Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 9 de octubre de 2007

In the shower


No sé como llegué tan temprano aquella noche, tal vez porque había abandonado nuestro hogar la noche anterior en mitad de la madrugada. Una fuerte discusión nos había dividido de nuevo, los gritos insufribles y tu mirada encendida tan sólo provocaron que estallara en carcajadas. Decidí irme en aquel momento para demostrarte que puedo estar sin ti, sin saber qué hubiese sido de haber permanecido allí frente a frente escuchando todas tus quejas cargado de una furia de palabras viscerales. 

Te busqué en la biblioteca como si únicamente me pasease buscando uno de mis libros, sin embargo no estabas, pero pronto pude escuchar el sonido sordo del agua contra la losa de la ducha y el tintineo del agua contra la cortina. 

Subí apresuradamente por las escaleras, dando grandes zancadas a una velocidad de vértigo, y cuando llegué a nuestra alcoba pasé directamente al baño que compartíamos. El agua recorría tu rostro, tu suave piel y tus cabellos. Estabas bañándote bajo una cascada de gotas calientes, tan relajantes para ti y a la vez excitantes para mí. 

Te miraba mientras te enjabonabas, tus cabellos empapados se pegaban a tus hombros y yo decidí adentrarme bajo aquella tormenta cálida. Lo hice sin bacilar ni un momento, pues deseaba compartir aquella ducha junto a ti. 

Aún estaba vestido, sin embargo no me importó. Tus verdes amatistas se clavaron en mí. Parecías intentar comprender ese nuevo momento de locura, el cual se desbordó cuando te aplasté contra los azulejos del baño sin importarme los daños que pudiese causar con mi pasión. Mordí dulcemente tu hombro derecho y luego el izquierdo. 

Podía percibir perfectamente como tu piel se erizaba, y lo hacía junto a un endurecimiento leve de tu sexo. Mis ropas se estaban mojando arruinando toda su elegancia. La camisa de chorreras, de blanco y pulcro algodón, se pegaba contra mi musculatura y los pantalones de cuero se hacían muy pesados. 

Acababa de venir de la editorial, había conseguido publicar de nuevo una de mis obras. Los mortales siempre parecían encantados con la idea. Deseaban que fuese real, que aquello que narraba no fuese una absoluta locura proveniente de un joven demente. Por ello volví triunfante y sediento de ti, mi Louis, para encontrarte en la ducha purificando tu cuerpo. 

Toda tu figura me extasía, me incita y me envenena. Adoro tus prietas nalgas, firmes y redondas, esperando a ser penetradas. Tus jugosos labios estaban muy húmedos y tentadores por culpa del agua, tanto fue así que los besé. Te tenía acorralado contra mí girándote el rostro mientras podías sentir tu pecho pegado contra la pared. 

Tomé la esponja y comencé a pasarla sobre tu espalda y tu torso. Tú no decías nada, creo que estabas demasiado confuso como para poder decir algo decente. Mientras deslizaba mis manos por tu cuerpo con caricias sutiles sentí que jadeabas, lo cual me hizo percatarme que necesitabas ser lavado más profundamente.  Metí la esponja entre tus nalgas para, a continución, adentrar uno de mis largos dedos. 

Gemiste mi nombre sin saber bien a que aferrarte, pues el placer te invadió y cualquier pensamiento racional se evaporó. Acto seguido conseguiste zafarte de mis brazos,  para luego arrodillarte ante mí mientras bajabas mi cremallera. Sacaste con presura mi miembro algo erecto y lo introdujiste en tu boca, entre tus labios y junto a tu lengua. Podía leer en tu mirada el deseo más lascivo, pues tu hombre había regresado con ganas de sentir como le regalabas una nueva noche de pasión desenfrenada. Sentía como recorrías cada centímetro con deseo y lentitud, mientras mis manos se aferraban a tus cabellos y comenzaban a guiarte dándote el ritmo. Gemí echando mi cabeza hacia atrás mientras jadeaba palabras demasiado sucias como para narrarlas con facilidad. 

Confieso que adoro ver tu cabeza entre mis piernas, el recorrido de tu lengua por cada milímetro de mi sexo, y el tuyo palpitando más a cada momento sin ser atendido. No podías siquiera tocarte, pues estabas con tus manos temblorosas acariciando mis muslos y testículos. La mano izquierda estaba cerca del inicio de mi vientre, mientras que la derecha apresaba con gula mis testículos.  

Abrí más el grifo y una cascada más potente cayó sobre ti, aproveché entonces para levantarte y pegarte a la pared dejando tu espalda contra mi torso. Mi lengua recorrió tu cuello, omóplatos y columna mientras me liberaba de la camisa, para que aquella lluvia cálida me arropara al igual que a ti. Cuando llegué a la abertura de tus nalgas sonreí y me sumergí entre ellas, mi lengua recorría tu entrada y tú no podías parar de sentir que el aliento se te escapaba. 

“Hazlo ya, Lestat, hazlo” 

Hice caso omiso a lo que suplicabas, como siempre, y adentré en tu interior varios de mis dedos, con la mano restante te masturbaba. Mis dientes se empeñaban en arañar tu trasero mientras escuchaba el coro de gemidos, que indudablemente era tu voz. 

“¡Maldito diablo! ¡Maldito seas! ¡Hazlo!”

Reí  de modo compulsivo mientras me levantaba. Mis dientes echaron de menos aquellas redondeces, pero mi miembro agradeció que al fin volviera a ser atendido de una manera más placentera. Entonces, mientras aún rogaba que fuese un buen amante y terminara tu sufrimiento, destrocé su entrada con una embestida. Rápidamente, tus uñas se clavaron en mis manos porque temías caer, ya que tus piernas temblaban. 

Mi ritmo era desenfrenado, cada vez más veloz y profundo. Incluso me sentí tentado a golpearte y lo hice dando un fuerte golpe en tu trasero con la palma de mi mano derecha. Recuerdo bien que no dudaste en jadear, quizás porque te gustaba que fuese brusco y cruel contigo para sentirte vivo. 

Cuando empezaste a llevar el mismo ritmo apreté con gula tus nalgas, deseaba tener mayor presión rodeando mi miembro y sintiéndolo como una deliciosa funda. Si bien no duraste demasiado tiempo adentrado en aquella fina línea próxima a la cordura, pues pronto la locura llenó tu alma, la ató y la destrozó. 

Un delicioso escalofrío te recorrió, pues pude ver como cerraba tus puños y echabas hacia atrás tu cabeza. Dejaste que tu esencia se vaciara tras aquella tortura, yo hice lo mismo entre tus entrañas. Besé tu cuello, busqué tus labios y terminé de enjabonarte mientras susurraba cuanto placer me producías. Tú estabas arrojado contra el piso como si te faltase la vida, habías gozado hasta tal punto que la demencia te había cubierto con sus celestiales brazos. Tardaste en reaccionar, pues cuando lograste incorporarte ya salía de la ducha en busca de mi albornoz. 

“Soy mejor que tus putas, ¿verdad?”

No respondí, no deseaba reproches esa noche como tantas otras. Así que tan sólo me giré, sonreí y fui hacia la cama donde me recosté satisfecho por haberte destrozado de nuevo el alma. 

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt