Khayman nos quiere compartir estos viejos recuerdos que tuvo hace tanto, pero tanto, que pudo haber olvidado dejándolos bajo las dunas del desierto.
Lestat de Lioncourt
SUEÑOS PERVERSOS
—Es por el bien de mi pueblo—dijo
dándome la espalda.
—Esa boda será...
—Magnífica—terminó mi frase sin
siquiera mirarme o escuchar mis súplicas.
Había tenido sueños terribles y todo
indicaba que no serían sólo malos presagios. Sin embargo, estaba
claro que no podía hacer mucho. La habitación había tomado un aire
enrarecido, igual de viciado que la estancia donde yacía mi padre
enfermo. Quería llorar, pero era un guerrero y debía afrontar todo
con entereza. Apreté los puños, incliné la cabeza hacia delante y
asentí.
Él se giró suavemente para ver mi
pose sumisa, sonrió y colocó sus suaves, y finas manos, sobre mis
hombros. Apretó ligeramente haciéndome sentir reconfortado por unos
segundos. El sonido de sus distintos abalorios repicó como repican
ahora las campanas de las pequeñas iglesias.
—Te amo por como eres, por tu
entereza y tu forma de afrontar éste nuevo momento—dijo
inclinándose hacia mí, para besar mis mejillas y finalmente
estrecharme contra sí.
Prácticamente nos habíamos criado
juntos. Las tierras de Kemet eran nuestro escondrijo para jugar desde
el amanecer hasta la puesta de sol. Había librado batallas a su
lado, conversado en su mesa, reído frente al río mientras los
mosquitos zumbaban y compartido cama. Los últimos años habíamos
sido amantes. Él me rogaba que estuviera a su lado cada noche, como
si no tuviese suficiente el ver mi rostro durante las mañanas.
—Ahora la dueña de tu vida será
también de tu cama—esbocé una sonrisa triste y él entonces
rompió a llorar.
Se aferró a mí con fuerza, hundió su
rostro en mi pecho y lloró como un niño. Sabía que se estaba
condenando, pero el pueblo necesitaba un gobernante que le diese
hijos sanos y gobernase sobre todos. Él era demasiado débil al ser
extremadamente compasivo. La mujer que había elegido su padre era
una muchacha de otras tierras, las cuales eran más fértiles incluso
que Egipto, y había viajado durante meses para reunirse con él. Una
mujer de carácter, firme y muy autoritaria. Su padre lo había
decidido en el lecho de muerte y él había acatado.
—Khayman, ¿qué ocurrirá en el
próximo sol?—murmuró.
—Tendremos nuevos gobernantes en el
trono. No pasará nada malo, pues yo obedeceré las órdenes que me
impongáis—respondí intentando olvidar mis terribles visiones.
Eran sueños que me perseguían, como
si alertaran al mundo entero de la catástrofe que se avecinaba.
Posiblemente algún espíritu me rogaba que detuviera aquella locura,
pero era incapaz de reaccionar. Yo sólo era el hijo del escriba
real.
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