Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 15 de enero de 2008

Mariposas Negras





El aleteo del olvido y la amargura


Había despertado en medio de una habitación con un terrible dolor de cabeza. Pronto me di cuenta que estaba en un hospital, el suero goteaba cayendo hacia el tubo que se enganchaba en mi brazo y dos desconocidos, un hombre y una mujer, me miraban desde unos sillones de cuero. Ella era alta, algo estilizada, de aspecto afable y que parecía haber tenido demasiado sufrimiento. Él era robusto, con un mostacho enorme que cubría parte de su boca y ojos de enfermo de cólera. Ella se aproximó hacia mí y él se marchó de la habitación. En mi boca tenía puesto un respirador y apenas podía hablar, mi cuerpo me dolía y a la vez no podía moverlo por culpa de unas correas. No entendía nada y pronto me di cuenta que no sabía ni mi nombre. Ella me acarició el rostro y besó mi frente con rostro melancólico.

-Nos dijeron que quizás no sobrevivirías.-Susurró mirándome con los ojos bañados en lágrimas.-Pero siempre fuiste un chico fuerte.-¿De qué me conocía? ¿Quién era ella? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no sobreviviría? Y lo más importante ¿quién demonios era yo?-Eduardo, mi niño.-Murmuró.-No voy a dejar que te vuelva a golpear, pero debes ser un buen chico y no comentar nada.-Dijo besando mis mejillas.-Ya sabes qué puede suceder.-Masculló con el labio trémulo para abrazarse a mí. Nuevas dudas sobrevolaron mi mente, una y otra vez, como un martilleo de un pájaro carpintero intentando derribar un roble. ¿Era mi madre? ¿Qué no debía decir?

En unos segundos vinieron los médicos y la apartaron. Querían mirar mis constantes vitales y mi estado completo. Comentaron que había tenido suerte y decidieron retirarme el respirador. Aquellos momentos fueron de pánico para mí. El tubo parecía arrancarme el alma y cuando pude respirar por mi mismo tosí. Intenté hablar pero únicamente salió un sonido ronco.

-No te esfuerces, es normal, espérate a recuperarte.-Dijo el médico anotando los datos que le mostraban los aparatos.-Has tenido suerte, no muchos sobreviven a una paliza como esa y luego a una caída por las escaleras.-Masculló mirándome atentamente.-Les he dicho a tus padres que vayan a descansar a casa y dejen a las enfermeras que te hagan las pruebas que te voy a mandar.-Comentó guardando en el bolsillo de la bata el bolígrafo para luego marcharse de mi habitación, de lo que ahora era lo único que recordaba.

Aquel día fue una zona cero, donde el epicentro del olvido había borrado cada matiz de mi personalidad. Como pude tras una de las pruebas caminé hasta el cuarto de baño y me miré frente al espejo, no me reconocí y lo que tenía frente a mí era un auténtico desconocido. Mis ojos grises temblaban ante la incapacidad de saber a quién contemplaba, mis cabellos negros caían con gracia sobre mi frente pero no parecían ser los míos y mis rasgos ambiguos me desquiciaban. Empecé a acariciarme, a palpar cada trozo de mi rostro, y a pensar qué estaba sucediendo bajo mi cráneo. Tenía magulladuras en los brazos, rostro, vientre y la espalda me molestaba. Comencé a golpear el espejo y mis puños dejaban huellas de mi desesperación en el cristal, hasta que uno de los celadores me apartó y me metió en la cama intentando tranquilizarme.

La noche vino pronto gracias a los medicamentos y al despertar observé nuevamente a la señora sentada a los pies de mi cama. Me miraba con gesto preocupado y agarraba mis manos.

-Me han dicho que no estás tranquilo.-Susurró.

-No.-Logré decir.-No sé quién eres.-Mascullé.-Aunque lo intuyo.-Dije mirando sus ojos preocupados cubiertos de lágrimas.

-¡Dios mío!-Dijo agarrándose a mí.-¿Se lo has dicho al médico? Puede que tal vez tan sólo sea algo temporal.-Masculló llorando mientras intentaba sostener su alma como podía.

Poco después trajeron mi primera comida en días. Eran unas tostadas y un café, mi primer desayuno con mi nueva vida. Aun sentía el cuerpo pesado y no paraban de hacerme preguntas, pruebas y de intentar que me recuperara, sin embargo yo deseaba morir pues me sentía vacío. En uno de los momentos que me quedé solo en la habitación fui hacia la taquilla, un pequeño armario de latón donde guardaba mi madre mis objetos personales. Había una cartera y la cogí entre mis manos temblorosas. Empecé a mirar las tarjetas de crédito, el documento nacional de identidad y una fotografía que se hallaba oculta. Era la de un muchacho de cabellos azabaches, ojos claros y tez blanquecina. Parecía un vampiro, pero su rostro afable mientras me agarraba de los hombros lo decía todo, era un amigo y no recordaba su nombre.

Cuando llegó la noche busqué nuevamente aquel recuerdo extraño y lo estuve observando. Me cuestioné porqué no había venido a verme y si aún teníamos contacto. Hurgué más por aquellos bolsillos ocultos y hallé una pequeña nota “Jamás te separes de mí, pues eres mi aliento y la luz de mi vida que me adentra a un jardín de maravillas. Sé para mí lo que siempre seré para ti”. Sonreí y pensé ingenuamente que era una nota de alguna chica. Después me quedé dormido tras ocultarlo todo para que nadie me robara lo poco que me hacía sentirme yo mismo. Seguía sin saber qué había sucedido y de acostumbrarme a mi rostro, tampoco sabía estar con mi madre y con aquel hombre que decía ser mi padre.

~Abel~

No hay comentarios:

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt