Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 21 de noviembre de 2014

Una página más en nuestras vidas. Memorias que se suman.

Bueno, creo que alguien tendrá que correr frente a un hacha por tocar al "angelito bizantino" de Armand. 

Lestat de Lioncourt 


—Era cierto lo que decías—sus enormes ojos azabaches recorrían cada rincón de mi extensa biblioteca. Él era Benjamín Mahmoud, una de las ultimas criaturas que había tenido la dicha de ser creada por el poderoso y milenario Marius.

En apariencia era un muchacho de unos doce años, aunque aparentaba unos dieciséis por la vida dura que había llevado. Ese pequeño receptáculo de hermosa y cándida belleza, de mejillas llenas y boca carnosa, escondía a un hombre de aproximadamente treinta y tres años. Era un hombre adulto que jamás crecería, ni desarrollaría su cuerpo más allá del metro sesenta y pocos centímetros que llegaba a alcanzar. Era unos centímetros más bajo que Armand, poseía un cuerpo delgado y unas manos muy hábiles. Se había dedicado a robar carteras y subsistir en un mundo terrible, pero el vampiro no lo permitió. Cuando conoció a Benjamín, el pequeño Benji para él, sintió que su corazón quedó secuestrado por su inteligencia y dulzura. Armand comenzó a amarlo sin evitarlo y Marius lo transformó declarando que lo hizo porque creyó era lo que debía hacer en ese momento.

Pronto, Benji, demostró que era un chico hábil e inteligente. Siempre se interesó por la literatura. Después de la gran aventura en la cual Amel susurraba insistentemente en la mente de los poderosos y antiguos milenarios, una aventura que ha quedado reflejada en el libro «Prince Lestat», prometí que conocería mi biblioteca personal.

—Te dije que te recompensaría tu gran ayuda—dije guiándolo por las numerosas hileras de los numerosos, y en ocasiones pesados ejemplares, que poseía.

—Tienes cientos de libros—susurró asombrado.

—Muchos los he escrito yo—expliqué señalando una de las altas estanterías. Tenía un pequeño título en la parte superior donde se podía leer «TALAMASCA» en una placa metálica y dorada con letras en negro—. He decidido recopilar las historias que he ido viviendo, amontonándolas en esos gruesos volúmenes que posiblemente nadie lea.

—Yo lo haré—dijo decidido—. Necesito leer todo lo que tienes aquí.

—Tu ímpetu me recuerda al hombre que fui cuando era sólo un joven mortal.

Era una necesidad insaciable de saber. El conocimiento era algo importante entre los nuestros. Cuanto más sabíamos más peligrosos éramos, pero a la vez más vacíos podíamos sentirnos. Algunos buscaban una respuesta que no se hallaba en ningún libro, la cual terminaba siendo encontrada en su propia destrucción. Cuando ocurrió la aventura del velo de la Verónica muchos se lanzaron a las calles en pleno día, entre ellos Armand, porque creían haber hallado la verdad definitiva.

—¡Oh! ¡Algunos son muy antiguos!—exclamó correteando hacia el fondo de la sala.

Allí, amontonados con cuidado, se hallaban los ejemplares más antiguos. Algunos de ellos tenían tal antigüedad que era casi una osadía tocarlos demasiado. Poseía algunos metidos en una urna, intentando protegerlo, para que no les pasase nada.

—Varios tienen más de tres siglos—expliqué—. Son libros que pertenecieron a mis antepasados. Muchos cuentan la historia familiar, otros sólo son ejemplares de la literatura inglesa que tanto amo.

—Normal, los británicos siempre amaréis vuestra cultura por encima de cualquier otra—no lo dijo con mala intención, pues realmente era así. Nosotros nos sentíamos orgullosos de nuestra cultura.

—Me hace feliz que estés aquí—dije colocando mis manos sobre sus menudos hombros.

—Sinceramente, yo también lo estoy—giró su rostro, me miró pausadamente y esbozó una sincera sonrisa que me cautivó. Seguía siendo un ladronzuelo, pero en esta ocasión de sentimientos. Me había arrebatado el corazón con tan sólo una ligera y cándida sonrisa.

Me sentí preso en esos momentos de la tentación. Quise inclinarme y besar su boca arrebatando un candente beso, hundiendo mi lengua entre sus labios, para hacerlo sentir preso de mis brazos. Pero no lo hice, ya que rápidamente deseché la idea por completo.

—No tanto como yo—dije apartando mis manos de él—. La soledad es dura cuando la admites finalmente, abrazándola con fuerza y dejando que el dolor se clave en tu pecho.

—Soledad...—murmuró girándose del todo hacia mí.

—Así es—mi voz tenía un tono suave, casi como si estuviésemos en una biblioteca común donde el silencio es importante.

—Yo en ocasiones la he sentido—dijo llevando su mano derecha a su corazón, como si aún le doliera cargar con esa terrible maldición.

—Es terrible, pero dudo que un ser con tu rostro de ángel pueda sufrir tal desdicha—dije tomándolo del rostro con ambas manos—.Todos te aman Benji.

—David la soledad puede venir incluso rodeado de miles de personas, lo sabes—su mirada dejó de tener cierto brillo, desprendiéndose por completo de la inocencia y desnudando, al fin, el alma adulta que contenía.

—Benji...—balbuceé inclinándome hacia él.

Mi boca se apoderó de la suya y sus pequeñas manos, tan suaves y agradables, se aferraron a la solapa de mi chaqueta. Sus dedos aprisionaban la cara tela que yo vestía con cierta elegancia clásica. Mis dedos, tan rápidos y desesperados, levantaron su suéter beige palpando su vientre plano y el borde de su pantalón. Sólo tenía unos jeans que marcaban sus redondas nalgas, las cuales quería hacer mías en ese mismo instante.

Me sentí como el maestro que antepone el deseo a su oficio. Un hombre adulto frente a lo que parecía un adolescente dispuesto a todo. Absolutamente todo. Era la tentación viva. Me recordó poderosamente a Merrick cuando nos conocimos. Era una niña avispada, con una destacada inteligencia y una madurez terrible.

—David... —dijo al sentirse libre de mi boca—. David... —jadeó de inmediato al notar mis labios en el lado derecho de su cuello.

Su diestra abrió su cremallera y condujo a la mía al interior de su pantalón. Su pequeño miembro empezaba a estar duro y palpitante. Aquellos pequeños labios se abrían como flores nocturnas. La suavidad de su piel dorada me desesperaba y arrancaba mi aliento. Presionaba su glande mientras le acariciaba lentamente, por otro lado él se bajaba del todo los pantalones y me rodeaba con sus pequeños brazos echándolos al cuello.

Buscó mi boca y me besó de una forma tan posesiva que olvidé por completo donde estábamos. Sólo existía ese beso. Cuando se apartó se arrodilló frente a mí, me sacó el cinturón y con un par de jalones bajó mi pantalón de vestir hasta los tobillos. Mi ropa interior acompañó a mis pantalones en un pestañeo.

—Déjame complacerte—dijo besando mi vientre, por debajo de mi ombligo, mientras sus manos acariciaban mis muslos y buscaban excitarme.

—Sí... sí... —jadeé agarrándolo de la nuca con mi mano izquierda y con la derecha, que hasta ese momento lo acariciaba a él, acabé guiando mi miembro hasta sus cálidos, carnosos y húmedos labios.

Al atravesar la suave barrera de sus labios, sin sentir siquiera un ligero roce de sus labios, me liberé. Acabé tomándolo de ambos lados de su cabeza mientras movía mi pelvis, de forma incontrolable, sintiendo como mis testículos golpeaban duramente su mentón. Su lengua acariciaba humedeciendo cada pedazo de mi miembro, pero también apretaba. Aquello era un momento demencial, demasiado increíble para no creer que era una mera fantasía.

—Benji... —dije sacando mi pene de su pequeña boca, para luego rozar mi glande por sus labios. Tenía una mirada llena de lujuria que me calentó aún más. Podía percibir como ambos nos perlábamos de sudor. Yo empezaba a sentirme preso de la camisa, chaleco, corbata y chaqueta que aún llevaba. Posiblemente a él le pasaba lo mismo con el suéter—. Benji...—jadeé masturbándome cerca de su cara. Él sacó su lengua y abrió su boca esperando que me metiera de nuevo, teniendo así un sexo oral que hacía tiempo no me ofrecían, pero no lo hice. Tan sólo coloqué mis testículos en su boca y él los aceptó con sumo gusto.

Finalmente lo aparté pegándolo contra un escritorio cercano. Di gracias a que estaba despejado. Sólo lo usaba de vez en cuando para dejar algunos volúmenes antes de prepararlos para llevarlos a otra biblioteca, mucho más pequeña, en New York. Allí, pegado contra el mueble, le arranqué literalmente la ropa. Mis poderosas y filosas uñas de vampiro rasgaron la ropa dejándolo desnudo.

Sin miramientos lo penetré, quedándome dentro de él sin moverme ni un milímetro. Después, me quité la ropa que me sobraba y la arrojé al suelo con rapidez. Él chilló al ser penetrado, pero luego se movía inquieto al notarme ya en su interior. No pude controlar mis manos y azoté sus nalgas que empezaron a quedar rojas, pero que pronto perdían su rubor. Agarré al muchacho por la cadera y presioné con mis dedos sobre sus huesos, para luego moverme con un ritmo candente. Era rápido y profundo, intentando que sintiera cada milímetro de mi miembro.

Sus gemidos eran altos, gritaba mi nombre y gruñía bajo palabras en su idioma natal. Por el contrario yo respiraba fuerte, aunque era un mero recuerdo humano, mientras gemía disfrutando de aquel oasis estrecho y cálido que era su interior.

—Benji, Benji... —decía inclinándome sobre él, para besar la cruz de su perlada espalda.

Cientos de gotitas carmesí brotaban de cada uno de nuestros poros. Sus delgados brazos estaban apoyados sobre la mesa y sus uñas rasguñaban la madera. Era como ver a un gato afilando sus garras. Por el contrario yo me encontraba de pie, arremetiendo contra él y echando de vez en cuando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, disfrutando del momento.

Él acabó manchando la mesa tras un largo gemido. Su interior me apretó deseando que yo me corriera. Pocas estocadas después, rápidas y desesperadas, me hicieron correrme en su interior. Lo bañé con mi cálido esperma y salí de él tambaleante. Acabé sentado en la silla del escritorio mirándolo y acariciándolo. Tras unos largos minutos en silencio él se movió, caminó tembloroso hacia mí y se subió a mis piernas para abrazarme ocultándose en mi pecho.


Tomé conciencia de todo. Era cierto. Había ocurrido. Esperaba y deseaba que Armand jamás lo supiera.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt