Mariposas Negras
III
Quería creer que lo que creía era falso
| O |
lvidando lo que me habían dicho rocé sus labios con los míos en un gesto cómplice, sin embargo aquella felicidad no iba a durar eternamente, tan sólo fracciones de segundos. Su madre entró en la habitación y tiró de mí golpeándome, yo no pude hacer nada, las enfermeras también la ayudaron. Ella sólo gritaba que por mi culpa estaba así su hijo, enfermo. Me expulsaron no únicamente del pasillo, también del hospital y me sentí un fracasado. Mi rostro estaba compuesto por rabia y dolor, lloré desesperado…pero eso no solucionaba nada.
Al llegar a casa me cambié, había seguido lloviendo y notaba que el mundo estaba tan melancólico como yo. Decidí darme otra ducha, bien caliente, para que el vapor acariciara mi piel y relajara mis músculos. Sin embargo mi mente estaba aún en aquel lugar, junto a él, empapado con frío y sintiendo su pasividad ante mí abrazo. Recordé por un instante los momentos felices, aquellos en los cuales gozábamos uno del otro con total impunidad. Salí inmediatamente de la ducha y me puse los boxer, me sequé un poco el pelo y prendí un cigarrillo.
-¿Por qué?-Me cuestioné mirando una fotografía de ambos que tenía puesta en el corcho de mi cuarto.-Estábamos unidos, más que nadie en este mundo, y ahora estamos cada uno en un lugar distinto con el cerrojo echado.-Susurré aguantándome las ganas de llorar.-Abel.-Suspiré en un quebranto apagando el cigarrillo para tirarme a la cama.
Estuve llorando alrededor de dos horas, cuando mi tía volvió me calentó algo de comer y jugueteé con la carne hasta que se enfrió de nuevo. No tenía hambre, no quería si quiera vivir. Regresé a mi cuarto y prendí el ordenador tan sólo para recordar las viejas conversaciones hasta altas horas de la madrugada. Sus frases en la mensajería instantánea lo decían todo, me adoraba, y yo simplemente le correspondía con dulzura, era lo único que necesitaba.
“Tú me vuelves loco, quisiera que me dieras tu amor por completo, pero soy paciente.”
Decía dos días antes de todo aquello, era como una maldición. Yo le amaba ya, sin embargo soy un maldito cobarde y me lo guardé para mi mismo.
“¿Quieres salir conmigo? ¿En serio?”
Preguntaba en una de tantas, en realidad no era salir sino ir al cine y luego tener un buen rato de sexo. Cosa que no entendió y tuvimos problemas, pues él se sentía en pleno derecho para espantar al resto del mundo. Si bien eso me encantaba, me enloquecía, que se enfureciera tanto por cruzar palabras con un viejo amigo.
Fueron dos años de tira y afloja, de idas y venidas, para acabar completamente loco por él. En realidad, si soy sincero, puedo decir que le amaba antes incluso de ser su amante. Adoraba la expresión de su rostro y solía pintar óleos en referencia a su belleza. Era especial para mí, se volvió único y accesible a la vez.
Emprendí un llanto amargo sobre la mesa al ver la carpeta de nuestras fotografías, había cientos. Odiaba que lo hiciera, sin embargo acababa por dejar que mi cámara disparara una y otra vez dejando aquellas sonrisas congeladas. Mis lágrimas caían por mis mejillas haciéndome sentir vencido.
Terminé por acostarme en la cama y dejarme llevar por el sueño, debía descansar y retomar fuerzas para continuar con la batalla. Pues aunque lo viera todo perdido, jamás dejaría de lado la esperanza. Durante el resto del día permanecí recostado con la calefacción encendida y dejando que Morfeo hiciera de las suyas.
Michel

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