Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 4 de octubre de 2014

Au revoir

Tantas noches lejos, tantas historias vividas, tanto dolor clavado en nuestras almas creando profundas heridas y demasiadas decepciones. Un muro invisible nos dividía y, a pesar de querer superarlo, no podíamos evitar el sentirnos aislados el uno del otro. El amor se convirtió en un calvario. Las rosas ya no tenían espinas y mi esperanza se quebraba.

Decidí buscarla. Tenía que hacerlo.

Si bien, fue ella quien me encontró a mí. Me hallaba en mi departamento del centro de New Orleans, justo donde la muchedumbre se arremolina como abejas en un panal. Puedes escuchar miles de conversaciones distintas, con unos acentos encantadores de todo el mundo, y la suave caricia del jazz y el blues mezclado con ritmos más explosivos como el rock. Un lugar maravilloso para perderse, pero ella llegó pulsando el interfono.

Me encontraba de pie, cerca de la ventana, escuchando la noche llamarme desde hacía algunas horas. Sólo tenía los jeans desgastados del día anterior. Mi camisa había desaparecido, igual que mis zapatos. Ni siquiera recordaba por un momento donde los había dejado. Mi mente volaba hacia ella, como si la atrajera, y de la nada pulsó insistentemente aquel pequeño botón que derribaba momentáneamente la frontera entre los dos.

Me precipité hacia la salida, olvidándome por completo de mi escasa ropa y bajé por la escalera hacia el piso inferior. Allí estaba ella, tras la puerta, observando con curiosidad la pequeña vidriera que poseía aquella puerta robusta y de aspecto delicado. Al abrir deseé abrazarla, pero me contuve. Algo en mí pedía calma. Sabía que iba a ocurrir alguna tragedia.

—No sabía que conocías mi dirección—dije apoyado en el marco de la puerta.

Estaba realmente hermosa. Tenía un aspecto saludable pese a todo. Sus mejillas se veían llenas, su cabello caía con gracia sobre sus hombros y sus ojos transmitían una luz que hacía mucho tiempo que no poseía. En su interior había miedo, lo notaba, pero a la vez estaba fascinada. La vida la estaba tratando bien. Había escuchado sus progresos, así como su nueva fortaleza. Michael me informaba todos los días por petición mía, aunque supongo que lo haría aunque yo no lo pidiera.

—Soy Mayfair, puedo conseguir cualquier cosa que me proponga—respondió con elegancia. Tenía la voz algo ronca, pero era por la emoción. Se contenía. Yo también lo hacía.

Quería estrecharla contra mí, besar su boca y acariciar su piel durante horas. Sin embargo, no era lícito. Había venido a buscarme por algo. Sabía que ese encuentro podía ser el último. Tenía que aprovecharlo. Ni siquiera sabía si ella conocía mis planes, o más bien mi dolor. Me había percatado que era imposible ser el príncipe que ella quería. Sólo podía ser príncipe entre los míos, fascinándolos con mi poder, pero entre los Mayfair siempre sería un ser que debían eliminar cuanto antes.

—Pasa, por favor—dije abriendo mejor la puerta, para que viese el hall mientras la invitaba con mi brazo izquierdo extendido—. Tu casa es mi casa—añadí.

—Preferiría hablar en el jardín—contestó—. La noche aún es agradable.

—Como desees—nuestras miradas se cruzaron y sentí como me punzaban los colmillos. Quería beber de ella. Deseaba saborear la sangre que bombeaba su corazón.

—Aunque deberías vestirte primero—murmuró con rotunda seriedad. Sus ojos no dejaban los míos y me sentí aún más desnudo. Ella estaba leyendo mi alma, aunque no podía leer mi mente. Podía ver la tristeza en mis ojos y posiblemente mi dolor. No quería que viese mi dolor. Me negaba a que encontrara dolor en mis ojos.

—Sí, por eso es mejor dentro—expliqué alejándome de la puerta para que ella pasara.

—Tienes razón—un mechón rebelde cayó sobre el lado derecho de su rostro. Rápidamente lo echó tras su oreja. Miró hacia el interior, de muebles de época y escalera de caracol, quizás sintiendo que estaba invadiendo un lugar sagrado—. No debería tener miedo entrar en tu casa.

Subió el pequeño peldaño de la entrada, traspasó la puerta, la cerró con cuidado y quedó ahí. La puerta estaba cerca, la sala era pequeña pero parecía inmensa y yo me sentía en el otro extremo del mundo. Había mucha distancia. El muro invisible regresaba. Quería golpear el aire, patalear y jurarme que todo lo que había pensado era absurdo. Sin embargo, era lo mejor.

—Nunca estuviste aquí—dije dando un paso hacia delante—. Nunca has estado en mis propiedades—finalmente puse mis manos en sus frágiles hombros, tan estrechos, que creí que la desmoronaba con el sólo peso de mis dedos. No parecía frágil, pero yo me sentía un monstruo cruel. Había destrozado su vida.

—Por eso esa sensación me aterra—tragó saliva colocando sus manos sobre mi torso, para luego subirlas hasta mi cuello. Sus dedos pulgares rozaban mi mentón y los restantes jugaban con mis largos cabellos dorados—. Supongo.

—¿Por qué estás aquí?—pregunté abiertamente, aunque con cierto miedo—. Había decidido alejarme unos días. Necesitaba pensar.

—¿En qué pensabas? ¿Hice algo mal?—frunció ligeramente su ceño intentando apartarse, pero yo la rodeé por la cintura. Tenerla así, pegada a mí, me alivió por un momento. Mis más terribles pensamientos echaron a volar, pero sabía que regresarían.

Apreté mi boca contra su frente, acariciando con mis labios su suave y cálida piel, mientras ella cerraba los ojos como si fuera un beso de buenas noches. Creo que pudo percibir mis colmillos, como siempre lo ha hecho, pero esta vez intentaba ocultarlos. Quería hablar el hombre que estaba tras la máscara del demonio, no el demonio en sí. El vampiro podía irse a librar grandes aventuras, pues de momento deseaba desnudar mi alma inmortal para que viese lentamente mis pensamientos. No deseaba que viese mi dolor, pero sí mi tristeza.

—No debí hacerte esa promesa—dije apartándome de ella—. Soy un hombre que no sabe cumplirlas.

—Pero la cumpliste—explicó.

—Ya ves lo que hice—dije con tono apagado, pues la pesadumbre y la culpabilidad pendían como la espada de Damocles sobre mi cabeza—. Puse patas arriba tu vida, destrocé tu tranquilidad, he creado prácticamente un monstruo y no puedo asumir que te arriesgues más por mí—expliqué.

—¿Qué?—preguntó confusa.

—Rowan—la nombré como si su sólo nombre pudiese hechizar al tiempo y cambiarlo todo. Lo hice con fe.—Julien ahora tiene aliados poderosos, seres de otros mundos, y tú estás en medio. Si sigo así morirás—sentencié con un quiebro en mi voz—. Prefiero retirarme, aceptar mi derrota y amarte a mi modo.

—¿Y cuál es tu modo?—dijo abrazándose a sí misma.

Estaba despampanante. La tenue luz de la sala no le hacía justicia. El vestido que llevaba la envolvía como seda, pero era un corte muy simple y sin escote prominente. Siempre iba sensual, pero no erótica. Toda una dama. El cuello de barco que llevaba no mataba su hermoso cuello largo, sus largas piernas estaban ligeramente tapadas por la falda del vestido. No era de tubo, pero sí se estrechaba hacia el término de la misma. Estaba hermosa. Hermosa y preocupada por mi discurso.

—Dándote una oportunidad de ser feliz en los brazos de alguien mejor que yo—solté sin remedio.

—Michael—dijo.

—Correcto—contesté asintiendo suavemente con la cabeza.

—¿Por qué? ¿Por qué después de todo? Lestat... —quería respuestas. Las mismas respuestas que yo me había dado durante días.

—Porque te amo, pero no puedo ser caprichoso—expuse con dolor—. No quiero ser egoísta. Soy malo, ¿no lo ves?—una lágrima se deslizó por mi mejilla derecha hacia el mentón—. No soy bueno. Soy malo. Tú crees que soy bueno, pero no es así.

—Sé que eres bueno—me dijo caminando hacia mí, para tomarme de los brazos con ambas manos.

—Pamplinas—susurré apartándola con cuidado.

—Soy yo quien prefiere que encuentres algo mejor—aquellas palabras me sobrecogieron dejándome sin saber como encajarlas—. He temido desde el primer momento que lo hicieras.

—En tus brazos me he sentido un niño—respondí con sinceridad—. Creo que no hay nada mejor que sentirse seguro y amado.

—Creo que hemos llegado a un acuerdo sin saberlo—su sonrisa amarga se contagió a mis labios.

La tomé entre mis brazos, por última vez, rodeándola como si fuera un preciado tesoro. Nada ni nadie me quitaría ese momento. Esos últimos segundos. La fe se desvanecía. Mi optimismo no valía para nada en ese momento. No había batalla que librar. Debía permitir que fuese feliz con Michael, como dije la primera vez, y no inmiscuirme en su vida.

—Me conformo con ir a verte, de vez en cuando, para saber como va todo y poder aprovechar...

—Si es por esa niña no te preocupes, puedo hacer que la traigan a tu encuentro, pero no me verás—dijo deteniéndome—. No puedo verte—susurró apartándose de mí—. No, Lestat—rompió a llorar y me sentí tan culpable. Cada lágrima era una navaja afilada clavándose en mi pecho—. Si te veo querré besarte y eso no está bien.

Se soltó por completo de mí y se marchó hacia la puerta, dándome la espalda.

—Espera... —dije deteniéndola provocando que se girara suavemente.

—¿Qué?—preguntó.

—Te amo—susurré con el corazón en mi mano. Juro por Dios que era un amor puro, el amor más puro que he sentido. Creo que es el único amor con el cual no he sido egoísta.

—Yo también, Lestat—respondió con una última sonrisa—. Ahora eres libre de rehacer tu corazón y vivir nuevas aventuras.

Tomó la puerta con decisión, la abrió y se marchó a través del jardín cubierto de plataneras. Quise seguirla y jurarle que estábamos equivocados. Pero no podía permitir que alguien, o algo, le hiciese daño. Ella sí que era libre. Libre para soñar con un futuro mejor que el que yo podía ofrecerle. La necesitaban más que nunca. Todos en la familia precisaban de ella. No podía arrebatarla de nuevo y llevármela a Dios sabe donde sólo porque yo así sería feliz, pero sabía que ella no podría serlo.


El teléfono sonó, pero no contesté. Sabía que podía ser David, Quinn o quizás Marius. No iba a contestar. Cerré la puerta, pegué mi espalda a ella y me deslicé hasta el suelo quedando sentado. Allí me eché a llorar. Podía notar como ella se alejaba en una limusina dejando atrás todo lo que habíamos construido. Sin embargo, yo sabía que no me olvidaría y ella tampoco lo haría. Esa era mi única esperanza. Mi consuelo.

Lestat de Lioncourt  

viernes, 15 de noviembre de 2013

Aquella ocasión

Cuando contemplo a Hazel descansado en su cuna recuerdo como Claudia creció rodeada de un misterio que no comprendió hasta pasados algunos años. Una niña inocente que necesitaba sangre, la cual ingería con avidez y deseo. Ella paladeaba el sabor metálico y dulzón que poseía la sangre de los numerosos mortales que devoraba en mi compañía.

Cierta noche recordé uno de los momentos que más dudas acarreó a la pequeña hija que tuve con Louis. Rowan descansaba con la niña y yo bajé a la biblioteca. Tomé varios folios del cajón de la mesa y tomé la pluma comenzando a narrar aquel viejo suceso antes que volviera a olvidar todo. En ocasiones olvido fácilmente algunos detalles, pues son tantos recuerdos que puedo perder la esencia de estos como recuperarlos en cualquier instante.

La chimenea había sido encendida hacía horas y la estancia era confortable, aunque me traía recuerdos terribles, las ventanas se encontraban cerradas con las cortinas echadas provocando que pudiera recordar sin desviar mi atención.

Era una noche fría de invierno en New Orleans. Habíamos pedido al servicio intimidad. La pequeña Claudia descansaba en su cama. Ella había regresado de una larga caminata y terminó en mis brazos, aferrada a mi cuello, extremadamente cansada. Sus rizos dorados habían acariciado mi hombro y sus pequeñas manos jugaban con los míos. Al llegar la tumbé sobre el colchón, quité sus pequeños botines y dejé que descansara algunas horas antes que volviera a corretear por la biblioteca buscando nuevos libros que leer.

Parecía un ángel en aquella habitación de raso blanco y bordados dorados. Su pequeño rostro tenía unos labios diminutos sonrosados, tenía las mejillas rojas y sus pequeñas manos abrazaban una de las muñecas que le había comprado durante nuestros largos paseos. Juro que la amaba mucho más que Louis, pues ella era tan similar a mí que me dolía pensar que pudiera llegar a detestarme. Había creado a la niña por puro impulso y capricho, sin embargo no dudé en amarla.

Dejé a la pequeña en la habitación a solas con sus muñecas, peluches, peines dorados y tocador lleno de perfumes. Amaba los perfumes e incluso las muñecas tenían los suyos propios. Después de dos años en nuestra vida habíamos llegado al momento en el cual disfrutábamos como una familia.

Louis se encontraba en la sala de lectura, como era habitual en él, con algunos nuevos ejemplares que había comprado en su caminata en soledad. Sus libros eran los mejores compañeros que podía desear y los codiciaba. En ocasiones compraba varios ejemplares del mismo libro porque tenían una encuadernación distinta. Admito que amaba su colección de libros y en más de una ocasión yo también los he leído, sin embargo su pasión era voraz.

Quedé en la puerta apoyado en el marco, observé sus largos cabellos azabaches y como caían las ondulas rozando sus marcados pómulos. Sus labios gruesos se movían suavemente con leves sonrisas, aunque también se alzaban sus cejas a modo de sorpresa o se fruncían por enfado. Vivía la obra como si él mismo estuviese preso del papel y sus letras. Sus verdes esmeraldas pasionales estaban clavadas en cada párrafo y ni siquiera se percató que le observaba.

Había elegido una camisa de algodón blanco, un pañuelo verde en el tono de sus ojos y un chaleco del mismo color. Su pantalón era extremadamente elegante al igual que sus zapatos. Tenía un aspecto encantador y arrollador. Sin duda había hecho bien en no permitir que muriera en aquel muelle.

Por mi parte vestía con un chaleco azul, corbata en el mismo tono y un traje negro elegante junto a una camisa también blanca. Claudia había decidido vestir de azul y yo elegí un chaleco y corbata que casara con el tono de su vestido. Amaba que nos pararan por la calle para conversar con nosotros debido a lo bien parecidos que éramos. Sin duda nadie pensaba que no era mi hija, sino que era un joven viudo con una criatura que parecía un ángel. Louis sin embargo se veía más maternal cuando la tomaba entre sus brazos, su sonrisa era la de una mujer que acaba de dar a luz y ve su retoño.

-¿Ya llegaste a la parte en la que ella muere?-pregunté socarronamente provocando que levantara la vista del libro.

-¿Muere?-dijo angustiado- No puede ser, no puede morir. Ella sólo está enferma. Lestat ¿por qué me destrozas la obra?

-Ni siquiera la he leído. Sólo bromeaba, Louis-contesté entrando en la habitación para quedar frente a él.

Tenía un bonito sofá de dos plazas estilo Louis V y una alfombra encantadora en tono burdeos igual que el tapizado del sofá, la colcha y las cortinas. Era su habitación, aunque en realidad era nuestra. Mi alcoba había terminado siendo un pequeño despacho donde hacía pasar a mis abogados, firmábamos acuerdos en mi escritorio de roble y anotaba en ocasiones algún hecho relevante. Allí, ocultos a ojos de todos, se hallaba un baúl lleno de tesoros que iba moviendo en el mercado. Aún poseía los rubíes y joyas que Magnus me había dejado como herencia. Mi habitación por lo tanto era el centro de mis negocios y la suya el lugar donde ambos compartíamos ciertos placeres.

Cerré la puerta sin echar la llave y caminé hacia él con cierta elegancia. Sus mejillas se ruborizaron aún más mientras dejaba a un lado el libro. Él sabía que después de horas alejados el uno del otro iría a buscarlo, aunque oliera a perfume de mujer y coqueteara con las mujeres de cualquier tugurio. Siempre regresaba a él y en aquella época era manso como un cordero.

-¿Me harás el amor mon cour?-sus manos acariciaron mis cabellos jugando con los mechones más rizados y sonrió- ¿Seré tu ángel?

-Serás mi ángel seductor que viene volando para liberarme del dolor que siento en lo más profundo de mi ser- lo tomé por la muñeca del brazo derecho e hice que palpara mi entrepierna- Duele porque no atiendes a tus deberes como esposa y madre-dije de forma burlona provocando en él cierto enojo- Duele porque únicamente tus labios, tu deliciosa boca, es capaz de hacerme sentir en el paraíso.

-¿Y tus putas?-preguntó enojado-Sé que muchas mujeres te miran y Claudia me lo ha confesado. Te ves con otras mujeres y las besas.

-Las seduzco para conseguir mi botín- respondí mientras él se apartaba.

Se levantó de inmediato a punto del llanto. Louis se veía mucho más hermoso cuando la rabia, la frustración y el dolor le golpeaban provocando que todo su cuerpo se retorciera y sus ojos se iluminaran. Incluso sus labios parecían más apetecibles y seductores mientras me lanzaba sus verdades. Podía soportar verlo taimado leyendo, pero era imposible no desear a esa pequeña fiera que de vez en cuando surgía provocando en mí un deseo insaciable.

-¿Y cuál es tu botín? ¿Hundirte en los senos que yo no tengo?-su voz se alzó, aunque no gritó como de costumbre. Parecía querer contenerse por la niña.

Ella había visto demasiadas discusiones y como ambos desaparecíamos escondiéndonos en uno de los callejones para bajarnos aquella terrible fiebre de sexo. El calor del momento nos sofocaba y él parecía estar más dispuesto que nunca a darme placer para hacerme olvidar su desplante, aunque el culpable fuese yo.

-La sangre, Louis- le lancé una mentira, pero al menos serviría.

-No te creo- recriminó.

-Louis estoy aquí, ante ti, con deseos de romperte la ropa y tirar de tus cabellos mientras introduzco mi miembro en tu boca. Quiero hacerte mío de la forma más sucia en ésta y en cualquier noche- fui hasta él dejándolo en un rincón cerca del balcón de la habitación, pegándolo bien a la pared sin permitirle movimiento alguno. Sus ojos se quedaron fijos en los míos y mantuvimos una mirada de fuego.

-No, no quieres. Sólo me tienes por capricho-balbuceó dejando escapar algunas lágrimas sanguinolentas.

-Louis, yo te amo. Te amo de forma sincera y entregada- dije tomándolo del mentón y dejando mi boca cerca de la suya.

-¿Eso es cierto?-susurró trémulo.

-Sí, lo es-respondí sinceramente esperando doblegarle.

-Yo también te amo Lestat.

Cuando me respondía con aquella frase sentía algo similar al frenesí del sexo. Podía decir que nadie me había asegurado de forma tan vehemente que me amaba. Él era el primero en al cual le había escuchado decirlo con tanta firmeza. Nicolas sólo lo dijo en una ocasión y fue porque yo se lo rogué. Tras meses en París busqué esas palabras en su boca y él prácticamente me torció el gesto al decirlo.

Besé su boca sintiendo como sus piernas temblaban igual que las de una jovencita ante su primer beso. Sus manos torpes intentaban desabrochar mi chaqueta, para luego hacerlo con mi chaleco y quitar mi corbata. Podía notar el movimiento oscilante de sus caderas y como sus manos subían por mi camisa hasta romperla. Louis ya no podía más y se convertía en una fiera hambrienta.

-Je t'aime mon amour-murmuré cerca de sus labios.

Él rompió mi camisa y pegó su rostro a mi pecho comenzando a lamer mis pezones mientras desabrochaba mi pantalón. Me quería desnudo siendo saboreado por aquella lengua que se movía de forma sugerente y sensual. Sin embargo, me aparté para tirar de él y arrojarlo en la cama. Su ropa quedó destrozada y esparcida por toda la habitación. Rápidamente abrió sus piernas deseando recibirme, pero aquello iba a ser tan rápido como él pretendía.

Me senté en el borde de la cama y le miré mientras me masturbaba mirándole. Él comprendió que deseaba ciertas atenciones, por lo tanto gateó por el colchón hasta deslizarse al suelo, entre mis piernas, y comenzar a lamer la punta de mi glande. Sus ojos estaban inyectados en lujuria y los míos les correspondían. Agarré a Louis por la nuca con la mano derecha y con la izquierda sostuve mi miembro, el cual aún no estaba por completo endurecido, para meterlo en su boca notando como el glande chocaba con la campanilla de su garganta.

Pronto permití que tuviera él toda la libertad y comenzó a lenguetear, morder y succionar de una forma extremadamente erótica. Ni siquiera Nicolas me había hecho sentir el sexo como él, aunque seguía recordándome extrañamente a él. Mis manos estaban sobre su cabeza tirando de sus cabellos mientras movía mis caderas de forma contraria que su cabeza. Sin embargo, él se alejó quedando sentado en el suelo con las piernas abiertas.

-Dámelo, lo necesito-su voz estaba ronca y parecía una orden en vez de una súplica- ¡Lo quiero!

Me aparté de la cama y fui hasta él abofeteándolo para luego levantarlo del suelo tirando de su cabello. Arrojé su cuerpo al colchón y abrí sus piernas entrando al fin en él. Era un ritmo brusco y doloroso para otros amantes, pero él disfrutaba gritando como una de las mejores putas parisinas que podría haber pagado por aquella época. Ninguna mujer podía compararse con la sensualidad de sus gemidos y gritos desesperados.

Sentía que mi cuerpo bullía con una fuerza y un deseo que me impulsaba a ser brusco con él, pues las delicadezas no iban a domesticar a la fiera que era realmente. Sus manos se aferraron a la colcha tirando de ella en cada embestida, dejando así la cama desecha y las ropas rasgadas por su fuerza. Louis comenzó a gemir más seguido y alto, lo cual era síntoma que llegaría al orgasmo, y lo hizo justo en el instante que la puerta se abría.

Claudia estaba en la puerta aferrada al pomo mientras observaba el glorioso rostro de Louis, gimiendo como cualquier fulana, y el mío de sorpresa a pesar que el orgasmo vino llenándolo como bien quería. De inmediato Louis intentó apartarme para ir a por la pequeña, pero yo estaba algo aturdido y le fue complicado apartarse de mí porque seguía aferrado a sus caderas. La pequeña salió corriendo hasta su habitación y pegó un fuerte porrazo.


Sin duda alguna durante algunos meses observaba a Louis en silencio y en ocasiones tocaba su vientre. Creo que en su bendita inocencia pensaba que tendría un nuevo hermano o hermana, pero esa inocencia se vio interrumpida en algún momento y creo nos odia en parte por aquellas noches en las cuales despertaba por nuestros gemidos.  

lunes, 4 de noviembre de 2013

Una disputa diferente

Bonsoir mes amis.
De nuevo estoy aquí, yo Lestat de Lioncourt, para ofrecer otro Fanfic. En esta ocasión Mael y Marius, una pareja que pocos pensarían que fuese posible. 


Una disputa diferente



La noche no parecía prometedora y por más que buscaba un nuevo libro en la biblioteca sólo extrañaba los viejos volúmenes que podía encontrar en mi palazzo. Desconocía el motivo por el cual Lestat me había pedido que lo visitara, pues estaba claro que parecía más entretenido conversando con los mortales que acudían buscando consejo que en alguna seria, aunque animada, charla conmigo. Comprendí aque los más jóvenes desearan estar a su alrededor, pues incluso había triunfado como estrella del rock, pero sentía que se dejaban embaucar por un prototipo de rebelde sin causa ni motivo aparente.

Allá fuera los árboles se movían suavemente con la fresca brisa del otoño. Muchos habían perdido ya sus hojas y éstas se amontonaban cerca de las raíces que parecían brotar de la tierra. Los rosales ya no tenían sus espléndidas flores, sino que poseían un aspecto más similar a zarzas. Inclusive los vetustos robles poseían un aspecto deprimente. El jardín estaba preparándose para la lluvia, el frío y por ende la visita de la escarcha en la noche. La luna se alzaba entre las ramas retorcidas de varios ejemplares que ya mostraban su cuerpo desnudo.

Las risas de los jóvenes, su estruendosa música y las fuertes pisadas de todos ellos a su alrededor enturbiaban su deseo de descansar junto a la chimenea, la cual consumía ya los últimos troncos. Me moví por la estancia aspirando el aroma de los libros, la madera crepitando y el perfume de las jovencitas que llenaban el ambiente.

-¡Y ahora les contaré como fue montar por primera vez en un deportivo!-todos aplaudieron a su comentario mientras se sentía eufórico porque le rendían tributo.

-Estúpido-chisté furioso-Me ha hecho recorrer cientos de kilómetros para nada-estaba exasperado y algo cansado por el viaje, por lo tanto decidí salir al jardín y pasear a solas.

La noche no era alegre allí fuera, sino algo áspera y propicia quizás para guarecerse junto al cenador que poseía la vivienda. Era un lugar de hermosas columnas blancas de corté jónico y con una cúpula alta, aunque con rejas pequeñas que cubrían parte de ésta para que las enredaderas comenzaran a trepar por ésta. Poseía unos bancos incómodos, aunque hermosos, de piedra y una fuente cercana, con pequeños querubines, le daba un aspecto romántico de otra época. Sin embargo, ni siquiera ese lugar me invitaba demasiado.

Entonces terminé abandonándome a las suerte que eligieran mis recias botas bajas, las cuales había llevado por el temporal de lluvia que podía cubrir el cielo de New Orleans y sus calles, hasta las cuadras. Allí la calefacción estaba encendida y los caballos parecían estar en tremenda quietud. Sin embargo, tuve el desagradable encontronazo con aquel larguirucho druida estúpido que siempre andaba tramando algo en mi contra.

Tenía el pelo revuelto y una camiseta simple, algo ajada por el paso del tiempo y los numerosos lavados, unos tejanos deslavados y algo sucios con unas botas militares que ni estaban bien atadas. Su aspecto era algo sucio, pero no olía a otra cosa que no fuera a los caballos. Posiblemente llevaba gran parte de la noche allí encerrado conversando con los animales como si estos pudieran responder a sus palabras.

-Mi viejo amigo Mael que extraño encontrarte por aquí-dije mirándolo de soslayo mientras intentaba tomar asiento en un fardo de heno.

-Mi viejo y estúpido romano ¿has estado practicando el sarcasmo en tu palazzo?-interrogó alzando una de sus rubias cejas mientras me miraba de frente, sin rodeo alguno.

-¿Y a ti te han hablado las yeguas, potros y caballos del establo?-sonreí sintiéndome victorioso cuando su mirada se volvió dura.

-Los animales tienen su propia alma, Marius. Poseen un alma más noble que la nuestra, si es que aún tenemos alma-aquello no era un reproche sino una explicación sincera, cosa que me perturbó momentáneamente- Sabías más de ello si no te escucharas únicamente a ti mismo-sentenció girándose por completo hacia mí y dando un par de zancadas.

Tenerlo así frente a frente, en una posición de clara desventaja, me provocaba recordar incidentes que habíamos vivido en el pasado. Él había cumplido las normas y dictámenes que le habían sido encargados, era el más joven de los druidas allí presentes y poseía un aspecto algo más joven que el mío. Jamás osé preguntarle por su vida ni sus creencias, pues me parecía de lo más absurdo. Jamás indagué en su pasado salvo el mismo que compartíamos. Por lo demás, salvo por los años de convivencia, para mí Mael seguía siendo un auténtico extraño con maneras toscas y desagradables. Seguía siendo Mael el idiota y yo Marius el Romano.

-Tan arrogante como siempre- dijo con media sonrisa burlona- Aún ni te has percatado que ya a nadie le importa que seamos o no seamos. Sólo quieren alimentar su morbo con historias que nosotros no deseamos contar, aunque ya no queda ni un atisbo de intimidad desde que ese rubio estúpido atrae a cientos de jóvenes mortales hasta nosotros. No le culpo de ello porque yo he amado a mortales, ya que Jesse lo era hasta que Maharet la convirtió en una de los nuestros- guardó silencio unos instantes y alzó la vista hacia las vigas- El mundo es pequeño como este lugar y siempre nos encontramos. Tú me encuentras a mí la mayoría de las veces-y en eso tenía razón, el destino nos había puesto en el camino en más de un momento determinante. A veces, esos momentos eran en los cuales yo, o alguno de mis seres queridos, requeríamos de ayuda.

-¿Qué quieres decirme con eso?-pregunté intentando saber a qué nos llevaría aquella absurda disputa.

-Tú y yo no somos tan distintos, sólo que yo estoy dispuesto a escuchar y creer pero tú nunca creerás nada porque eres un romano idiota. Eres un ceporro que sólo piensa en sus intereses y sus reglas que nadie sigue-rió descaradamente cerca de mi rostro y prosiguió-ni tú sigues.

-¡Cómo te atreves!-grité molesto intentando levantarme, pero la sucia mano diestra de Mael cayó sobre mi pecho y me empujó.

-¿Y qué es Benji?-explicó con una sonrisa ladina-No cumples tus reglas y se las impones a ese idiota que hace lo mismo que tú. Pone sus reglas, pide que todos la cumplan y luego se las restriega por su trasero igual que si fuera papel de baño.

Tenía razón y eso me enfurecía, lo cual me hizo levantarme de un salto y agarrarlo por la camiseta hasta rompérsela y provocar que se cayera sobre un par de fardos. Me había enfurecido como hacía tiempo que no lo hacía, pues ya habíamos sobrevivido a varias peleas y él insistía en buscar como romper mi paciencia.

-¿Qué harás Marius? ¿Me matarás o pedirás a otro que lo haga? ¿Cuan valiente serás en esta ocasión?-interrogó alzando ambas cejas mientras se giraba.

Caí entonces encima suya comenzando a golpearlo, pero los esquivaba con la misma velocidad que yo ofrecía a mis movimientos. Como colmo se levantó escurriéndose como una serpiente mientras corría por el pasillo central burlándose de mí en grandes y cuantiosas carcajadas. Cuando prácticamente me di por vencido pude corretearlo por toda la cuadra, arrinconarlo contra uno de los cubículos desocupados y pegarlo contra una de las vigas. Entonces, y sólo entonces, logré golpearle el rostro marcando su pómulo durante unos instantes.

Su rostro mostraba sorpresa e indignación. Al parecer no se esperaba que pudiera alcanzarlo y golpearle con aquella fuerza, aunque no hizo gesto alguno de dolor. Me miró a los ojos y se sintió incómodo por la cercanía de nuestros cuerpos, pero no iba a escapar y terminaríamos la pelea con los puños como debimos hacerlo tiempo atrás.

-¡Apártate!-gritó provocando que su yegua, Aldana, relinchara- Avicus no tolerará una pelea de ambos- su cuerpo se movía rozándose contra el mío mientras mis brazos lo atenazaban contra aquella columna.

-Ni en sueños, druida-respondí con los dientes apretados completamente furioso.

Durante una fracción de segundo nos miramos a los ojos. Jamás lo había hecho desde tan cerca y la furia pasó a una notable excitación. Su mirada era temible, con unos ojos azules algo menos fríos pero sí duros y que mostraban cierta sabiduría. Me molestaba que me comprendiera y conociera mejor que yo mismo. Aquel maldito celta era un dolor de cabeza para cualquiera que se aproximara demasiado a él, pero sin embargo su cuerpo empezó a ser deseable.

-Aparta-dijo en un tono molesto aunque para nada chillón-Aparta-repitió- ¡Aparta!

Entonces tras ese molesto grito, el cual prácticamente me dejó sordo, terminé por atrapar su boca con la mía y ofrecerle un beso para nada casto. Mi lengua se introdujo en él mientras sus manos se aferraban con fuerza a mi chaqueta, la cual era oscura aunque no así mi camisa de seda roja. Ambos estábamos sucios por pelearnos por aquel lugar entre el barro y el heno, así como la paja que se usaba en el suelo. Habíamos luchado correteando como niños y finalmente besándonos como adolescentes.

-Muévete-susurró con las mejillas suavemente encendidas cuando corté el beso- Avicus me está esperando.

-Seguramente está ensimismado leyendo en su habitación y ni siquiera te extraña-aquello pareció herirlo más que ofrecerle cierta rabia.

-Muévete-repitió.

Cuando repitió aquello con tanta fuerza me moví permitiendo que pudiera sobre pasarme y salir de los establos. Por primera vez observé sus ojos, los cuales ya no tenían marca alguna de expresión debido a los milenios, y su espalda pequeña de hombros mucho más diminutos que los míos. Era delgado y de aspecto escuálido, lo cual jamás había notado tras sus ropas de celta resentido y después aquella ropa deslucida ajada casi por los años. Un hombre que vivía al día y no buscaba un futuro pomposo. Quizás ese era nuestro principal problema. Amaba los lujos y durante años las fiestas, aunque decidía recluirme en mi soledad o a lo sumo en compañía de mis pupilos. Él sin embargo como mucho limpiaba las cuadras, se paseaba por la ciudad y llamaba insistentemente a Jesse para saber como se encontraban ella, las gemelas y Thorne. Distintos caracteres y distintas formas de vida, sin embargo no podía dejar de pensar en su cuerpo desnudo bajo el mío.

-¿Qué me ocurre? Es el imbécil de siempre-me dije a punto de irritarme conmigo mismo.

Salí de la cuadra sacudiéndome el barro y la inmundicia cuando lo vi. Estaba en mitad del jardín observando las estrellas, como haría cualquier loco celta para hablarle a sus dioses. Se hallaba sentado en estilo flor de loto y con las manos colocadas en sus rodillas. Su rostro mostraba dureza, tal vez porque estaba serio.

-Mael-sabía que debía pedirle disculpas antes que todo aquello empezara a convertirse en otra queja, la cual me lanzaría en la próxima ocasión.

-Siéntate si quieres-aquello me sorprendió, pero no me alarmó.

Él no parecía dispuesto a seguir discutiendo, al menos no de momento. Su aspecto era como el de un figurilla de cera o quizás una escultura de mármol. Tenía las cejas muy rubias, aunque algo más oscuras que el cabello el cual parecía de color paja. Sus labios tenían un leve toque de color, tal vez por la sangre que había ingerido recientemente o quizás porque era un rasgo característico en él.

Tomé asiento a su lado mientras él me observaba. Nuestras miradas de nuevo se sostuvieron y fue él entonces quien se aproximó a mí para besarme. Era un beso menos rudo y más sostenido en el tiempo. Su lengua se movía en mi boca como la mía en la suya. Acabé tendiéndolo mientras me recostaba sobre él, acariciando su torso y abriendo sus piernas. La hierba acariciaba su rostro dándole un aspecto más natural y menos frío, pues de cerca no era piedra sino algo más cálido y suave al tacto.

-No, aquí no-dijo colocando sus manos sobre mis hombros, pero no me detuve como él pretendía.

Mi rostro se hundió en su cuello, pudo sentir entonces mis colmillos rozando el lóbulo de su oreja derecha junto a mi aliento mientras sentía mi peso. Dejé varios besos en sus clavículas y cerca de su bocado de adán. Podía notar como su cuerpo se agitaba y como rápidamente sus caderas buscaron chocar con las mías. A pesar de ese deseo que me mostraba aún se resistía. Quizás era eso, su resistencia.

-Marius, aquí no- su instinto natural le pedía pelear contra mí y sus propios bajos instintos.

Un beso le calló momentáneamente y al apartar mis labios de los suyos un suave gemido, el cual me sorprendió gratamente, surgió de su boca mientras sus piernas temblaban abriéndose. Con desesperada rapidez retiré sus botas, calcetines y los pantalones dejándolo regado por el césped que empezaba a clarear, signo evidente de un otoño frío. Él se aferró a mi ropa, provocando que sus afiladas uñas rompieran la tela y mi ímpetu hiciera el resto.

En cuestión de segundos estábamos desnudos como dos impúdicos en medio del jardín con el sonido de la estridente música rock de fondo. Sus ojos buscaban los míos para cerciorarse tal vez que aquello estaba ocurriendo, pues no era un sueño ni una pesadilla. Incliné mi rostro sobre su pecho y mordisqueé sus tetillas, así como succioné sus pezones provocando que gimiera y agarrara mis largos mechones de pelo con sus manos. Mi lengua se deslizó por su torso hasta su ombligo y finalmente por sus ingles.

-Marius- su voz no sonaba áspera, sino que parecía melosa e incluso pegajosa.

Comprendí entonces que no había atisbo alguno de ira o lucha por su parte, sino que estaba cayendo en mis redes. Con cuidado lo giré sobre sí mismo y observé su perfecto trasero redondeado y sentí ira, quizás porque algo en mí me pedía discutir en vez de otorgarle placer. Sin embargo, no había mejor venganza que rellenar aquel trasero con mi esperma dejándole un hermoso recuerdo que lo llenara de furia.

Con mi mano derecha agarré su cabeza pegando el lado izquierdo de su rostro a la hierba, con la izquierda levanté sus caderas y me incliné lamiendo su entrada. Aquel orificio parecía estar esperándome para hacerle gozar, igual cualquier maldita perra en celo que podías encontrarte desesperada por las atenciones de su amo. Hundí mi lengua en él y Mael sufrió un espasmo, sus piernas se abrieron de forma dócil sacándome una honda carcajada.

Me incorporé observando sus ojos fijos en mis acciones por encima de su hombro. Tenía los labios entreabiertos y sus manos pegadas al césped. La hierba posiblemente provocaba ciertas cosquillas a su miembro, el cual estaba erecto y húmedo.

-Te voy a mostrar como Roma construyó un Imperio sobre vuestro pueblo-dije muy cerca de su nuca- Y como mi padre me concibió con una esclava. ¿Serás hoy mi esclava? ¿Eso quieres Mael?-hice rozar mi glande contra su húmedo ano.

Su respuesta fue alzar más su cadera rozando estas contra mi miembro y ofreciéndome así un soberbio placer. Azoté entonces su trasero con mi mano izquierda con la palma completamente extendida, y lo hice una y otra vez. Cuando paré su nalgas estaban enrojecidas y perfectas para enterrar mi miembro.

Al entrar él soltó un gemido de placer que se quedó clavado en mis recuerdos, y el cual aún me prende, moví suavemente mi cadera gruñendo bajo y resoplando cuando logré empezar a moverme a un ritmo fuerte y contundente. La diestra dejó de estar sobre sus cabellos y quedó enredada en su miembro llevando un ritmo aún más fuerte que aquel que yo le ofrecía con mi pelvis. Sus caderas se movían a ritmo contrario buscando mayor placer.

-Marius... Marius...- al fin dejó escapar mi nombre en pequeños gritos de placer.

Arrancaba la hierba a la cual se aferraba mientras el ritmo iba aumentando. Aquellos gemidos indecentes podían llamar la atención de cientos de ojos, pero todos estaba puestos en los habitantes de la mansión y no en el jardín que moría esperando el frío invierno. Podía notar como contraía sus músculos para atraparme dentro de él y también la tensión de su cuerpo en aquella posición.

-Espera, te ofreceré una oportunidad- dije saliendo de él mientras lo empujaba para volver a girarlo.

De inmediato se levantó quedando de rodillas frente a mí y comenzó a succionar de una forma que ni siquiera Armand había hecho. Estaba desesperado y parecía querer demostrarme que era bueno con su boca, mucho mejor que cualquier esclava que pudiera tenerse para esos menesteres. Su nariz rozaba mi vello público y su larga lengua, la cual solía usar para insolentes palabras, rozó mis testículos. Sus gemidos se callaban con cada estocada de mi miembro, pero los míos salían sin reparo alguno.

Agarré su nuca pegándolo a mí e introduciendo todo mi miembro en su interior. Pude notar como jugaba a rozar las abultadas venas de mi sexo y sus labios apretando la base de éste; sin lugar a dudas era una experiencia extremadamente placentera. La lujuria nos consumía a ambos en medio de aquel jardín. Sin embargo, lo aparté y me tiré al suelo con él. No aguardó ni un segundo para subirse sobre mí y penetrarse él mismo moviéndose rápidamente. Sus manos se paseaban por mi torso y pronto sus uñas rasguñaron mis pezones, vientre y laterales justo bajo mis costillas.

El cabello de Mael era mucho más largo que el mío y se movía furioso a causa del viento. La brisa había aparecido de nuevo y las nubes se volvían más oscuras por momentos. Pronto empecé a sentir algunas gotas caer sobre mi rostro y en cuestión de segundos las pequeñas gotas se convirtieron en tormenta. Pero ni a él ni a mí nos importaba. Se inclinó para besarme cubriéndome con su pelo empapado mientras su cadera se contoneaba en suaves círculos. Ambos gemíamos boca contra boca y de ese modo él llegó al final.

Manchó su vientre y parcialmente también salpicó el mío, sin embargo yo no estaba satisfecho. Salí de él con cierta furia controlada y lo postré frente a mí colando mi miembro en su boca. En dos estocadas acabé llenándole la boca de esperma. Sus ojos azules se fijaron en los míos que lo miraban con lujuria y rabia.

-Ni se te ocurra escupir-dije tomándolo del mentón para verle a los ojos y éste abrió la boca. Había ingerido mi semen sin una mueca de desagrado.

El momento de pasión pasó de inmediato nada más calmarnos sentados sobre la hierba, bajo aquella tormenta gélida. Él se levantó caminando a duras penas, como si sintiera alguna molesta, y corrió hacia los establos recogiendo lo que quedaba de su ropa. Yo hice prácticamente lo mismo pero hacia el interior de la mansión por la puerta trasera.

Hace ya dos semanas que ocurrió nuestro encuentro y cuando nos cruzamos por los pasillos, o coincidimos en una misma habitación, tratamos de obviar nuestra presencia. Avicus cree que es porque hemos madurado al fin y hemos dejado atrás nuestras eternas peleas. Creo que en unos meses el recuerdo se habrá convertido en polvo y podremos volver a la vida normal, es decir, podremos pelearnos como de costumbre.  

domingo, 13 de octubre de 2013

La noche de la perdición

Fan fic de David y Louis
Creado por David y Louis de "El Jardín Salvaje"



El cielo parecía que iba a caerse a pedazos. La tormenta que estaba instalada en la ciudad parecía no querer marcharse hasta descargar toda su encantadora furia, igual que una mujer molesta con su amante o un hombre furioso después de un desengaño amoroso. Aquello era como una jauría de fieras alardeando de su poder. Los relámpagos iluminaban la estancia mientras la luz de la bombilla aún no se prendía, pues nos habíamos quedado sin electricidad y aguardábamos que regresara. La chimenea de mi despacho ya estaba encendida ofreciéndome refugio y un agradable calor.

Sentí a Louis en la escalera. Era extraño percibirlo en la mansión que ocupábamos la mayoría, pues después del abandono que había sufrido por Lestat decidió mudarse a varios kilómetros, prácticamente a las afueras, en una respetable mansión que fue parte de una de las cientos de plantaciones de algodón de la zona. Su figura se detuvo frente a la puerta, la cual se encontraba abierta, y pidiendo permiso en silencio con un ademán entró.

Sus ojos verdes en la oscuridad tenían una belleza inigualable. Sus labios, los cuales parecían fruncidos en un leve enojo, mostraban una vida más peligrosa que la del fuego que tenía a pocos metros. Su cabello estaba empapado y, a decir verdad, también su ropa. Parecía haber caminado bajo el aguacero para encontrar calor y confort a mi lado, como en los viejos tiempos.

-Sé que debo hacer las paces con Lestat. Si has venido a pedirme que lo vigile y ayude llegas tarde. Marius hace rato vino con el mismo fin-giré mi rostro hacia las llamas y dejé escapar un suspiro, como si fuera una queja- No me interesa.

No siempre te pedían algo así, al menos no a mí. Entre ellos discutían y se arreglaban, pero arreglar el problema que existía desde hacía meses con Lestat, mis sentimientos por Mona, Mona y mi orgullo herido era un problema de gran magnitud.

-Por favor, no quiero discutir Louis- dije indicando el sillón frente al mío- Toma asiento. No importa que lo mojes. Realmente no sé para que compré estos muebles pues a penas los uso. Tal vez porque me recuerdan a nuestros años conviviendo. Me recuerda a ti, a Lestat y a mí mismo en aquel apartamento- mi mano estaba tendida hacia él esperando que aceptara la invitación-Por favor, hazme compañía en silencio mientras el fuego te calienta.

Abogaban por Lestat como si fuera un santo. Aunque, sabía que jamás lo sería por muchas lecciones de moral que hubiese deseado dar hacía algo más de una década. En esos momentos posiblemente se encontraba retozando con su esposa, quizás sobre el piano o era posible que correteando por la ciudad cantando alguna canción cuyo nombre seguro que ni recordaba. Así era él. Mientras yo era un hombre de costumbres que hacía de abogado del diablo, pues Lestat siempre sería para mí el diablo en persona a pesar que Memnoch también rondara la casa. Lo había sentido, igual que había sentido a Louis. Tan hermoso, tan fascinante, con aquella intensa mirada, las gotas de agua resbalando por su rostro y sus delicadas, fuertes y suaves manos a ambos lados de sus costados. Louis, el Louis de Lestat. Louis quien empezó todo. Louis el cazador sin escrúpulos, el ángel de la muerte y la soledad. Cínico a ratos, frío y calculador, pero también emocionalmente inestable. Tantas cosas habían pasado entre nosotros y tan distantes nos encontrábamos, como si él no estuviese en la habitación ricamente decorada con pulcritud.

Podría decirse que aún lo amaba, aunque no con el deseo desenfrenado que me evocaba Mona. No sentía deseos hacia él, pero si un profundo respeto y amor como sentía por Lestat, a pesar que habíamos discutido acaloradamente durante estos meses. Pero, todos discutían con él y a la vez le amaban. Igual que muchos amaban a Louis. Ellos me enseñaron el mundo en las sombras en Brasil, me acompañaron en mis primeros años y me sentía huérfano cuando no me hallaba junto a ellos. Sin embargo, eso ya era imposible.

Me miró detenidamente frunciendo levemente el ceño, pues al parecer no estaba enterado de los problemas que existían entre Lestat y yo y tampoco era de su incumbencia. Esbozó una sonrisa que parecía sentenciar que Lestat era un idiota que jamás cambiaría.

-No sé de qué me hablas, yo no vengo a pedirte nada que tenga que ver con Lestat- finalmente aceptó la invitación a sentarse y así lo hizo, despreocupándose por mojar el sillón- Lo que haga o deje de hacer ese idiota ya no es mi problema -dijo de forma tajante y fría.

-A veces me gustaría creer que yo también estoy libre de sus pecados-confesé observando su pálido rostro iluminado por la tenue luz de la chimenea.

Sus ojos brillaban y sus labios se veían sonrosados, así como sus mejillas. Había bebido sangre antes de aparecer por la puerta, posiblemente no hacía más de una hora. Su aspecto era el de un hombre elegante, bien vestido, cuidando cada detalle de sus prendas aunque estuvieran destrozadas por la lluvia. Sin embargo, mi aspecto era más sencillo. Tan sólo llevaba una camisa blanca desabrochada en sus dos primeros botones, un pantalón negro y unos mocasines muy clásicos. Había decidido no salir esa noche y dedicarme a contemplar los archivos que conservaba en mi ordenador, para después buscar a Mona que posiblemente bailaría y reiría en la parte inferior de la casa con el resto de mortales. Ella siempre sería más social que Louis, yo o cualquier otro hijo de Lestat. En realidad, ella y él eran muy parecidos. Sin embargo, la fiesta se había pospuesto por la tremenda oscuridad que reinaba en toda la casa aunque se escuchaban murmullos de conversaciones, alguna risa y la sensación de compañía constante.

-Hacía mucho tiempo que no estábamos frente a frente. La última vez te increpé y me empujaste- recordar aquello no me hacía sentir mucho mejor- Habías regresado con Lestat después que él te engañase de nuevo. Me dijiste que no intentara meterme en vuestros asuntos porque yo tendría mayores preocupaciones tras casarme con Mona. Después de aquello la amistad se ha ido...-no sabía como calificar el silencio que había entre nosotros, el hueco que se había llenado de oscuridad radiante y la sensación de mareo al evocar cada recuerdo-desvaneciendo- añadí finalmente sin rodeos.

Louis mostró entonces una sonrisa distinta, ésta se volvió socarrona.

-Como olvidar eso- dijo rompiendo el silencio- Tú sólo intentabas abrirme los ojos y yo era el idiota enamorado que seguía creyendo en las absurdas palabras de su amado -su mirada seria y falta de sentimientos se transformó a una nostálgica y triste por breves momentos- Ahora que todo esto ha pasado, creo que es justo pedirte una disculpa... no espero que me creas o me perdones pronto, pero por la buena amistad que alguna vez tuvimos espero y un día me perdones -se acomodó mejor sobre el sillón apoyando sus manos en el descansa brazos, acariciando lentamente con sus dedos la tela.

Comprendía el deseo que había en él cuando miraba a Lestat, el cual a veces parecía volverlo frágil aún hoy. Había cambiado después de la interrupción en nuestras vidas en común de Merrick. Ella había vuelto a enloquecerme, provocar que cayera en su trampa y que él me acompañara. Era un amor que nunca pude olvidar y pese a todo la perdoné por sus pecados y delitos. Desde aquellos días todo empezó a ir de mal en peor entre Lestat y él. Realmente no sabía como habían mantenido aquella relación por más de una década. Disputas constantes y reproches que a veces no parecían olvidarse jamás.

-Louis- arrastré su nombre entre mis labios y sonreí sincero- Ahora eres más libre que nunca. Me gusta saber que ya nada te ata para encontrarte a ti mismo -me incliné hacia delante y le miré fijamente a los ojos- Puedes venir a mí cuando desees. Somos amigos aunque estemos ahora distanciados. Por mí no hay problema si necesitas que te acompañe algunas horas para escuchar tus pensamientos. Sabes que siempre te he tenido un profundo y sincero aprecio.

Recordé entonces cuanto lo había amado. Me entregué al pecado de arrebatar a Louis de brazos de Lestat en más de una ocasión. Luché tanto por unos besos y caricias, por su cuerpo entregado al mío y sus manos palpando mi espalda mientras suspiraba entre las sábanas de su cama que se convirtió en la nuestra. Lestat hundido en sus pensamientos, escuchando viejos discos, sintiéndose preso de sus miedos y nosotros libres para un juego que acabó mal. Si Merrick no hubiese aparecido era posible que aún siguiéramos en aquella situación, prolongando una mentira y un deseo ejercido por la soledad en su caso y por un amor sincero en el mío.

Louis nunca me amó como yo pretendía, pero al menos sí me deseó de igual modo. Lestat estaba fuera de juego, como si fuera el peón y no el rey, y yo me transformé en un consorte que le llenaba de palabras amables y aduladoras, caricias excitantes y besos que le contagiaban. La primera noche fue el camino a la perdición para ambos. Aquella primera noche tras varias buscándonos, mirándonos, tan sólo besándonos compartiendo el sabor de la sangre y ciertas caricias íntimas. Mis manos sobre la tela que cubría su entrepierna, dejando leves masajes en círculo para despertar su sexo y como él jadeaba bajo dejándose hacer de esa forma para aliviar sus miedos y la soledad que le abrazaba firmemente. Necesitaba a Lestat y yo me aproveché.

“No pienses, sólo siente. Intenta sentir Louis. Sólo siente. Déjate llevar y todo irá bien. Piensa si quieres que es él, si eso te hace sentir menos culpable.” Sin duda era un miserable que me había aprovechado de su confianza. Sin embargo, una noche fue distinta y de ella surgieron algunas más. Pero ninguna como aquella. La noche de la perdición.

Habíamos regresado de una cacería impecable. Un hombre y una mujer, los cuales mantenían casi encadenados a su hijo con deficiencia mental. Eran repulsivos, se gritaban y golpeaban en una vivienda en condiciones lamentables. El pequeño, de no más de doce años, se retorcía prácticamente en sus propios excrementos y entre cajas de pizza vacías acumuladas por el suelo. Matamos a los villanos, el chico se encontraría un día más tarde merodeando el barrio, y nosotros nos sentíamos superiores, como así era, y nos hundíamos en el placer. La sangre nos había dado energías.

Entramos en la vivienda que compartíamos. La música de Lestat seguía sonando y él parecía no haberse movido ni un milímetro. Llovía lamiendo la miserable vida de la ciudad, limpiando sus problemas durante unas horas y dejando el cielo tan oscuro que no se podían imaginar las estrellas que había más allá de las nubes. Al entrar en el salón, cerca de la escalera central, le agarré del brazo evitando que subiera a la biblioteca. No quería que se hundiera en viejos libros y recuerdos, pues lo deseaba hundir en mi cama.

Atraje su figura hacia mí, lo tomé de la nuca y lo besé inclinándome ligeramente hacia delante por nuestra distinta estatura. Sus labios se abrieron aceptándome, pero no soltaba ni su brazo ni su nuca. Temía que huyera como solía hacer. Ésta vez sería mío demostrándole que otro hombre también podía hacerlo suspirar y vibrar.

-Louis, dejemos de jugar como niños y juguemos como adultos- dije mirándolo a los ojos. Esos profundos ojos verdes que brillaron como gemas- Louis, olvida por un momento tu estúpido decoro. Deja que te desnude y lama cada milímetro de tu cuerpo. Permite que te haga gritar- guardé silencio con los labios cerca de los suyos, rozándolos mientras murmuraba aquellas palabras- No me importa si él nos escucha y a ti tampoco debería de importarte ya.

-Ah David ¿Por qué tienes que tentarme tantas veces y de esta forma? -aunque se negara, internamente deseaba que continuara, esas palabras suaves, amables y llenas de un amor que Lestat nunca antes le regaló, lo volvían vulnerable y un conejillo dispuesto a la completa merced del lobo frente a él- Oh David, David... -susurró su nombre como si recitara un poema- No debería pero... soy hombre y tengo mis necesidades... -esta vez habló rozando sus labios con los ajenos mientras sus ojos observaban con pasión y cierta travesura los ajenos- ¿Crees que a él le importe?

-No me interesa conocer la verdad ¿y a ti?-pregunté deslizando mi mano de su nuca por su espalda.

Aquella mano derecha recorrió sus hombros algo más estrechos que los míos, su cintura y cadera, para terminar apretando sus nalgas rozando la abertura de estas. Sabía que quería sentirme. La noche anterior había logrado introducir un dedo entre ellas y provoqué que eyaculara completamente sonrojado, con sus tímidos jadeos aflorando de su boca que se abría igual que un pez que desea respirar y esos ojos llenos de deseo.

-Un dedo no será suficiente-mascullé soltándole el brazo para desabrochar un par de botones de su impecable camisa. No había derramado ni una gota pese al forcejeo con aquel corpulento idiota.

Besé su cuello dejando que mis labios le hicieran jadear sólo de imaginarlas sobre su sexo, pezones y espalda. Iba a ser mío. Codiciaba sus sentimientos de igual modo que su cuerpo. Quería ser su nuevo amor, a pesar que nunca sería el sustituto idóneo de Lestat ya que yo no tenía ese encanto maldito, esos ojos burlescos y esas palabras que recitaban letanías de amor y que realmente sólo eran veneno. Amaba a Lestat, pero era un mentiroso ruin que sólo mantenía a Louis en sus brazos porque detestaba que otros lo tocaran y él comprendiera que había mejores hombres que un adulador compulsivo.

-Vamos a tu dormitorio- le ordené- Te debes una noche de placer- añadí tirando de nuevo de su brazo para provocar que se moviera.

Soltó un lento suspiro cargado de excitación y deseo, aunque no quisiera aceptarlo, aquellos besos y caricias que le proporcionaba le encantaban, le hacían temblar y desear más. ¡Al diablo lo que pensara Lestat! si él podía irse con putas ¿por qué el no podía hacer lo mismo? Jamás se enteraría ni por él ni por mí.

-Vamos -aceptó finalmente luego de su debate mental y moral- Quiero comprobar que tan bueno eres en la cama, siempre me presumes que eres mucho mejor que él ¿Será verdad, o sólo una falacia tuya? -me dijo a modo de reto y con una sonrisa traviesa, la cual me prendió, mientras me seguía el paso- No hay necesidad que me obligues a nada David, no voy a huir si eso es lo que temes.

Liberé su brazo para subir junto a él por la escalera, dándole algo de espacio. Sin embargo, quería destrozarlo allí mismo. Necesitaba romperle los concemptos, quemar sus miedos y arrojar sobre su cuerpo nuevas caricias que él aún no comprendía. Quedé en silencio hasta que entramos en la habitación y cerramos la puerta.

La majestuosa cama vestida de blanco apareció como un fantasma con su dosel de encaje de flores y lazos color marfil de bordes dorados. Los almohadones se veían muy cómodos y lucían colocados perfectamente sobre el colchón que nos llamaba a cometer el pecado. Las columnas que sujetaban el dosel eran caoba, al igual que los restantes muebles. Louis tenía un tocador donde dejaba descansar algunos libros, sus frascos de perfume y un cepillo de plata que Lestat le había obsequiado para que callara sus reproches. Una habitación pulcra que pronto iba a ser manchada.

Permití que se girara para llevarlo hasta la cama donde eché su pelo hacia el lado contrario. Besaba su cuello mientras desabrochaba su camisa, sacaba su chaqueta y chaleco, quitaba su cinturón y le ofrecía cierta libertad a su figura. Aún estábamos húmedos y empaparíamos el colchón y las ropas de barro y agua de lluvia.

-Louis... - dije obnubilado por su cercanía tomando su mano derecha para dirigirla a mi entrepierna- Louis... -estaba excitado y comenzaba a tener abultado el paquete- No sabes cuanto he deseado hacerte el amor.

-David... -tiró de mí haciendo que chocaran con la base de la cama- ¿Qué deseas? -sabía lo que quería al haber guiado su mano hacia su entre pierna, su mano presionó su miembro que se mostraba abultado- Dímelo David ¿qué deseas?

Cerré los ojos hundiendo mi rostro en su cuello. Mi lengua dejaba círculos pequeños sobre su piel tibia por la sangre que habíamos conseguido. Acaricié su mano deseando que no la apartara.

-Tus caricias, tu boca...-alcé la cabeza y lo tomé del rostro- A ti en ésta cama sin ropa y sin límites. Te quiero a ti arrodillado al fin frente a mí, ofreciéndome tu lengua y tu boca. Te deseo a ti- aparté mis manos de él para quitarme la chaqueta y tirarla al suelo, quitarme el cinturón y botón de mi pantalón permitiendo que él bajara la cremallera como bien quisiera- Quiero que me hagas feliz del mismo modo que yo lo haré contigo.

-Lo haré mon amour, cumpliré tus deseos -aquellas palabras de amor eran ciertas pero a la vez falsas. Yo lo sabía. Sabía que me amaba pero no con la misma intensidad que amaba a Lestat, pero por hoy se olvidaría de él y me ofrecería todo lo que yo quisiera. Bajó el cierre del pantalón y sacó mi miembro- Ésta noche seré completamente tuyo... -dicho ésto le lamió el glande como si fuese una golosina de forma lenta y tortuosamente.

Mis piernas temblaron mientras mis ojos intentaron mantenerse abiertos. Había esperado tanto tiempo poder sentir su lengua. Deseaba a Louis desde el primer momento en el cual nos conocimos. Quise hacerlo mío en Brasil mientras Lestat coqueteaba con las mujeres en pleno carnaval. Él se emocionaba observando sus bustos, contoneándose con ellas en medio de un baile demencial y cargado de connotaciones sexuales, mientras que yo sostenía a Louis en mis brazos acariciando sus cabellos para calmar su silencioso llanto.

El momento que vivíamos me hizo sentir victorioso, aunque sólo era un paso pequeño comparado con todo lo que yo deseaba. Por eso lo sentí tan placentero. Ningún hombre o mujer hasta ahora, ni siquiera Merrick, me ofreció tal sensación con tan sólo unas lamidas.

-Louis, darling- dije tomando asiento en la cama mientras recogía su cabello húmedo para poder observar mejor su expresión.

No comprendía a Lestat, o más bien no compartía su estilo de vida. Louis se desvivía por complacerle dentro y fuera de la cama. A pesar de las peleas, los pequeños incendios, los jarrones rotos y el llanto se amaban de forma profunda. Mi amigo tenía todo y lo despreciaba aceptando a mujeres en su cama, aventuras que arriesgaban su vida y que para mi gusto eran completamente innecesarias. El misterio me tentaba, pero sabía ser precavido. Aunque, en aquel momento estaba cometiendo una locura.

-Darling, I love you so much. You are my love. My heart is for you- le aseguré mientras le ayudaba a dirigirse mejor por mi miembro que se endurecía en su boca mientras le miraba con una expresión cargada de fascinación.

-Oui, only your my love -respondió a mis palabras cargadas de amor y procedió a engullir de una vez todo mi miembro. Su lengua serpenteaba hábilmente alrededor de toda su extensión, su cabeza iba y venía para ofrecerle más placer.

-Louis- gemí su nombre moviendo mis caderas sin importarme que Lestat pudiese despertar, como solía hacer por algunos minutos, y molestarse irremediablemente por todo lo que estaba sucediendo.

Ayudaba a mi amante, el amante que tanto había deseado tener entre mis brazos, a tragar cada trozo de mi sexo. Sus labios rozaron la base y los testículos mientras su nariz me provocaba cierto cosquilleo por una respiración innecesaria pero que aún mantenía, como si estuviese vivo.

-No, darling- murmuré apartándolo para incorporarlo y recostarlo en la cama.

No quería disfrutar únicamente yo. Jamás fui tan egoísta como Lestat. Él no tenía porque sacrificarse ante un amante. Por ello lo recosté junto a mí y saqué el resto de la ropa entre besos, caricias y miradas cómplices. Acomodé su figura entre los cojines mullidos de aquella enorme cama y acaricié su torso mientras me alejaba para quitarme mi pantalón y camisa.

-I love your lips, but I love much more when I can hear your sighs. I don't leave hear your sighs in my imagination when I need heat in my cold nights when you cry for him- odiaba escuchar sus llantos por Lestat. También amaba a Lestat, le había deseado en más de una ocasión, pero no se comparaba con la belleza y la pureza que aún mantenía Louis siendo un asesino certero y a la vez un infeliz que tan sólo deseaba alcanzar la paz.

Me recosté a su lado besando sus labios mientras bajaba mi mano derecha por su torso. Acaricié sus pezones y los pellizqué ambos mientras intensificaba aquella unión. Su boca era un paraíso a pesar que tenía la huella de mi sabor. Cuando alcancé su vientre plano, los huesos marcados de su cadera y finalmente su miembro noté que se estremecía.

Corté mi lengua y le ofrecí mi sangre mientras iniciaba la masturbación. Estaba duro y deseoso de mí, podía notar como sus piernas se abrían por inercia para estremecerme en su interior. Si bien debía esperar, pues Louis lo merecía.

-Ah mon cour, mon amour -gemía y jadeaba completamente extasiado y entregado a las caricias y emociones que le brindaba con tanto cariño y delicadeza que jamás había sentido y que ahora pensaba que se trataba de un sueño. Nunca, en sus más de 200 años de vida vampírica, lo habían tratado así y yo lo sabía. Todo era tan nuevo y tan diferente que ahora se preguntaba por qué no lo había hecho antes y hasta ahora se daba cuenta de que había sido un idiota por mantenerse fiel a alguien que no lo merecía- David... -susurró mi nombre luego de saborear aquel chorro de sangre que le había compartido con el beso- Plus mon cour... dame más de ti, quiero sentir como me devoras y me haces tuyo, quiero que borres de mi piel cada marca que él ha dejado. S'il vouz plait, ayúdame a olvidar.

Sabía que si jugaba bien mis cartas podía despojar su alma de ese lacerante dolor. Debía averiguar como conseguir abarcarle para siempre entre mis brazos. Me comportaría de forma egoísta robando el amor de un amigo, el cual me consideraba un hermano y un hijo. Besé los labios de Louis para callar sus palabras mientras con cuidado abría las piernas y me escurría entre ellas. Mi lengua se deslizó por sus clavículas hasta su ombligo y lo besé entre lamidas.

-No hables de él, no merece la pena- dije clavando mis ojos en los suyos, tan profundos y sinceros que me ahogaba en el valle siempre verde, refrescante y cautivador que poseía-Sólo gime mi nombre-besé la punta de su miembro y sin pudor inicié a felarlo con deseo.

Cerré mis ojos café mostrando un rostro sereno pero entregado, pues estaba concentrado en provocar el mayor placer. Mi lengua se enroscaba tirando de su piel y acariciando sus testículos. Mientras lo hacía imaginaba un futuro donde Lestat no nos molestara ni destrozara nuestra tranquilidad, un lugar oculto de sus momentos torpes de héroe irresponsable, y pensando aquello me daba valor para proseguir.

Al sacar su miembro acomodé mejor sus caderas hundiendo el dedo corazón de la mano derecha, mientras la izquierda acariciaba su torso hasta sus pezones, pellizcándolos y dejando un suave recorrido hasta sus caderas. Podía notar la presión de sus músculos y la mirada cargada de necesidad enfatizando sus palabras anteriores.

-Eres el ángel de la muerte, mi ángel, y a partir de ahora yo te cuidaré- aseguré aquello sin pensar que Merrick podía destrozar todo lo conseguido aquellos días.

Mi dedo se movía rápido seguido de un segundo y después de un tercero. Sabía que su cuerpo se retorcería y pediría mayores caricias. Me imaginé penetrándolo, sintiendo mi miembro enfundado en una vaina perfecta formada por su entrada y paredes internas. No habría para él palabras pueriles, sino deliciosos gemidos y su nombre en jadeos una y otra vez. Yo no era como Lestat.

-David... David... -gemía mi nombre al mismo tiempo que curvaba su espalda y apretaba los músculos internos para presionar sus dedos- Plus... -abrió más las piernas dispuesto a recibirme por completo- Mon amour no me hagas esperar más, te necesito, entra ya... entra... -me abrazó fuerte por la espalda y buscó mis labios para atraparlos, en un ávido y muy hambriento beso, sus lenguas entrelazadas y juguetonas se reconocían la una a la otra y sus manos se deslizaban por mi espalda mucho más fuerte y ancha que la suya- David, David.. Je t'aime... Je t'aime...

Sabía que en medio del placer podían decirse mentiras piadosas y verdades a media. Sin embargo, no dudé en creer que Lestat podía ser borrado. Yo también amaba a Lestat, pero mi amor era distinto desde que Louis entró en escena demostrándome que su belleza era mucho mayor. Era extremadamente cautivador y en ese estado, en el cual se hallaba frente a mí completamente rendido, sentí deseos de corromperlo con mentiras hacia nuestro compañero y creador. Pero, no lo hice y tan sólo bañé su rostro con besos mientras apartaba mis dedos e introducía al fin mi pene.

El glande fue abriendo camino en su dilatado orificio, entrando de una vez aunque despacio midiendo sus reacciones y decidiendo si era oportuno o no proseguir. Gemí su nombre al notar que estaba por completo rodeado por su cuerpo, enterrado en él de forma deliciosa y casi mágica. Nuestros cuerpos encajaban perfectamente uno con el otro.

A partir de ese momento mi cerebro se apagó y me hundí en la lujuria. Mi cadera se movía suavemente ofreciéndole el sentirme por completo, cada trozo de mi piel y venas, mientras besaba sus labios ofreciéndole algo de tregua. Si bien acabé aumentando el ritmo moviéndome de forma más necesitada y rítmica. Nuestros cuerpos estaban perlados de pequeñas gotas de sudor sanguinolento y las sábanas se estaban manchando quedando completamente destrozadas.

Gemía solo como sabía hacerlo cuando se sentía completamente complacido. Estaba haciendo un muy buen trabajo, ni siquiera había pasado por su mente el nombre de Lestat. En esos momentos se sentía completo y amado. David era totalmente diferente a Lestat y eso le gustaba, lo llenaba de besos, de caricias y palabras amorosas dichas tal vez con el corazón; aunque tal vez él sólo pensaba que era el gozo del momento, pero eso a él ya no le importaba. Envuelto por los brazos de su amante, se sentía único y amado como nunca.

-Plus... plus... -me pidió hablándome al oído con gemidos, quería sentirme más dentro, más profundo, más... suyo.

-Te amo- dije en medio de la euforia, aunque le amaba con todo mi corazón en esos momentos.

El ritmo aumentó mientras besaba su cuello lamiendo las gotas de sudor, los cuales se escurrían por su mentón dejando pequeños hilillos sanguinolentos. Mis testículos golpeaban duro y rápido sus nalgas, mis brazos estaban extendidos manteniendo cierta distancia con su cuerpo y con las manos apoyadas en los almohadones a los que me aferraba con fuerza.

-Darling- gemí besándolo con profunda necesidad mientras notaba como finalmente estábamos ambos a punto de llegar a la cima del placer, pues él parecía comenzar a perder el control al igual que yo.

Las fuertes y aún más profundas embestidas lograron tocar un punto que lo estaba llevando al borde de la locura, se abrazó clavando sus uñas en mi espalda y en una de las embestidas no soportó más y estalló. Sus uñas rasguñaron mi espalda y toda su esencia quedó salpicada entre ambos vientres al mismo tiempo que había gritado su nombre en un gutural gemido.

-David... -en su rostro se dibujaba una sonrisa mientras soltaba mi espalda y tomaba del rostro- Eso ha sido... único...

Llegué con él en un gemido bastante profundo y largo. Posiblemente Lestat podía habernos escuchado, pero nada en la habitación contigua daba señales de saber o comprender que acababa de ocurrir. Miré a Louis fascinado mientras aún sentía leves espasmos por mi cuerpo, sofocado y hambriento de besos casi aterciopelados.

-Por favor, se únicamente mío- rogué besando su rostro mientras salía quedando recostado a su lado.


Mis recuerdos eran tan vivos que noté cierto calor recorrer mi cuerpo, como si aún me sintiera satisfecho por aquel encuentro. Sin embargo, era más bien dolor por algo que no pudo ser y tan sólo se convirtió en un recuerdo más. Un recuerdo que me perseguía cada vez que veía a Lestat furioso con Louis, maldiciéndolo mientras le recordaba que para él ya no era más que una carga y que Louis, con la moral recobrada, tan sólo sonreía satisfecho antes de prender fuego a algo nuevo en la mansión. En esos momentos sólo amaba a Mona, pero me llegué a preguntar que hubiese pasado si Merrick no hubiese regresado a mi vida. Sin embargo, su risa en el salón me hizo sonreír como cualquier enamorado lo haría pesando en mi fortuna. Aunque, la presencia de Louis era agradable y aún la necesitaba aunque fuese sumido en silencio contemplando el fuego.  

viernes, 27 de septiembre de 2013

La caída

Escrito de Armand
Del Jardín Salvaje
Reservado aquí y publicado para que sea leído en otra plataforma además de la página. 


Había estado observando las calles desde su carruaje. Cada noche paseaba en compañía de Santiago las calles aledañas al teatro. Observaba la luna y las estrellas con cierta añoranza de tiempos mejores, en los cuales era algo más que el director de un atajo de idiotas. Los vampiros perdían su chispa cuando empezaban a envejecer, pues creían que debían ser respetados de igual modo que él lo era.

El traqueteo del carruaje le adormecía, aunque su mente estaba bastante concentrada en como actuar frente a los vampiros hijos de Lestat. La pequeña niña, la cual tenía una maldad inapelable y un dolor constante, parecía una muñeca delicada pero no la amaba, no la veía tan encantadora, y no la encontraba interesante. Ella era un error que subsanar. Louis, sin embargo, tenía una mente distinta y era un portento. Sabía que podía inmiscuirse en las habitaciones que habían pedido aquellas noches, visitar al fotógrafo que la pequeña había buscado para tomarse fotografías y finalmente separarlos de algún modo. ¡Qué ironía! Aún había tiempo para visitar la torre de Magnus y burlarse de Lestat. Pero eso había sido durante el paseo. El destino le tenía preparada una jugada magnífica.

Sin embargo, la noche tomó otros matices. La niña había quedado destrozado y finalmente terminaría consumida bajo el sol y Louis se hallaba encerrado desesperado y esperando ser rescatado. Por ello regresó a su carruaje con el traje amarillo ensangrentado de la criatura que tanto amaban Lestat y Louis, sus padres inmortales. Aún tenía el delicado perfume de sus rizos impregnado junto a la sangre ya seca.

Llegó al lugar donde Lestat había sido convertido. El ser que halló tras la puerta era un engendro que rogaría por tener la sangre inmortal que corría por sus venas, la única que le restauraría su poder y belleza, así como imploraría por la vida de su pequeña y el amor de Louis. Los harapos de Lestat contrastaba con la hermosa capa negra que cubría el frac que él llevaba, su magnífico sombrero dejaba ver algunos de sus cortos mechones rojizos. Tenía un aspecto algo más adulto, pero sin dejar de ser ese jovencito que rechazó décadas atrás.

-Armand.

-Lestat.

Hechas las presentaciones mostró su mejor interpretación. Escuchó el dolor de su antiguo amigo y confidente. Caminó con él por los escalones de la torre y puso su lado más noble a relucir. Era un ser atractivo y compasivo frente al monstruo que le rechazó. Aquel imbécil le hizo soportar a un violinista que estuvo a punto de poner en peligro la vida de todos, al cual instigó a caer en las abrasadoras llamas no sin antes padecer cierto tormento al no poder tocar su violín al carecer de manos. Sí, ese mismo imbécil de cabellos dorados y ojos melancólicos que le rogaba con esa boca, esa maldita boca de labios gruesos y grandes siempre burlona, que le diera su sangre, el don que Marius le ofreció, el deseo de cicatizar y por lo tanto una cura para su aspecto espantoso más parecido a una momia o pergamino arrugado que la piel tersa, atractiva e incluso sonrojada que solía tener.

-Lestat, debo ser sincero contigo-dijo sacando el vestido de Claudia- Ella ha muerto y Louis no desea saber nada de ti- explicó con los ojos llenos de una luz compasiva, pero en realidad era el rencor que le impulsaba a mirarle.

-No puede ser...-las lágrimas que rodaron por las mejillas hundidas, quemadas y llenas de cicatrices, de Lestat no le conmovieron en absoluto sino que sintió rabia. ¿Había llorado así Marius por él? ¿Alguien le había amado realmente? Todos sacaban partido de él, pero nadie le daba lo que él deseaba y esa desesperación le haría ser cruel.

-¿Quieres aún la sangre?-preguntó tomándolo del mentón para que lo viera, aunque éste se revolvía con la ropa de la niña entre sus brazos, como si esta la ocupara.

-Sí, necesito estar fuerte para reunirme con Louis-dijo.

Se aproximó a él como si lo hiciera un ángel y cuando tuvo sus manos sobre los hombros de Lestat, y este a punto de hundir sus colmillos, lo arrojó de la torre de un magnífico empujón. Miró hacia la nieve acumulada que rodeaba la estructura de aquella mansión, o más bien pequeña fortaleza, y sonrió para sí al ver el cuerpo de Lestat convertido en un muñeco desmembrado.


-Au revoir mon ami. Je t'aime... -susurró lanzando un beso al aire antes de desaparecer por la estrecha escalera de piedra que daba a la primera planta y salir de aquel lugar, para así buscar a Louis y llevarlo con él.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt