Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 5 de febrero de 2016

Mad Hatter

—En ocasiones estallo demasiado rápido. Es un estallido que destruye todo a su paso, incluso lo que una vez había sostenido con cuidado. Son explosiones de rabia, pero también de incesante felicidad. No me había percatado hasta ahora que cuanto más feliz soy, o más nervioso me encuentro, más deseo conversar con otros y contar todo lo que no he podido hablar en años. Quizás parezca egocéntrico, pero no es ese el caso. Sólo quiero que otros me conozcan, que intenten unirse a mi explosión de júbilo y se unan a la fiesta. Puede incluso parecer repetitivo, cansado o simplemente poco agradable. Pero no impido que otros discutan, que me digan lo que sienten, piensan, desean, sueñan para un futuro o necesitan irremediablemente. No me había percatado de eso hasta que tú me callaste. Fue un bofetón aún más sonoro que mis estúpidas palabras, dichas una tras otras, sin pensar aunque sí sentidas. Cosas que surgen desde el volcán interior de mi alma y que explotan como si fuese el Vesubio. Y tú te enfrentaste a la destrucción de Pompeya saliendo airoso—sentado al borde de la cama, observando su cuerpo frágil y desnudo sobre las sábanas, con el cabello revuelto y el cansancio acumulado en cada fibra de su cuerpo. Allí de pie, como un coloso en mitad de una tragedia, contemplaba su mirada somnolienta y sus insaciables deseos de no decir nada.

Quiso decir algo más, pero no se atrevió. Simplemente quedó allí sin saber bien donde poner las manos, si cruzar sus brazos o si darse media vuelta y salir corriendo. Pero correr es de cobardes, o al menos siempre lo había escuchado. Tenía que quedarse allí, estoico como una perfecta escultura, esperando no ser derribado por un golpe bajo de unas palabras demasiado sinceras.

Había estado durante más de dos años aislado, consumido en una relación que le resultaba insufrible e insatisfactoria. La vida era insípida al lado de su anterior pareja. Se convirtió en una monotonía demasiado forzada. Los “te amo” ya no se pronunciaban igual, no había sonrisas al hablar y tampoco se sentía extrañamente eufórico. De hecho, él nunca lo estuvo. Sin embargo, allí estaba deseando que él se diese cuenta de su existencia como si fuese un niño pequeño intentando llamar la atención de un adulto.

Muchas veces había jugado al amor y había perdido. Apostaba por personas que no encajaban en su vida, no comprendían sus problemas o simplemente no escuchaban. Estaba harto de ser quien tenía que asumir el riesgo de sentarse, con un café entre sus enormes manos, y dejar que una serie de temas, mil veces usados, cayeran sobre él como basura sin reciclar. A veces terminaba llorando, por la frustración de ese momento, y otras sólo se tumbaba en la cama a meditar todos los “problemas” que eran “culpa suya”.

Pero con él era distinto. Se sentía libre, quizás demasiado libre. Y estaba cometiendo un terrible error tras otro. Ya no sabía qué hacer para hacer que se incorporara de la cama y se lanzara a sus brazos. Sabía que no podía arrancar sonrisas, pues serían forzadas. También conocía bien esos ojos, unos ojos que le recordaban a los suyos hacía años. Se vio reflejado en la desesperación. No era él el motivo, ni los segundos que habían ocurrido desde su última palabra hasta ese preciso instante, sino otra cosa que le carcomía. Conocía bien ese dolor, esa miseria, pero pocas veces la mostraba. Nunca decía que tenía problemas serios, viejas heridas que no cicatrizaban del todo, pero se mantenía ajeno al dolor porque a veces hay que sufrir, aunque sea un poco, para poder seguir hacia delante con esperanza.

Se quitó la camiseta, tirándola a un lado de la habitación, e hizo lo mismo con los pantalones y zapatillas deportivas. Descalzo, en ropa interior, y sin pudor alguno se recostó a su lado. Sus brazos rodearon la frágil cintura de su amante, sus labios rozaron la nuca de éste y respiró su aroma. Necesitaba abrazarlo y sabía que él también lo necesitaba.

Era un estúpido sin remedio, quizás demasiado testarudo, con unos ideales que ya no se tenían y no eran tal vez tan necesarios. Pero él era todo. No sabía hasta que punto podría ser amado, pero se sentía recompensado con unas tímidas sonrisas, unas palabras de ánimo y unas canciones que le hacían vibrar hasta estallar de nuevo en una explosión similar a la de unos fuegos artificiales. Deseaba conocerlo más íntimamente, aunque se hiciera un hueco en la cama y buscara dejar que el tiempo pasara. Lo necesitaba porque era su mayor apuesta y sabía que él también lo había hecho. Si ambos habían dado el paso hacia delante era por algo, si los dos se habían tomado de la mano significaba algo más que un juego de cartas, porque tenían algo. Era algo que deseaba que fuese como esa explosión que él sentía a fuego vivo en la piel de su alma.

—Aunque a veces hable todo por ti, porque tú no tengas ánimos, yo estaré aquí hasta que tú decidas echarme de tu lado—susurró besando con ternura la cruz de su espalda, dejando que su cuerpo se mezclara con el suyo—Lo mejor será que bailemos—añadió.

—¿Y que nos juzguen por locos?—dijo en un murmullo.

—¿Usted conoce cuerdos felices?—deslizó su mano derecha por su vientre, dejándola bajo su cuerpo y el colchón. Lo rodeaba como rodea una enredadera a un árbol o una verja.

—...—suspiró.


—Bailemos, conejo—susurró mordiendo su oreja, justo bajo un pequeño pendiente del as de picas. 

1 comentario:

Elany Mandujano dijo...

Diferente.

Romantico, me gusta, resulta más pausado que los anteriores, felicidades, otro excelente trabajo.

L.W.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt