Deslizándome entre el pasado y el presente.
Decidí tomar una ducha, era lo único que podía despejarme en aquel estado. Mientras caminaba por las escaleras me fui quitando la ropa. Me sentía confuso, perdido y terriblemente asustado. Era la primera vez que estaba en esa disyuntiva sin saber realmente qué hacer. Mis pasos resonaban por el crujido de la madera algo vencida por el paso del tiempo, al igual que mi alma ante aquel suceso. Me imaginaba su rostro confuso, bañado en lágrimas y mi corazón se encogía. Cuando llegué al plato de ducha no me fijé si el agua era caliente o fría, tan sólo quería que aquella sensación me envolviera. Al salir tomé la decisión de ir en busca de mi madre, si alguien podía abrigarme en sus brazos era ella. Hacía mucho tiempo que no oía su voz, que no podía recordar su perfume y que su rostro había sido difuminado dándole rasgos que cualquier madre tiene. Tenía seis años cuando me arrancaron de su lado y la sumergieron en varios metros bajo tierra.
Me puse una de mis camisas oscuras, uno de mis pantalones vaqueros caídos y mi abrigo largo de cuero. Al salir de casa tomé la bolsa y una de las libretas que usaba para esbozar mis poemas o algún que otro dibujo. Pulsé el botón del ascensor y al final opté por las escaleras, salí corriendo por las calles y llegué a la parada, el autobús estaba aparcado y parecía esperarme. Cuando arribé al cementerio sentí que el corazón se encogía y que mis ojos se aguaban aún más. Deambulé varios minutos por los callejones plagados de tumbas y flores marchitas, hasta llegar a una de ellas donde un ángel alzaba sus brazos al cielo pidiendo explicaciones. Era ese ángel hecho a imagen y semejanza de mi madre el más hermoso de todo el campo santo. Me senté sobre su lápida y la acaricié dulcemente para comenzar mi confesión.
“Mamá lamento venir tan sólo cuando estoy triste o desesperado. Sin embargo debes de entender que este es mi refugio. Él ya no está conmigo, han comentado a tía Sara que no recuerda ni su nombre. ¿Recuerdas como me reía de él? Solía decir que era un idiota que me daba todo mientras yo tan sólo sacaba partido. Ahora el idiota soy yo, no puedo parar de pensar en él y él apenas me recuerda”
Susurraba aquellas palabras mientras escribía una carta de amor, una que no sería entregada como las otras. Quería estar con él en esos instantes y entonces comenzó a llover, primero gotas sutiles y después una tormenta en toda regla. Guardé mi cuaderno en la mochila y abracé al ángel con cariño para después marcharme. El barro se pegaba a mis botas y el frío calaba mis huesos. Mis cabellos se empaparon pegándose a mi rostro. Era un espectro más, uno de tantos, perdido entre aquellos muros de hormigón y cruces de tumbas infantiles. Al pasar por la verja decidí que tenía que deambular un rato por la ciudad, despejarme. Lentamente desde la periferia me moví hasta el mismísimo centro y después comencé a correr, como si tuviera alas en mis pies o fuera el mismísimo Mercurio.
En un par de horas, desde mi salida del cementerio, y bajo una lluvia torrencial llegué al hospital. No sabía su habitación y pregunté según sus datos personales, al final di con ella en la planta de traumatología. Por el pasillo parecía un chacal merodeando cada rincón. Cuando entré en su habitación, la trescientos cuarenta y siete, lo encontré mirando por la ventana.
-Abel.-Susurré calado por completo. Todo mi cuerpo temblaba por el frío y mis ojos se bañaron de lágrimas al ver su rostro. Se había girado hacia mí, hacia el sonido de mi voz.-Abel.-Dije corriendo hacia él para abrazarlo y besar su cuello.-Me dijeron que no recordabas nada, que no quedaba nada de ti.-Murmuré rozando su rostro con mis cabellos húmedos.

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