Hubo un tiempo en el cual ella lo era
todo para mí. Me convertí en un hombre distinto al que siempre
había sido. Buscaba la felicidad de mi familia y en especial su
sonrisa cómplice. Su pequeña mano junto a la mía, cubriéndola por
completo, mientras caminábamos por las calles frías, solitarias y
oscuras de New Orleans era sin duda el mejor momento de mis noches
pues olvidaba la tristeza, el pasado y cualquier momento cruento que
ocurrió en mi vida. Ella se transformó en la luz cálida que
brillaba con vida propia.
Me he llegado a preguntar que ocurrió
aquella noche. Un momento de locura, un chispazo que recorrió todo
mi cuerpo, un sentimiento extraño y sobre todo un deseo
incomensurable de no seguir las reglas que me habían ofrecido. Ella,
una niña de a penas cinco años, con sus rizos dorados y sus ojos
perdidos en la muerte. Una muñeca perfecta a la cual cuidar, vestir,
halagar y convencer que la senda que yo recorría en el Jardín
Salvaje era la correcta. Una hija, al fin una hija. Quise hacerlo por
ella, por mí y por Louis. Tal vez ella evitaría que mi alma se
condenara.
La condené. Provoqué que su alma
quedara torturada por completo y encerrada en una hermosa imagen
infantil. Amaba besar sus manos, sus sonrosadas mejillas y rogar en
silencio una disculpa que jamás aceptó. Su odio se volvió algo
común. La amargura brotó de sus labios y me dio el último beso
antes de intentar matarme. Pero no fui yo quien murió aquella noche,
sino todos mis sueños y esperanzas puestos en ella.
Lestat de Lioncourt
No hay comentarios:
Publicar un comentario