Armand y Benji tuvieron una pequeña aventura, aunque más bien es una pequeña charla. Aquí la tienen en forma de memoria.
Lestat de Lioncourt
Pequeño Ladronzuelo
Había estado parte de la noche fuera y
me hallaba algo cansado. Arrastraba ligeramente mis pies por el
mármol resplandeciente del hall de mi apartamento en New York. Había
decidido instalarme allí, junto a Benji y Sybelle, algunos días
para poder encontrar el rumbo a mis indagaciones. Noches atrás el
aroma de Marius me había vuelto a conquistar, pero pronto había
decidido desintoxicarme de sus caricias llenas de fatal veneno.
Seguía siendo el ángel de alas oscuras que se alzaban en la noche
con una mirada indolente, frívola y curiosa. Nadie podría negarme
jamás que yo era el único que podía ser dueño de los deseos de
ciertos artistas, sobre todo si era ciertas obras de arte
pertenecientes a Marius. A pesar de ello me sentía agotado física y
mentalmente. Las horas con él me habían destrozado hasta
consumirme.
Mis cabellos rojizos caían
estrepitosamente sobre mi frente y rozaba mi mentón. Tenía atados
algunos mechones con un trozo de tela que había encontrado en el
bolsillo de mi chaqueta, pero a penas lograba mantenerlos en su
lugar. Mi camiseta estaba sucia, manchada por la sangre de una
víctima a la cual segué la vida con mis propias manos, y mis dedos
estaban cubiertos del hedor de la muerte. Los pantalones los tenía
empapados por caminar entre la nieve que había caído hacía unas
horas, pero no me importaba. Sólo deseaba un baño caliente y
olvidarme del trato amargo que había recibido.
Sin embargo, escuché el murmullo de la
televisión encendida. Giré mi rostro hacia la puerta del salón y
entré comprobando que Benji estaba allí. La televisión sólo
mostraba un videojuego donde se podía leer “Game Over” en letras
parpadeantes mientras una melodía algo infantil y arcade sonaba. Era
uno de esos juegos que conmemoraban a los antiguos con mejores
gráficos e historias trepidantes.
No recodaba y tampoco reconocía la
máquina que se hallaba conectada a la luz, ni mucho menos la
cantidad ingente de juegos que se hallaban a su alrededor y ni mucho
el libro de hermosa encuadernación que se encontraba en un lado del
sofá. Él estaba tumbado sobre varios cojines, sus cabellos negros
caían sobre su frente dándole un aspecto travieso y su pequeño
cuerpo vestía las mismas prendas que la noche anterior. Había
obsequiado al pequeño con nuevas camisetas, pantalones, jersey y
zapatos deportivos que él mismo había elegido. Sin embargo, los
juegos no los habíamos comprado nosotros y temí lo peor.
-Benji-dije moviéndolo suavemente-
Benji.
Sabía que si Sybelle se percataba que
había robado todo aquello se disgustaría, pues él parecía haberse
reformado. Pero ahí estaba con un botín de objetos robados, o al
menos eso parecía. Cuando logré despertarlo me miró con sus
enormes ojos soñadores algo agotados.
Era un vampiro joven que a penas
alcanzaba algo más de la década de vida y era relativamente normal
que estuviese somnoliento. La noche estaba acabando y el amanecer
llegaría en menos de una hora. Para los vampiros los años nos
restan sed y horas de sueño. Benji, a pesar de poseer la sangre
milenaria de Marius, no era una excepción. Su cuerpo mostraba cierto
entumecimiento y sus pequeños dedos a penas mantenían el mando de
la consola.
-Benji-repetí- Cariño mío, amor
mío... pequeño mío... ¿qué es todo esto?-pregunté
arrodillándome frente a él.
-Juegos de consola-respondió con una
sencilla sonrisa infantil, aunque escondía cierto descaro.
-No pregunto por lo obvio-fruncí el
ceño y luego relajé el rostro esperando que me diera las
explicaciones oportunas.
-Se más concreto, Armand- murmuró
estirazándose como si fuera un pequeño felino amodorrado en su
cesta. Tenía un aspecto tierno y delicado, pero la verdad era
distinta.
Con algo de dificultad se incorporó
quedando sentado frente a mí con el mando sobre sus muslos. Tenía
los cordones desatados, la ropa mal colocada y el pelo completamente
revuelto. Era un niño que no quería crecer y que ya no podría
hacerlo. Pequeño y hermoso para siempre. Benji tenía grandes
sentimientos contenidos en su alma, pero también una picardía que a
veces jugaba con mi paciencia.
-¿De dónde los has sacado?-necesitaba
averiguarlo por Sybelle. Ella siempre se preocupaba por las pequeñas
travesuras de nuestro compañero.
-De la tienda- dijo encogiéndose de
hombros para luego echarse a reír.
Aquello tenía mala pinta y lo sabía.
Él lo había hecho de nuevo. No era la primera vez que robaba en una
tienda, vivienda o museo. Una vez me trajo un huevo Fabergé de color
negro con hermosos grabados dorados, los cuales terminaban con una
corona con diamantes, rubíes y esmeraldas. Huevo que había robado
de un museo.
-¿Con qué dinero?-indagué cruzándome
de brazos a la altura del pecho.
-Con el que he ganado- respondió con
frescura.
-¿Y cómo lo has ganado?-alcé mi ceja
derecha otorgándole vida a mi rostro. Pues cuando quedaba en
silencio sin mover un músculo parecía un muñeco cincelado en
mármol o delicada porcelana.
-He vendido la cubertería de plata y
los candelabros que tenía Lestat en su mansión de New Orlenas ¿hice
mal?-aquello era lo que me temía.
-Benji, sabes que hiciste mal- dije de
inmediato.
-Es Lestat- apostilló.
-Tienes razón mi vida- susurré
derrotado con una ligera sonrisa burlona. Abracé su cuerpo contra el
mío y acaricié sus cabellos suavemente. Aquellos cabellos que eran
hebras nocturnas- Aunque reza porque no se de cuenta- dije en su oído
antes de observar como volvía a quedarse dormido entre mis brazos.
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