Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 16 de mayo de 2014

Ella es libre

—¿No crees que ya es suficiente?—preguntó asustándome— Debería darte vergüenza, hijo.

—Madre, sólo intento divertirme en un lugar como éste—dije abriendo los brazos mientras encogía mis hombros—. ¿Qué quieres que haga? Padre y tú me habéis quitado todas las ilusiones arrastrándome siempre a ésta pocilga.

—Cuidado con esa lengua—respondió acomodándose el chal de lana que cubría sus pequeños hombros.

El invierno había llegado duro, los campos se habían cubierto con espesas capas de nieve, pero al menos los graneros estaban llenos de trigo, había fruta en conserva y podía cazar algún conejo, ave o corzo cuando yo quisiera. El lago lo daba por perdido, pues estaba congelado y no había quien pudiese pescar. Mi madre se paseaba como un fantasma por la casa, sus manos temblaban por el frío y el dolor era tan insoportable para ella que no podía dormir.

—Madre, siéntese al fuego para que le de calor—me desplacé en el banco para hacerle hueco mientras estiraba mis brazos hacia la chimenea—. Sólo quiero perderme entre las faldas de las pueblerinas, el vino, la música y la caza.

—La caza está bien porque pones un plato en la mesa, pero lo demás es absurdo—dijo mirando las llamas mientras se sentaba a mi lado—. La música puede ser una buena distracción, ¿pero quieres terminar como tu padre? Con sífilis, hijos desperdigados por el pueblo y siempre pidiendo más vino.

—No, no quiero eso—respondí frunciendo el ceño—. Pero madre, necesito divertirme—dije alzando las cejas para luego soltar una carcajada—. Y ellas siempre están ahí...

—Hoy ha llegado otra, lleva un hijo tuyo en su vientre—giró su rostro hacia mí al mismo tiempo que yo lo hacía hacia ella—. No sé si sea cierto, pero la joven parecía bastante convencida con que eras el padre.

—Puede ser cualquiera—respondí apretando la mandíbula—. Cualquiera—murmuré regresando al fuego.

—Es la tercera hija de Marie, la lavandera, y esa chica parecía dispuesta a vestir el hábito hace unos meses—estiró su mano izquierda hacia mí, me tomó del brazo y lo apretó—. Lestat, he logrado que se fueran con un par de monedas, pero esto no puede seguir así. No estoy dispuesta a ello, recapacita—sus dedos era finos, casi no tenía fuerza, pero sentí que ellos se clavaban en mi pecho—. Vas a enterrarme en disgustos.

Tenía cuarenta años, varios abortos e hijos muertos a lo largo de su corta vida. Mis hermanos la habían dejado destrozada, y yo también, como destrozada la dejaba mi padre con cada golpe. Su cabello rubio no era tan claro como el mío, sin que tenía un toque algo cobrizo, y sus ojos grises no tenían brillo alguno. Llevaba ropas limpias, que siempre olían a jabón y polvos, pero viejas porque ahorraba para no gastar las pocas monedas que quedaban aún de su legado familiar.

Cada vez que recuerdo esa escena, ese dolor que reflejaba y la decepción que la hacía caminar despacio con pena en su alma, me compadezco de ella y me maldigo mil veces. Sin embargo, ahora la tengo delante acomodándose un sombrero de ala ancha con unas botas manchadas de barro, lleva una camisa tan simple y fina que casi puedo ver sus pechos con claridad. Los pantalones son nuevos, eso sí, pero míos. Ha decidido pasar unas horas a mi lado para mantenerse prácticamente callada, absorta en el murmullo de los grillos del jardín. La he buscado días para avisar de un peligro inminente y lo único que me ha dicho es: Yo sé cuidarme mejor que tú. Sí, quizás tiene razón. Ella sabe cuidarse mejor que yo.

—Cuídate monsieur—dijo pisando firme hacia la puerta.

—Oui mère—respondí antes de levantarme y correr hacia ella para besar su rostro, oler de nuevo sus cabellos manchados por la tierra, porque no sabía cuándo podría tener otra oportunidad—. Je t'aime.

—Je sais—sonrió acariciando mi rostro con la punta de sus dedos para luego marcharse, largándose de allí sin mirar atrás.


No sé que hubiese sido de mí sin ella, pero sé que quizás yo fui algo más que un dolor de cabeza. Mi madre siempre será libre de ir y venir, sin que un desgraciado golpee su bonito rostro ni nadie le diga que tiene que sentir. Sé que ella va y viene, se esconde y aparece, como si fuera las olas del mar o el viento entre las ramas de un árbol. Sin duda, ella es feliz viviendo como vive y haciendo lo que quiere. 


Lestat de Lioncourt  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt