Bueno, creo que alguien tendrá que correr frente a un hacha por tocar al "angelito bizantino" de Armand.
Lestat de Lioncourt
—Era cierto lo que decías—sus
enormes ojos azabaches recorrían cada rincón de mi extensa
biblioteca. Él era Benjamín Mahmoud, una de las ultimas criaturas
que había tenido la dicha de ser creada por el poderoso y milenario
Marius.
En apariencia era un muchacho de unos
doce años, aunque aparentaba unos dieciséis por la vida dura que
había llevado. Ese pequeño receptáculo de hermosa y cándida
belleza, de mejillas llenas y boca carnosa, escondía a un hombre de
aproximadamente treinta y tres años. Era un hombre adulto que jamás
crecería, ni desarrollaría su cuerpo más allá del metro sesenta y
pocos centímetros que llegaba a alcanzar. Era unos centímetros más
bajo que Armand, poseía un cuerpo delgado y unas manos muy hábiles.
Se había dedicado a robar carteras y subsistir en un mundo terrible,
pero el vampiro no lo permitió. Cuando conoció a Benjamín, el
pequeño Benji para él, sintió que su corazón quedó secuestrado
por su inteligencia y dulzura. Armand comenzó a amarlo sin evitarlo
y Marius lo transformó declarando que lo hizo porque creyó era lo
que debía hacer en ese momento.
Pronto, Benji, demostró que era un
chico hábil e inteligente. Siempre se interesó por la literatura.
Después de la gran aventura en la cual Amel susurraba
insistentemente en la mente de los poderosos y antiguos milenarios,
una aventura que ha quedado reflejada en el libro «Prince Lestat»,
prometí que conocería mi biblioteca personal.
—Te dije que te recompensaría tu
gran ayuda—dije guiándolo por las numerosas hileras de los
numerosos, y en ocasiones pesados ejemplares, que poseía.
—Tienes cientos de libros—susurró
asombrado.
—Muchos los he escrito yo—expliqué
señalando una de las altas estanterías. Tenía un pequeño título
en la parte superior donde se podía leer «TALAMASCA» en una placa
metálica y dorada con letras en negro—. He decidido recopilar las
historias que he ido viviendo, amontonándolas en esos gruesos
volúmenes que posiblemente nadie lea.
—Yo lo haré—dijo decidido—.
Necesito leer todo lo que tienes aquí.
—Tu ímpetu me recuerda al hombre que
fui cuando era sólo un joven mortal.
Era una necesidad insaciable de saber.
El conocimiento era algo importante entre los nuestros. Cuanto más
sabíamos más peligrosos éramos, pero a la vez más vacíos
podíamos sentirnos. Algunos buscaban una respuesta que no se hallaba
en ningún libro, la cual terminaba siendo encontrada en su propia
destrucción. Cuando ocurrió la aventura del velo de la Verónica
muchos se lanzaron a las calles en pleno día, entre ellos Armand,
porque creían haber hallado la verdad definitiva.
—¡Oh! ¡Algunos son muy
antiguos!—exclamó correteando hacia el fondo de la sala.
Allí, amontonados con cuidado, se
hallaban los ejemplares más antiguos. Algunos de ellos tenían tal
antigüedad que era casi una osadía tocarlos demasiado. Poseía
algunos metidos en una urna, intentando protegerlo, para que no les
pasase nada.
—Varios tienen más de tres
siglos—expliqué—. Son libros que pertenecieron a mis
antepasados. Muchos cuentan la historia familiar, otros sólo son
ejemplares de la literatura inglesa que tanto amo.
—Normal, los británicos siempre
amaréis vuestra cultura por encima de cualquier otra—no lo dijo
con mala intención, pues realmente era así. Nosotros nos sentíamos
orgullosos de nuestra cultura.
—Me hace feliz que estés aquí—dije
colocando mis manos sobre sus menudos hombros.
—Sinceramente, yo también lo
estoy—giró su rostro, me miró pausadamente y esbozó una sincera
sonrisa que me cautivó. Seguía siendo un ladronzuelo, pero en esta
ocasión de sentimientos. Me había arrebatado el corazón con tan
sólo una ligera y cándida sonrisa.
Me sentí preso en esos momentos de la
tentación. Quise inclinarme y besar su boca arrebatando un candente
beso, hundiendo mi lengua entre sus labios, para hacerlo sentir preso
de mis brazos. Pero no lo hice, ya que rápidamente deseché la idea
por completo.
—No tanto como yo—dije apartando
mis manos de él—. La soledad es dura cuando la admites finalmente,
abrazándola con fuerza y dejando que el dolor se clave en tu pecho.
—Soledad...—murmuró girándose del
todo hacia mí.
—Así es—mi voz tenía un tono
suave, casi como si estuviésemos en una biblioteca común donde el
silencio es importante.
—Yo en ocasiones la he sentido—dijo
llevando su mano derecha a su corazón, como si aún le doliera
cargar con esa terrible maldición.
—Es terrible, pero dudo que un ser
con tu rostro de ángel pueda sufrir tal desdicha—dije tomándolo
del rostro con ambas manos—.Todos te aman Benji.
—David la soledad puede venir incluso
rodeado de miles de personas, lo sabes—su mirada dejó de tener
cierto brillo, desprendiéndose por completo de la inocencia y
desnudando, al fin, el alma adulta que contenía.
—Benji...—balbuceé inclinándome
hacia él.
Mi boca se apoderó de la suya y sus
pequeñas manos, tan suaves y agradables, se aferraron a la solapa de
mi chaqueta. Sus dedos aprisionaban la cara tela que yo vestía con
cierta elegancia clásica. Mis dedos, tan rápidos y desesperados,
levantaron su suéter beige palpando su vientre plano y el borde de
su pantalón. Sólo tenía unos jeans que marcaban sus redondas
nalgas, las cuales quería hacer mías en ese mismo instante.
Me sentí como el maestro que antepone
el deseo a su oficio. Un hombre adulto frente a lo que parecía un
adolescente dispuesto a todo. Absolutamente todo. Era la tentación
viva. Me recordó poderosamente a Merrick cuando nos conocimos. Era
una niña avispada, con una destacada inteligencia y una madurez
terrible.
—David... —dijo al sentirse libre
de mi boca—. David... —jadeó de inmediato al notar mis labios en
el lado derecho de su cuello.
Su diestra abrió su cremallera y
condujo a la mía al interior de su pantalón. Su pequeño miembro
empezaba a estar duro y palpitante. Aquellos pequeños labios se
abrían como flores nocturnas. La suavidad de su piel dorada me
desesperaba y arrancaba mi aliento. Presionaba su glande mientras le
acariciaba lentamente, por otro lado él se bajaba del todo los
pantalones y me rodeaba con sus pequeños brazos echándolos al
cuello.
Buscó mi boca y me besó de una forma
tan posesiva que olvidé por completo donde estábamos. Sólo existía
ese beso. Cuando se apartó se arrodilló frente a mí, me sacó el
cinturón y con un par de jalones bajó mi pantalón de vestir hasta
los tobillos. Mi ropa interior acompañó a mis pantalones en un
pestañeo.
—Déjame complacerte—dijo besando
mi vientre, por debajo de mi ombligo, mientras sus manos acariciaban
mis muslos y buscaban excitarme.
—Sí... sí... —jadeé agarrándolo
de la nuca con mi mano izquierda y con la derecha, que hasta ese
momento lo acariciaba a él, acabé guiando mi miembro hasta sus
cálidos, carnosos y húmedos labios.
Al atravesar la suave barrera de sus
labios, sin sentir siquiera un ligero roce de sus labios, me liberé.
Acabé tomándolo de ambos lados de su cabeza mientras movía mi
pelvis, de forma incontrolable, sintiendo como mis testículos
golpeaban duramente su mentón. Su lengua acariciaba humedeciendo
cada pedazo de mi miembro, pero también apretaba. Aquello era un
momento demencial, demasiado increíble para no creer que era una
mera fantasía.
—Benji... —dije sacando mi pene de
su pequeña boca, para luego rozar mi glande por sus labios. Tenía
una mirada llena de lujuria que me calentó aún más. Podía
percibir como ambos nos perlábamos de sudor. Yo empezaba a sentirme
preso de la camisa, chaleco, corbata y chaqueta que aún llevaba.
Posiblemente a él le pasaba lo mismo con el suéter—.
Benji...—jadeé masturbándome cerca de su cara. Él sacó su
lengua y abrió su boca esperando que me metiera de nuevo, teniendo
así un sexo oral que hacía tiempo no me ofrecían, pero no lo hice.
Tan sólo coloqué mis testículos en su boca y él los aceptó con
sumo gusto.
Finalmente lo aparté pegándolo contra
un escritorio cercano. Di gracias a que estaba despejado. Sólo lo
usaba de vez en cuando para dejar algunos volúmenes antes de
prepararlos para llevarlos a otra biblioteca, mucho más pequeña, en
New York. Allí, pegado contra el mueble, le arranqué literalmente
la ropa. Mis poderosas y filosas uñas de vampiro rasgaron la ropa
dejándolo desnudo.
Sin miramientos lo penetré, quedándome
dentro de él sin moverme ni un milímetro. Después, me quité la
ropa que me sobraba y la arrojé al suelo con rapidez. Él chilló al
ser penetrado, pero luego se movía inquieto al notarme ya en su
interior. No pude controlar mis manos y azoté sus nalgas que
empezaron a quedar rojas, pero que pronto perdían su rubor. Agarré
al muchacho por la cadera y presioné con mis dedos sobre sus huesos,
para luego moverme con un ritmo candente. Era rápido y profundo,
intentando que sintiera cada milímetro de mi miembro.
Sus gemidos eran altos, gritaba mi
nombre y gruñía bajo palabras en su idioma natal. Por el contrario
yo respiraba fuerte, aunque era un mero recuerdo humano, mientras
gemía disfrutando de aquel oasis estrecho y cálido que era su
interior.
—Benji, Benji... —decía
inclinándome sobre él, para besar la cruz de su perlada espalda.
Cientos de gotitas carmesí brotaban de
cada uno de nuestros poros. Sus delgados brazos estaban apoyados
sobre la mesa y sus uñas rasguñaban la madera. Era como ver a un
gato afilando sus garras. Por el contrario yo me encontraba de pie,
arremetiendo contra él y echando de vez en cuando la cabeza hacia
atrás, con los ojos cerrados, disfrutando del momento.
Él acabó manchando la mesa tras un
largo gemido. Su interior me apretó deseando que yo me corriera.
Pocas estocadas después, rápidas y desesperadas, me hicieron
correrme en su interior. Lo bañé con mi cálido esperma y salí de
él tambaleante. Acabé sentado en la silla del escritorio mirándolo
y acariciándolo. Tras unos largos minutos en silencio él se movió,
caminó tembloroso hacia mí y se subió a mis piernas para abrazarme
ocultándose en mi pecho.
Tomé conciencia de todo. Era cierto.
Había ocurrido. Esperaba y deseaba que Armand jamás lo supiera.
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