Esta vieja carta de Ashlar me ha conmovido. Los celos de Morrigan, el dolor, la soledad, y su muerte. Ese gigantesco hombre de corazón de niño y mirada de anciano... ese que murió antes que yo pudiera siquiera cruzar unas palabras con él... sigue vivo.
Lestat de Lioncourt
Encontrarte ahuyentó mi soledad. Una
soledad que cargaba en brazos como la vieja espada en mi cinto. Había
cabalgado y caminado por senderos oscuros, viajado entre épocas y
soportado la presión de saberme único. Buscaba en otros los rasgos
de aquellos que amé. Deseaba con cierta ansiedad encontrar un igual,
hundirme en sus ojos y aspirar su aroma. Me concentré en la
elaboración de muñecas porque ellas me recordaba a la inocencia que
había visto entre los nuestros.
Sus ojos intensos, grandes y brillantes
en aquellas máscaras de porcelana, talladas con esmero, me
recordaban a las miradas que todos poseíamos cuando nos reuníamos
en el valle. Ellas estaban conmigo, podían escuchar mis viejas
historias sin mostrar cansancio, y dormía abrazado a la esperanza de
encontrar al fin el paraíso donde hallar los blancos pechos de una
hembra, la calidez de sus brazos y el aroma de su cabello.
Me había hecho a la idea que moriría
sin conocer los tiernos labios de una mujer, de una de mi especie.
Pero tú apareciste salvaje, distinta, llena de vida, tan joven e
inexperta que me cambiaste. Mi corazón había comenzado a latir
cuando conocí a los brujos, quedando anonadado por la belleza de
ambos y la bondad que llevaban en sus manos manchadas de sangre, pero
tú hiciste que mi mundo derritiera las nieves frías de Nueva York.
Dejé atrás los fríos y grises
edificios, las sucias calles, la miseria en las almas de aquellos que
recorrían las avenidas desesperados, sin sueños ni bondad,
esperando encontrar el amor que yo había hallado. Me dejé llevar
por tus labios carnosos y me olvidé del dolor al fundir tu cuerpo
con el mío. Comencé a amarte nada más tenerte entre mis brazos,
pero quizás era demasiado viejo. Tan viejo que desconocía la
jovialidad, la fuerza, que tú poseías. Me centré en educarte como
si fueras mi hija, a peinarte como si fueras una de mis muñecas y a
contemplarte como si fueras la Bella Durmiente.
Mi error fue no decirte cuanto te amaba
desde el primer momento. Ese fue mi mayor error.
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