Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 11 de julio de 2016

Días de perros

—Deberías decirle a esa maldita mujer que aprenda modales—dijo irrumpiendo en mi despacho.

—¿Disculpa?—pregunté sin saber bien qué pasaba.

—Ayer vino a perturbarme, Lestat—no podía controlar su enfado. La ira le dominaba por completo y temblaba frente a mí como si estuviera aterido de frío—¡Sólo te advierto!—dijo colocando sus blancas y perfectas manos de pintor sobre mi escritorio.

—¿Qué ocurre?—me asombraba que se comportara de ese modo tan incivilizado. Recordé por un momento al Marius que conocí cuando intentó detener por todos los medios a Akasha sin lograrlo—. No sé qué está pasando. Cálmate.

—Bianca apareció ayer mientras modificaba alguna de las leyes para aclararlas y rectificarlas según tu conveniencia—dijo clavando sus ojos en los míos como si fueran dos rayos provenientes de Zeus. Sentí que la electricidad de su rabia me recorría de pies a cabeza.

—¿Y?—pregunté.

—¡Cómo puedes estar tan tranquilo! ¿Acaso no sabes lo que trama esa mujer en mi contra?

Cada vez se veía más nervioso. Las escasas arrugas de expresión se marcaron en el contorno de sus ojos. Su boca, siempre con un gesto amable, estaba torcida y de su lengua sólo podían salir sapos y culebras. Estaba vestido con una túnica al más puro estilo del Imperio Romano. Posiblemente había salido de la casa que había comprado en Verona entretanto terminaba de restaurar su viejo palacio en Venecia.

—No...—dije tras un largo suspiro.

Mi madre estaba allí presente aunque parecía un jovencito con esa ropa tan masculina, el cabello recogido y oculto bajo su sombrero, y las botas de montaña cubiertas de barro. No sé donde había estado las últimas semanas ni le había preguntado. Ella era libre de ir y venir junto con su compañera, sus amigas más íntimas o incluso por si sola. Era una mujer feliz porque hacía todo lo que quería sin que yo pusiera impedimento alguno. Y, por supuesto, no iba a impedir que viese ese espectáculo tan bochornoso. No iba a echarla.

—¡Me ofendió terriblemente!—gritó y añadió— ¡Dijo cosas tan horribles que no puedo reproducir! ¡Y me abofeteó!

Cuando dijo que lo abofeteó mi madre rió bajo quizá porque sabía de quién se trataba. Las mujeres de la tribu estaban más unidas que nosotros los hombres. Era curioso como corrían unas a otras a contar todas las idas y venidas. Aunque, por supuesto, Sybelle era la única que se mantenía algo alejada junto con Rose. Ambas, las más jóvenes, parecían decididas a no involucrarse demasiado en las disputas internas.

—Marius, no soy tu padre—dije con una sonrisa algo burlona de la cual no me arrepiento en absoluto—. De hecho, tú eres mayor que yo. ¿Por qué debería tomar parte de un asunto que no me concierne?—pregunté con un tono condescendiente.

—¡Eres el líder!—exclamó golpeando la mesa provocando que la pluma que estaba cerca del borde cayese.

—Eres el líder, el líder, el líder... —respondí con un tono jocoso que provocó que mi madre riera nuevamente. Entonces él la notó entrando en una cólera aún mayor.

—¡No hagas burlas!—cerró los puños sobre la mesa y se inclinó.

Deseaba que yo realmente hiciese algo, pero no sabía qué podía hacer. No me burlaba porque sabía que para él era un tema serio, sin embargo ¿yo que pintaba en todo ese asunto? Nada.

—Marius, estoy aquí para problemas serios—dije siendo conciliador—. Las nimiedades, por favor, las arregláis entre vosotros sin que yo tenga que escuchar vuestras malditas broncas de niños de cinco años—comenté incorporándome de la silla recogiendo la pluma, para luego mirarle a los ojos con esta en la mano—¿Recurro a ti cuando discuto con Armand? ¿Me ves en tu puerta aporreándola porque Pandora se personó en mi despacho para gritarme que soy tan terco como tú?—pregunté bordeando la mesa para quedar tras su ancha espalda. Dejé la pluma sobre el escritorio y lo aparté con cautela echándolo hacia atrás. Finalmente me quedé frente a él mirándolo a la cara. Su rostro seguía siendo el de un monstruo irracional— No—dije negando suavemente con mi cabeza mientras me encogía de hombros—. No lo hago. Por favor, tú no lo hagas tampoco.

—Y te haces llamar amigo, compañero, hijo...—siseó herido y molesto.

—Marius, no puedo detener a Bianca—comenté—. Ella está herida por muchos motivos—dije intentando que asumiera quizá que lo había hecho para sentir que otros también sufrían igual que ella—. Tú debiste comprender que todo esto la ha trastornado y provocado que se sienta humillada.

—¿Y eso le da derecho a humillarme a mí?—preguntó.

—Marius... te cuidó—dije agarrándolo por sus fuertes brazos cincelados por sus viejas actividades físicas. Aunque era un hombre de pintura y letras tenía un aspecto envidiable. Siempre lo imaginaba vestido como iba con sus esclavos y pupilos deseando escuchar sus sabias palabras, pero en ese momento no era un hombre sabio o disciplinado. Sólo era un hombre herido y apasionado que buscaba una venganza inútil.

—De eso hace mucho—dijo perdiéndose en mis ojos.

—Sólo puedo decirte que todo esto ocurre porque eres incapaz de ponerte en el lugar de otros. Eres demasiado terco, airado y tremendista—mis palabras le hirieron porque pude notarlo de inmediato en la dilatación de sus pupilas—. No escuchas. Tienes el ego tan inflado que es imposible que escuches.

—¡Cómo te atreves a decirme eso!—se zafó de mi agarre y empezó a gritar de nuevo.

—Te amo, Marius. Te amo muchísimo, pero eres un idiota de manual con todas las mujeres—dije apoyándome en la mesa mientras lo veía moverse por toda la habitación como un animal herido y enjaulado.

—Lo confirmo—intervino mi madre.

—¡Cállese! ¡No hablo con usted!—espetó.

—No, pero ha entrado en el despacho de mi hijo gritando contra una amiga. ¿Qué se cree?—dijo sin perder el tono. Parecía ajena a todo lo que sucedía pero echaba leña al fuego.

En ese momento, para colmo de males, decidió pegar un grito frustrado y marcharse dando un fuerte portazo. El marco de la puerta se quebró y yo me llevé las manos al rostro para intentar controlarme. No quería ir tras él para tomarlo de la oreja como si fuese un niño. Mon dieu... él más de un milenio mayor que yo.

—Madre, no debiste ser tan brusca—dije cruzándome de brazos intentando encontrar una solución a todo aunque no era mi problema.


—Hijo, he sido delicada—susurró acercándose a mí para tomarme del rostro con cariño. Tenía las manos heladas—. Busca hubiese sido si le pego tal patada que lo hago volar por la ventana—murmuró para luego soltar una risotada que hizo que la siguiera.


Lestat de Lioncourt  

sábado, 2 de mayo de 2015

Ira y amor

Ahora es cuando yo grito: PELEA, PELEAAAAA...

Una discusión tras otra es lo que ocurre entre esos dos. Jamás se pondrán de acuerdo. Yo no habría perdonado jamás a Marius su abandono, así que comprendo los sentimientos encontrados de Armand.

Lestat de Lioncourt


—Tus ojos recorrían mi cuerpo como si fuese un magnífico cuadro. Parecía un lienzo y tu le insuflabas la magia de la cual carecía. Mis mejillas se ruborizaban y me sentía abocado al deseo. Quería ser poseído por tu magnífico y duro cuerpo, tocado por esas manos manchadas de óleo y perderme en tu boca como si fuese la manzana del Edén—dijo acomodando su chaqueta celeste, así como la camisa de chorreras con encaje. Se veía magnífico. Parecía uno de esos vampiros sacado de las series más destacadas de la parrilla televisiva. Era más que un vampiro de época, él era el querubín que yo había conjurado en un acto atroz y desesperado—. Fui un estúpido—añadió.

Era terrible. Hacía algunos años que él había decidido deslindarse de cualquier sentimiento romántico hacia mí. Mi imagen de Mesías, o de héroe, se había desvanecido y desdibujado en la lejanía. Me había convertido en papel mojado. Nuestra historia era sólo un trozo de su herido corazón.

—Estás herido—dije aproximándome hacia él.

Armand dio dos pasos hacia atrás, esquivando mis manos, para mirarme como un animal herido. Sus manos tocaban las estanterías llenas de decenas de libros. En aquel edificio aguardaban en otras habitaciones nuestra presencia. Podía notar la impaciencia del joven músico, como si se sintiera intimidado por mí. Era la primera vez que notaba en él aquella profunda molestia.

—Ve con Daniel. Él te necesita. Yo no soy el amante que deseabas. No soy el compañero que querías. Haz feliz a alguien. A mí sólo me ofreces migajas y rabia contenida en cada movimiento de tus manos sobre mi cuerpo. Márchate a bailar, disfruta de la compañía de jóvenes y antiguos, conversa con Gregory y discute con tu viejo amigo Avicus. Aquí, en ésta estancia, no hay nada que merezca la pena. Sólo hay un ser herido que necesita curarse por sí mismo—sus palabras eran un discurso que ya conocía. Había escuchado esas palabras en otra ocasión. Eran terribles para mí. La furia y la rabia encendían en mí una ira que no era capaz de dominar. Deseaba estrecharlo contra mí, recordar con palabras simples el amor tan inmenso que tenía hacia él y deseaba hacerle entender que Daniel era un asunto delicado. Realmente amaba a Daniel, pero también lo amaba a él—. Sé que estás pensando. No necesito leer tu mente. No puedo hacerlo, como bien sabes, pero te conozco demasiado bien. Vete. No intentes consolarme.

La puerta se abrió entonces. Había sentido su proximidad y nerviosismo. Cuando entró, sin llamar, comprobé que Armand le miró como me solía mirar a mí. De inmediato se escaburlló hasta sus brazos, mucho más jóvenes y tiernos que los de mi viejo pupilo, y éste lo rodeó con firmeza. Antoine, el músico creado por Lestat hacia tan sólo unos cuantos siglos, era el amor que mi dulce Amadeo siempre suplicó. Había hallado en otro lo que yo no le había ofrecido jamás. Sentí cólera. Quise hacer estallar los cristales de la vivienda. Me enfurecí con ellos y conmigo. Sobre todo conmigo.

—Ven conmigo—susurró hundiendo su rostro en el largo cuello de Armand—. Tocaré para ti. Sybelle y yo tocaremos la melodía que tú quieras—dijo deslizando sus dedos por los duros brazos de mi creado—. Marius, será mejor que la conversación finalice. Por favor, se lo ruego encarecidamente...

—¿Y quién eres tú para darme órdenes?—pregunté furioso.

—Alguien que se ha preocupado en preguntar lo que deseaba. No me ha impuesto sus normas, ni sus caprichos y tampoco me ha vestido con mentiras. Él ha sido sincero, cosa que tú jamás has hecho. Desconoces que es abrir tu corazón. Ahora hablas de amor, pero en realidad sigues siendo el mismo cínico que cree que sus leyes, sus deseos y sus órdenes deben ser lo primordial—sus ojos castaños eran dos infiernos que me herían.


Supe entonces que debía irme. Me marché al salón y me senté junto al piano. Esa música alivió mi corazón, pero no mi ira. Él había abierto una brecha terrible. Aunque admito que yo tenía algo de culpa.  

domingo, 5 de octubre de 2014

Discusiones acaloradas

Había decidido pasar página merodeando los viejos locales que tan bien conocía. Eran tugurios oscuros, de luces tenues, buen ambiente distendido, donde la música rock y el blues se fundían en una melodía candente que te invitaba a dejar atrás todo. Mi viejo mundo. El submundo de los desheredados. Sin embargo, nada ni nadie me puede arrebatar el optimismo. Siempre he pensado que ante el mal tiempo hay que poner la mejor de las sonrisas, tu mejor yo, porque de no ser así te arrastra la corriente y te conviertes en la sombra de lo que has sido. Persigo sueños, igual que villanos para saciar mi sed. No soy mejor que ellos, no me considero bondadoso, sólo soy un vampiro poco común con gustos refinados y extraños.

Sentarme en aquel viejo bar, al fondo donde nadie me molestara demasiado, era buena idea. Pedí un ponche de huevo, para tener algo caliente entre mis manos, mientras ojeaba a todos los que salían y entraban. Eran chicos comunes, de diversos barrios de la ciudad y muchachos venidos de la vieja Europa en busca de sueños. Los soñadores siempre terminan encontrándose, tal vez. Mi mundo era un sueño muy agradable, aunque en esos momentos podía tacharlo de pesadilla. Había renunciado a la mujer que amaba, a un imposible en potencia con hermosos ojos grises y boca carnosa, mientras mi corazón me decía que podía sanar las heridas sin olvidar, pues nunca olvido a quien amo. Siempre llevo conmigo el recuerdo, los buenos momentos, que he vivido como si fueran ayer mismo.

Allí sentado, con mi chupa de cuero y mi camiseta de rock star, podía sentirme uno más. Mis pantalones tejanos eran los mismos que había llevado la noche anterior. Las botas, estilo militar, eran algo pesadas pero me gustaban. Tenía incluso mis viejas gafas de sol violetas colocadas en la punta de mi nariz. Miraba por el borde plateado a todo el mundo, incluso les devolvía las sonrisas si llegaban a cruzarse nuestros ojos. No. No parecía un desahuciado en el amor. Sólo parecía lo que todos querían ver, un chico algo pálido con un toque rebelde como todo el mundo allí.

Entonces lo sentí. Era como si me hubiesen abofeteado con fuerza. Cuando se abrió la puerta y él entró, con ese elegante traje de sastre negro y su cabello bien peinado, pensé que era un fantasma. Pero era él. Estaba en uno de mis locales favoritos. No había llegado allí por casualidad. Su chaleco verde botella y su corbata a juego destacaba. Muchos se quedaron con los ojos clavados en su figura menuda, sofisticado y pulcro. No era el vampiro que solía salir a veces con las botas sucias y una vieja gabardina, que a veces lo hacía. Esta vez no iba como el Louis que perdía la orientación, sino como el caballero que siempre sería. Refinado, culto, con gestos comedidos y una misión.

—¿Puedo sentarme?—dijo cuando llegó hasta donde estaba.

—No veo impedimento alguno—respondí recostándome en el sofá donde me encontraba.

—Gracias—sonrió encantador. Había olvidado esa sonrisa. Supongo que las últimas veces, en las que habíamos discutido hasta hacernos daño, habían borrado sutilmente esas líneas de expresión que tan maravillosamente encajaban en su rostro. Supongo.

—¿Qué te trae por aquí? Y no me digas que has salido a que te de el aire—comenté girándome hacia él.

Se había sentado a pocos centímetros, con el rostro girado hacia mí y una pose demasiado estirada. Siempre parecía un estirado. Tal vez porque yo me había criado en un castillo donde compartía comida y modales con los perros. Sí, eso sería. Él tenía los modales de un verdadero burgués que buscaba codearse con la nobleza, o mejor dicho, ser parte de ella.

—Es mi cumpleaños y no deseaba pasarlo solo—dijo.

Ni siquiera recordaba que ya era octubre, aunque a veces se me olvida el día en el cual vivo. Aún así, yo no solía recordar esas fechas. Para mí eran números en el calendario. Cifras sin importancia. Algo que no tenía porque prestar atención más de unos segundos. ¿Qué importaba una fecha cuando vives eternamente? Nada.

—¡Qué halagador!—comenté acomodándome mejor en aquel asiento. Me sentía incómodo. ¿Quería pasar esa fecha conmigo? ¿Por qué? A mí no me interesaba en absoluto. Era absurdo.

—Escuché tu desgracia, pensé que necesitarías compañía del mismo modo que yo la precisaba—frunció ligeramente el ceño y puso esos labios, esa maldita expresión de cachorro perdido que tan bien se le daba, para luego incorporarse ofendido—. Me equivoqué, como siempre. Contigo nunca acierto.

—Espera, no seas estúpido—dije agarrándolo del brazo, justo por debajo del codo.

Muchos nos miraban, pero me traía sin cuidado. ¿Qué podían pensar de nosotros? ¿Pelea de amantes? ¿Viejos amigos? ¿Un hermano riñendo al menor por su mala vida y sus pésimas decisiones? ¿Dos hombres de negocios sucios? ¿Importaba? Creo que no.

—David ama sus libros, no a mí—murmuró casi en un susurro, como si tuviese miedo a darle relevancia a un hecho que todos sabíamos bien—. Me tiene lástima, se siente responsable y me cuida. Sin embargo, no me ama. Aún siente algo por Merrick, aunque hace más de una década que desapareció de este mundo, y esa pelirroja tuya, esa bruja que creaste para ser la perfección sobre tacones, le machaca el corazón con sólo nombrarla.

No creo que fuesen reproches, pues no tenía nada que lanzarme. No era mi culpa. Yo no gobernaba en los corazones ajenos. Ni siquiera podía pedirle al mío que dejara de sentirse tan confuso. Los viejos recuerdos afloraban. La necesidad de sostenerlo para calmarlo se acrecentaba, pero luego estaban los ojos de Rowan clavados en mi alma.

—¿Y? ¿Ahora tengo yo la culpa de los amoríos de David?—dije alzando una de mis finas cejas doradas—. Que yo sepa ya es grandecito.

—No es eso—meneó suave la cabeza y me miró dolido.

—¿Y qué es?—solté exasperado.

—Que mi amor por ti es demasiado grande comparado con el odio—aquello no me sorprendió demasiado, aunque acepto que me causó cierto efecto—. Te odio por muchas cosas, Lestat—guardó silencio moviéndose inquieto. Vi sus intenciones de tomarme del rostro, pero me aparté—. Debería arrojarte a una fogata y deshacerme de ti, como si fueras un virus que intoxica todo lo que tocas. Pero no puedo—balbuceó—. Sólo pienso en los buenos momentos y eso me ahoga.

—¿Y?—intenté parecer frío, casi despectivo con todo lo que me decía, porque no estaba dispuesto a tomar una mala decisión sólo porque nos sentíamos vacíos.

—Te busqué porque me entiendes—susurró en tono quedo, estirando su mano hacia las mías. Las tenía sobre mis piernas, ligeramente flexionadas. Mis manos estaban juntas, con los dedos entrelazados, y él decidió acariciarlas inmiscuyendo sus dedos finos entre los míos—. Eres el único que me ha comprendido.

—Eso fue hace tiempo—fruncí el ceño y le miré a los ojos, sin ternura ni compasión. Quería hablarle libremente, como él parecía hacer—. Cambiaste demasiado.

—Es cierto que el dolor por Claudia, y sus palabras, me transforman en un monstruo lleno de dolor y rabia. Si bien, sigo siendo el hombre que conociste. El tiempo nos hace ser aún más nosotros mismos—dijo.

Yo sólo podía pensar en lo cínico que era. Su sarcasmo hiriente y sus palabras proféticas. Siempre tenía razón en todo, me reprochaba cada cosa que hacía y caía sobre mí como si fuera parte de mi conciencia. Ya tenía suficiente con la mía. No quería una segunda voz secundando mis peores presagios. Detestaba que me mirara de esa forma, que me hablara como si quisiera consolarme cuando era él quien necesitaba consuelo. Yo estaba bien allí tirado, con mi ponche de huevo que no bebería y las mujeres pasando a mi lado. Estaba bien, o eso creía. Yo estaba en perfectas condiciones.

—Repites frases muy viejas—dije soltándome.

—Pero ciertas—se inclinó hacia mí buscando mis labios. Creo que quería convencerme como siempre lo hacía. No iba a aceptar aquello.

—No puedo consolarte, ni tú puedes consolarme—notaba cierta esperanza en sus ojos. Unos ojos que siempre me habían parecido tentadores. Él era mi condena por no hacer bien mis funciones de amante, amigo y compañero con Nicolas. Pero sobre todo, él era mi condena porque aún le quería. No iba a poner en juego lo poco que quedaba de mi corazón por consolar a sus demonios—. Busca mejores cosas que hacer que esperar algo bueno de mí. No soy bueno, ¿recuerdas?—reí bajo mientras él se apartaba, incorporándose, para tomar una decisión acorde a mis palabras—. Soy el demonio—solté tras varias carcajadas.

—Un imbécil, eso es lo que eres—dijo notablemente molesto—. Buenas noches—añadió.

Se movió rápido hacia la puerta, pero a velocidad humana. Muchos comenzaron a cuchichear, sobre todo cuando me levanté precipitadamente dejando un par de billetes; pagaría de sobra la copa, que ni había tocado salvo para tenerla entre mis manos, con ellos. Después, salí por la misma puerta que él lo había hecho, la única que tenía aquel tugurio, y me tropecé con varios chicos que intentaban acceder al local.

—¡Espera!—grité ya fuera, pues quería detenerlo.

Él no me hacía caso. Sólo apretaba el paso para perderse entre la multitud.

—¡Espera, Louis!—dije cuando pude zafarme de la marea de muchachos de todas las edades, gente que iba y venía, buscando algo de diversión.

Cuando llegué a su altura lo tomé del brazo derecho, por encima del codo, para girarlo de un tirón. Él me miró furioso, con el pelo algo revuelto y profundas ganas de llorar. Me sentía culpable. Hizo que me sintiera mal. Otra vez me sentía mal. Era por todo. No sólo era por él. Yo deseaba llorar tanto como él.

—¡Olvídalo!—gritó intentando apartarme—. No necesito tus migajas—murmuró rabioso cuando se soltó—. Sólo pensé que podía tener una noche agradable a tu lado, conversando como en los viejos tiempos. Hace poco fue su cumpleaños, Lestat—dio un par de pasos de espaldas, imponiendo cierta distancia entre ambos—. Para ti las fechas no importan, pero para mí sí.

—Es la única fecha que recuerdo bien.

La fecha del cumpleaños de Claudia. Podría decirse que fue un error y una bendición. Tuvimos años dulces, entregados a la felicidad más gratificante, pero también se convirtió en oscuridad y perdición. No podía dejar de pensar en mi hija. Desde hacía semanas imaginaba su rostro de mejillas llenas y labios rosados. Esos ojos tan profundos que herían por su belleza. ¡Sus rizos de oro! No, no podía. Tan sólo hacía unas semanas.

—Ella se llevó parte de nosotros—murmuró.

—No, ya la habíamos perdido pero ella suplió con el amor que le ofrecíamos—respondí.

Me acerqué a él, tomándolo por su estrecha cintura, esperando que aceptara un abrazo de mi parte. En esa noche, su noche, en la cual había decidido buscar consuelo, de algún modo, en mis brazos. Sus manos se colocaron sobre mis hombros e intentó apartarme, pero yo tengo la fuerza de un coloso. No le permití huir.

—Aléjate, ahora ya no quiero nada—dijo bajando la cabeza, rehuyendo mi mirada.

—Louis... —susurré acercando mi boca a su frente.

Oprimí mis labios sobre su sien, rocé mis labios por sus mejillas que comenzaban a arrobarse y busqué su cuello para depositar un último beso. Quería hablarle calmado, de la forma que merecía, aunque fuese en mitad de una calle abarrotada donde muchos pasaban por alto ese hecho insólito. Pero, otros mucho más despiertos, nos observaban con curiosidad. ¿Qué parecíamos? Tal vez lo que éramos, viejos amantes intentando apaciguar el dolor que ambos sentíamos.

—No quiero nada—su voz era a penas audible. Sus reproches empezaban a ser nada.

—Louis, por favor—dije cerca de su oreja derecha, dejándole un beso en la mejilla.

Pero algo en él, no sé que, se rompió apartándome con un empellón lleno de fuerza. Me miró furioso y empezó a decir todo lo que no había dicho en meses.

—Vuelve con ella—dijo con rabia—. Sé feliz—apretaba los puños y se veía encantador. Quería que fuese feliz, pero yo no estaba hecho para estar con Rowan. No podía arrancarla de su vida, llevármela lejos y afrontar las funestas consecuencias—. Busca como derribar todos los impedimentos. ¡Piénsalo!—estalló.

—No puedo—respondí calmado—. Hay cosas que no se pueden romper.

—Yo así lo creía hasta que hiciste añicos mi corazón—empezó a llorar. Al fin rompió a llorar. Aquellas lágrimas color rubí mancharon sus mejillas. El labio inferior le temblaba, igual que sus manos.

No era el momento. No era el lugar.

—Lo siento.

Me sentía derrotado. No podía decir otra cosa que lo lamentaba profundamente. Sabía que un “Lo siento.” no arreglaba nada. Yo lo sabía. Pero se escapó de mis labios igual que muchas otras cosas, ocasionalmente hirientes, que le había dicho esa misma noche.

—Yo te amo, Lestat—se secaba las lágrimas con el puño de la camisa. Deseaba detenerlo, pero dejarle con esas lágrimas manchando su cara era alarmante para cualquier mortal—. Te odio profundamente, pero ese odio no vale nada. Ese odio sólo es humo ocultando la verdad.

Noté un par de gotas en mi rostro, miré hacia arriba y después en varias direcciones. Empezaba a llover. Habían alertado de fuertes lluvias para los próximos días, pues era temporada de lluvias y vientos fuertes. Muchos empezaron a correr, algunos incluso nos golpeaban intentando encontrar refugio, pero nosotros nos quedamos allí empapándonos.

—Genial, ahora empieza a llover—me eché a reír por la ironía del momento. Ambos queríamos llorar, pero el cielo lloraba por nosotros.

Entonces, sin esperarlo, se abalanzó sobre mí comenzando a besarme. Sus labios eran cálidos a pesar de la ligera frialdad de sus manos. Me tomaba del rostro y yo lo terminé rodeando con mis brazos. Corté mi lengua ofreciéndole un poco de sangre, provocando en él una reacción más desatada. Sólo quería calmar su llanto, aunque nos empapáramos. Deseaba detener el dolor. Quizás incluso quise para el tiempo.

El tráfico se acumulaba a nuestro alrededor, los cláxones sonaban enérgicamente junto a palabras furiosas de unos y otros, los muchachos de los bares cercanos parecían estar ajenos a todos, varias chicas resbalaban con sus elegantes tacones mientras se lamentaban por sus peinados, un par de ancianos se asomaban por la ventana para ver el milagro de la lluvia y nosotros seguíamos besándonos. Su lengua se colaba desesperada entre mis labios, regalándome caricias de serpiente. Podía notar su entusiasmo y mis bajos instintos se despertaron.

—Louis... —jadeé tomándolo del rostro para que me mirara. Quería y no quería parar aquello—. No vivo lejos.

Su respuesta fue rápida. Noté como bajaba su mano derecha de mi rostro, la pasaba por encima de mi chaqueta de cuero y la colocaba sobre mi bragueta. Pude sentir sus dedos presionando ligeramente mientras me miraba a los ojos. Me quería. Deseaba tenerme de nuevo entre sus piernas y gemir para mí. A eso había ido al local. Necesitaba tenerme otra vez, y, posiblemente retenerme.

—¿Y David?—no podía dejar de pensar que posiblemente se molestaría.

—Tiene sus libros y el corazón ocupado—dijo apretando suavemente mi erección. Molestarme con él, peleándome de esa forma, me excitaba tanto como besarlo—. Y yo mi mano derecha.

—Todos salimos ganando—sonreí inclinándome para besarlo de nuevo. No podía contenerme las ganas. Deseaba olvidar, sentir algo que no fuera un vacío terrible y él me lo ofrecía. Era irresistible.

Sentía un agradable masaje en mi bragueta, de modo que me sentía incitado a continuar. Mis hábiles dedos desabotonaron su chaqueta, para acariciar su cintura bajo ésta. Su cintura estrecha y sus nalgas redondas bajo el pantalón, que eran rozadas por esa americana echada a perder, me incitaban. Acabé con ambas manos pellizcando sus glúteos por encima de su pantalón. Él jadeaba con sus labios pegados a los míos, pero en algún momento nos separamos y sentí como tiraba de mí hacia un portal.

Era una casa bastante antigua, con portales formidables y altos. La pesada puerta se abrió gracias a su fuerza y osadía. Dentro no había luz, salvo una muy tenue de emergencia, pero a nosotros no nos hacía falta. La escalera era de caracol, subía los tres pisos, y el suelo era de baldosas de mármol gris. Una casa señorial, antigua, que ya conocíamos. Muchos edificios eran restaurados las veces que hiciesen falta, pues sus estructuras era firmes y hermosas.

Cuando estuvimos dentro me empujó hasta uno de los laterales, justo al lado de los buzones metálicos que habían colocado los inquilinos. Nos miramos en la oscuridad, sintiendo como todo estaba marchando demasiado rápido, y aún así no nos detuvimos. Acaricié su rostro, deslizando mis dedos por cada una de sus facciones, mientras notaba como me bajaba la cremallera y sacaba mi miembro para poder sostenerlo con maestría.

—Lestat... extrañé esto—dijo apretando ligeramente mi glande.

—Y yo—me lancé a sus labios intentando detener cualquier pensamiento sobre Rowan, pero mi mente realmente estaba en blanco. Sólo deseaba sentir.

Sus dedos tiraban de mi miembro, dejando que estos rozaran y apretaran cada milímetro de carne. Eché mi cabeza hacia atrás pegando mi espalda a la pared, con las piernas ligeramente abiertas. Sabía que venía después de esa revelación. Conocía todos los secretos de Louis. Para mí no era un misterio esa forma de actuar que en esos momentos me mostraba. Se arrodilló lamiendo sus labios, para humedecerlos, y acto seguido se llevó el glande a la boca. No pude evitar dejar escapar un gruñido de placer. Mis manos fueron a sus cabellos, que ya estaban empapados igual que los míos, para recogerlos enredando mis dedos. Ofrecí entonces un ligero movimiento de mi cadera, pues me estaba inquietando. Su lengua jugaba con el pellejo que aún se retiraba, mientras mi sexo crecía aún más, humedeciéndolo y saboreándolo. Tenía clavados su ojos en mí, con una insistencia brutal, calentándome de tal forma que me inclinaba hacia delante con deseos de hacerle sentir todo lo que deseaba, de una vez por todas, sin que pudiera detenerme.

Dejaba lenguetazos en todo el pene, pero sobre todo en los testículos con los que acabó jugando. Chupaba la piel de los escrotos como un profesional, y, mientras lo hacía me masturbaba con ritmo. Mis gemidos no se podían contener. Del mismo modo que mis manos no podían resistirse a pegar su cabeza a mi entrepierna. Cuando los soltó rió bajo y engulló mi miembro agarrándose a mis caderas.

Tenía el pantalón por los tobillos, igual que la ropa interior, pero él no se había quitado ni la chaqueta. Si bien, acabé notando como acabó acariciándose con su diestra, sacando su miembro por la bragueta del pantalón y permitiendo que éste se liberara de una prisión tan apretada.

El chupeteo sonaba delicioso y se sentía aún más placentero. Aquella boca carnosa apretaba con desesperación mi miembro, envolviéndolo con su lengua y la humedad de ésta. Louis sabía como enloquecerme. Mis caderas se dejaron de sutilezas y empecé a moverme rápido, algo violento, entre sus labios. Él ahogaba sus gemidos y dejaba que sus ojos se entrecerraran. No sería la primera ni última vez que me venía gracias a su habilidad, pero era la primera después de tanto tiempo que lo había olvidado.

Llegué al orgasmo enterrando mi sexo hasta los testículos. Él me miró con los ojos como platos y su miembro hinchado, en todo su esplendor, entre sus dedos. Cuando recuperó, por así decirlo, el aliento comenzó a masturbarse rápidamente, llegando en cuestión de segundos. Después, con rapidez asombrosa, se colocó bien la ropa y me ayudó a colocar bien la mía.

No dudé en besarlo. Fue un beso delicioso porque compartíamos aquel momento.

Al salir del portal la lluvia continuaba. Aquella tormenta azotaba los edificios sin permitir tregua. Los vehículos estaban casi detenidos en la carretera y las aceras aglomeradas estaban desérticas. Él me tomó de la mano, pero acabó pasando su brazo por mi cintura apoyando su cabeza en mi hombro. Caminábamos de ese modo sin importar que el frío calaba ya nuestros huesos, que la ropa pesaba o que muchos nos miraban como dos auténticos locos. Habría sido impensable para mí tener ese comportamiento con él noches atrás.

—Quiero seguir con todo esto en tu apartamento, sé que tienes uno a dos calles—dijo Louis.

No me parecía mal seguir con nuestros juegos, sobre todo porque él no había quedado satisfecho. Sabía sus debilidades, como he dicho, y su forma de actuar. Él quería algo más que unas caricias indecentes en mitad de un portal. Necesitaba tener sexo conmigo, y estaba seguro que no se quedaría con algo rápido.

—Sí, te dije que vivo cerca—respondí sin apartar la vista del camino, aunque sabía que él me observaba.

—Lestat, dime que no juegas—me agarró el cuello de la chupa con su diestra, mientras su zurda se enganchaba mejor a mi cadera.

—No, no lo hago—añadí a mis palabras un ligero meneo de cabeza—. Eso que ha ocurrido en el portal ha sido totalmente sincero por mi parte, no hay trucos.

—Sin trucos—repitió.

—Así es—dije.

Apretamos el paso y en cuestión de minutos estábamos entrando en aquella vivienda, una vivienda maldita por la última conversación mantenida con Rowan. Las plataneras se agitaban, el dondiego parecía arrancarse de la verja, varias macetas se habían caído al jardín y el césped se empantanaba. Pero nosotros ya estábamos refugiados bajo techo, devorándonos la boca mientras subíamos hasta el dormitorio.

La ropa salía despedida, empapando el suelo y quedando amontonada por doquier. Los zapatos se perdieron antes de entrar en la habitación. Cuando llegamos a la cama estábamos completamente desnudos, no quedaban ni los calcetines. Allí arrojados nos acariciábamos como dos adolescentes. Él tiritaba como si fuera la primera vez y las gotas de agua, esas que se deslizaban sobre su rostro y salpicaban desde su ondulado cabello negro, le daban un toque erótico muy atractivo.

Recosté su delgada figura sobre las sábanas de seda roja, quedándome obnubilado por sus ojos verdes y el contraste con su piel. Sus labios estaban algo rojos y parecían demandantes. Me apoyé en la cama con mi zurda, acabando por apoyar también el codo, mientras que la diestra acariciaba su torso pellizcando sus pezones. Sus facciones nunca estaban en calma. Me miraba desesperado. Abría sus piernas provocando a mis instintos primarios. No pude contener una ligera risilla baja mientras me preguntaba mentalmente cuan falto de mí estaba.

Había vuelto con la bestia, para que lo despedazara.

Mi mano se deslizó de sus pezones hasta su vientre y desde allí hasta sus muslos. Las ingles estaban ligeramente cálidas y sus nalgas se levantaron del colchón, quizás para dar mayor acceso a la entrada. Dejé que mi lengua rodara sobre sus pezones cafés, pequeños y algo gruesos, tan sensibles como el resto de su cuerpo. Louis gimió. Sus gemidos siempre eran agudos, asemejándose a los gemidos de una mujer. Detuve mis dedos cerca de su entrada, acariciándola, para notar su nerviosismo y ansiedad. Sus manos estaban aferradas a la ropa de cama, arrugándolas con fuerza. Era una imagen sobrecogedora.

Comencé a morder cada tozo de su piel, a hundir mi dedo índice y corazón en su interior, y a mirarle tan ansioso como él. Era puro deseo. Pero en él veía algo más. Estaba arriesgando lo poco que tenía de alma, su escasa cordura, en cada caricia. El amor que aún le profesaba, aunque estaba cubierto de polvo, comenzó a materializarse y acabé besándolo completamente encendido.

Acabé bajando hasta sus piernas, abriéndolas con mis manos como si fueran tenazas, y dejando al fin besos y lamidas sobre su sexo, entre sus muslos y rozando la entrada de sus prietas nalgas. Él jadeaba y tiritaba. Parecía un ángel al que le habían arrancado la calma, las alas y toda la bondad pero aún tenía pureza. Podría decirse que debía ser piadoso con él, pero me incitaba a ser cruel.

Finalmente lo giré, levantando sus caderas. Abrí sus glúteos y comencé a lamer entre ellos. Mi lengua se hundía por su esfinter, humedeciéndolo y estimulándolo, mientras él gemía aferrado a las almohadas, clavando sus uñas, mientras su espalda se arqueaba. Sus cabellos empapados rozaban sus hombros, cayendo hacia la almohada y pegándose a su rostro. Intentaba mirarme por encima de su hombro, con el rostro girado hacia la derecha, pero era imposible. El cabello lo tenía pegado a la cara y el placer le nublaba la vista. Ofrecí un par de nalgadas antes de retirarme del todo para penetrarle con fuerza.

De una única vez lo penetré, hundiéndome con un deseo insaciable. El sonido de mis testículos contra su cuerpo era una tortura. Los gemidos se multiplicaban con los míos, uniéndonos en un desenfrenado canto al sexo.

—No, deseo verte—dijo con sus brazos temblorosos, a punto de caer de bruces, mientras recibía otra de mis estocadas.

La cama se movía como si estuviéramos en la bodega de un barco en plena tormenta, además la lluvia ayudaba a esa impresión. Él, como podía, intentaba agarrarse al cabezal sin destrozarlo. Era imposible. La cama parecía moverse drásticamente contra la pared. El dosel se movía como el mástil de la vela mayor en plena racha de viento huracanado. Toda la habitación parecía derrumbarse. Él suplicaba gemidos cada vez más incitantes. Acabé separándome para recostarme en la cama, pegando la espalda al colchón, esperando que él se subiera sobre mis caderas.

Louis se quedó mirándome con una ligera sonrisa. Sus manos se pasaron por mi torso, algo más ancho que el suyo, y acabaron en mis caderas. Casi sin necesidad de ayuda se penetró mientras yo lo sostenía por la cintura. Amaba verlo cabalgar. Sus caderas eran inquietas, aunque el ritmo era suave. Parecía una serpiente saliendo de la cesta de paja, una de esas que los faquires usan en sus shows con música. Sus ojos eran dos esmeraldas que brillaban en medio de nuestro lujurioso ritual. Sus labios se abrían, sin timidez alguna, dejando que se escaparan los largos gemidos que él se provocaba.

El ritmo aumentó. Acabó pegando ciertos botes en la cama y yo me incorporé. Acabé sentado con él aferrado a mí, rodeándome con sus piernas y brazos, mientras gemía bajo su nombre permitiendo que besara mi rostro. Podía sentir sus uñas clavándose en mis omóplatos, sus piernas cruzadas y la cadera desenfrenada. Finalmente llegamos ambos al final. Ésta vez fue él quien llegó primero. Echó su cabeza hacia atrás, dejando ver su largo cuello, para luego gritar mi nombre en un profundo orgasmo. Después, debido a como apretaban sus nalgas, acabé haciendo lo mismo. Me derramé dentro de él, dejando que sus pierna tiritaran mientras sus brazos aún estaban algo tensos.

Cayó al colchón cansado, algo aturdido, pero cuando me recosté decidió tumbarse sobre mí. Sus dedos jugaban con mi torso y mis músculos marcados. Tenía una tímida sonrisa que conocía muy bien, pues era la sonrisa de un glorioso festín de sexo. Un festín que nos había enloquecido a ambos.

—Habrá que decírselo a David—dijo algo adormilado.

—¿Qué?—no estaba por la labor de ser quien le dijera a David que estaba con Louis nuevamente, no después de haberlo dejado a su cuidado y después permitido que fueran pareja. Ninguno de los dos se amaban, sólo se usaban para no sentirse perdidos.

—Lestat, dijiste sin juegos. No quiero ser tu amante, deseo ser el único. Ésta vez quiero ser el único—susurró cada vez más somnoliento, hasta que prácticamente no pudo hacer más que un ligero pestañeo antes de quedar inconsciente en los sueños diurnos.


Sin decir mucho me había comprometido a estar con él, sólo porque me encantaba tenerlo de ese modo. Sin embargo, sabía que iba a ser insufrible. Veía en un futuro a corto plazo mucho rencor y rabia. Tenía miedo. Pero entonces lo miré, recostado sobre mi torso, y recordé que debía cuidarlo. Él era mi responsabilidad. No apartaría jamás a Rowan de mi corazón, y por lo tanto de mi alma, pero siempre podía volver a ser el canalla de siempre con él entre mis brazos.

Lestat de Lioncourt   

lunes, 17 de marzo de 2014

True love

Bonjour mes amis! 

Siempre que os saludo es para iniciar la jornada ¿verdad? ¡Oh sí! Bien, bien... ¿recuerdan a Avicus? Ya saben el grandullón del árbol. ¡Ese mismo! Ha traído esto para ustedes: TRUE LOVE.


Lestat de Lioncourt 


Recuerdo tu tierna sonrisa cubierta de preocupación y desasosiego. Temblabas en mis brazos la primera noche. No comprendo como pude sentir tanta ternura por una adolescente, casi una niña, tan rápido. Fue inesperado. El murmullo de los gruñidos de Mael se propagaba por toda la habitación; sin embargo casi eran imperceptibles para mí y tú podías notarlo. Tus manos me acariciaban el rostro perfilando cada marca. Un guerrero con un pequeño ser frágil y dulce. Tus enormes ojos brillaban en la oscuridad como los de un felino y tu aroma era el de un bosque.

—¡Mírate!—llegó a gruñir—. ¡Qué haremos con este incordio!

—¿Me dejarás? No puedo sobrevivir sola—tu pecho comenzó a moverse agitado, tus manos se perdieron en mi espalda al rodearme firmemente con un miedo atroz y el murmullo de tu llano me sobrecogió.

—¡Por favor! ¡Eres una mujer! ¡Por frágil y tonta que seas en apariencia eres mujer! ¡Las mujeres son más firmes y fieras que un hombre! ¡Instinto de supervivencia le llaman!—exclamaba con una furia incontenible.

—¡Mael!—llamé su atención, pero parecía inevitable que la discusión prosiguiese.

—¡No me calles Avicus! ¡No me calles!—explotó y escuché como se movía en su ataúd.

—No... no me dejes...—sollozaste intranquila esperando que respondiera a tu favor y lo hice. No podía dejarte. Sentía que me rompías el corazón con tu llanto.

—No te voy a dejar porque un celta odioso diga que debo hacerlo—te dije antes de cubrir tu rostro con besos y pude notar entonces la humedad de tus lágrimas.

—¡Te he escuchado! ¡Mañana mismo me largo! ¡Algún día te darás cuenta de tu maldito error!

Reconozco que fue un error dejar que se marchara. Jamás me perdoné su partida. Durante algunos días pensé que era un alivio, sin embargo me percaté que era imposible aceptar una vida sin él. Me aparté de su camino porque jamás me perdonaría del todo haber aceptado tu cercanía. Si bien tú te marchaste. Me has demostrado que sola puedes vivir perfectamente y aunque aún te amo, con todas mis fuerzas, he buscado a Mael para rogar perdón. A pesar del tiempo que hemos recuperado de alguna forma, pues siempre se logra recuperar una porción gracias a largas charlas y profundas miradas, nunca podrá soportar el hecho de haberlo dejado marchar.

Sin embargo tengo un sueño. Un sueño donde los tres convivimos. Tú eres la delicadeza y la fuerza, una dualidad hermosa, que intenta ser comprensiva conmigo en cada acto y él es la fuerza de un misterio, la cultura de la sabiduría cercana a lo natural, y parte de la profunda seriedad que aún inundan las viejas historias. Estoy hecho de trozos de ambos. Sois las astillas de mi corazón.


Ruego por volverte a ver danzando frente a mí descalza, con los brazos girando en círculos perfectos en el aire y con la gracia de una mariposa entre las flores. Rezo porque en tus cabellos aún cuelguen las flores recién cortadas y porque tus mejillas se iluminen como cerezas maduras. Clamo a los cielos nocturnos tu nombre y te busco sin poder hallarte. Desearía que nada malo te hubiese ocurrido porque eres parte de mí. Por favor, vuelve a nuestro camino.  

jueves, 13 de febrero de 2014

Apasionada disputa

Bonsoir mes amis

Aquí tienen el FanFic de San Valentín que eligieron. Es el de Marius y Pandora. 


Lestat de Lioncourt


Venecia siempre ha albergado numerosos misterios y encanto. Me ha transportado sentimientos y una sensibilidad mágica. Sus tres carnavales, sus gondoleros, las apacibles y profundas aguas de sus canales, el ritmo atractivo que se vive en los mercados y por supuesto el arte. Venecia rebosa arte. Puedo sentirme parte de su especial entusiasmo y romanticismo por las obras más laboriosas o simples. Es belleza pura lo que alberga Venecia, sus palazzos y el mundo que la rodea.

Aquella noche había aguardado a mi víctima en un sotoportego. Los sotoportego son pasadizos minúsculos y cubiertos. Mi gabán negro cubría mi traje inmaculado del mismo tono, el cual contrastaba con la camisa roja, tan roja como la propia sangre o el fuego, al igual que la larga bufanda de lana que rodeaba mi cuello. Sentía cierto nerviosismo, algo inusual en mí, mientras contemplaba como el muchacho se aproximaba.

Era un chico distinguido. Tenía una figura extremadamente delgada, largos cabellos negros, ojos almendrados y una boca sensual que mostraba una fogosa sonrisa. No era más que un ladrón que había terminado convirtiéndose en asesino. Su traje inmaculado de color blanco, la rosa roja en su ojal y la gabardina color hueso le ofrecía un aire encantador.

No dudé ni un instante en acabar con él y dejarlo allí, para luego caminar sin prisas hasta el campo que se hallaba a varios metros. El campo es como se llama aquí a las plazuelas, las cuales son numerosas. Una vez allí acomodé mis cabellos y volví a vibrar. Sentía que algo iba a pasar, algo importante. Rogué que no fuera por culpa de Lestat. A veces esas premoniciones iban acompañadas de su descaro, arrogancia y terquedad.

Al entrar en el portal de mi palazzo uno de mis sirvientes apareció apresurado. Su rostro era hermoso aunque era algo grueso y tenía una voz chillona. Sus ojos parecían intranquilos y con cierto nerviosismo me ayudó a deshacerme de mi abrigo.

—Hay una mujer la biblioteca—dijo en un susurro—. Dijo que su visita lo sorprendería.

—¿Qué?—aquello era inaudito.

Me pregunté quien podía haber dicho tal cosa y entonces reparé en ella. Pandora, como se hacía llamar, y Lydia para siempre en mi corazón. Aún recordaba la primera vez que la vi siendo tan sólo una niña y yo ya un hombre adulto. Era hermosa, de piel aterciopelada y labios seductores. Estaba impaciente por hacerla mi mujer porque me enamoré perdidamente de ella.

—Eso ha dicho—murmuró mientras me apartaba de él.

—Sí, tranquilo—dije con una elegante sonrisa alejándome por el largo pasillo—. Es mi mujer.

Mis últimas pinturas colgaban de los altos muros, las columnas mostraban un aspecto envidiable y todo el lugar desprendía mi personalidad. Jarrones, bustos, elegantes molduras en el techo y gigantescas lámparas que imitaban a los antiguas lámparas de araña. Un palazzo que yo mismo había restaurado, decorado y pintado su capilla.

Tenía una capilla llena de referencias a los ángeles y algunos tenían el rostro de Amadeo. No podía evitarlo. Había momentos que pensaba en él y momentos que no podía dejar de pensar en Pandora. Había numerosas obras sobre ella en toda la vivienda. Tuve miedo entonces que ella se percatara que muchas de mis mujeres, las cuales corrían gracilmente por campos o simplemente miraban con sutileza desde los retratos, era ella. Ella con mil vestidos y formas, pero sus rasgos sin duda. Había estampado mi amor por ambos en numerosas ocasiones, pero era ella quien me huía y parecía tenerme aún cierto reparo.

Aún recordaba como la había pintado mil veces como si fuera Afrodita. Ni siquiera me percaté de ello hasta que veía completa mi obra. Me sentía completamente hundido en esos momentos y su recuerdo era lo único que me sostenía. Pandora estaba allí. La Pandora de mis frescos y cuadros. Ella era la mujer que aparecía en mis sueños y me secuestraba la calma. Sin embargo no iba a demostrar que estaba enamorado perdidamente de ella y que sin duda me tenía a su merced. Reconocer que la extrañaba y quería que estuviera a mi lado era inaudito. Sería como darle más poder al demonio, si es que existe.

—Desconocía que tuviese esposa—escuché a lo lejos mientras entraba en otra sala.

—La tengo desde hace mucho tiempo...—dije para mí cuando llegué al principio de la escalera de mármol que me conduciría a la biblioteca.

Allí decía que estaba esperándome. Como siempre ella entre libros quizás buscando respuestas a sus propias preguntas. Había estado buscándola pero me deshice de la idea de tenerla nuevamente bajo mi techo, frente a mí y permitiéndole decir lo que quisiera.

—Que sorpresa...—murmuró sin apartar la vista del libro. Ella pasaba las hojas con suavidad y una elegancia exquisita.

Estaba sentada en un grupo de sofás que yo mismo había diseñado junto con el joven que los hizo a mano, sin necesidad de fábrica. Pues siempre intento poseer cosas de calidad que me evoquen al pasado. Aquel diván tenía acabados dorados y estaba forrado en terciopelo rojo. Tenía numerosos cojines también rojos con hilo dorado.

Ella encajaba en aquel mueble sentada como si estuviésemos aún en la Antigua Roma. Su vestido era de gasa roja y caía sobre su cuerpo adaptándose, pegándose con cierta soltura, y dándole un aspecto muy similar al que siempre había tenido. Su cabello estaba recogido en una trenza y por ello su rostro, el cual siempre me había parecido magnífico, estaba despejado.

—Eso mismo debería decir yo, querida—respondí al momento de entrar en la estancia, pues la había contemplado nada más desde la puerta—. Supe que estabas aquí. No pude creerlo así que vine de inmediato a verte.

—¿Tan extraño es encontrarme?—respondió sin despegar la mirada del libro—. Podría decirse lo mismo de ti. Ya que te recuerdo tus múltiples abandonos y escasas apariciones en nuestros más de dos mil años.

Aquello era sin duda un reproche. Había escuchado que estaba en Italia, pero no había tenido el arrojo de visitarla. Aunque sí, lo reconozco, con frecuencia pensaba en ella y había pintado un par de bocetos de nuevas obras para una de las salas, un fresco sencillo de un bosque con jóvenes bailando, y todas ellas eran igual que ella.

—¿Ya vas a empezar con tus reproches?—fruncí el ceño mirándola de mala gana—. Sigues igual de testaruda y malcriada. Ni siquiera teniendo un amante cambias.

—Y que me dices de ti, Marius. Ni tirándote a dos después de mí dejas de ser ese patricio romano deslenguado al cual Tiberio enviaba a sus “cruzadas”. Ahora entiendo todo. Por ello es por lo cual siempre estabas fuera de Roma.

—No te des golpes de santa porque, querida mía, eso no te queda—acorté la distancia que los separaba de una sola zancada—. Ahora bien ¿qué piensas hacer?—la miré directo a los ojos con aire frívolo—. He tenido varios amantes sí, pero ninguno ha llegado a ser como tú. Oh Pandora mía ¿no lo ves? Nunca habrá nadie como tú. Eres mi musa, la mejor de mis creaciones. Mi aún mujer lo quieras o no.

—Eso le decías a Bianca ¿no?—cerró el libro mirándome con rabia y lo lanzó hacia mí, el cual logré esquivar de milagro. Clavó su mirada llena de poderosa furia y habló—No estoy de humor para tus seducciones y mucho menos enfrascarme en una absurda discusión que no nos llevará a nada. Así que te pido de la forma más atenta, y amable posible, Marius ¿Qué deseas de mi?

Recordarme a Bianca había sido bajo y rastrero. Sobre todo por lo que me hizo esa mujer. Jamás la perdonaría. Ni siquiera la perdonaría si fuese ese momento el último día en la tierra. No estaba por la labor de rendir pleitesía a una imbécil que me ocultó la carta que pudo conducirme a la felicidad.

—Pues yo tampoco estoy de humor para tus mismos reclamos de toda tu vida— me aproximé a ella obviando su mirada y ya que estaba de pie, igual que yo, la agarré de los brazos—. No me provoques. Vengo en son de paz, pero siempre lo arruinas con tus palabras.

—¡Cómo te atreves!—respondió furiosa ante mi brusco trato. Acabó retirando con fuerza el brazo izquierdo para propinarme una fuerte bofetada.

Ese golpe hizo que girara mi rostro y mis cabellos, los cuales se hallaban perfectamente peinados, se movieran. La miré con furia desatada por lo que había hecho. Había osado pegarme. Esa maldita malcriada me había golpeado sin medirse.

—¡No vuelvas a tocarme de ese modo!—sentenció.

—¡Me atrevo porque puedo y quiero!—dije apresándola de los brazos para zarandearla. Su rostro estaba enrabietado igual que el mío. Ambos estábamos descargando nuestra furia—. ¡Deja de actuar como una maldita histérica!

—¡No me comporto como tal!—gritó—. Y que sí... —no dejé que prosiguiera su insufrible discurso y la besé.

Pasé mi brazo derecho por su cintura y la pegué a mí agarrándola por las muñecas con mi otra mano. Mi boca rozó al fin la suya tras tantos años y mi lengua se hizo presente. Ella forcejeaba e intentaba darme una patada, pero trastabilló y caímos sobre el diván. Observándonos con rabia y pasión. Creo que quería decir algo, pero el coraje la superaba. No obstante no dudó en abofetearme e intentar apartarme. Estaba aplastando su delicada figura con la mía, mucho más corpulenta y pesada, si bien era imposible que se resistiese a mis deseos.

Sentí que estaba a punto de echarse a gritar y maldecirme duramente, por eso rápidamente volví a besarla y esta vez sus brazos rodearon mi cuerpo, sobre mis hombros, atrayéndome hacia ella. Sus piernas se abrieron sutilmente. Mi mano derecha se apoyó en el mueble pero la izquierda pugnaba por levantarle la falda.

Entonces lo recordé. La furia me hizo olvidarlo. Su vestido tenía un suave escote en v que oprimía sus pechos, además de realzarlos, y sin meditarlo demasiado terminé rompiéndolo. Agarré ambos trozos de tela y la rasgué llevándome consigo también su encantador sujetador de encaje. Sin importarme nada, ni siquiera la furia que había avivado en ella por ese acto cruel hacia sus prendas, hundí mi rostro entre sus senos.

Mi lengua se movía por su perfumado canalillo y mi nariz se embriagaba con su aroma. Mi mano izquierda se apoyó en el borde del diván y la derecha levantó sus faldas al fin. Pronto comencé a palpar el fino elástico de su ropa interior, pero ella me empujó para deshacerse de mi chaqueta y arrancarme a tiras la camisa.

Comenzamos a comportarnos como fieras. Ambos nos destrozábamos la ropa y nos tirábamos del pelo. Hice que soltara su cabellera negra, la cual era abundante y sedosa, para poder observar a ese animal que podía encerrar su cautivadora mirada enmarcada en sus largos cabellos. En ese juego infernal convertido en una guerra, pues eso era, acabamos en el suelo desnudos y devorándonos como si jamás hubiésemos estado separados.

Entré en ella completamente decidido. Ni siquiera iba a permitir que en ese momento se negara. Ella clavó rápidamente sus uñas en mis hombros y tiró hacia sí. Mi piel se desgarró, del mismo modo que parte de la carne bajo el tejido cutáneo, dejando surcos visibles tan sólo durante unos segundos. El mágico olor de la sangre nos excitó a ambos y provocó que mis estocadas fueran rápidas y violentas.

Pandora quedaba sacudida por cada movimiento de cadera, sus labios se abrían quejándose con deliciosos gemidos y sus piernas me rodeaban como si fueran cálidas serpientes. El suelo de piedra empezó a quedar manchado por las salpicaduras de sus arañazos. Mis colmillos crecieron mientras la besaba e hirieron sus labios. Ella parecía pedirme más con la mirada a pesar que perdía el aliento y la conciencia. Ambos éramos dos seres convertidos en uno, atados por un ritmo frenético, y permitiendo que al fin nuestro amor se desatase.

Repetí varias veces que la amaba y ella me respondía del mismo modo. Era un hecho que el amor existía bajo aquella gruesa pátina de odio. Nuestras caderas se acompasaban y podía sentir como ambos nos bañábamos en sudor. Aquellas gotas sanguinolentas se mezclaban con nuestros besos y fluidos.

Pronto sentí que llegaba en aquel fiero encuentro. Ella gimió alcanzando el climax y apoderándose de mi miembro, torturándolo con una deliciosa presión de sus músculos vaginales, y ofreciéndome la expresión del placer misma. La miré jadeando y gimiendo su nombre para acompañarla regando mi esencia en ella.

Quedé sobre ella en silencio y suavemente mi ritmo fue decayendo. Mi mano derecha acarició su rostro apartando varios mechones, pero cuando fui a besarla ella me apartó de un empujón y recogió parte de sus prendas, las cuales se hallaban destrozadas, para salir corriendo en dirección a la puerta de salida.


Supe que si la perseguía sería peor y que debía permitirle un tiempo para comprender que ambos nos necesitábamos. Era algo palpable. El amor que teníamos el uno por el otro era como fuego que nos abrasaba. Ella y yo estábamos condenados a amarnos y odiarnos a la vez.  

sábado, 1 de febrero de 2014

A la mujer de mi vida

Bonsoir mes amis

¡Feliz sábado! Hoy el maestro Marius trae algo especial para Pandora. Tal vez ha recapacitado ¿no creen?


Lestat de Lioncourt


Jamás reconozco mis errores hasta que son tan terribles que terminan siendo una despiadada roca que cae sobre mí, me aplasta y me hunde en los pensamientos más terribles. He pintado mil veces tu rostro y he deseado naufragar en tu cuerpo. Ni siquiera recuerdo la última vez que pude abrazarte. Sin duda alguna eres el recuerdo más despiadado que tengo, pues apareces en mis noches solitarias como si fueras real en mi mundo. Extraño tu cabello rozando mi torso mientras me abrazas y también tu voz quebrándose antes de soltar las palabras más hirientes.

No sé quien tiene razón. Ni siquiera deseo saber si alguna vez tuvimos razón. Sólo me pregunto porque tú y yo hemos terminado de este modo. Parece como si el mundo se pusiese en nuestra contra o tal vez somos nosotros. Quiero arreglarlo, pero a la vez sé que no se puede arreglar algo que está roto y que jamás volverá a ser lo mismo pues tiene las marcas de las heridas.

Tú siempre serás la única mujer que ha logrado reinar en mi corazón y en mi arte. Uno de mis tres amores y el único que no he podido retener ni un minuto más en mi presencia, a solas y en silencio. Los siglos sin ti son una tortura que se ha vuelto común volviendo mis noches desgraciadas, aunque he tenido otras compañías y he conocido la felicidad. Sin embargo, sólo tú has hecho que todo mi mundo se derrumbe y se vuelva a construir con más fuerza.

Fiera, terca y sublime. Eres tan hermosa cuando te enfadas que a veces no sé como responderte. Ni siquiera sé como puedo detener a una mujer tan fuerte. No conozco ser más poderoso que tú. Pero decírtelo es un error y suelo callar todo este discurso. Sé que para ti soy un estúpido que desea dominarte y es cierto. Quiero dominar esa fiera que hay en ti porque eres un reto. Con cada paso que das me retas y los retos son atractivos. Desearía comprenderte, pero sé que entonces desvelaría tu mejor secreto y el muro caería así como la lujuria que siento cuando escucho tus pasos cerca.

Es una atracción fatal. No acabará jamás. Nosotros sabemos bien que sólo terminará esta danza de guerra y amor cuando uno de los dos caiga. Sé bien que no caerás y yo tampoco. Estamos condenados a necesitarnos y no aguantarnos.

Perdona la sinceridad mi hermosa y fiera Lydia. Perdona todo lo que te he dicho, pero también quiero que sepas que la próxima noche es posible que volvamos a discutir. Estamos anclados a un bucle continuo. Dos personalidades fuertes con ideas firmes que no desean doblegarse. Un día nos romperemos, pero de momento sólo quiero verte una vez más y saber que por extraño que sea aún me amas del mismo modo que yo lo hago.

Te amaré del mismo modo que amo mis pinturas, como el primer día y pese a todo. Siempre te amaré.


Marius Romanus

jueves, 29 de mayo de 2008

Iori Yagami, La bestia

Cumpliendo los caprichos de Romanus, ya que en unos días es su cumpleaños, le he hecho este pequeño obsequio por nuestros siete meses y por sus 23 años. Espero que disfrute de la lucha de este maldito pelirrojo que me recuerda demasiado a su personalidad, no cabreen a Romanus...sino puedes morir.






-Iori te crees muy bueno, pero eres una escoria.-

Aquel charlatán de Kyo me tenía harto, durante todo el enfrentamiento no cesó de vanagloriarse. Deseaba destrozarle, como habitualmente hacía, aunque quedáramos en un empate. Me puse en posición y mis cabellos rojizos se movieron pegándose a mi frente otra vez, todo por culpa del sudor de la pelea.

-Vamos Iori, es para hoy.-

Su maldita y descerebrada risa retumbaban en mi cráneo, como si estuviera en un campanario y las campanas sonaran a la vez. Era un estúpido, y mi entretenimiento favorito era destrozar a los que secretan superiores a mí. Nadie en este maldito y descerebrado mundo, nadie, era superior a mí, Iori Yagami.

-Está bien, no es bueno demorarse frente a las señoritas.-iba a comenzar todo con mi Kototsuki In, estaba demasiado lejos para la Shiki Aoi Hana y la Shiki Oniyaki la dominaba también como yo. Fruncí el ceño y avancé con furia. Mis piernas se movían rápidas, agarré su cuello y entonces un golpe certero al estómago. Mi rodilla fue inmediatamente a su entrepierna y sonreí de lado, después la mano que tenía libre la iba a usar para golpear su rostro pero lo bloqueó.

-Es divertido jugar, pero ya me estoy cansando.-

Genial, encima decía jugar. Me quería calentar, hacer que perdiera los papeles y así mostrarle mis debilidades. No estaba dispuesto, tan sólo me mordí el labio hasta hacerlo sangrar, para luego conseguir, en un momento de debilidad, batirlo cayendo sobre él.

-Me cago en tu puta madre, Kyo.-le golpeé una vez más en su vientre y luego me alcé con velocidad hacia el aire, para patearle, pero se movió.

-¿No sabes que es feo recordar a las madres de otros?-

Deseaba destrozarlo, despedazarlo, por su comportamiento. Estaba más imbécil que nunca, además de fanfarrón y aquí el dios de la lucha era yo. Le miré con los ojos llameantes de cólera, había conseguido lo que quería y seguramente estaba satisfecho.

-¡Venga!-grité apretando los dientes, deseando de ver como la sangre cubría el asfalto.

Se agachó y ya sabía que iba a hacer. Quería golpearme desde abajo, con la técnica Shiki Oniyaki. Eso era una estupidez, no lograría nada. Salté hacia arriba, cayendo sobre su espalda y le di una patada giratoria en su cabeza. Hice que cayera, pero se levantó con mayor rapidez.

-¡Hijo de perra!-

Ahora el cabreado era él, alcé una ceja y luego sonreí.

-Gracias, pero aquí la perra era tu madre.-me volví a posicionar esperando su ataque, ahora estábamos a la par.

Durante horas estuvimos luchando. Los puñetazos, las patadas, los insultos e incluso mordeduras por mi parte. Nada, todo seguía igual. Ambos estábamos tan sólo con los pantalones, nos habíamos liberado de la ropa para poder luchar. Tenía pegada a mi cuerpo sangre de ambos, junto a moretones que serían marcas de esta guerra.

-¡Ríndete ya!-

¿Rendirme? ¿Estaba soñando ese cabrón? Por encima de mi cadáver, no pensaba rendirme y antes que hacer tal deshonra me pegaría un tiro. Le miré colérico y escupí a un lado, para luego asentar bien mis pies inclinando mis rodillas.

-Me rendiré cuando tú mueras.-respondí arrugando la nariz, apretando mis dientes, dándome una imagen de animal furioso.

-¡Hoy lo harás!-

Gritó corriendo hacia mí, alzó una pierna y yo la paré con mis manos, una mía fue a su espinilla e hice que cayera. Un grito estremecedor surcó el aire y se despegó de mí, cayendo a varios metros. Al levantarse estaba cojo, además de cansado al igual que yo.

-¿Decías?-una nueva sonrisa en mis labios, ya quedaba poco.

-Tiempo muerto.-

¿Tiempo muerto? ¡Venga ya! No iba a darle tiempo muerto, aunque quería un cigarrillo. Echaba de menos darle una calada a uno, para templar los nervios y después destrozar el cuerpo de aquel pelele.

-De acuerdo.-respondí sentándome en el suelo, sacando un cigarrillo mientras le miraba fijamente.

Cojeó unos metros y se sentó pegado a un muro del edificio. Estábamos en una fábrica abandonada, la pelea había sido una cita suya y yo únicamente había acudido a sacudirle encantado.

-¿Por qué carajo hiciste eso?-

Preguntó rabioso mirándose la pierna.

-Tú y yo somos enemigos, esto es una pelea y yo te quiero muerto. ¿Me expliqué?-pregunté dándole una calada honda. Aquello me había sentado demasiado bien.

-Lo sé, pero cojones.-

Parecía una niña llorica, no iba a permitirle las ofensas y ahora se quejaba. Éramos contrarios en ideas, además que ya me tenía harto. Había llegado la hora del Apocalipsis, solo saldría vivo uno de aquel lugar.

-Deja de llorar, levántate, ya acabé el cigarro.-dije posicionándome. Él hizo lo mismo mirándome con furia.

-No lloro, ¡No soy un puto marica!-

Me eché a reír tras oír aquello.

-No es lo que me han dicho.-murmuré agarrándome el paquete.-Seguro que eres una buena perra, ¿me lo demuestras?-pregunté con malicia.

-Prefiero más metérselo a zorras como tú.-

Me eché a reír aún más si cabía. Si alguna de mis esclavas lo hubiera escuchado seguramente no estaría vivo, un tiro certero le hubiera volado la tapa de los sesos.

-Continuemos.-con velocidad corrí hacía él, lo tumbé de un rodillazo en el estómago y él expulsó sangre por la boca. Su mirada se perdió en la lejanía, pero consiguió reponerse al golpe y darme un puñetazo en la boca. Mi labio sangró una vez más en esa pelea, no era la primera vez. Sin embargo, conseguí deslizarme hasta su espalda, agarrarlo y aplastarlo contra el suelo. Golpeé un par de veces su cabeza y quedó inconsciente.

“Game Over”

Otra vez esa maldita voz, no entendía porqué diablos siempre aparecía.

-Levanta.-dije tirando de él hasta dentro del edificio.-No voy a matarte esta vez.-comenté como si nada.-He tenido piedad.-la verdad es que simplemente se me habían quitado las ganas. Y aquello era peor que un gatillazo en medio del sexo. Miré a Kyo y sonreí.-Hasta parece inteligente cuando está callado, en fin.-me puse un cigarro en los labios, lo encendí y le di una calada bien honda.

-Ojala te mueras de cáncer, cabrón.-

Se había despertado y como era de esperarse estaba molido. Yo también lo estaba, pero se notaba menos.

-¿Quieres uno?-pregunté tirándole la cajetilla a la cara.

-No, a saber donde los tenía guardados.-

Para colmo eso, encima que le ofrecía uno y no me quedaba con todo como un egoísta. Que tendía mi mano de supuesta amistad hacia él, para colmo, se ponía chulo y me escupía a la cara su estupidez.

-¡En los huevos! No te jode el mierdecillas este.-dije cerrando los ojos, para echar hacia atrás la cabeza, de repente el olor a tierra mojada abofeteó mi nariz. Comenzó a llover, fuerte, mientras que entre las ranuras caían pequeñas gotas empapando el suelo del lugar.

-Tendremos que quedarnos aquí.-

Prendió el cigarro y me miró con una sonrisa.

-Pensé que me querías muerto.-

-Te quiero muerto, lo que pasa es que como animal de compañía también eres bueno.-respondí con una sonrisa sacando una barrita energética del bolsillo. Desde hacía unos días llevaba algunas, por si el hambre apretaba y no había nada abierto.

No entiendo porqué comenzó a besarme. Su boca se pegó a mis labios, devorándolos, mientras su lengua inspeccionaba el lugar como si yo se lo permitiera. Pero, en realidad lo hacía. No tenía sentido. Se puso sobre mí y tiró de mis manos el cigarro, la barrita y él hizo lo mismo con el suyo. Sus brazos fueron sobre mis hombros, para luego moverse sensualmente sobre mi entrepierna.

-Para otras cosas también soy bueno.-

Susurró en mi cuello y me miró con picardía, como si buscara que hiciese algo para aceptar lo que hacía.

-¿Qué haces?-pregunté apartándolo.

-Pensé que quizás…-

Estaba confuso, se podía notar. Silenció sus palabras sin terminarlas y se levantó, para ir hacia fuera donde caía una tormenta intensa.

-Pensaste mal.-Me levanté caminando hacia él, le tiré al suelo y le arranqué los pantalones.-Pero ahora tengo una erección y no están las chicas con las que salgo, así que vas a tener que hacer tú algo.-dije separándome para bajar mis pantalones.

-¿Ahora sí? Vete a la mierda.-

Estaba jugando conmigo, pero no se lo iba a permitir.

-¡No!-gruñí tirando de él, llevándolo a rastras hasta una columna. Lo pegué ahí y abrí sus piernas. Introduje un dedo y lo moví girándolo, masturbando aquella zona tan delicada.

-¡Para!-

Aunque lo gritara, en realidad quería más. Su miembro estaba endureciéndose más y más, además sus nalgas parecían querer que entrara en él.

-Ya no.-respondí besando su cuello, para sumergirme en su interior. Fuerte, desafiante y con un placer inmenso al notar el calor de su interior.

-No pares.-

Jadeó en voz baja y se movió buscando mayor contacto. Quería que fuese más rápido, incrementé mi ritmo hasta llegar a un movimiento constante y profundo.

-Más.-

Los gemidos se multiplicaban. Sus manos se aferraban a la columna, sus piernas temblaban y la que tenía dañada apenas podía sujetarlo. Su boca estaba abierta, como sus nalgas, expectantes de placer. Y mi miembro entraba una y otra vez en su interior, rozando sus paredes internas, a una velocidad de vértigo. Pronto paré y salí, rocé su entrada con mi glande y sonreí esperando respuesta.

-¡No pares!-

Parecía que lloraba, era una súplica sincera hacia el placer que le arrancaba.

-No pararé.-dije besando sus hombros y la cruz de su espalda. Me movía rápido, su miembro rozaba la columna y su rostro también. Pronto vi como eyaculaba y yo salí de él para arrodillarlo.-Toma.-manché su rostro, lo dejé regado con la muestra de mi placer. La lujuria me había llevado a derrotarlo en un campo distinto a la lucha.

Minutos más tarde estábamos bajo la lluvia, sin importarnos que nos estábamos empapando, y totalmente vestidos. De nuevo la furia asesina volvía a mí y me preparaba para un nuevo ataque.

“New Game”

Otra vez esa voz en off, algo que estaba continuamente en mi mundo.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt