Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

Las calles se llenan de almas esperanzadas pese a la peliaguda situación en la cual se encuentra la economía. Se busca el espíritu navideño como si fuera el último suspiro de esperanza. En las casas se arremolinan alrededor de una mesa y piden ansiosamente mejorar sus vidas, superar los problemas más difíciles y aceptar los retos del próximo año que ya ronda en el calendario. Recuerdo las viejas celebraciones de la villa en estas fechas. Eran mucho menos suntuosas, los cánticos y alabanzas eran para la iglesia y las familias se reunían frente a la lumbre de la chimenea. La nieve cubría los caminos, por lo tanto la comida de esas fechas era la carne de la matanza de hacía algunos meses, el pan que lograban adquirir y alguna pieza de fruta sacada del bosque. No había Navidad.

Han pasado muchos siglos. El mundo ha cambiado. Las celebraciones han terminado siendo algo muy distinto. La religión ha pasado a un segundo plano y hay niños que desconocen que celebran un nacimiento. Muchos bailan al son de una música estridente. Algunos se olvidan inclusive de la fecha marcada en el calendario. Sin embargo, la esperanza sigue ahí. Es algo que me sorprende.

Jamás he dejado de ser alguien con un espíritu especial. He decidido mantener, pese a todo, cierto optimismo. Hace unos meses que tuve que enterrar los restos de tres seres que habían observado el mundo desde su posición privilegiada. El poder que contenían, la sabiduría que acaparaban, quedó regada en miles de pedazos entre los humanos. Cientos de personas en todo el mundo deberían estar de duelo, pues el inicio del germen familiar ha sido destruido. Si bien, nadie sabe nada. Muchos actúan con toda normalidad.

Desde que conocí a Maharet me he preguntado por mi legado. La vida no se detuvo cuando me marché de Auvernia. Dudo que me echaran de menos durante mucho tiempo. La muerte de mi padre y hermanos supuso quizás cierto alivio y regocijo, pero ¿alguien reparó que mi madre no se encontraba entre los gruesos muros del castillo? ¿Alguien recordó que el hijo menor se había marchado a París a hurtadillas? Tal vez sólo el padre de Nicolas. No obstante mi huella, mis genes, quedó en el vientre de muchas mujeres. Tuve varios hijos. Hay quienes tienen mi legado sin siquiera saberlo. Gente que creció a espaldas de la verdadera historia que debió ser narrada. Mi irresponsabilidad. Sin embargo, no me pesa. No me lastima. No me importa. La única familia que me duele recordar es aquella que formé en New Orleans.

Louis se encuentra frente a la chimenea, con un libro abierto y los ojos cargados de una emoción extraña. Lo conozco bien. Sé que sigue siendo el mismo pese a ciertos cambios que se han introducido en su forma de desenvolverse con sus víctimas. Tiene las mejillas sonrosadas por la sangre que ha logrado conseguir de un borracho hace unas horas. El alcohol no le afecta como antaño, sólo provoca que sonría maliciosamente ante el sabor ligeramente distinto y peculiar. Lleva un suéter de cuello de tortuga color verde cazería, de punto grueso, que parece abrigarlo y retener el calor de la sangre ingerida. Sus pantalones son unos jeans comunes. Creo que son míos, aunque no estoy seguro, pues le quedan algo grandes aunque perfectos con esas botas. Esas se las conseguí yo poco después de venir a vivir conmigo. Está leyendo “Cuento de Navidad” de Dickens. Creo que todos lo hemos hecho alguna que otra Navidad como un ritual extraño. Quizás nos regocijamos de la maldad intrínseca en la historia, la esperanza y el deseo espiritual de llevar una vida feliz. Los vampiros no somos completamente felices, quizás porque hemos visto demasiado.

Claudia no se ha aparecido últimamente. Me pregunto si sólo eran alucinaciones mías, pero si David pudo verla significa que no era así. No quiero pensar en ella. Me duele hacerlo. Cuando veo a las niñas de su aspecto noto sentimientos encontrados que me dividen. Jamás debí crearla, pero algo en mí me dice que hubiese cometido ese pecado mil veces. La felicidad que aportó a mi vida, la experiencia que viví, era necesaria.

Mi madre no ha regresado al castillo. Dudo que lo haga. Detesta este lugar y opina que ha sido una estupidez malgastar así mi dinero. Cree que no debí mover siquiera una piedra. Claro, para ella esto es una cárcel y un monumento al dolor. No la juzgo. Sé bien que el dolor que ella carga es mucho, pero que aún así es capaz de ser libre.

El resto de amigos, incluyendo a Armand, parecen disfrutar de estas fechas con diversa pasión. Sé que él cree aún en Dios y celebra el advenimiento de su Salvador. Desconozco si Marius se prestará a darle cobijo a su lado, junto a Daniel, porque la última vez que lo vi contemplé a un hombre casi derrumbado y a un inmortal, sabio y poderoso, sin saber como darle explicación a todo el sufrimiento que habíamos vivido.


El crepitar de la lumbre me llama. Es como un canto de sirena. Es especial.

Lestat de Lioncourt   

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt