—¿No crees que ya es
suficiente?—preguntó asustándome— Debería darte vergüenza,
hijo.
—Madre, sólo intento divertirme en
un lugar como éste—dije abriendo los brazos mientras encogía mis
hombros—. ¿Qué quieres que haga? Padre y tú me habéis quitado
todas las ilusiones arrastrándome siempre a ésta pocilga.
—Cuidado con esa lengua—respondió
acomodándose el chal de lana que cubría sus pequeños hombros.
El invierno había llegado duro, los
campos se habían cubierto con espesas capas de nieve, pero al menos
los graneros estaban llenos de trigo, había fruta en conserva y
podía cazar algún conejo, ave o corzo cuando yo quisiera. El lago
lo daba por perdido, pues estaba congelado y no había quien pudiese
pescar. Mi madre se paseaba como un fantasma por la casa, sus manos
temblaban por el frío y el dolor era tan insoportable para ella que
no podía dormir.
—Madre, siéntese al fuego para que
le de calor—me desplacé en el banco para hacerle hueco mientras
estiraba mis brazos hacia la chimenea—. Sólo quiero perderme entre
las faldas de las pueblerinas, el vino, la música y la caza.
—La caza está bien porque pones un
plato en la mesa, pero lo demás es absurdo—dijo mirando las llamas
mientras se sentaba a mi lado—. La música puede ser una buena
distracción, ¿pero quieres terminar como tu padre? Con sífilis,
hijos desperdigados por el pueblo y siempre pidiendo más vino.
—No, no quiero eso—respondí
frunciendo el ceño—. Pero madre, necesito divertirme—dije
alzando las cejas para luego soltar una carcajada—. Y ellas siempre
están ahí...
—Hoy ha llegado otra, lleva un hijo
tuyo en su vientre—giró su rostro hacia mí al mismo tiempo que yo
lo hacía hacia ella—. No sé si sea cierto, pero la joven parecía
bastante convencida con que eras el padre.
—Puede ser cualquiera—respondí
apretando la mandíbula—. Cualquiera—murmuré regresando al
fuego.
—Es la tercera hija de Marie, la
lavandera, y esa chica parecía dispuesta a vestir el hábito hace
unos meses—estiró su mano izquierda hacia mí, me tomó del brazo
y lo apretó—. Lestat, he logrado que se fueran con un par de
monedas, pero esto no puede seguir así. No estoy dispuesta a ello,
recapacita—sus dedos era finos, casi no tenía fuerza, pero sentí
que ellos se clavaban en mi pecho—. Vas a enterrarme en disgustos.
Tenía cuarenta años, varios abortos e
hijos muertos a lo largo de su corta vida. Mis hermanos la habían
dejado destrozada, y yo también, como destrozada la dejaba mi padre
con cada golpe. Su cabello rubio no era tan claro como el mío, sin
que tenía un toque algo cobrizo, y sus ojos grises no tenían brillo
alguno. Llevaba ropas limpias, que siempre olían a jabón y polvos,
pero viejas porque ahorraba para no gastar las pocas monedas que
quedaban aún de su legado familiar.
Cada vez que recuerdo esa escena, ese
dolor que reflejaba y la decepción que la hacía caminar despacio
con pena en su alma, me compadezco de ella y me maldigo mil veces.
Sin embargo, ahora la tengo delante acomodándose un sombrero de ala
ancha con unas botas manchadas de barro, lleva una camisa tan simple
y fina que casi puedo ver sus pechos con claridad. Los pantalones son
nuevos, eso sí, pero míos. Ha decidido pasar unas horas a mi lado
para mantenerse prácticamente callada, absorta en el murmullo de los
grillos del jardín. La he buscado días para avisar de un peligro
inminente y lo único que me ha dicho es: Yo sé cuidarme mejor que
tú. Sí, quizás tiene razón. Ella sabe cuidarse mejor que yo.
—Cuídate monsieur—dijo pisando
firme hacia la puerta.
—Oui mère—respondí antes de
levantarme y correr hacia ella para besar su rostro, oler de nuevo
sus cabellos manchados por la tierra, porque no sabía cuándo podría
tener otra oportunidad—. Je t'aime.
—Je sais—sonrió acariciando mi
rostro con la punta de sus dedos para luego marcharse, largándose de
allí sin mirar atrás.
No sé que hubiese sido de mí sin
ella, pero sé que quizás yo fui algo más que un dolor de cabeza.
Mi madre siempre será libre de ir y venir, sin que un desgraciado
golpee su bonito rostro ni nadie le diga que tiene que sentir. Sé
que ella va y viene, se esconde y aparece, como si fuera las olas del
mar o el viento entre las ramas de un árbol. Sin duda, ella es feliz
viviendo como vive y haciendo lo que quiere.
Lestat de Lioncourt