Autor: Nicolas de Lenfent
¿Qué soy? ¿Quién soy realmente? ¿Me
pertenece volver aquí? ¿Debería llorar? ¿Puedo llorar? ¿La voz
que escucho es un eco de mi alma? ¿Por qué la oscuridad? ¿Por qué
aún siento las llamas lamiendo mi piel? ¿Y mis ojos? ¿Puedo ver
con mis ojos o tan sólo percibir con mi alma? ¿Qué hay más cruel
que el destino y las consecuencias de nuestros actos? ¿Es la
crueldad aquello que tanto deseaba? ¿Qué hay de verdad en mis
palabras? ¿Y la oscuridad será siempre espesa? ¿Quién me
recuerda? ¿Hay mayor tormento que no saber si te escuchan? ¿Por qué
la vida se acabó así? ¿Qué me impulsó a tocar el cielo danzando
sobre las ascuas? ¿Hubo algún gesto de dolor ante mis gritos?
¿Quién vio mis ojos por última vez? ¿Se predijo mi destino cuando
nací o yo mismo lo elaboré? ¿Y Lestat? ¿Qué sienten los demás
cuando les hablo en sueños? ¿Soy como el humo? ¿Alguna vez amé
algo más que mi violín? ¿Y las partituras? ¿Dónde quedó el
teatro? ¿Por qué no estoy en París? ¿El recuerdo me hace sentir
vivo o estoy vivo porque soy un recuerdo? ¿Conoció mi horrible
destino alguien de mi familia? ¿Qué fue de las obras que creé?
¿Hubo otro violinista tan desgraciado? ¿Dónde se encuentra Armand?
¿Y mis manos? ¿Podré tocar de nuevo mi rostro? ¿Por qué tanto
silencio? ¡No puedo con el silencio! ¡No pertenezco al silencio!
¡Me ahogo en éste mar frío! ¡La oscuridad me tienta pero no
quiero guarecerme en ella! ¡No quiero mentiras! ¡Estoy aquí!
¡Estoy aquí!
Te amé con ternura, locura y
desencanto. Besé tus párpados cuando dormías como si fueran tus
labios. Oculté mis lágrimas alejándote. Hundí mi miseria en los
tablones del teatro. Canté, bailé y toqué para que tú brillaras
en mis perpetuas noches. Te extrañé deseando que me hicieras el
amor una vez más, olvidándome que no eras mío sino de todos.
Decías que me amabas, pero tus caricias eran similares a las que
ofrecías a las putas de los burdeles que tanto te gustaba visitar.
Tan hermoso, divino y pecaminoso. Tú eras la luz, la llama de la
vida, el desenfreno, el canto hecho carcajada y encarnado en un joven
de cabellos dorados... ¿qué era yo para ti? Tal vez un medio y un
fin. Me conformaba en tus brazos creyendo que siempre volverías. Me
había acostumbrado a la miseria y tú me ofrecías un paraíso.
Cuando me acostumbré me abandonaste, engañaste, ocultaste la verdad
y luego me tendiste todos los horrores por tu necedad y estupidez. Ni
me preguntaste si estaba asustado porque sólo pensaste en ti, como
siempre. Nunca pensaste en aquello que yo deseaba y que era
únicamente la verdad sin trucos, sin palabras elegantes y
movimientos sutiles. Jamás me ofreciste una verdad pura y cuando yo
te escupí las mías, esas que te torturaron, me miraste con odio, te
ofendiste, lloraste y me dejaste.
¿Por qué he vuelto de nuevo? ¿A caso
te odio y te extraño? ¿Hubieses regresado a mí si hubiese
permanecido con vida? ¿Lo hubieses hecho? O tal vez nos hubiésemos
vuelto de piedra, transformados por la sangre y el olvido. Nunca me
dijiste que me amabas... tal vez si lo hubieses dicho... si tu
orgullo no fuera tan grande... si tu estupidez no fuese tan sincera y
caprichosa... si... si yo hubiese sido más fuerte y más listo... si
no me hubiese enamorado de ti. Sí, sin duda todo hubiese sido
distinto.
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