Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 16 de octubre de 2007

Sentimientos de Dos Vampiros

Capítulo primero.

























Te encontré en medio de la nada, perdido, y te dejaste mecer en mis brazos como una pluma en la ventisca. Mi hermoso ser de otro mundo, oh, mi hermoso Louie.























Te encontré, Me encontraste.





Tom Cruise




Primero dejen que me presente como es debido, me llamo Lestat de Lioncourt y seguro que conocen las viejas historias que cuentan de mí. Sé que soy cruel, déspota y arrogante, pero esa es la visión de mi amante. Nos amamos y a la vez nos odiamos, no podemos soportarnos y a la vez nos deseamos. Nací en Auvergne en el seno de una familia noble que tan sólo ostentaban título, nada de riqueza y aún así creían ser dueños de una gran fortuna. Me dedicaba a la manutención de mi familia, lo poco o nada que tenía, y sobrevivía lentamente en aquel desgraciado mundo. Odiaba todo, detestaba no poder ir a París y conseguir mis sueños dorados, como mis cabellos, de ser un gran actor.

Junto con mi amado Nicolás, mi deseado violinista, partimos con el escaso dinero que me entregó mi madre. Durante semanas nos vimos mal para conseguir alimento, al final conseguimos un refugio estable y lentamente la fama. Nuestro pequeño teatro se hizo famoso por la obra que representábamos, yo salía hermoso en los carteles y mi gran amigo tocaba su instrumento como el mismísimo demonio. Cada día al caer el sol hacíamos el amor, el lecho calentaba nuestros cuerpos y nuestras pieles se acariciaban con deseo. Pero mi felicidad la truncó Magnus, me llevó lejos de mi amado y me enclaustró en la inmortalidad. Como pude reaccioné, tomé las riendas de mi vida e intenté salvar a mi madre de una muerte inminente. Ella se libró de las manos de las parcas, si bien no sabíamos que Armand nos perseguiría. Un joven pelirrojo, hermoso como un ángel y con el convencimiento de servir al demonio nos retuvo. Nicolás fue hecho preso y le mostraron lo horribles que pueden ser los seres como yo. Supongo que lo sabrán, que conocerán la historia del Vampiro Lestat. Tras todo el Apocalipsis que formó aquel centenario jovenzuelo convertí a mi amante en uno de los míos, sin embargo me costó caro y él me despreció por haberlo condenado. Meses atrás había comprado el teatro y se hallaba desierto, sin funciones, se lo dejé a los pocos monstruos que no cayeron a la hoguera; Armand arrojó a cientos a las llamas, decía que mi filosofía era dañina y sin embargo me mostró el rostro de su maestro, Marius, y este era tan idealista como yo.

Partí de Francia rumbo a otras tierras, siempre dejaba mi mensaje para el maestro de los milenios, mientras mi madre decía que era inútil. Durante nuestro viaje épico mi violinista se arrojó a las llamas y Gabrielle desapareció, sí mi madre me abandonó. Encontré a Marius, o más bien él me encontró a mí, cuando yacía bajo capas y capas de tierra. Él me devolvió a la vida, me contó los secretos de Padre y Madre, me confesó parte de su epopeya en el mundo y yo terminé desobedeciendo todo. Me adentré en el cuarto donde se hallaban aquellas figuras, eran muñecos de cera con vida real, y Akasha despertó junto con Enkil intentando asesinarme. Tuve que marcharme de allí, mi maestro me lo pidió y quedé desolado. La guerra en Francia se había desatado y tan sólo sobrevivió el lisiado de mi padre, era un hombre horrible que ni por su ceguera le tenía compasión.

Viajé al nuevo mundo y cargué con la única familia que me quedaba, mis hermanos y sus hijos habían fallecido en aquel castillo señorial. De noche deambulaba por la ciudad, buscaba mis víctimas y el desarrollo de mis poderes. Sin embargo la novedad de aquella tierra, las luces de las tabernas y la sangre emanando de mis labios, no curaban la herida de la soledad. Mi sonrisa se volvía patética al intentar ser feliz cuando era un soberano desgraciado. Hasta que en una jornada de cacería lo encontré. Allí estaba él de taberna en taberna, un joven de veinticinco años y ojos verde esmeralda. Caminé hacia él con sutileza y él no notó que estaba a su lado. Llevaba la camisa desabrochada, el chaleco mal colocado, los cabellos alborotados y una peste a alcohol que embriagaba su aliento. Las lágrimas corrían por sus mejillas, era endiabladamente hermoso y recordé las palabras que el guardián de los secretos me regaló: “Crea a tus hijos por amor”. Entonces observé a la prostituta y su chulo, querían robarle y darle muerte; algo en mí me hizo impulsarme hacia aquel cobarde y aquella fulana. Le arrebaté a ambos la vida, y los dejé colocados como muñecos perfectos sobre un banco. Luego lo tomé como si fuera mío, como si fuera un tesoro, y profundicé en su mirada perdida. No se daba cuenta de nada, era como un pequeño perdido en un mundo extraño.

Lo aparté en un callejón y besé su cuello, le abracé por la cintura y él me confundió con una puta barata. Deseaba tenerlo de compañero, su mente era un libro de pastas patéticas y deliciosa historia de tragicomedia griega. Su hermano había muerto por culpa de su estúpida fe, él se sentía responsable y era el cabeza de familia. Lo arrastré hasta un cementerio, allí lo posé sobre una de las lápidas de un panteón olvidado. Besé sus labios y con su ebriedad era demasiado sencillo, su boca me seducía y su cuerpo se insinuaba apetitoso como su sangre. Clavé mis dientes en su piel, un quejido brotó de su garganta mientras lo elevaba de la tumba. Lo dejé enfermo, si bien podía sobrevivir, no quise hacerlo mío, pensé que sería mejor que él eligiera a la noche siguiente. Leí sus pensamientos, sus alborotados pensamientos, y tomándolo entre mis brazos lo llevé a una calle algo iluminada cercana a su hogar.





























{Lestat de Lioncourt}






































Me llamo Louie du Pont du Lac y un inmenso vacío llena mi alma.

El fallecimiento de mi hermano me había afectado más de lo que yo creía, y una inmensa ofuscación me abatía indudablemente hacia un abismo, en el cual se mezclaban la bebida, prostitutas y el derroche.

Nada me importaba, el dinero me parecía insulso, la comida no me llenaba nada y, parecía, o eso creo; un alma errante vagando por un mundo que se me quedaba pequeño en mi colonia. Tenía ganas de llorar y las putas baratas que pasaban el rato conmigo acababan huyendo de mi, porque me ponía acurrucado como un niño a sollozar y nada lograba calmarme. Todo me era igual, y al fin después de mucho meditar cerré y prohibí la entrada a la dichosa capilla, no lo soportaba más.

Ivette, mi más querida y leal sirvienta pugnaba por captar mi atención, para que comiera y descansara algo. Yo sólo sabía sonreírle y lamentarme por dentro, pasando mis noches en vela de taberna en taberna. Una de esas largas noches, cuando me hallaba jugándolo todo a la nada, sin temer por mi vida pues estaba haciendo trampas y se notaba, jamás es sabido mentir; me largué con la señorita de turno y que curioso, cuando mi vida estaba a punto de terminar a manos del chulo de la fulana que me seguía apareció él; matando a mi ejecutor me arrastró hacia él sigilosamente y yo casi ni me enteré.

Débil y agotado tras la primera vez que me succionó la sangre, caí en una vorágine de pensamientos sin sentido, agonizando con una extraña fiebre que me aturdía lo sentidos y yo aún no comprendía nada. Al día siguiente apareció cerca de mi lecho, lo reconocí por su palidez, pues aparte de sus profundos ojos azules era lo único que había vislumbrado.






















{Louie du Pont du Lac}

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt