Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 28 de junio de 2014

Pasión sin control

Estas memorias me pertenecen, pero también a Nicolas. Os las ofrecemos de todo corazón. 


Lestat de Lioncourt 

PASIÓN SIN CONTROL



—Arráncame la vida, sácame el corazón y déjalo sobre la mesa si eso pretendes—dijo recostado sobre la mesa, con los brazos extendidos hacia la botella, mientras la vela se consumía y el vaso de vino rodaba hasta el suelo estallando en mil pedazos.

Sus cabellos negros rozaban la tabla de la mesa, tan rugosa como mal acabada. Su cuerpo temblequeaba y sus hombros permanecían encogidos. Parecía una masa de carne trémula con fuerte olor a vino. Fuera la nieve caía, pero dentro el fuego de la chimenea calentaba su figura y le hacía sudar. Tenía los ojos vidriosos, como los de cualquier borracho, pero también inmensas lágrimas recorriendo sus mejillas.

—Nicolas, no sabes lo que dices—respondió acercándose a él—. Huiremos lejos a París.

—¿Tú huir? No podrías dejar tu madre enferma—comentó incorporándose—. No tienes agallas. ¡Te faltan huevos!—gritó—. Te gusta estar bajo sus faldas y que te conceda sus pocas atenciones—rió bajo levantándose de la mesa y caminó un par de pasos hasta él, que se mantenía firme y con un aspecto cuidado. Había llegado tarde porque tenía trabajo el establo, un trabajo de suculentos pechos y calientes muslos—. Por Dios, Lestat, eres patético—murmuró mirándolo a los ojos—. Y hueles a furcia y heno.

—He estado trabajando en el establo todo el día, no puedo oler a furcia—comentó intentando no verse nervioso y cohibido—. Además, ¿qué ocurriría si así fuera? No somos nada, Nicolas. Sólo somos buenos amigos.

—Ahora los amigos... —dijo apoyando sus manos sobre sus hombros—. Ahora los amigos se acuestan juntos y follan como desgraciados—lo tomó del rostro y lo miró a los ojos como lo haría un demonio—. ¡Lo hacen! ¡Sí! ¡Brindemos por ello!—exclamó alzando los brazos para girarse, precipitarse hasta la mesa y tomar la botella—. ¡Sólo somos amigos! ¡Por la amistad!—dio un largo trago a la botella manchando sus labios. De la comisura cayó un hilo de vino, que acarició su cuello moreno y manchó su camisa blanca de chorreras.

Deseaba huir. No sabía hacia que lugar, pero necesitaba alejarse de él. Sin embargo, una fuerza extraña lo mantenía allí de pie aguantando estoicamente. Sus pies parecían de plomo y la nieve derretida sobre sus cabellos dorados, los cuales estaban ya empapados, sólo refrescaban un poco el calor que comenzaba a sentir. Había rabia en su interior. Estaba rabioso con él y con todo.

—¿Por qué me maltratas así?—preguntó.

—Esa pregunta debería hacértela yo a ti—murmuró amargamente apoyándose en la mesa—. ¿Cuántas veces me has susurrado que me amas mientras me abrías las piernas?—sus ojos se clavaron en las piedras azules de Lestat. Éste tan sólo agachó la cabeza sintiéndose culpable—. ¿Cuántas veces me has dicho que mi cuerpo es lo único que te calienta?—comenzó a llorar de nuevo mientras apagaba la vela—. Hazlo de nuevo aunque tus manos huelan a otra. ¡Hazlo! No te detengas y miénteme mientras muerdes mi nuca.

—Pero...

No podía moverse de allí. Sentía pena por Nicolas y odio hacia sí mismo. Comprendió entonces que esos juegos que tanto le atraían no era más que alentar un amor, avivándolo cada noche, y él ni siquiera tenía en cuenta que incluso su corazón latía precipitadamente cuando escuchaba su música, tan diabólicamente encantadora, penetrando su alma igual que flechas ardientes.

—Siéntete un hombre—murmuró.

Se acercó a él pegando su torso a su espalda, algo más menuda que la suya. Con sus manos acarició el torso de Nicolas y los músculos de sus brazos. Él lloraba ocultando su rostro y esos ojos completamente perdidos. Los labios del hijo del noble venido a menos, tan pobre que los tildaban de “caza conejos”, rozaba la nuca del violinista.

—Hazlo rudo, sin misericordia—balbuceó apoyándose con firmeza sobre la mesa—. No quiero misericordia ni siquiera de Dios.

—¿Y quién la tendrá de mí?—preguntó en tono quedo hundiendo su nariz en el lado derecho del cuello de su amante, dejando que su aliento rozase su piel canela y sus labios marcaran aquello como su territorio de caza—. Yo te amo.

—No lo suficiente...—dijo colocando su mano derecha sobre la de su amante, para guiarla hasta el borde de su pantalón y meterla dentro—. Házmelo como a la puta del establo. Hazlo en éste tugurio donde nos encontramos noche tras noche, como si el mundo de ahí fuera no importase. Aquí tú eres mío... —su voz era melosa, pero no dejaba de ser masculina. Aún así tenía un toque perverso y excitante que endureció a Lestat—. Hazlo hasta que mis piernas tiemblen tanto que caiga al suelo.

Los dedos ásperos y finos de Lestat, tan finos como los de un pianista, rodearon el miembro de Nicolas y comenzó a masturbarlo. Éste gemía suavemente moviendo sus caderas, rozando así la entrepierna de su amante. Un latigazo de calor recorrió de pies a cabeza a Lestat y rápidamente bajó los pantalones, calzas y ropa interior a su amante, para él desabotonar su bragueta y sacar su miembro. Escupió en su mano derecha para lubricar su miembro con saliva y entró. Esas nalgas redondas y blancas, igual que las de una mujer, quedaron abiertas y completamente rellenas con el sexo de Lestat. El vello rubio que coronaba su pene rozaba la suave y tersa piel de su amante, el ruido de sus cuerpos al chocar era intenso y la mesa temblequeaba como lo había hecho Nicolas. Ambos intentaban gemir bajo, pero los de Nicolas se volvían más agudos y seductores como los de una mujer.

—Así... hazme sentir tu furcia... así... hazme creer que seré tuyo frente a todos... así... así... es esa melodía... esa... tócame así... dómame... ¡Fóllame!—estalló en alaridos hundiendo su rostro entre sus brazos que le hacían mantener el equilibrio. Sus caderas se movían de forma contraria y desatada, la pelvis de Lestat comenzaba a doler por el ritmo tan desatado y todo él perdía el juicio.

Nicolas era el mismísimo demonio. Lograba encenderlo como ninguna mujer. No había muslos cálidos ni pechos turgentes más excitantes que aquel estrecho y rugoso conducto, esas palabras sucias que se arrastraban por aquella garganta de cuello largo y el olor del vino pegado a su ropa. Era la mejor zorra de toda Auvernia y quizás de toda Francia.

—Puta... —balbuceó con los ojos entornados por el placer—. Eres una ramera—susurró entre rugidos lujuriosos.

—Así... —sus manos suaves se colocaron sobre las de Lestat, que estaban justo sobre su torso rozando sus pezones por encima de la fina tela de la camisa—. Quiero gritar... que soy tuyo.

—Si te escucho con otro... si te escucho con otro... —la mente se le nublaba por el placer, pero había algún hilo de cordura que parecía intentar comunicarse entre la marabunta de palabras inconexas y extrañas—, te mato.

Los dientes de Lestat se clavaron en el lado izquierdo del cuello de su amante, sin atravesar la piel pero sí saboreando ésta. Su lengua rozó la dermis y su aliento calentó aún más a Nicolas. Las últimas estocadas fueron terribles y pronto notó como su vientre hormigueaba, la piel de su pene se tensaba y finalmente eyaculó. Nicolas bajó rápidamente una de sus manos para masturbarse y manchar la mesa que les daba apoyo. No tardó demasiado, tan sólo unas caricias rápidas y buscas.

—Te amo—pudo escucharse de aquel noble mentiroso que le había secuestrado el corazón. Su padre sólo quería la amistad con el hijo de marqués para que su hijo tuviese algo de renombre, quizás para que su amistad lo llevase por el buen camino, y sin embargo estaba allí como furcia barata abriendo sus piernas—. Te amo, te amo... —repitió mientras salía de él y lo giraba para besarlo bruscamente.

Nicolas no había dejado de llorar durante todo el acto, aunque gemía placenteramente. Con ansiedad lo abrazó queriendo creer aquel delicioso cántico. Esas palabras enternecían su oscuro corazón y le daban una luz única.

—Si me amas ven conmigo a París—dijo tomándolo del rostro— y me demostrarás que estás preparado para olvidarte de todas las faldas que has levantado aquí. Serás mío cada día y yo seré tuyo—sus ojos cafés brillaron esperanzados cuando Lestat asintió y hundió su rostro en su torso abriendo la tela, para dejar varios besos cerca de su corazón—. No quiero que otra te toque. Si quieres un agujero donde encontrarte con el paraíso... busca el mío—musitó jadeando bajo al notar como la lengua de su amante rozaba sus pezones—. Oh, sí... hazlo otra vez—sus manos fueron a sus cabellos hundiendo sus dedos en aquella mata rizada y espesa—. Mi dulce marqués—balbuceó con una risa estúpida similar a la de una jovencita—. Me vas a volver loco... ¿o ya lo estoy?—volvió a dejar sus manos cálidas sobre el rostro de su amante, para mirar lo a los ojos y descubrir la perversidad en ellos—. Vamos, la cama nos espera.

Esa noche la cama volvió a encontrarlos. El cuerpo tibio de Nicolas se movía tan erótico que complacía la joven lujuria de Lestat. Ambos eran jóvenes, pero uno cometía el mayor de los delitos. Lestat no lo amaba tanto como decía, sólo sacaba partido a la situación como hubiese hecho otro. Aquel músico realmente estaba condenando su alma y su buen juicio.


Por la mañana, como siempre, Nicolas se despertó solo con la única compañía de su violín y cientos de sueños regados por la almohada. Miró hacia la ventana el día despejado y la nieve acumulada. Quiso creer en aquella huida lejos de todas las amantes que su primer, y único amor, tenía en el pueblo. Lejos de todos sería suyo y él lo conduciría a su particular infierno.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt