrick decidió morir para salvarme y salvarlo, y nada más pienso
que podría haber sido yo. En aquel vientre cualquiera de los dos, en
una lucha básica y natural, me impuse siendo el más fuerte. Él
sólo vio la luz del hospital, las lámparas palpitantes que yacían
sobre las incubadoras y las lágrimas de mi madre. Ella sí lo amó y
lo lloró, y por el mismo motivo a mí me condenó.
Desde hace algunos meses visito con
frecuencia el panteón familiar. Sigo pudiendo ponerme en contacto
con los fantasmas de la vivienda. No he vuelto a ver a Rebeca, pero
sí a Virginia que parece haber entrado en calma. La veo pasear cerca
de su propio cuadro, para luego girar su rostro hacia el de su
esposo. Añora a Manfred, pues quizá ni siquiera sabe que él está
vivo. No obstante, desconozco si es un fantasma que puede pensar o
sólo es un reflejo de la mujer que una vez fue. He conocido todo
tipo de fantasmas. Incluso he conversado con una taza de chocolate y
galletas frente al más importante después de Goblin. El tío Julien
Mayfair todavía retumba en mis recuerdos. Se ha convertido en mi
mayor adversario. Cuando visito la tumba de mi hermano, así como la
del resto de la familia, puedo sentirlo.
Puedo decir que no me siento solo, pero
no es la misma situación ni sensación. Tal vez hice mal en pedir a
Merrick que calmara a mi hermano hasta hacerlo desaparecer, sin
embargo vivir con él era incompatible. Él mató a tía Queen,
aunque sé que lo hizo debido a que siempre negó su existencia.
Comprendo demasiadas cosas tras el calor del momento. Tantas cosas
que siento pena por la historia de un hermano que sólo deseó vivir.
Armand a veces me da pena, pero luego recuerdo que le gusta vengarse de mí y se me pasa.
Lestat de Lioncourt
Las luces de la ciudad parecían
luciérnagas. El mundo entero estaba sumido en una calma extraña. En
medio de aquel departamento, subido en el último piso del
rascacielos, poseía una vista inimaginable de aquella enigmática
ciudad. Cada calle tenía un sonido distinto, pero idéntico al de
cualquier otra en cualquier otro lugar del mundo. Las farolas
iluminaban algunas zonas oscuras, pero eran sobre todo los luminosos
los que impactaban a los viandantes y los animaban a consumir. Las
ciudades permanecían despiertas de día y de noche, pero Nueva York
era distinta. Es un mundo completamente distinto. Posee una vida
nocturna muy atractiva, al igual que otras como Las Vegas, París o
Madrid. Sin embargo, era Nueva York la ciudad elegida para situarme
en el mapa, volver a ser quien era y lamer mis heridas.
Pero, ¿quién soy yo? ¿Qué soy yo?
¿Hay algo más en mi vida que permanecer atado a la eternidad
matando cada noche? Si miro mis manos las veo níveas, casi
infantiles, pero son las de un asesino. Mis labios han probado
numerosos cuellos, mi nariz ha olfateado demasiados perfumes y mis
brazos han acogido a miles de almas perdidas. Ahora vivo en una
colmena donde hay miles de zánganos. Escucho el zumbar de sus
corazones muy cerca de mí. Es tentador. La sangre bombeando en sus
corazones, viajando por cada una de sus venas, me atrae como las
moscas a la luz.
La música del piano no cesa, pero
tampoco la del violín. Es como si fuese una pequeña caja de música
que se destapa a ciertas horas de la noche. A veces huyo de ellos, me
distraigo en soledad, y decido ser un asesino cruel e incontrolable.
Pero también soy el joven con modales distinguidos que se deleita de
la ópera, aplaude en una obra de ballet o sueña en el cine con las
estrellas que impactan contra la gigantesca pantalla con sus
historias llenas de drama, comedia y fantasía.
Soy un monstruo moderno. Uno de esos
vampiros que han vivido demasiado en poco tiempo. Ya son más de
cinco siglos, pero sigo pareciendo un adolescente. Mi boca carnosa,
mis rasgos sensuales y la estrecha espalda que poseo me hace ser
atractivo a ojos de cualquier condenado. Parezco un ángel. Si entro
en una iglesia muchos me beatificarían por mi belleza y consagrarían
sus oraciones a mis pecados. Ilusos.
Ayer maté. Abrí el pecho de un
muchacho, enterré mis manos en su pecho y saqué su corazón. Bebí
de él. Lo disfruté. Me encantó. Gocé. Fue fantástico tener la
sangre manchando mi boca y corriendo por mis venas. Pero no dejé de
estar vacío. Un vacío que pocas veces logro llenar con el amor de
los compañeros que viven conmigo, pero la soledad permanece. No sé
huir de ella. Quiero hacerlo, necesito hacerlo.
Sólo me queda la esperanza de los
nuevos tiempos... y esas hermosas luces tintineando en el horizonte.
Me sobresaltó su voz. Llevaba días
sin su cordial visita. Me encontraba frente a una vitrina donde
conservaba algunos documentos, casi tan viejos como mi historia,
donde Nicolas redactaba una carta a mi abogado sobre la salud y el
destino de mi madre. Llegaron antes que la dichosa carta. Si la
conservo es para recordarme que hice bien en salvarla, pero mal en
condenarlo.
—Casi dos años—respondí sin
pensarlo.
Desde el 2013 éramos uno. Ya habíamos
sido compañeros de viaje desde el principio, pero ahora podía
escucharlo y él me podía contestar como deseaba. Teníamos «nuestra
conversación» que no tenía fin, aunque tampoco recuerdo su inicio.
—El tiempo pasa rápido—dijo tras
unas sonoras carcajadas.
—Cuando te diviertes y tienes buena
compañía, pasa rápido—dije.
Me aparté de la vitrina, para caminar
por la sala. Había un viejo yelmo sobre un elegante mueble de nogal.
Al lado de éste, como no, un pequeño escudo familiar con un
diminuto león con las zarpas levantadas y la boca muy fiera. Era mi
escudo familiar. Un león y una rosa, una rosa hermosa que parecía
sobrevivir ante la fiereza de la bestia. Amaba ese escudo, aunque
durante siglos lo olvidé.
—Es terrible la soledad—murmuró.
—Horrible—asentí.
—¿Por qué huías entonces? ¿Por
qué? Dime, Príncipe—esas preguntas eran hechas por un ente viejo,
casi tan viejo como el mundo, pero las formulaba con la inocencia de
un chiquillo. Él conocía bien la soledad, pero cada uno la siente
de una forma distinta.
—De la soledad no se escapa—susurré
cerrando los ojos, dejando que mis pies se movieran solos por la
habitación que ya tenía memorizada. Ah, podía ver los viejos
libros de poesía francesa, los clásicos griegos, la hermosa
colección de novela épica y los sendos volúmenes de historia de
Francia—. Cargo con ella incluso cuando estoy rodeado de miles de
personas. Subido a aquel escenario, cuando era sólo un muchacho, me
sentía solo aunque el público me contemplaba. En casa, rodeado de
mi familia, estaba solo—dije apoyándome en una de las estanterías,
abriendo los ojos para contemplar el grueso tomo de una obra clásica
española «La Celestina»—. Ni siquiera en los brazos de mi madre
he sentido que la fría mano de la soledad, esa terrible compañía,
dejara de acariciar mi corazón.
—Hubo una época...—empezó a
decir, enviándome imágenes de aquella ciudad sureña de Estados
Unidos, de mi querida América del Norte.
—¡Oh! Sí... —exclamé.
—¿La recuerdas?
Sabía que se trataba de ella y de él,
de esa época. Claro que recordaba a Claudia, tan llena de maldad
como de belleza, así como la filosofía del golpe de pecho de Louis.
—Sus brazos rodeándome el cuello, su
rostro tierno pegado al mío y las esmeraldas de Louis clavadas en
nuestra figura. Caminábamos por la ciudad con la elegancia de otra
época, nuestra época, entre los numerosos viajeros y
desesperanzados ciudadanos de aquella ciudad...
—Huyes de Nueva Orleans... —murmuró
muy bajo, casi inaudible.
—No—respondí seco.
—Sí, es un símbolo—respondió.
—De mi fracaso, de mi dolor, de mi
amor, de mi miseria y también de esos años que tanto gocé de la
vida sobrenatural que me regalaron sin yo pretenderlo—añadí
dirigiéndome a la ventana, para ver los campos cargados de uvas. La
viña estaba repleta y estaba empezando a ser recolectada desde hacía
algunos días.
—Un buen regalo—susurró.
—Un truco siniestro que me hizo
sentir condenado—en mis labios se formuló una sonrisa, mientras mi
reflejo era contemplado por ambos. El cristal mostraba mi elegante y
atractiva silueta. Seguía siendo ese joven rebelde, impulsivo,
necesitado y soñador. Pero tenía demasiadas obligaciones y un poder
inconmensurable.
—Ya no lo crees—me recordó que ya
no estaba condenado. Ninguno lo estábamos. No estábamos muertos,
sólo éramos otra cosa distinta, aunque igual, a un ser humano.
—No—respondí.
—¿Y en Auvernia? Aquí has sido
infeliz—afirmó.
—Aquí se forjó mi leyenda,
¿entiendes?—dije apartándome de la ventana, para sentarme en el
borde de la mesa del escritorio.
—Lo necesitas—habló con
rotundidad.
—¿A Nicolas? No.
—No a ese fantasma, sino a él—dijo
llevándome otra imagen.
Era Louis. Louis caminando entre la
gente. Podía ver la hermosa vista de París a su alrededor. Oh,
París. París de nuestro amor y miseria. Allí él fue infeliz y yo
también, pero era también la ciudad del amor, de los reencuentros,
de la fortuna, de la moda, de la música...
—A él...—se escapó de mis labios
una pequeña risilla.
—Está en París, caminando entre la
muchedumbre, recordando a Claudia. ¿Por qué no vas a buscarlo?—eso
no era una invitación, sino un ruego. Él tenía tantas ganas de ver
a Louis como yo.
—No—dije cruzándome de brazos—.
Que venga él, si así lo desea.
—Siempre viene él—me recordó—.Ve
tú.
—No—dije.
—Está bien, no vayas—susurró
decepcionado.
—Iré, Amel. Iré...
Se echó a reír. Sabía que había
ganado y yo perdido. Pero, ¿cómo iba a resistirme a encontrarme con
Louis? Mi Louis...
Las palabras dieron paso al silencio y
el silencio a la distancia más terrible. Pero en esa distancia te
tenía cerca, pues podía tenerte entre mis brazos nada más
despuntar el sol. La noche era eterna. Realmente se convertía en
horas imposibles en las cuales la oscuridad se transformaba en
monstruo, uno más sediento que mis propios deseos de sangre, que me
engullía convirtiéndome en un ser extraño y solitario.
Tú has sabido vivir solo. Te he visto
miles de veces caminando por la ciudad aferrado a tus ideales. Yo
sólo era un complemento, un artículo más en tu colección de
amantes, mientras sonreías entusiasmado con la vida, la muerte y tus
extrañas parábolas jamás dichas en el púlpito de una iglesia.
Cuando te conocí era un despojo con los bolsillos llenos de dinero y
el alma cargada de sueños rotos. Ahora, tras tenerte a mi lado,
estoy aún más destrozado porque no he sabido mantenerte junto a mí.
Sé que vienes a verme. Me observas
como si fuese un preciado trofeo en una vitrina. Soy un elegante
maniquí que posa para ti, con esa mirada melancólica y ese aspecto
tan humano. Me has salvado la vida en muchas más ocasiones de las
cuales hemos podido contar, pues creo que ni siquiera tú eres
consciente de ello. Me quedo ante la ventana, intuyo que estás ahí
porque viene a mí tu fragancia dulce y masculina, mientras abro un
libro de poema y recito para ti. Así paso las noches. Te invito a
entrar, y arrancarme de ésta soledad.
Te vi en mitad de la noche, mientras
apagaba la última vela de mi escritorio, y deseé que me abrazaras
como antaño. No sé vivir solo. Aquí, en Nueva York, me siento
perdido. No es igual que Nueva Orleans, nuestras viejas discusiones y
el abrigo de tus miradas. Por favor, rompe éste silencio. Hazlo tú
ésta vez, pues me siento un desgraciado.
El amor no es sólo importante para los vampiros, sino para todos. Ashlar era un Taltos y lo sabía bien.
Lestat de Lioncourt
Conozco bien la soledad y su estigma.
He observado el mundo durante siglos guardando el dolor en mi alma,
yaciendo cada noche en una cama vacía de calor y recuerdos, mientras
mis ojos se cerraban soñando con una mano amiga, un abrazo sincero y
un beso apasionado. Derramaba lágrimas amargas y dejaba que mi
corazón se quebrara. Mis brazos temblaban mientras murmuraba el
maleficio de mi antigua compañera.
Puedo verla aún ardiendo, gritando y
mirándome. Igual que aún puedo sentir las manchas de sangre en mi
piel, fruto de una terrible disputa, mientras mis hijos yacían a mi
alrededor decapitados y asesinados por sus propios hermanos y amigos.
Todos los que allí murieron los amaba. Todos eran mi familia. Quedé
vacío. Pocos sobrevivieron y los que lograron salvarse abrazaron un
Dios sordo, mudo y nefasto para los nuestros. Era el Dios de los
hombres, pero no de los Taltos. Podía haber creado el mundo, pero
nosotros no éramos sus hijos.
Jamás he entrado en una iglesia con el
corazón lleno de paz. Siempre he tenido miedo. Miedo a los ojos de
Dios, los ojos de sus creyentes y la fiereza del fuego de otras
épocas que provocaban la muerte de los nuestros. Quise encontrar
amor en él, pero tan sólo encontré rechazo. Después,
reflexionando, me di cuenta que no era Dios el monstruo, sino sus
hijos. Los hombres son monstruos si se les educa en el odio. Por eso
intento salvar al mundo del odio, la soledad y la miseria. Busco
calmar el dolor con la belleza del juego, la inocencia y la virtud
que poseen los niños.
Si salvas a los niños salvas al mundo.
Por eso, pese a mi dolor, intento salvar mi alma con la bondad de un
santo, aunque jamás me consideré tal. La religión no me hizo bien,
pues sus dirigentes están equivocados. Yo también lo estuve. Hay
que saber amar como ama un niño. Quizás Dios ama así. Tal vez el
amor es eso: inocencia y sueños.
Armand se vuelve quejar. Maldita sea... esto ya es costumbre.
Lestat de Lioncourt
El mundo quizás no es como lo podía
recordar en los viejos tiempos. Todo cambia. El paso del tiempo hace
mella en todos y cada uno de nosotros. Mutila recuerdos, entierra
verdades, sepulta risas y anida en las lágrimas más amargas. El
camino que una vez trazamos con firmeza se vuelve angosto, desgarbado
y extraño. La nieve puede llegar a cubrirlo varios centímetros y
cuando llegas a una gran cuesta sientes que el aliento te falta. Eso
es lo que sucede a muchos inmortales. Vivir para siempre puede ser el
mayor pecado de bohemios varios. Muchos son los que han deseado esta
condena saboreándola como si fuera un regalo, pero no es un don del
cual sentirse orgulloso. Carga de una pesada responsabilidad a quien
la lleva y aterra a todo aquel que te ama.
Cuando tu corazón pertenece a un
tiempo que no vivirás, una época que ya pasó, sientes que el
invierno es más duro y cruel. Te conviertes en una estatua de mármol
y contemplas como otros te admiran sin comprender hasta que punto
puedes perder el juicio. La sangre puede ofrecerte cálidos recuerdos
que tú no has vivido, el calor de un cuerpo que no te pertenece y el
último adiós de un alma que se desvanece para que tú vivas. Suena
crudo, pero es la verdad. Sin embargo, no cambiaría al monstruo que
soy hoy en día. No podría. Estoy acostumbrado.
La multitud se arremolina a mi
alrededor en las grandes ciudades, los villancicos suenan una y otra
vez con multitud de voces y acentos, las compras se amontonan en los
maleteros de coches de diversa gama y puedes ver la ilusión
únicamente en los ojos los niños. Aún así, la chispa se pierde y
queda la oscuridad.
Hubiese deseado que él estuviera
conmigo. Sé que tengo a mi alrededor compañeros que me aman, que
apoyan mis pasos y me dan todo su apoyo. Sin embargo, falta él. Al
faltar me convierto en un alma errante. Soy lo que jamás creí que
sería. Mendigo sus brazos fuertes, los cuales me daban vida sin
necesidad de recurrir a la muerte, y extraño sus besos apasionados
mientras me ruega que lo ame como él decía hacerlo.
No lo culpo. No soy lo que él
esperaba. Sólo aparento ser un joven perdido, convertido quizás en
la imagen de un ángel inocente, que acude a las iglesias para
escuchar las misas navideñas y rezar por su alma, aunque ya está
condenada. ¿No es así? Quizás es lo único que puedo hacer. Han
muerto muchos que conocía, pero no es una pérdida importante para
mí. El dolor que nace en mi pecho, floreciendo con fuerza, es el
saber que él está ahí fuera y no es capaz de abrazarme una vez
más.
Las imágenes que él me mostró fueron de Carolina. Ella había regresado a buscarme, pero no me encontró. Decidió olvidarse de mí, como parecía haber hecho yo con ella. Decidió que era el momento de alejarse y ocultarse. Se casó con un hombre, el cual la dejó por culpa de los cuentos que narraba a su hijo. Pero eso fue después de recorrer el mundo como bailarina, ella cumplió su más preciado sueño.
Eran palabras, imágenes creadas por el discurso de una mujer recostada en una cama y aferrada a la esperanza. Su mano tenía un aspecto ocre, ceniciento, y la vida parecía escaparse de sus profundos ojos verdes. Reconocí el rostro, lo haría entre millones, y no pude controlar mi dolor. Mis lágrimas surgieron solas, porque estaba contemplando en los ojos de aquel muchacho, en sus recuerdos más recientes, el dolor agonizante de un alma a punto de caer en el paraíso.
-¿Qué ha sucedido?-balbuceé destrozado.
Su rostro se mostraba impasible, poseía una entereza propia de un ángel. Sus ojos me contemplaban con una mezcla de desprecio y preocupación. Me despreciaba porque tal vez para él mis lágrimas eran las de un criminal, un estúpido que no supo tener paciencia y que abandonó a su suerte a la mujer que le había dado la vida.
-Nada que a ti te interese.-su voz sonó gruesa, masculina y gélida.
Respondió frío como un témpano de hielo. Parecía implacable como un asesino en serie, uno de esos artistas de la locura y del desenfreno maquinado a la precisión. Un ser que parecía de otro mundo y se había quedado en este a la espera del Apocalipsis final, para así ver inalterable la muerte de cientos de inocentes.
-Sin embargo, sólo te diré que no busca que la sanes sino que estés ahí para poder verte por última vez. Sabe bien que eres tú quien está organizando los sucesos cruentos en la ciudad, yo te hubiera dado caza y para después diseccionarte. Sería un honor matarte.-añadió echando a caminar esperando que le siguiera.
-Soy un vampiro centenario, pero como todos cometo errores.-susurré dejando que mis pies rozaran el suelo, marcando un ritmo parecido al de aquel joven.
No llevaría mi sigilo habitual, sería un humano en compañía de otro más joven. Su aspecto de muñeco de porcelana me turbaba, así como sus ojos rasgados y su boca pequeña. Parecía una figura hecho para cometer los peores crímenes y ser bendecido por ello. Sus hombros estaban rectos, sus manos estaban dentro de los bolsillos de su pantalón.
-¿Está en el hospital?-pregunté tras varios minutos caminando por calles estrechas.
-Es una noche fría para una primavera que está a punto de morir, como mi madre.-dijo antes de alzar el rostro hacia las estrellas.-Parece que desean que sufra sus últimos días.-no había respondido mi pregunta, más bien la esquivaba.
-¿Está en el hospital?
-No.-susurró.-Ya te oí la primera vez.-comentó parando frente a un edificio que poseía la fachada en muy malas condiciones.
El moho por culpa de la humedad lo manchaba todo, la pintura estaba descascarillada y la puerta de acceso tenía la cerradura rota. La escalera por la cual subimos chirriaba, pero al entrar en el pequeño apartamento me sobrecogí. Todo era tan pequeño, cálido y de una belleza sutil que te hacía sentir en casa. Las alfombras persas regadas por el suelo cubrían las baldosas sueltas, las cortinas rojizas, con hermosos visillos blancos, ocultaban las rejas mohosas del balcón y el sofá estaba dispuesto para ocultar los desconches de la pared colindante. Aún así parecía un lugar lleno de dulzura, la suya, y eso me hizo dejar de llorar para sonreír con melancolía.
-Está en la habitación del fondo del pasillo, esperándote.-dijo mientras se sentaba en aquel sofá, encendiendo un cigarrillo y esperando que su mente volara lejos.
Caminé hacia el oscuro pasillo, al otro lado había un pequeño punto de luz generado por una lampara en la mesilla de noche. Junto a esta estaba la cama y ella tumbada con un rosario de cuentas negras. Sus manos fueron lo primero que vi, unas manos pequeñas y delicadas, para después enterrarme en sus ojos febriles.
-Mi ángel.-susurró.-Rezaba por ti.
-Deberías rezar por alguien que merezca la pena.-dije arrodillándome frente a la cama.
-Sigues tan joven como hace décadas, no has cambiado nada.-murmuró buscando mis manos, las cuales le tendía para poder sentirla más cerca y real.-Como no ha cambiado nada mi amor por ti, así como mi sentimiento de culpa.
-El culpable fui yo.-respondí.
-Yo sabía que Frederick te amaba, sin embargo no me importó arriesgarme y ser yo quien ganara. El dolor me aplastó con fuerza, igual que su voz en mi oído. No he dejado de escuchar sus palabras culpándome durante años. Incluso esta misma noche las he escuchado.-besé sus dedos y las palmas de sus manos.-Fui a buscarte pasados unos cinco años, pero tú ya no estabas. Regresé durante meses a la casa, esperaba que volvieras. Sin embargo, decidí seguir mi camino y viajé por todo el mundo. Esperaba verte entre el público de los grandes teatros. Sin embargo, la vida de una bailarina es corta y pronto dejé de ser profesional. Me casé y fui ama de casa, una madre y una estúpida que cada noche rezaba porque volvieras.-sonrió amargamente, tan amargamente que fue como un navajazo en mi corazón.
-Yo también viajé, pero me interné en lugares que el hombre común no quiere ver. Pude comprobar misterios alejados del conocimiento que el ser humano posee, mejoré mis cualidades y regresé sosegado esperando encontrarte. Pero entonces lo supe, había pasado mucho tiempo y la rabia por mi estupidez me hizo cometer crímenes demasiado cruentos.-colocó sus manos en mis labios, sellando de esa forma mi boca y parando mi confesión.
-Cuida de Andrés, necesita que le cuiden porque es incapaz de controlarse.-susurró antes de incorporarse lentamente, yo intenté ayudarla pero ella lo evitó.
Sus labios rozaron los míos, pronto nos fundimos en la pasión de hacía años. Sin embargo, noté como la fuerza se escapaba de su cuerpo y caía en mis brazos. Su corazón se paró y el tiempo con ella también. Deseé despertarla, pero ya ni siquiera mi sangre podría devolverle la vida. La recuperé para perderla nuevamente y esta vez para siempre. Había perdido por haber jugado mal mis cartas, por errores que conducían a otros aún mayores.
-¡Carolina!-grité empapando su rostro con mis lágrimas, así como su camisón blanco y sus cabellos aún negros.
-¡Madre!-escuché desde el salón, así como los pasos rápidos y turbados de su hijo.-¡Mamá!-finalmente su máscara fría cayó rompiéndose en mil pedazos, sus lágrimas brotaron como las mías y cayó arrodillado jalando de las mantas de la cama.
Sus puños se cerraron, sus hombros se encogieron y el corazón se aceleró bombeando sangre como lágrimas sus ojos. Le temblaba el mentón inferior, hipaba y sorbía sus mocos convertido en un niño. Junto a mí no tenía a un joven, sino a un niño que había visto como moría una luciérnaga en plena primavera.
Estiré mi brazo intentando acariciar sus cabellos, pero se apartó temblando. Al alzar su rostro la vi a ella reflejado en aquellos ojos café, así como lágrimas rojas como las mías. Ambos nos quedamos en silencio. No había palabras para ese descubrimiento. Sólo quedaba la confesión de dos hombres rotos en medio de una habitación cargada de muerte. Terminé tomándolo de la muñeca, jalando de él para abrazarlo y sentir su respiración agitada contra la mía.
-¿Por qué?-pregunté acariciando sus cabellos.-¿Por qué me odias tanto?
-¿Recuerdas unos meses antes de su marcha?-dijo en un murmullo.-Perdías la conciencia, llegaste a olvidarte quién eras y quién era ella. El dolor te podía tanto, porque no eras lo suficiente hombre. No tenías coraje, estabas hundido en la miseria y te olvidaste que ella estaba viva. La hiciste tuya en varias ocasiones, ella deseaba traerte de vuelta y tú no recordabas. Caíste en trance tantas veces, te olvidaste de todo inclusive de tus promesas, eso fue lo primero que borraste de tu memoria.-se aferraba a mí y a la vez deseaba marcharse, era una mezcla de emociones demasiado confusa y habitual en el ser humano.-Se marchó porque ya no podía soportarlo, pero tú seguro que no lo recuerdas.
-No, no lo recuerdo.-respondí antes de tomarlo por el rostro.-¿Cómo sabes todo eso? ¿Sabías todo eso y no me dijiste cuando nos hemos visto?
-Ahora te lo digo, con eso es suficiente.-susurró.-Y lo sé desde que soy un niño, aunque tampoco es que haya cambiado demasiado después de tanto tiempo.
Ni entonces ni ahora recuerdo esas noches cálidas en su cama. Sólo sé que estuvo meses a mi lado, prácticamente dos años, y que se marchó una noche dejándome a solas y sin luz. Intenté llenar mi condena durante décadas, pero con un roce de sus labios sentí que estaba perdonado y dispuesto para acariciar el cielo. Ella me había dejado un legado que se guarecía entre mis brazos, un niño en las tinieblas de aspecto dulce y fiero.
Esa misma noche la transportamos en silencio, con dolor y completamente rotos. La llevamos junto a la capilla, en mis propiedades, para enterrarla junto al que para ella fue su padre y mentor. Cuando su cuerpo tocó la tierra pude sentir que su alma al fin descansaba. Pétalos de cerezo, rosas y margaritas acompañaron su cuerpo, su camisón blanco manchado con mi sangre y la tierra del jardín en el cual la vi bailar en mis sueños. La bailarina se guardaba al fin en la caja musical, tal vez para vernos cuando el mundo ya no diera más de si y todos cayéramos como moscas.
Hace varios meses que todo esto ocurrió, cuando miro por la ventana siempre lo veo a él en las primeras horas de la noche. Parece un ángel custodiando el cuerpo de su madre. Sus labios recitan poemas, pero su voz no suena contra el viento. Ya ha llegado el verano más tórrido, pronto estará aquí el otoño y los árboles se colorearán como su cabello, en tonos castaños, rojizos y negros. Y todo eso sucederá mientras ambos intentamos comprendernos y conocernos sin reproches.
Me obsesioné. Quedé turbado. Sólo podía pensar en las múltiples posibilidades de una vida alejada de mí. Pensé en buscarla, ir yo mismo a indagar o pagar a otros para que hiciera el trabajo sucio. Si bien, acabé recordando el dolor que había sufrido por no dejar que Frederick viviera alejado, sordo y mudo, de mi mundo lleno de mentiras y frío. Si bien, todas las noches solía describir mis extraños sueños. Era como si ella me buscara en las sombras dándole luz y sentido a todo.
Su voz venía en mis en mis ensoñaciones, me despertaba perlado en sudor rosáceo por culpa de la sangre que supuraba y aún podía escucharla taladrándome el cerebro. Sentía como si ella rogara el encontrarme, como si su único deseo fuera estar a su lado. Si bien, en mis pesadillas, o sueños, ella se mantenía joven y hermosa. Se veían sus ojos llenos de deseo, sus labios de pulpa de sandía, sus mejillas de porcelana, sus cabellos negros como la propia noche, sus lozanos muslos intactos y sensuales, sus turgentes pechos y sus diminutos tobillos como si el tiempo no hubiera sido cruel, como si fuera una muñeca inmortal.
“Búscame, búscame más allá de los verdes campos de follaje invernal. Búscame lejos del bullicio de los seres sin sombra y de tiempo limitado. Búscame donde las ramas de los cerezos carguen sus flores y creen una belleza reflexiva.
Búscame por cielo, mar, aire y tierra.
Búscame en rascacielos de cristal, quizás te observo desde ellos. Búscame entre las rocas y guijarros de un riachuelo que quizás refresque mis pies cansados, cansados de bailar. Búscame entre los campos de trigo, olivo o fresas.
Búscame en las tablas de un teatro, entre sus vestidores y telones.
Sé que encontrarás el camino, y si no lo hallas yo volveré a encontrarte con una de esas tontas casualidades de libros románticos. Mi vampiro, mi ángel... mi amante.”
Sus palabras se repetían como si fuera un eco. La ciudad se movía a distinto ritmo. Las personas parecían moverse de forma agitada y acelerada, mientras que las nubes caminaban lentamente por el cielo y el viento se movía a cámara lenta, como el resto del mundo. Si bien, el tiempo cambiaba y entre los caminantes podía hallar sus ojos fijos en mí. Podía encontrarla en Londres, Tokyo, Barcelona o Nueva York. Eran grandes ciudades, distintas vistas y personas a su alrededor. Si bien, los últimos sueños eran de una aldea perdida en medio de los bosques de Galicia. Conocía aquel lugar con precisión. Siempre había amado la magia de aquel lugar, el aroma de un pergamino antiguo lleno de magia y poder natural.
Sin embargo, calmaba su voz y sus recuerdos con sangre. Cada noche un gran banquete me esperaba. Asolaba las calles más putrefacta, los barrios bajos y la pesadilla de muchas madres. Hijos llenos de odio, seres que se dedicaban a matar a otros, o a sí mismos, con la droga. La heroína, así como otras, entraron en mi organismo y me daba un valor vacío y estúpido. Me sentía poderoso, a pesar que ya lo era, y me hundía en la basura más hedionda. Bebía del gaznate de borrachos, prostitutas, camellos y enfermos por las drogas. Recorría las calles llevándome lo peor de cada casa, lo hacía para regalárselo al infierno.
Los crímenes se amontonaban, algunos cuerpos eran hallados en el cementerio en los regazos de los ángeles de tumbas y panteones. Muchos de los cuerpos flotaban en el lecho del río y los menos entre cartones frente a las iglesias. Nadie daba crédito a tal oleada de crímenes, pero muchos parecían dormir más tranquilos al saber que la escoria moría lentamente. Si bien, no eran los únicos. Las mujeres más hermosas me tentaban, me hacían recordar que no podía tenerla y eso provocaba en mí una frustración terrible. Algunas cayeron en mis brazos, otras las dejé escapar sin motivo alguno.
Comenzó a correr la noticia de un demente. El Ayuntamiento no quería perder turismo, así que intentaban mantener las formas y las mentiras. La alcaldesa unida con el jefe de policía comenzaron a emitir comunicados, a silenciar familias y a ocultar cadáveres. Decían que eran actores, cadáveres legados a la ciencia o simplemente suicidas. Si bien, había grupos de jóvenes que visitaban los cementerios intentando encontrar al vampiro o demonio, sea cual fuere mi naturaleza, los cuales eran al principio minoría y acabaron siendo una verdadera plaga. Tuve que dejar mis juegos en la gran ciudad y trasladarme a otras cercanas, y a barrios periféricos cercanos al puerto.
Un joven logró seguirme la pista una noche de cierta neblina. Sus cabellos eran una mezcla entre el rojo más pasional y un caoba intenso, cada mechón estaba más revuelto que el anterior, y tenía unos ojos salvajes almendrados. Su piel era de mármol, parecía un muñeco perfecto hecho por un artesano. Su sangre era atrayente, como sus labios carnosos y los pensamientos que rondaban en su mente. Aparentaba muchísimos años menos de su edad real, pero su estatura era la de un coloso de cercanos dos metros.
-¡Sé qué eres!
Logró decir mientras lo contemplaba dudando de matarlo o dejarlo ir, marchándome de allí como siempre y era de esperarse. Dijo aquello con tanta firmeza que me golpeó un atisbo de miedo.
-¿Y qué soy?
Respondí de forma brusca tras una larga carcajada. Era gracioso, y a la vez terrible, encontrarse humanos de su talla y alma rondando las mismas calles que un neófito. Parecía un cazador de almas, un asesino de seres como yo.
-Vampiro.
Aquel susurro que creó una pequeña nube de vaho de entre sus labios, mostrándose desafiante con la mirada y firme con sus puños cerrados.
-Deja los cuentos de hadas, muchacho.
Me giré para continuar mientras dejaba que mis pies se movieran como los de un humano, no debía delatarme aún más. Sabía como habían acabado muchos de mis congéneres. Además, estaba prohibido darse a conocer de esa forma y no cazar para silenciar. Si bien, él me provocaba una atracción distinta a la sed de sangre.
-Mi madre estaría confundida entonces.
Fui entonces hacia él, quedándome frente a frente escudriñando su mente y sus ojos. Podía leer en ellos aunque eran un pozo de brea, ya que la oscuridad se cernía en ellos como un cuervo cruel. Mis manos cayeron sobre sus hombros y sus recuerdos fueron míos. Todos los recuerdos, buenos o malos, comenzaron a mostrarse como una vieja película.
-Llévame con tu madre.
Las imágenes que él me mostró fueron de Carolina. Ella había regresado a buscarme, pero no me encontró. Decidió olvidarse de mí, como parecía haber hecho yo con ella. Decidió que era el momento de alejarse y ocultarse. Se casó con un hombre, el cual la dejó por culpa de los cuentos que narraba a su hijo. Pero eso fue después de recorrer el mundo como bailarina, ella cumplió su más preciado sueño.
Mi mundo se redujo a mis viajes, escritos sobre ellos, el ataúd y la mansión alejada del mundo y cubierta por matorrales. La capilla era sólo el consuelo, como si pudiera conversar con los ángeles de los frescos y figuras allí reunidos. Me percaté que él había muerto y nadie lo recordaba, excepto nosotros. Si bien, no estaba seguro si ella había cicatrizado aquella perdida o si seguía viva. Ni siquiera sabía cual era el año en el cual me movía.
Las décadas para un vampiro es como los días de vacaciones para un niño, son intensas pero extremadamente cortas. Intenté hacer cuenta de cada año, viaje y palabra dicha. Recordaba las facciones de los hombres, mujeres y niños de los cuales había bebido de su sangre o compartido tan sólo una conversación breve. Tantas personas, tantos sueños y sufrimiento como mentiras, tanto para nada. Porque todos se reducían a un nombre y un rostro. Deseaba dar con ella nuevamente, ser yo quien me presentara ante su cuerpo algo menos joven y sus ojos aún destelleando misterio.
Jamás había sentido el peso de la soledad con tanta intensidad. Siempre había buscado el refugio de mi pasión hacia la raza humana, aunque los detestaba algo en mí los amaba con una intensidad similar a la de un amante. Eran mi alimento, pero también asombrosas criaturas que contemplar durante las largas noches de invierno y las breves del verano.
Fuera los insectos formaban una melodía parecida a la de un coro. Grillos y luciérnagas danzaban entre las zarzas, matorrales y flores silvestres que habían surgido salvajes en medio de mi viejo jardín. Las ramas de los árboles se mecían con calma, moviendo el pesado aire y la fragancia primaveral que embriagaba todo. Una vieja canción recorrió mis labios, la había escuchado hacía bastantes décadas. Sin embargo, recordé aquella letra como si aún sonara gracias al disco rodando por el vinilo.
Me levanté buscando aquel tocadiscos, estaba en una de los muebles del salón y lo hallé cubierto por una manta. Al encenderlo me percaté que aún estaba en buen estado. Los vinilos que estaban agrupados a su lado parecían viejas fotografías, recuerdos dolorosos y agradables a la vez. Busqué aquel vinilo con ansiedad, con mis dedos temblorosos y fríos. Al tomarlo entre mis manos acaricié las letras donde se podía leer con claridad “The Beatles”.
Recordé entonces la fecha, era 1969. Aquella banda que volvía locas a las jovencitas, y también a muchas madres, junto a melenudos que creían en un mundo más humano, y menos mecánico, se separaban. Let it be era su despedida y yo lo escuché en la radio de un taxi que me llevaba por las calles de Londres. Recordé las caras de algunos jóvenes al saber la noticia, parecían decepcionados. Sin embargo, tuvieron la gran suerte de conocer a uno de los grupos más influyentes de la historia de la música. Siempre me agradó la música de los Beatles, parecían tocados por un halo de poder cálido y dulce.
Durante dos noches puse aquella canción de forma incesante. La convertí en mi caja musical. Deseaba recordarme a mí mismo que había cosas que debía dejarlas ir, a ella la dejé ir para que volara lejos de mí. Si bien, desconocía si regresó alguna vez para encontrarme y yo no estaba. Aprendí una lección con la muerte de Frederick, si amas a alguien debes dejarlo ir. El daño estaba hecho con él, pero con ella todo podía ser distinto.
Lentamente hice mi vida como un ermitaño. Algunas personas de aldeas cercanas hablaban de mí, aunque ya no eran aldeas sino asentamientos numerosos y la ciudad se había vuelto un laberinto. No reconocía ni la mitad de las fachadas de aquellos altos edificios. Eran enormes construcciones no muy diferentes unas de otras, lo singular ya no existía. Si bien, los jardines cada vez eran más escasos. El mundo había cambiado demasiado y terminé lleno de miedo porque si la encontraba tal vez era una anciana, una mujer madura con la vida hecha a punto de acabarse.
Había despertado hacía más de dos horas, era primavera casi verano y las noches eran cortas. Sopesé la idea de ir a buscar un calendario, algún indicio de la fecha en la cual estábamos. Durante un par de largos minutos caminé de aquí para allá hasta que lo decidí. Cerca de donde vivía existía residencias de turismo rural. Podía entrar en una de las casas sin ser visto u oído, buscar un calendario o escuchar la televisión por si podía captar datos en algún canal. Podía incluso inspeccionar alguna revista, periódico o fecha de caducidad de algún producto de la nevera.
Caminé durante dos horas recordando el camino, cada árbol que aún se mantenía en pie y cada gran roca. El campo era lo único que parecía intacto, aunque había menos animales y algunas casas estaban restauradas. Las carreteras estaban mejor asfaltadas, pero lo esencial seguía allí. La calma del ambiente, el aroma de un horno de leña, la carne de la matanza secándose en las habitaciones de pequeñas casas dedicadas a los productos más auténticos, romero en la cocina recogido del monte y todas aquellas cosas simples de las cuales no nos percatamos. Era como regresar a un mundo perdido, un mundo que me había estado esperando.
Entré en una de las casas por la parte trasera. Era de unos aldeanos, llevaban un negocio de hostelería y aquella casa era la que usaban todo el año. Entré buscando algún periódico, algún producto donde ver la fecha de caducidad o simplemente un calendario. Deambulé por la estancia durante más de cinco minutos hasta que hallé una prueba de compra. Al ver la fecha inscrita en ella me sobresalté. Había pasado más de cuarenta años.
Salí conmocionado de aquella vivienda. Regresé a mi guarida tambaleándome, como si mi estado fuera febril y estuviera a punto de entrar en coma por culpa de una intoxicación etílica. Me sentía tan abrumado, descolocado y confundido. Había estado demasiado tiempo fuera, ni siquiera sabía si ella regresó y pensó que yo no lo haría jamás. Me sentía un imbécil por haberme marchado y a la vez aliviado, puesto que tal vez si hubiera permanecido en el mismo lugar, y ella no hubiera regresado, me hubiera vuelto loco.
El impacto fue terrible, me dejó dubitativo y miles de posibilidades rasgaban el cielo estrellado que comenzaba a clarear. Mis pasos estaban llenos de desánimo. Esperaba que tal vez hubiera pasado una década, pero no cuatro y de forma tan contundente. Había perdido la noción del tiempo nuevamente, como si los años no tuvieran importancia. Si bien, mi amor hacia ella seguía intacto y no me importaba si el tiempo había cubierto su rostro con arrugas, ella seguiría siendo la luciérnaga que jugaba en mi jardín.
Llegué a tiempo a mi guarida, pero el desánimo era evidente. Al deslizarme por las escaleras hasta mi ataúd sollocé. Los insectos y los trinos de los pájaros se mezclaron junto a mis lamentos. Mis dedos acariciaron la tapa de mi cofre, para después cerrarlo como si realmente yaciera en él un ser muerto. Tal vez, cientos de sueños murieron en mi interior pero seguía latiendo la llama de la esperanza. Tomé la decisión de buscarla, tenía que hacerlo, y lo haría siguiendo cualquier pista o dato.
Quedé en letargo pensando en un detective privado, uno que diera con ella sin que supiera siquiera que yo estaba tras sus huellas. Me pregunté como sería, si las canas ya habrían llegado a sus cabellos y el color de estos ahora. Temía que un hombre la hubiera tomado como amante, esposo y compañero. Me dolía tanto el pecho pues podíamos sentir dolor, a pesar de estar muertos, y mi corazón se aplastaba contra mis costillas explotando por el nerviosismo a causa de esos pensamientos.
Tras varios años, no sé cuantos en realidad, regresé a mi hogar. El jardín se había convertido en selva, pero aún el camino hacia la entrada seguía despejado. La capilla cerrada aún a cal y canto parecía desprender paz, la tumba de mi amigo estaba cubierta de frondosas hiervas y hojarasca. Dentro el polvo, los recuerdos y los muebles cubiertos por sábanas me esperaban. Me había ido y había dejado todo como si sólo fueran unas pequeñas vacaciones.
Había llegado la primavera, las lores daban un olor dulzón inclusive dentro de aquellas habitaciones que rezumaban un aroma a cerrado, polvo y recuerdos que se pegaban a mis lágrimas sanguinolentas. Lloraba sin poder contenerme. Frederick parecía estar esperándome, deseando que lo rodeara y susurrara que todo saldría bien a pesar que únicamente mentía. Era mi familia, él era lo único que me mantenía entre ambos mundos, y ella, mi dulce bailarina, el amor que no pudo ser. La presencia de mi buen amigo parecía jugar con mi imaginación, inclusive el eco de las marchitas palabras de Carolina rondaban mis oídos. Aquella casa tenía vida, sus vidas, y eso me producía confort a la vez que pánico.
Decidí sentarme en el sillón de lectura de Frederick. Sentí que los párpados me pesaban, por ello eché la cabeza hacia atrás cerrando los ojos y dejé que el murmullo del silencio hablara. El crujido de las vigas, el frío entrando por la chimenea apagada, las viejas cenizas que no se habían limpiado, el tic-tac del viejo reloj y la oscilación de su péndulo provocaban que el ambiente me relajara. Estaba seguro que él seguía rondando la casa, lo comenté con ella cuando pasaron unos meses y su única respuesta fue que en ocasiones sentía que alguien la observaba, alguien que no era yo.
Estuve allí sentado hasta el final de la noche, regresé a mi guarida observando que no había cambiado ni un ápice, así como toda la casa, mi viejo ataúd. Acaricié su madera, también jugué con la tela que lo cubría y finalmente me tumbé deseando olvidarme de mis pesadillas. Durante años me habían perseguido, la imagen de Frederick colgado del techo, moviéndose como un junco con el viento, me producía escalofríos.
A pesar de ser un vampiro, de haber degollado a tantos y hundido mis colmillos incluso en niños, no podía olvidar su rostro desconsolado y la expresión de sus ojos mientras su pies flotaban sobre el suelo. Era una imagen que venía a mí en cualquier sueño, todos acababan con él danzando con la muerte y colgado en su cuarto. Por supuesto, también soñaba con ella. Sus pies estaban manchados de sangre, sus brazos se alzaban hacia el cielo cubierto por mil luciérnagas, mientras sus labios estaban sellados y sus ojos manchados por lágrimas negras. Ella era la muerte, la misma que celebraba un funeral cargado de dolor como ofrenda al amor que ambos se profesaban, un amor paterno-filial que se rompió dramáticamente.
Durante varios días recorrí la casa acariciando sus paredes, el papel pintado del aseo se estaba cayendo por culpa de la humedad. El espejo estaba sucio, prácticamente no me reflejaba y sonreí recordando las viejas leyendas que corrían acerca de los vampiros. El cuarto de Frederick seguía con sus cosas intactas, no faltaba ni siquiera el libro en su mesilla. Salvo que las manchas de sangre ya no estaban y tampoco la soga, por supuesto la cama estaba hecha. El cuarto de Carolina también parecía parado en el tiempo, como todo el lugar, pero al menos sus libros no estaban ni su ropa.
Recordé el cuento de la Bella Durmiente. Aquella princesa que dormía esperando que la despertaran con un cálido beso de amor, su reino había entrado en un letargo donde el tiempo no existía. Los segundos, minutos, horas hasta llegar a siglos quedaron congelados como si fuera un cubito de hielo. Incluso las aves parecían no continuar su vuelo, quedando en las ramas de unos árboles eternamente en primavera. Yo me sentía en un reino congelado en el tiempo. Era el superviviente, el monstruo que albergaba el lugar sin conocimiento que la dulce princesa ya había escapado. Todo un cuento de hadas tétrico, como eran realmente. Historias dolorosas, crueles y llenas de una carga oscura asfixiante.
Decidí abrir las ventanas, dejar que el sonido de los insectos entrara sumergiéndome en ellos junto a los aromas de las flores. Comencé a llenar el lugar de vida, limpié las habitaciones y dejé aquello con el esplendor de años atrás. Mis pies descalzos comenzaron a sentir la calidez de antaño, las maderas de la casa crujieron junto a las de aquella chimenea. A pesar que ya el ambiente no era frío, sólo fresco, decidí encenderla para quemar parte de los escritos que conservaba. Quería borrar de mi mente las palabras referidas a la muerte de mi buen amigo, pensando que de ese modo guardaría silencio mis labios y mis dedos. Junto a estos arrojé una rosa roja y un clavel, también rojo, en honor a la sangre que había derramado y al amor que me había concedido.
Mi mundo se redujo a mis viajes, escritos sobre ellos, el ataúd y la mansión alejada del mundo y cubierta por matorrales. La capilla era sólo el consuelo, como si pudiera conversar con los ángeles de los frescos y figuras allí reunidos. Me percaté que él había muerto y nadie lo recordaba, excepto nosotros. Si bien, no estaba seguro si ella había cicatrizado aquella perdida o si seguía viva. Ni siquiera sabía cual era el año en el cual me movía.
En breve acabará esta novela. Si no he publicado antes es porque mi pareja salía de viaje, me dediqué más a ella que a seguir publicando. Quería estar a su lado antes de estar 15 días sin poder contactar más que por algún posible mensaje.
Capítulo 7.
Silencio de muñeca.
Tras aquel día, tan terrorífico y doloroso, ambos dejamos de ser quienes fuimos. Yo me sumergía en la culpabilidad, nadaba en ella y me embriagaba de tal forma que mi descontrol aumentaba. Los asesinatos en la zona eran sobrecogedores. Solo me calmaba regresar a la mansión y contemplarla. Tocaba sus mejillas con mis dedos de asesino, besaba su frente rozando aquella atroz boca que tanto miedo le daba y la estrechaba entre mis brazos como si fuera una copa de delicado cristal. Ella sollozaba día y noche. Me amaba, sentía su amor y el sosiego que la sobrecogía nada más sentirme a su lado. Si bien, no hablaba. Perdió la voz. Pensaba que ella había matado las palabras de Frederick, le había hundido en el pasado, y si él ya no podía disfrutar de la vida ella tampoco lo haría. Ambos nos castigábamos, nos culpábamos.
Cada noche, no importaba si el tiempo era agradable o desapacible, salía hacia la capilla para rezar. Seguía siendo mi lugar sagrado, el único en el cual me sentía rodeado a pesar de estar solo. Cuando salía después de cada oración miraba la tumba de mi buen amigo, mis ojos se detenían en el pequeño montículo donde se hallaba su cuerpo. Deseaba desenterrarlo, sentir que seguía intacto y pegarlo a mí esperando que Dios obrara el milagro. Me preguntaba si sus pecados se habrían subsanado, o por el contrario lo habrían arrastrado hasta el infierno. Si bien, yo vivía mi propio infierno.
A cada paso que daba era más un demonio que un humano. Ella era la luciérnaga que me recordaba que la primavera podía seguir brotando, aunque las nieves nos cubrieran y el frío nos congelara. Era la luz de mi vida, en candil que iluminaba mis pasos. Y sin embargo, yo era la noche que la ahogaba. Ella se sentía prisionera de mis manos. No volvió a dejar que la besara como un amante, ni siquiera poder contemplarla desnuda. Si bien, bailaba para mí como si fuera una muñeca en una caja de música. Ella era la bailarina que movía el polvo de mis ideas, las mismas que sólo sucumbían en el placer de los recuerdos. Mi dulce ángel intentaba curar el pecado cometido, ser mi dulce mujer por siempre.
Una mañana decidió irse. Lo hizo en silencio, no dejó nota alguna. Pero sabía que se fue para regresar cuando pudiera soportarlo. Habían pasado dos años. El silencio era su respuesta. Guardaba mi secreto, el de Frederick y el suyo mismo. Se marchó para vivir lejos de su cargo de conciencia. Si bien, yo no la odié por ello. Comprendí que debía ser una pesada losa que caía sobre su frágil espalda. Me amaba como jamás me han amado, ni siquiera Frederick me amó tanto. Pero hay cosas que no se superan, sobretodo cuando uno se convence de tener la culpa incluso de la muerte de una mariposa en invierno.
Tras varios meses esperándola, como se espera con ansia al verano y sus amores, decidí marcharme. Recorrí el mundo con mis pies desnudos, como castigo y ofrenda. Deseaba sentir la naturaleza y todas las cosas que me brindaba la vida. Mis dedos tocaron barro, asfalto, brasas, cristales, losas rotas o mármol. Mis ropas eran negras, tan oscuras como la noche, y me cubrían como capa. Únicamente mi rostro blanco se podía vislumbrar en parte, porque en realidad sólo mi nariz y mis ojos, junto a parte de mi frente, eran visibles. Me transformé en muerte. Fui adorado como Dios por tribus indígenas que aún se desconocen. Me adentré en catedrales llenas de arte, en medio del Amazonas me oculté, entre el barro y la humedad, y en los cementerios fui el fantasma que cuidaba las lápidas que me cobijaban.
Tras varios años, no sé cuantos en realidad, regresé a mi hogar. El jardín se había convertido en selva, pero aún el camino hacia la entrada seguía despejado. La capilla cerrada aún a cal y canto parecía desprender paz, la tumba de mi amigo estaba cubierta de frondosas hiervas y hojarasca. Dentro el polvo, los recuerdos y los muebles cubiertos por sábanas me esperaban. Me había ido y había dejado todo como si sólo fueran unas pequeñas vacaciones.
Cavé bajo una nueva ventisca, la nieve comenzaba a caer de nuevo, cuando eché su cuerpo al foso junto a su libro favorito. Una vez cubierto, por tierra y nieve, me arrodillé frente a su tumba rezando. El frío no me importaba, aunque lo sentía como mil navajazos. Ya nada me importaba, al menos no en esos momentos tan dolorosos, porque me di cuenta que de haberse marchado al menos hubiera sabido que seguía vivo.
El dolor era tan agudo que no apreciaba los peligros que podían acecharnos. Si bien, lo supe nada más regresar al lado de mi amante. Sus ojos perdidos, su cuerpo tendido en la cama de forma rígida y su respiración algo agitada. Tenía una crisis de histeria, había hecho que algo en ella se rompiera. Por mucho que mintiera no serviría. Conocía esa rigidez, el miedo la contagiaba y aquellas palabras en la hoja de papel la habían encarcelado en el dolor. Un cúmulo de sentimientos y sensaciones que la arrastraban.
Había hecho tanto daño con mis acciones, tanto, que únicamente me quedaba pensar que podía solucionarlo de alguna forma. Mis pasos sonaban huecos y duros sobre la madera de su habitación. Ella me miró con terror, intentando agazaparse en un rincón de la cama pero su cuerpo no respondía. Mis manos fueron a deslizarse suavemente sobre las suyas, lo hice esperando que sintiera el escaso calor de mis acciones.
-Yo te amo.-dije en un murmullo.-Siempre te he amado, de una forma u otra.-murmuré arrodillándome ante ella.-Pedí un milagro hace tiempo, pero el milagro parece que terminó siendo un espejismo.-murmuré besando la palma de su mano derecha.
Su piel estaba fría y su vello se erizaba como el pelaje de un gato, mientras sus ojos se quedaban fijos en mí rechazando cualquier diálogo amable. Podía leer en ella el dolor, la miseria, la desesperación, la locura y la muerte caminar en medio de un vals de palabras que no lograba emitir. Gruñía intentando mover los labios, pero sólo conseguía apretar más su mandíbula y emitir gemidos similares a los de un fantasma.
-Soy un ángel, el ángel de alas de cuervo. Tengo unas alas tan negras y densas que si las tocas es como si introdujeras tus dedos en petróleo, porque sientes que te atrapan y tiran de ti hacia el pozo de los infiernos. Son unas alas invisibles al ojo humano, incluso para mí, pero sé que las porto como las llevan los demonios. Es mi alma, es el alma que te ama y te necesita a pesar de ser ruin, violenta y tan cruel como atractiva.-dije aquello con mi tono de voz habitual, intentando que el sosiego de mi voz transmitiera algo más allá del pánico.-Pedí a Frederick que te cuidara, porque tus ojos me mostraron un alma similar a la mía. Jamás había visto tanta belleza en una niña tan pequeña, decidí que te cuidaría porque te amaba como amaba a mi buen amigo. Ambos pasamos más de una década protegiéndote, vigilando tus pasos en este mundo frío y cruel, mientras nos distanciábamos a causa de su amor hacia mi.
Su cuerpo pareció relajarse, sus ojos me miraban confusos intentando recordar el momento en el cual nos vimos. Parecía que comenzaba a disiparse las brumas y que ella misma comprendía algo que aún no había dicho, ya que no tenía corazón para hacer que afrontara la verdad absoluta. Si bien, pensé que era mejor en esos momentos que mucho más tarde.
-Tu madre vendía su cuerpo para cuidarte, para darte algo de lo mucho que había en el mundo. Te dio amor, pero no podía cuidar de ti. Las medicinas eran demasiado caras, los médicos privados que necesitabas eran un lujo que no podía permitirse. La medicina pública, pagada por los impuestos de los ciudadanos, no tenían buenos pediatras en la zona donde vivías. La humedad, el frío y los escasos alimentos provocaban que enfermaras continuamente.
Sus ojos comenzaron a mancharse por lágrimas cálidas y dolorosas, tan dolorosas como dagas. Podía percibir que recordaba esos días en los cuales se acostaba sin alimento alguno, se despertaba con un vaso de leche y se mantenía con él hasta casi llegada la tarde. Tenía malnutrición, problemas óseos por culpa del clima y también pulmonares. Era una niña enferma, pero yo hice que creciera una rosa.
-Una noche os visité, como otras tantas, intentando no intervenir y a la vez deseando presentarme ante ustedes. La sangre, la sed se agudizaba, también mi amor por ustedes dos.-hice un inciso para apretar su mano entre las mías.-Fui testigo de como moría tu madre, pero no quería ser testigo de como morías tú. Yo te salvé.
-Ahora recuerdo todo.-murmuró menos asustada, provocando que sus músculos se destensaran y sus dedos apretaran mi mano con cierta energía.-Eres mi ángel de la guarda.
-Soy un vampiro, pero jamás podré beber tu sangre.-susurré antes de inclinarme para rozar sus labios.-Quiero ser tu amante.
-Ámame.-me retó con una sonrisa llena de dolor.-Pero no merezco ser feliz, él no lo fue por mi causa.
-No te haré daño, sabes que no te haré daño. Yo he dañado a alguien importante para mí porque te amaba a ti, te amo a ti por encima de mi instinto.
Ella comenzó a llorar, porque ella se sentía la soga que finalmente rodeó el cuello de nuestro amigo. Se aferró a mí sin miedo. Quizás porque siempre la acusaron de estar loca, de ser una enferma, y la compadecían por sus insanas palabras, que en esos momentos al ver la verdad revelada frente a sus ojos tristes todo cobraba sentido, un sentido extraño, y las viejas heridas daban paso a otras más dolorosas. La culpa, el pecado, el amar a un demonio y el no poder evitarlo.
-Quieres hacerme feliz, eso me daña. Soy la niña de ojos tristes y alma cargada de fantasía, no la jovencita que debe ser amada y colmada por la gracia de un ángel.-me tapó la boca con su mano izquierda, pues la derecha estaba entre las mías aún.-No, no eres un vampiro. Para otros serás la muerte, para mí has sido la vida. No puedo tacharte de vampiro, demonio o cuervo cruel que me sacará los ojos. Tú eres mi ángel, el único y verdadero, enviado por Dios para que obrara en mí este momento de locura, dolor, tristeza y felicidad a la vez.
Fréderick fue tan importante para ella como para mí, podía sentirlo. Ambos habíamos perdido demasiado, tanto como ganado. El dolor que cargaba me arrastraba, o quizás era el mío arrastrándola a ella. Ambos permanecimos en silencio las siguientes horas. Las caricias, las miradas y el dolor fueron testigos de la llegada del amanecer. Debía marcharme, ella quedaría sola como aquella noche y temía que cometiera alguna locura. No podía leer su mente, pero sí los sentimientos que su espíritu me regalaban. Su alma parecía torturada, apresada por el pánico y las viejas leyendas de vampiros seductores que tanto amaba. Yo no era un ángel, era un demonio con alas de cuervo invisibles y ojos en los que el infierno de Dante se representaba continuamente.
Mis ojos no paraban quietos. Miraba la hilera de hormigas apeguñadas que era su letra, a ella arrinconada como si fuera un animal herido, la sangre goteando expandiendo un poco más el charco bajo sus pies y la cuerda que lo mantenía izado cual bandera. Aquel lugar apestaba a muerte, pero mis deseos de caza aumentaban notablemente por culpa de aquel hedor constante que provenía de sus venas.
-Ven.-susurré aproximándome sosegado, intentando que se abrazara a mí para proteger sus ojos de la impactante escena.-Ven, por favor.
-¡No!-exclamó atrincherándose un poco más en aquel pequeño hueco.
-No te haré daño.
No estaba seguro de mis palabras, titubeé cuando las pronuncié. Temía abalanzarme sobre ella y probar el manjar que me prohibía a mi mismo, y todo porque los sentimientos eran demasiado intensos. Cuando estaba a punto de forzar su salida de la habitación se desplomó. Sus ojos quedaron en blanco y todos sus músculos se relajaron, quedó aturdida contra la rugosa pared. Algunos de sus cabellos cayeron sobre su frente, rozando su mejilla y jugueteando con su respiración. Aún estaba prácticamente desnuda, tan sólo llevaba la ropa interior y una bata suave de un tejido similar a la seda, pero mucho más barato.
-Querida mía.-susurré tomándola entre mis brazos, alzándola del suelo frío que la acogía con cierto encanto de muñeca rota.-Haré que pienses que todo esto fue una pesadilla, que nada de esto ha ocurrido.
Con cuidado cargué su cuerpo hasta su colchón, allí en su cama sentí aún las emociones vividas en la noche anterior. Los recuerdos iban y venían regalándome emociones contradictorias a las que en ese momento se formaban. Siempre dije que la cuidaría, que protegería su vida con la mía. No conocía bien el sentimiento que me torturaba, día y noche, pero sabía que era importante. También lo era Frederick y de él me ocupé nada más dejarla arrojada sobre el colchón, arropada con las cobijas gruesas que tan suaves y cálidas eran.
Mis pasos hasta la alcoba de mi buen amigo fueron lentos, parecía cargar su ataúd en esos instantes. El aroma a él se hacía intenso, sus recuerdos aparecieron como en una vieja película. Cada momento vivido junto a él me golpeaba duro, y yo que era una piedra quedaba hecho arena. Con calma bajé su cuerpo, lo estreché contra mí y dejé que una lágrima sanguinolenta manchara mi mejilla. No había experimentado un dolor tan intenso desde hacía más de quinientos siglos.
Lloré forma desgarrada, dejé que mi alma se hundiera en la pesadumbre, mientras mi rostro seguía intacto salvo por el pequeño surco rojo que había provocado mi única lágrima. Sin embargo, yo lloraba. Sentía un dolor agudo en mi pecho y la culpa caía a mis espaldas. Debí haberlo amado o dejado que partiera, pero jamás mantenido a mi lado por puro egoísmo. Su rostro se veía sereno, murió calmado porque quería la muerte pero sus ojos estaban vidriosos, síntoma quizás de un llanto agónico mientras yo disfrutaba con aquella luciérnaga.
Desnudé su cuerpo quitando la gruesa camisa de pijama empapada en sudor, sangre y pestilente muerte. También lo despojé de su pantalón y ropa interior. Solté sus largos cabellos rubios, los cuales tenía ciertas betas canosas que le daban un toque distinguido y distinto al resto. Su rostro siempre fue el de un ángel, a pesar de las finas arrugas que ya se mostraban en él. Delgado, con los huesos de su pelvis bien marcados, y su piel suave pero ahora fría, me recordaba al día en el cual lo vi por primera vez. Estaba tan aterido de frío, pedí que se desnudara y tomara un baño caliente. Sin pudor lo hizo frente a mí y con el mismo pudor yo le arrancaba sus escasas pertenencias.
Llevé su cuerpo inerte al baño, llené la bañera mientras acariciaba lentamente sus cabellos. No pude contener mis besos sobre su rostro, cubriéndolo con piedad y dolor en cada caricia. La angustia me ahogaba y no podía pronunciar palabra alguna. Cuando lo introduje en la bañera su cuerpo cayó desplomado, mientras lavaba su cuerpo con paciencia como si fuera un rey y yo su humilde siervo.
Nada más terminar el aseo lo sequé con cuidado, arropé su cuerpo con su mejor traje y lo envolví en la manta que usaba cuando leía. Decidí que lo enterraría frente a la capilla, allí podría rezar por su alma y pedir su entrada en los cielos. Él creía fielmente en Dios, pero decía que él poco o nada le importaba. Si bien, sabía que un hombre como él debía de importarle a cualquier criatura que posara sus ojos un instante sobre su dorada cabellera. No fue hasta ese momento, en el cual descendía por la escalera, cuando lo vi claro. Él no era mi amigo, él era mi ángel de la guarda.
Si existía Dios, como así creía, aceptaría su alma como la Tierra aceptaba su cuerpo. Él era un ángel, y no yo. Un hombre de aspecto menudo pero de gran corazón. Se había ido, quitado la vida, para ceder su lugar a la niña que tanto amaba.
Cavé bajo una nueva ventisca, la nieve comenzaba a caer de nuevo, cuando eché su cuerpo al foso junto a su libro favorito. Una vez cubierto, por tierra y nieve, me arrodillé frente a su tumba rezando. El frío no me importaba, aunque lo sentía como mil navajazos. Ya nada me importaba, al menos no en esos momentos tan dolorosos, porque me di cuenta que de haberse marchado al menos hubiera sabido que seguía vivo.
El silencio se apoderaba de cada rincón en la mansión, como si únicamente se pudiera escuchar la respiración de la madera buscando oxígeno, provocando que crujieran como si el lugar lo penara un fantasma, junto a la de sus jóvenes pulmones. Sólo existía la presencia permanente, y a veces imposible de hallar, de mi pequeña luciérnaga. No lograba encontrarme con los pensamientos de Frederick, pues la mente de la joven siempre fue un misterio para mi. Él era la clave, y sin embargo no lo hallaba.
Durante horas intenté buscar en los alrededores alguna pista. Si bien sólo se podía sentir el frío, la nieve cayendo una vez más y el claxon de los vehículos en la carretera cercana. El resto era como si estuviéramos en medio de un desierto helado. La nieve lo cubría todo, incluso cualquier brote de esperanza, mientras el día arrullaba al viento contra las ramas desnudas de los árboles, algunos prácticamente muertos por culpa de la climatología. Podía sentir las lágrimas de mi amante correr por sus mejillas, al igual que ríos caudales buscando la desembocadura.
Mi cuerpo, rígido como cualquier roca, me impedía poder levantarme e ir a consolarla. Algo terrible había sucedido, pero no lograba saber qué. Esa sensación tan frustrante no se la deseo a nadie, puesto que era como no tener aire y no poder ahogarse, igual que dos manos invisibles acariciando tu corazón exprimiéndolo sin dejarte morir o vivir.
Nada más llegar el ocaso surgí de mi ataúd. Busqué una de mis enormes túnicas negras, envolví mi cuerpo, desnudo y frío, y subí por las escaleras hacia la primera planta. La madera crujió bajo mis pies desnudos, así como se quejó la barandilla al sentir que la rozaban mis nerviosos dedos. Corrí a la habitación de Frederick, puesto que ella regresó a sus lamentos. Si bien, nada más llegar a la puerta me detuve. Temía tantas cosas, tantas, que no me atrevía el cruzar el marco de la puerta y afrontarlas. Pero lo hice, lo hice cuando un chillido agudo rompió el aire rasgándolo con furia.
-¡Carolina!-era el nombre que yo mismo le había otorgado, ya que quería alejarla de la soledad y de cualquier rastro de ella.
Tiré la puerta abajo, pues había quedado atrancada por culpa del frío, y lo primero que pude ver era el cuerpo colgado de mi gran amigo. Frederick yacía ahorcado en su habitación, lo había hecho al fin. Había puesto su vida al servicio de tiempos mejores, tal vez en mundos donde pudieran apreciarlo mejor que yo. Sus labios morados, su expresión doliente y sus muñecas abiertas lo decían todo. Primero había intentado desangrarse, al no lograrlo se colgó. Leves gota caían aún a la cara madera del suelo, igual que las lágrimas que rozaban aún las mejillas de terciopelo de mi dulce niña.
-Carolina.-susurré entrando con paso lento.
Me faltaba el aire, y sin embargo hacía años que no lo necesitaba. Temblaba el mundo bajo mis pies, tal vez los infiernos se representaban en aquella simple habitación. Ella se encontraba en un rincón, como un animal herido, intentando sacarse la macabra escena de su mente. Sus manos tiraban de sus cabellos mientras jadeaba, lloraba y gemía. Un folio estaba arrojado a sus pies, una carta de despedida.
Me incliné hacia ella, pero esquivó mis caricias. Parecía estar asustada. Tomé la nota y horrorizado comencé a leer el calvario que allí se narraba. Había contado todo, cada uno de sus secretos, y ella no sólo había tenido que observar como su cuerpo se movía, igual que hoja en la rama, sino aceptar los secretos que escondían el alma de aquel hombre que tanto había querido.
“Perdóname. Perdóname por todo. Perdóname por las mentiras, por no poder saber que eres feliz con él. Perdóname y perdónalo. Perdónanos a ambos. Perdona tus actos, porque también has cometido pecado. Perdona todo. Olvida todo. Se feliz, pequeña. Perdón, pediré perdón mil veces.
Perdón por no contarte esto en medio de un jardín cargado de aromas, a té y flores. Perdóname por no verte bailar como tantas otras veces. Perdón por no haberte abrazado y felicitado por tu felicidad. Perdóname por ser egoísta. Pero todo tiene una explicación y cree todo lo que yo te diga, porque quizás él oculta parte de la verdad en medio de las sombras que genera.
Viniste al mundo en medio de la podredumbre de un destino trágico, el cual cambió por su culpa. Tu madre era una prostituta, una mujer que trabajaba en la calle para intentar pagar las medicinas que tú necesitabas y cubrir cualquier rastro de hambre o dolor. Murió a manos de un cliente y él te salvó, te sacó de aquel cuchitril y te llevó frente a mi pidiéndome, prácticamente implorando, que aceptara el milagro de la vida, tu vida.
Siempre lo he amado. He guardado su peor secreto, todos los crímenes que ha cometido debido a su naturaleza. No es un ángel, es un demonio. Es un vampiro que se sacia de la sangre de los incautos que caen en su encanto, y si no es de su sangre es del amor que estos le profesan. Yo le he amado antes que tú nacieras. Él me rescató, como lo hizo contigo, y yo deseé siempre ser su amante. Él te eligió a ti, se enamoró de tus ojos. En ellos reflejas un alma torturada e intensa, así como frágil y fantástica. Me pidió que te cambiara el nombre, te llevara lejos y ofreciera lo mejor para tu educación.
Hace unos meses quiso reencontrarse contigo. No me negué. No pude negarme a pesar que sabía que nada más verte recordaría ese hechizo de tus ojos, desearía tomarte entre sus brazos y besarte de forma intensa. Yo me he conformado durante décadas a sus brazos, unos brazos que me rodeaban como a un hermano. Y sin embargo siempre deposité mi esperanza en poder enamorarlo.
Si no puedes creerme sólo observa. Por favor, créeme y acepta mis disculpas.”
Lamento estos días de ausencia, fueron días terribles para mí y a la vez muy provechosos. Tuve problemas con el ordenador, cosa que me molestó profundamente por la ineficacia del servicio pero todo se solucionó. También he estado buscando viejos libros, películas y sentimientos que creí olvidados... se puede decir que vuelvo a sentirme un niño.
Arrojé su cuerpo frágil sobre la cama, revuelta por culpa de su constante intranquilidad, mis manos viajaron a sus pechos y se quedaron ancladas a estos. Mis ojos se fijaron en los suyos, leí en ellos entonces todo el placer que deseaba formularse más allá de sus fantasías, mientras mi lengua se pasaba sobre su boca mientras ella jadeaba nerviosa. Con una de mis piernas abrí las suyas, para colocarme entre ellas, y deslizar mi boca hasta su cuello y finalmente sobre sus pezones. Mis labios rozaban la piel de sus pechos, así como de sus hombros y vientre, con cierta sensualidad y tranquilidad pasmosa.
Deseaba fundirme en su cuerpo, traspasarlo como si fuera aire, y a la vez anclarme a este rodeándolo notando que no iba a escaparse. Me estaba cautivando aquella frágil mujer, sus ojos jugaban con los míos a unas miradas indecentes que se mezclaban con caricias. Sus manos y las mías rodaban por nuestros cuerpos, mientras yo luchaba contra mi instinto. Nuestras bocas se alimentaban de la lascivia que nuestras almas se regalaban mutuamente.
Acabé deslizándome sobre su cuerpo, mi lengua jugaba con su ombligo para después lamer sus muslos. Mi boca se fundió con su vagina, notando como se tensaba y escuchando desde lejos sus suspiros. Sus dedos se enredaron en mis cabellos, tirando de estos, mientras mi lengua acariciaba su clítoris. Estuve entre sus piernas provocándole placer, así como deseando que estuviera lista para aceptarme en su interior. Nada más notar que estaba preparada entré lentamente, cubriendo su cuerpo y rodeándolo mientras rogaba no romperla en mil pedazos.
Sus piernas de bailarina rodearon mis caderas, sus manos comenzaron a dejar arañazos que se sanaban en segundos y mi boca buscaba mordisquear su lóbulo derecho. Hacía cientos de años que no mantenía sexo con una mujer de esa forma, todas acababan muertas antes de tiempo y mi sed se saciaba dándome un placer más intenso que un orgasmo. Si bien, ella me hacía desear que nos fundiéramos en uno olvidándonos de todo. Pronto besé sus labios nuevamente cuando sus gemidos eran tan escandalosos que me destrozaban el cerebro. Todos mis sentidos se vieron descontrolados mientras su respiración se descompasaba.
Aumenté el ritmo apoyándome a ambos lados de su cuerpo, empujando con frenesí mientras sus manos iban a las sábanas tirando de estas. Finalmente me tomó del rostro, quería que la mirara y que nuestros ojos se hundieran en el mismo abismo de fuego, el fuego que sentía en sus piernas y en mi pecho. Terminamos abrazados, gritando el orgasmo que ambos sentimos como un placentero escalofrío que nos recorrió todo el cuerpo igual que un rayo. Aguanté mordiendo mis labios, apretando mi mandíbula, para no morderla y no lo hice.
-Te amo.-dijo sollozando mientras acariciaba mis cabellos.-Dios.-susurró abrazándome con ansiedad.-Te amo, te amo tanto. No sé como puedo amar así si casi ni nos conocemos, te lo he entregado todo. Te entrego en este momento mi alma, mi alma en tus manos. Eres mi ángel, mi dulce ángel, el hombre que me ha estado visitando en mis sueños. Eres el hombre que siempre he visto desde niña, que recuerdo con tanto detalle que a veces pienso que fue como recuerdo.-lloraba, sus lágrimas manchaban mi pecho mientras sus manos tanteaban mi espalda.-Mi ángel, mi ángel.
-Soledad.-susurré acariciando sus mejillas.
-No, mi nombre es Carolina.-murmuró con una sonrisa amarga.-Pero me llamaré así para ti, aunque ya no estoy sola.
-Tu nombre es Soledad, yo escogí Carolina para esconderte del mundo que quería destrozarte. Yo fui quien te rescató de la muerte, yo te di la vida.-murmuré besando su frente.-Te llevé por los aires, te mecí entre mis brazos y te hice creer que soy un ángel pero...
-Eres un hombre.-dijo riendo bajo.-Si es así, si eso es así, no has cambiado nada.-comentó acariciando mi rostro.
-Duerme.
Quería decirle la verdad, confesar todo. Sentía una extraña presión en mi pecho, casi no podía respirar. No quería más mentiras, no deseaba ocultarme de ella. Yo era una bestia, un demonio, pero podía ser su ángel y refugiarla bajo mi capa como si fueran alas.
-No deseo dormir, no quiero dormir.-susurró cansada.-No quiero despertarme y que no estés.
Guardé silencio y esperé varios minutos a que cayera dormida. Mis manos acariciaron sus mejillas sonrojadas, así como sus manos de nieve que parecían tan cálidas como la pequeña llama de un cerillo. Dejé que durmiera agotada, mientras yo soportaba la sed que se había producido en mí. Bajé las escaleras dejando que la escalera crujiera bajo mis pies, los cuales me llevaron a la bodega y allí aguardé el inicio del día hasta que cayera la noche.
El aroma dulce de sus caricias seguía pegado a mi piel, parecía jugar conmigo a pesar que yo intentaba ocultar esa emoción cálida que me ofrecían. Cerré los ojos deseando volver a rodear su cuerpo frágil, besar sus mejillas de manzana y susurrar en su oído que yo era el amante que vendría cada noche. Me acordé de los viejos relatos, así como películas de fantasía que había visto en el cine. Era, y soy, un fanático del arte en todas sus concepciones. Recordé varias historias donde los amantes no podían verse por culpa de hechizos, incluso algunos relatos que venían más allá de la época en la cual yo había nacido. El amor nunca era significado de felicidad, más bien nos producía cierto sentimiento amargo que siempre quebraba nuestros sueños y hacía germinar otros al instante. Pero, desconocía si mi amor era lo suficientemente saludable para alguien tan delicado como ella.
Cuando yo tomaba una rosa la marchitaba, convertía su belleza en cenizas. No deseaba que ella fuera una rosa, si no eterna mariposa como bien era. Era la mariposa que anidaba en el jardín aunque nevera, un ángel que expandía sus alas mostrándose tan perfecta y dulce como un pastel de bodas. Una minúscula bailarina que seguía danzando en una caja musical, caja perdida hacía años y que yo había recuperado entre unas viejas ruinas.
Con aquellos dulces pensamientos terminé cayendo en un sopor magnífico, nunca en mis quinientos años había sentido algo similar. Si bien, nada más despuntar el alba un terrible grito rasgó la casa. Al estar inmerso en la muerte durante el día no podía hacer nada, sólo escuchar. Ella gritaba, chillaba como si una daga se introdujera en su vientre. Pronto sollozos desesperados, sus pies corriendo desnudos por toda la casa. Y tras casi una hora de llanto desesperado todo acabó, un silencio intenso se apoderó de ella y de la mansión.