Mariposas Negras
VI
El caballero sin rey II
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amás imaginé que vendría a buscarme, que tuviera el valor de enfrentarse a mí. Sabía que él no tenía culpa de mis golpes, pero sí de que me los hubieran propinado. Estaba seguro que alguien leyó las poesías que me dedicaba, a mí su amor platónico, esa era mi teoría y estaba seguro que no sucedió nada más que palabras entre nosotros. Imaginé que accedí a ser su amante por lastima o quizás por insistencia, puesto que había una poesía dedicada a nuestro amor mutuo. Aquel chico me inspiraba melancolía, sentimientos protectores hacia mí y complicidad de una amistad fuerte.
Sé que muchos salen con otras personas porque intentan hacerle ver que es imposible, que es un mero capricho y que no va a ver más que eso, caprichos. Pensaba que esto era una mera relación con un amigo por lástima, quizás pena y que debía de ser consciente de cómo dejarlo lentamente. Cavilé que por ello él me golpeó o mandó golpearme. Sin embargo esta teoría se diluyó como un terrón de azúcar en medio de unas gotas de agua.
Él parecía seguro, aunque temblaba su alma ya que pude sentir su nerviosismo. Nos batíamos en duelo de miradas y frases corteses, sin ser cercanas ni demasiado dolorosas. No recordaba nada y yo me creé mi propia historia para poder soportar ese vacío en mi vida. Conocía lo que me contaban y de él poco o nada sabía, de ahí que mi imaginación fuera un constante aleteo de ideas locas hacia él. Cuando descubrí que solíamos quedar después de clases me pregunté a santo de qué lo hacíamos. Pidió mi sabor favorito de batido y con una frase desplomó mi relato de ciencia ficción. Pude notar que no mentía por como me miraba, nadie que mintiera podía sostener aquella rotundidad con sus ojos y sus gestos. Tuve miedo y salí corriendo como un chiquillo que ha visto una sombra en su habitación; con el corazón bombeando en mi cerebro y sin aliento llegué a casa.
Después volví a leer sus poesías y descubrí mensajes secretos de noches de pasión desenfrenada, un amor lujurioso y distinto que hizo que me excitara. Sentí un bulto creciendo en más allá de mi bajo vientre. Entonces decidí desnudarme y darme una ducha, tenía que olvidarme de aquellas imágenes mentales pero me resultaba imposible. Quería sentir sus manos en mí, su hombría entrando en mí y sus labios encendiendo el calor del mismísimo infierno en mi boca. Bajé mis manos hasta mi miembro y comencé a mover los dedos con sensualidad, lentamente, para acabar con brusquedad apretando el inicio y frotando con fuerza la base. Caí sobre los azulejos y el agua helada no refrescaba mi piel. Cuando terminé aquella locura y salí tomando la toalla me noté distinto, necesitado de él y débil.

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