Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 6 de enero de 2012

Tenshi - Capitulo 5 - Alas rotas III

Lamento estos días de ausencia, fueron días terribles para mí y a la vez muy provechosos. Tuve problemas con el ordenador, cosa que me molestó profundamente por la ineficacia del servicio pero todo se solucionó. También he estado buscando viejos libros, películas y sentimientos que creí olvidados... se puede decir que vuelvo a sentirme un niño.



Arrojé su cuerpo frágil sobre la cama, revuelta por culpa de su constante intranquilidad, mis manos viajaron a sus pechos y se quedaron ancladas a estos. Mis ojos se fijaron en los suyos, leí en ellos entonces todo el placer que deseaba formularse más allá de sus fantasías, mientras mi lengua se pasaba sobre su boca mientras ella jadeaba nerviosa. Con una de mis piernas abrí las suyas, para colocarme entre ellas, y deslizar mi boca hasta su cuello y finalmente sobre sus pezones. Mis labios rozaban la piel de sus pechos, así como de sus hombros y vientre, con cierta sensualidad y tranquilidad pasmosa.

Deseaba fundirme en su cuerpo, traspasarlo como si fuera aire, y a la vez anclarme a este rodeándolo notando que no iba a escaparse. Me estaba cautivando aquella frágil mujer, sus ojos jugaban con los míos a unas miradas indecentes que se mezclaban con caricias. Sus manos y las mías rodaban por nuestros cuerpos, mientras yo luchaba contra mi instinto. Nuestras bocas se alimentaban de la lascivia que nuestras almas se regalaban mutuamente.

Acabé deslizándome sobre su cuerpo, mi lengua jugaba con su ombligo para después lamer sus muslos. Mi boca se fundió con su vagina, notando como se tensaba y escuchando desde lejos sus suspiros. Sus dedos se enredaron en mis cabellos, tirando de estos, mientras mi lengua acariciaba su clítoris. Estuve entre sus piernas provocándole placer, así como deseando que estuviera lista para aceptarme en su interior. Nada más notar que estaba preparada entré lentamente, cubriendo su cuerpo y rodeándolo mientras rogaba no romperla en mil pedazos.

Sus piernas de bailarina rodearon mis caderas, sus manos comenzaron a dejar arañazos que se sanaban en segundos y mi boca buscaba mordisquear su lóbulo derecho. Hacía cientos de años que no mantenía sexo con una mujer de esa forma, todas acababan muertas antes de tiempo y mi sed se saciaba dándome un placer más intenso que un orgasmo. Si bien, ella me hacía desear que nos fundiéramos en uno olvidándonos de todo. Pronto besé sus labios nuevamente cuando sus gemidos eran tan escandalosos que me destrozaban el cerebro. Todos mis sentidos se vieron descontrolados mientras su respiración se descompasaba.

Aumenté el ritmo apoyándome a ambos lados de su cuerpo, empujando con frenesí mientras sus manos iban a las sábanas tirando de estas. Finalmente me tomó del rostro, quería que la mirara y que nuestros ojos se hundieran en el mismo abismo de fuego, el fuego que sentía en sus piernas y en mi pecho. Terminamos abrazados, gritando el orgasmo que ambos sentimos como un placentero escalofrío que nos recorrió todo el cuerpo igual que un rayo. Aguanté mordiendo mis labios, apretando mi mandíbula, para no morderla y no lo hice.

-Te amo.-dijo sollozando mientras acariciaba mis cabellos.-Dios.-susurró abrazándome con ansiedad.-Te amo, te amo tanto. No sé como puedo amar así si casi ni nos conocemos, te lo he entregado todo. Te entrego en este momento mi alma, mi alma en tus manos. Eres mi ángel, mi dulce ángel, el hombre que me ha estado visitando en mis sueños. Eres el hombre que siempre he visto desde niña, que recuerdo con tanto detalle que a veces pienso que fue como recuerdo.-lloraba, sus lágrimas manchaban mi pecho mientras sus manos tanteaban mi espalda.-Mi ángel, mi ángel.

-Soledad.-susurré acariciando sus mejillas.

-No, mi nombre es Carolina.-murmuró con una sonrisa amarga.-Pero me llamaré así para ti, aunque ya no estoy sola.

-Tu nombre es Soledad, yo escogí Carolina para esconderte del mundo que quería destrozarte. Yo fui quien te rescató de la muerte, yo te di la vida.-murmuré besando su frente.-Te llevé por los aires, te mecí entre mis brazos y te hice creer que soy un ángel pero...

-Eres un hombre.-dijo riendo bajo.-Si es así, si eso es así, no has cambiado nada.-comentó acariciando mi rostro.

-Duerme.

Quería decirle la verdad, confesar todo. Sentía una extraña presión en mi pecho, casi no podía respirar. No quería más mentiras, no deseaba ocultarme de ella. Yo era una bestia, un demonio, pero podía ser su ángel y refugiarla bajo mi capa como si fueran alas.

-No deseo dormir, no quiero dormir.-susurró cansada.-No quiero despertarme y que no estés.

Guardé silencio y esperé varios minutos a que cayera dormida. Mis manos acariciaron sus mejillas sonrojadas, así como sus manos de nieve que parecían tan cálidas como la pequeña llama de un cerillo. Dejé que durmiera agotada, mientras yo soportaba la sed que se había producido en mí. Bajé las escaleras dejando que la escalera crujiera bajo mis pies, los cuales me llevaron a la bodega y allí aguardé el inicio del día hasta que cayera la noche.

El aroma dulce de sus caricias seguía pegado a mi piel, parecía jugar conmigo a pesar que yo intentaba ocultar esa emoción cálida que me ofrecían. Cerré los ojos deseando volver a rodear su cuerpo frágil, besar sus mejillas de manzana y susurrar en su oído que yo era el amante que vendría cada noche. Me acordé de los viejos relatos, así como películas de fantasía que había visto en el cine. Era, y soy, un fanático del arte en todas sus concepciones. Recordé varias historias donde los amantes no podían verse por culpa de hechizos, incluso algunos relatos que venían más allá de la época en la cual yo había nacido. El amor nunca era significado de felicidad, más bien nos producía cierto sentimiento amargo que siempre quebraba nuestros sueños y hacía germinar otros al instante. Pero, desconocía si mi amor era lo suficientemente saludable para alguien tan delicado como ella.

Cuando yo tomaba una rosa la marchitaba, convertía su belleza en cenizas. No deseaba que ella fuera una rosa, si no eterna mariposa como bien era. Era la mariposa que anidaba en el jardín aunque nevera, un ángel que expandía sus alas mostrándose tan perfecta y dulce como un pastel de bodas. Una minúscula bailarina que seguía danzando en una caja musical, caja perdida hacía años y que yo había recuperado entre unas viejas ruinas.

Con aquellos dulces pensamientos terminé cayendo en un sopor magnífico, nunca en mis quinientos años había sentido algo similar. Si bien, nada más despuntar el alba un terrible grito rasgó la casa. Al estar inmerso en la muerte durante el día no podía hacer nada, sólo escuchar. Ella gritaba, chillaba como si una daga se introdujera en su vientre. Pronto sollozos desesperados, sus pies corriendo desnudos por toda la casa. Y tras casi una hora de llanto desesperado todo acabó, un silencio intenso se apoderó de ella y de la mansión.

1 comentario:

†MuTяĆ dijo...

¡Sabes cómo dejarnos a tus lectores con la miel en los labios y con el sabor de la intriga en ellos! ¡Estoy deseando leer la siguiente parte! ¿Qué habrá pasado? ¿A qué se deberán esos gritos?

¡Besotes guapísimo!

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt