Lestat de Lioncourt
Todo había ocurrido demasiado rápido.
El silencio se había hecho presente en su mundo. Encerrada en su
vieja habitación, con sus antiguas cosas recordándole que no hacía
mucho era todo distinto, sintió el deseo de huir. Michael le había
pedido que empaquetara sus pertenencias, pues como heredera al legado
debía vivir en First Street.
Aún no podía aceptar el hecho que
todo hubiese ocurrido así. Sentía como el mundo le pesaba demasiado
y que lo poco que había vivido, fuera de los muros de la vivienda de
la calle Amelia, era un sueño. Pronto se despertaría, bajaría las
escaleras y se encontraría con el perturbador mundo que tan bien
conocía. Su madre, Alicia, estaría ebria ya a las nueve de la
mañana; su padre posiblemente dormido, en uno de los incómodos
sofás; su abuela, la dulce anciana Evelyn, estaría observando en
silencio la calle, sentada en una de sus sillas mientras se apoyaba
en el bastón. Todo estaría tal y como había estado siempre. Su tía
llamaría, Ryan se escucharía murmurar no muy lejos del aparato y el
bocinazo del coche de Pierce a lo lejos la alertaría.
Pero no. No era así. Y no, no era eso
lo que le dolía. A ella le dolía la desaparición completa de su
escasa inocencia. La crueldad con la cual Lasher había hecho su
aparición y sobre todo, por encima de cualquier cosa, el saber que
había sido madre y no tenía siquiera una cuna vacía que observar
para recordarlo. No, no había nada. Se sentía vacía. Había
convivido con aquella criatura semanas, se había desarrollado en su
vientre completamente sana y había venido al mundo para llenarla de
dudas, preguntas misteriosas y una luz distinta a todo. Morrigan
había desaparecido.
Muchos decían que era como un animal,
pues siempre estaba buscando el rastro que la llevaría hasta su
triunfo final. Sí, aguardaba el momento. Ella quería ser coronada
como la reina del mundo. Ella, que era tan parecida a su madre,
ambicionaba poder y ansiaba triunfar más allá de New Orleans. Y
entonces, como de la nada, la chispa se encendió, sonaron los
cristales y ni siquiera un beso de despedida. Morrigan se había
esfumado del mundo, su mundo, pero no de su corazón.
Cuando miraban a Mona veían a una
niña, pero ella hacía mucho que se sentía mujer. Hacía tanto
tiempo que había dejado de ser lo que todos creían que ni siquiera
ella misma sabía la fecha exacta, pero aún así había conservado
las cintas en su cabello y algunos trajes inocentes. Sin embargo, ya
no vestía siquiera esos trajes. Estaba convertida en una mujer, sin
pasar por la previa adolescencia, recordando amargamente en aquel
lugar cada tecla que había pulsado en su ordenador, sensación y
sueños sobre su almohada. Había sido madre, pero ni siquiera podía
contárselo a nadie lejos de la familia. ¿Quién creería que el
parto tuvo lugar en una casa destartalada? ¿Cómo podría explicar
que su hija se había fugado para formar su propia tribu? Ni siquiera
era humana. ¿Y ella? ¿Era humana ella?
Se descalzó de sus bailarinas,
dejándolas a un lado, para luego sentarse en la cama subiendo los
pies. Su rostro parecía el de una muñeca de porcelana, como la que
había llegado para Rowan y que necesitaba una peluca urgente, a
punto de desquebrajarse. Su labio inferior tembló, sus ojos verdes
se aguaron y soltó un terrible alarido que recorrió toda la casa
como si fuera un gran sismo. Michael, que se hallaba en el piso
inferior recogiendo algunas pertenencias, la escuchó. Quiso correr
hacia ella, pero Rowan le había pedido que la dejara sola para que
se desahogara. Él era el detonante, si se acercaba demasiado
recordaba aún más aquella niña. Jamás se lo perdonaría. Nadie
nunca se perdonaría nada y ese era el mayor regalo que había dejado
la aventura que habían pasado. Sí, un regalo trágico.
10:30 de la mañana del 12 de julio de
1993
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