Estas memorias me pertenecen, pero también a Nicolas. Os las ofrecemos de todo corazón.
Lestat de Lioncourt
PASIÓN SIN CONTROL
—Arráncame la vida, sácame el
corazón y déjalo sobre la mesa si eso pretendes—dijo recostado
sobre la mesa, con los brazos extendidos hacia la botella, mientras
la vela se consumía y el vaso de vino rodaba hasta el suelo
estallando en mil pedazos.
Sus cabellos negros rozaban la tabla de
la mesa, tan rugosa como mal acabada. Su cuerpo temblequeaba y sus
hombros permanecían encogidos. Parecía una masa de carne trémula
con fuerte olor a vino. Fuera la nieve caía, pero dentro el fuego de
la chimenea calentaba su figura y le hacía sudar. Tenía los ojos
vidriosos, como los de cualquier borracho, pero también inmensas
lágrimas recorriendo sus mejillas.
—Nicolas, no sabes lo que
dices—respondió acercándose a él—. Huiremos lejos a París.
—¿Tú huir? No podrías dejar tu
madre enferma—comentó incorporándose—. No tienes agallas. ¡Te
faltan huevos!—gritó—. Te gusta estar bajo sus faldas y que te
conceda sus pocas atenciones—rió bajo levantándose de la mesa y
caminó un par de pasos hasta él, que se mantenía firme y con un
aspecto cuidado. Había llegado tarde porque tenía trabajo el
establo, un trabajo de suculentos pechos y calientes muslos—. Por
Dios, Lestat, eres patético—murmuró mirándolo a los ojos—. Y
hueles a furcia y heno.
—He estado trabajando en el establo
todo el día, no puedo oler a furcia—comentó intentando no verse
nervioso y cohibido—. Además, ¿qué ocurriría si así fuera? No
somos nada, Nicolas. Sólo somos buenos amigos.
—Ahora los amigos... —dijo apoyando
sus manos sobre sus hombros—. Ahora los amigos se acuestan juntos y
follan como desgraciados—lo tomó del rostro y lo miró a los ojos
como lo haría un demonio—. ¡Lo hacen! ¡Sí! ¡Brindemos por
ello!—exclamó alzando los brazos para girarse, precipitarse hasta
la mesa y tomar la botella—. ¡Sólo somos amigos! ¡Por la
amistad!—dio un largo trago a la botella manchando sus labios. De
la comisura cayó un hilo de vino, que acarició su cuello moreno y
manchó su camisa blanca de chorreras.
Deseaba huir. No sabía hacia que
lugar, pero necesitaba alejarse de él. Sin embargo, una fuerza
extraña lo mantenía allí de pie aguantando estoicamente. Sus pies
parecían de plomo y la nieve derretida sobre sus cabellos dorados,
los cuales estaban ya empapados, sólo refrescaban un poco el calor
que comenzaba a sentir. Había rabia en su interior. Estaba rabioso
con él y con todo.
—¿Por qué me maltratas
así?—preguntó.
—Esa pregunta debería hacértela yo
a ti—murmuró amargamente apoyándose en la mesa—. ¿Cuántas
veces me has susurrado que me amas mientras me abrías las
piernas?—sus ojos se clavaron en las piedras azules de Lestat. Éste
tan sólo agachó la cabeza sintiéndose culpable—. ¿Cuántas
veces me has dicho que mi cuerpo es lo único que te
calienta?—comenzó a llorar de nuevo mientras apagaba la vela—.
Hazlo de nuevo aunque tus manos huelan a otra. ¡Hazlo! No te
detengas y miénteme mientras muerdes mi nuca.
—Pero...
No podía moverse de allí. Sentía
pena por Nicolas y odio hacia sí mismo. Comprendió entonces que
esos juegos que tanto le atraían no era más que alentar un amor,
avivándolo cada noche, y él ni siquiera tenía en cuenta que
incluso su corazón latía precipitadamente cuando escuchaba su
música, tan diabólicamente encantadora, penetrando su alma igual
que flechas ardientes.
—Siéntete un hombre—murmuró.
Se acercó a él pegando su torso a su
espalda, algo más menuda que la suya. Con sus manos acarició el
torso de Nicolas y los músculos de sus brazos. Él lloraba ocultando
su rostro y esos ojos completamente perdidos. Los labios del hijo del
noble venido a menos, tan pobre que los tildaban de “caza conejos”,
rozaba la nuca del violinista.
—Hazlo rudo, sin
misericordia—balbuceó apoyándose con firmeza sobre la mesa—. No
quiero misericordia ni siquiera de Dios.
—¿Y quién la tendrá de
mí?—preguntó en tono quedo hundiendo su nariz en el lado derecho
del cuello de su amante, dejando que su aliento rozase su piel canela
y sus labios marcaran aquello como su territorio de caza—. Yo te
amo.
—No lo suficiente...—dijo colocando
su mano derecha sobre la de su amante, para guiarla hasta el borde de
su pantalón y meterla dentro—. Házmelo como a la puta del
establo. Hazlo en éste tugurio donde nos encontramos noche tras
noche, como si el mundo de ahí fuera no importase. Aquí tú eres
mío... —su voz era melosa, pero no dejaba de ser masculina. Aún
así tenía un toque perverso y excitante que endureció a Lestat—.
Hazlo hasta que mis piernas tiemblen tanto que caiga al suelo.
Los dedos ásperos y finos de Lestat,
tan finos como los de un pianista, rodearon el miembro de Nicolas y
comenzó a masturbarlo. Éste gemía suavemente moviendo sus caderas,
rozando así la entrepierna de su amante. Un latigazo de calor
recorrió de pies a cabeza a Lestat y rápidamente bajó los
pantalones, calzas y ropa interior a su amante, para él desabotonar
su bragueta y sacar su miembro. Escupió en su mano derecha para
lubricar su miembro con saliva y entró. Esas nalgas redondas y
blancas, igual que las de una mujer, quedaron abiertas y
completamente rellenas con el sexo de Lestat. El vello rubio que
coronaba su pene rozaba la suave y tersa piel de su amante, el ruido
de sus cuerpos al chocar era intenso y la mesa temblequeaba como lo
había hecho Nicolas. Ambos intentaban gemir bajo, pero los de
Nicolas se volvían más agudos y seductores como los de una mujer.
—Así... hazme sentir tu furcia...
así... hazme creer que seré tuyo frente a todos... así... así...
es esa melodía... esa... tócame así... dómame...
¡Fóllame!—estalló en alaridos hundiendo su rostro entre sus
brazos que le hacían mantener el equilibrio. Sus caderas se movían
de forma contraria y desatada, la pelvis de Lestat comenzaba a doler
por el ritmo tan desatado y todo él perdía el juicio.
Nicolas era el mismísimo demonio.
Lograba encenderlo como ninguna mujer. No había muslos cálidos ni
pechos turgentes más excitantes que aquel estrecho y rugoso
conducto, esas palabras sucias que se arrastraban por aquella
garganta de cuello largo y el olor del vino pegado a su ropa. Era la
mejor zorra de toda Auvernia y quizás de toda Francia.
—Puta... —balbuceó con los ojos
entornados por el placer—. Eres una ramera—susurró entre rugidos
lujuriosos.
—Así... —sus manos suaves se
colocaron sobre las de Lestat, que estaban justo sobre su torso
rozando sus pezones por encima de la fina tela de la camisa—.
Quiero gritar... que soy tuyo.
—Si te escucho con otro... si te
escucho con otro... —la mente se le nublaba por el placer, pero
había algún hilo de cordura que parecía intentar comunicarse entre
la marabunta de palabras inconexas y extrañas—, te mato.
Los dientes de Lestat se clavaron en el
lado izquierdo del cuello de su amante, sin atravesar la piel pero sí
saboreando ésta. Su lengua rozó la dermis y su aliento calentó aún
más a Nicolas. Las últimas estocadas fueron terribles y pronto notó
como su vientre hormigueaba, la piel de su pene se tensaba y
finalmente eyaculó. Nicolas bajó rápidamente una de sus manos para
masturbarse y manchar la mesa que les daba apoyo. No tardó
demasiado, tan sólo unas caricias rápidas y buscas.
—Te amo—pudo escucharse de aquel
noble mentiroso que le había secuestrado el corazón. Su padre sólo
quería la amistad con el hijo de marqués para que su hijo tuviese
algo de renombre, quizás para que su amistad lo llevase por el buen
camino, y sin embargo estaba allí como furcia barata abriendo sus
piernas—. Te amo, te amo... —repitió mientras salía de él y lo
giraba para besarlo bruscamente.
Nicolas no había dejado de llorar
durante todo el acto, aunque gemía placenteramente. Con ansiedad lo
abrazó queriendo creer aquel delicioso cántico. Esas palabras
enternecían su oscuro corazón y le daban una luz única.
—Si me amas ven conmigo a París—dijo
tomándolo del rostro— y me demostrarás que estás preparado para
olvidarte de todas las faldas que has levantado aquí. Serás mío
cada día y yo seré tuyo—sus ojos cafés brillaron esperanzados
cuando Lestat asintió y hundió su rostro en su torso abriendo la
tela, para dejar varios besos cerca de su corazón—. No quiero que
otra te toque. Si quieres un agujero donde encontrarte con el
paraíso... busca el mío—musitó jadeando bajo al notar como la
lengua de su amante rozaba sus pezones—. Oh, sí... hazlo otra
vez—sus manos fueron a sus cabellos hundiendo sus dedos en aquella
mata rizada y espesa—. Mi dulce marqués—balbuceó con una risa
estúpida similar a la de una jovencita—. Me vas a volver loco...
¿o ya lo estoy?—volvió a dejar sus manos cálidas sobre el rostro
de su amante, para mirar lo a los ojos y descubrir la perversidad en
ellos—. Vamos, la cama nos espera.
Esa noche la cama volvió a
encontrarlos. El cuerpo tibio de Nicolas se movía tan erótico que
complacía la joven lujuria de Lestat. Ambos eran jóvenes, pero uno
cometía el mayor de los delitos. Lestat no lo amaba tanto como
decía, sólo sacaba partido a la situación como hubiese hecho otro.
Aquel músico realmente estaba condenando su alma y su buen juicio.
Por la mañana, como siempre, Nicolas
se despertó solo con la única compañía de su violín y cientos de
sueños regados por la almohada. Miró hacia la ventana el día
despejado y la nieve acumulada. Quiso creer en aquella huida lejos de
todas las amantes que su primer, y único amor, tenía en el pueblo.
Lejos de todos sería suyo y él lo conduciría a su particular
infierno.
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