Mariposas Negras
IV
No me rendiré
| A |
l despertar me encontraba bañado en sudor, una pesadilla me había arrebatado la poca paz que pude lograr recopilar de momentos del pasado. Me sentía hundido, completamente, y nada ni nadie podrían levantarme. Era como un guerrero de esos épicos que se quedaban sujetos a su espada mientras morían regalando el último aliento en una sonrisa descarada, sin embargo ahora era todo lo contrario. Mi alma emanaba hiel y mi mente se desquiciaba. Quería abrazarlo, besar sus labios y hacerlo mío gritándole cuanto le amaba. Encendí un cigarro y me senté en la ventana intentando concentrarme en algo distinto, pero me era imposible.
Sara entró entonces en el cuarto y apoyó una de sus manos en mi hombro. Me miró con rostro serio y algo compungido. Yo simplemente la observé y después dirigí mis ojos a la arboleda de un parque cercano.
-Sé que fuiste a verlo, sé que le quieres y sé que jamás podrás olvidarte de todo esto pero te pido, por tu bien y por el mío, que dejes todo como está.-Su voz siempre jovial se había difuminado a una suave y carente de emoción.
-No pienso darme por vencido aunque sé que es imposible, en algún momento lo dejarán solo.-Dije convencido.
-No lo creo, sinceramente, no lo creo.-Comentó quitándome el cigarrillo de los labios para apagarlo.-En casa no fumes.-Después se dirigió hasta la puerta y desde esa posición me miró con pena. Jamás nadie me había tenido pena, nunca, yo odiaba darla.
El resto del día fue estudiar, intentar concentrarme y malgastar mi tiempo en un poema absurdo y sin sentido. Después decidí ir a tomar unas copas, me daba igual si solo o en compañía. Allí estaba Marcus con su mirada desesperada y sus cabellos revueltos, allí en el tugurio de mala muerte en el que nos solíamos quedar hasta altas horas cuando Abel no existía en mi vida.
-Hacía tiempo que no nos veíamos.-Dijo abrazándome con total naturalidad.
-He cambiado mucho de ambiente.-Mascullé.
-Pero la oveja siempre vuelve al redil.-Contestó rodeándome el cuello con uno de sus brazos para llevarme al final del local, donde no había apenas visión.
-Sí, se puede decir que sí.-Dije segundos más tarde sentándome en aquella mesa.-¿Puedo?-Pregunté señalando una cerveza bien fría.
-Sí.-Susurró besando mi cuello.-Sabía que vendrías a mí tarde o temprano, soy mejor que él.-Su mano derecha se posó en mi entrepierna y sonrió descarado.
-No te confundas.-Mascullé quitándomelo de encima.
-Tan sólo quería animarte un poco, hacía mucho que no te veía. ¿Dos meses?-Dijo susurrándome al oído.-Antes nos veíamos cada noche en mi cama, no te importaba nadar en mi interior, incluso cuando él era el idiota que te intentabas ligar por una apuesta.-Susurró mordiéndome la oreja para luego lamer mi cuello.
-Vine a tomarme una cerveza, no a que me acoses.-Mi voz estaba tomada por los recuerdos, no por los de Marcus sino por los de Abel. Había tratado demasiado a aquel chico.
-Al menos déjame que te regale algo.-Besó mi cuello mientras bajaba mi cremallera. Dejé que lo hiciera, tenía que olvidar a Abel como fuera pues no lo vería en mucho tiempo, o eso pensaba.
-Adelante.-Dije aproximándome a sus labios para rodear los suyos. Mi lengua invadió mi boca y acaricié su paladar. Mi aliento se fue fundiendo al suyo y sus manos se sumergieron en mi ropa interior. Allí nadie nos iba a molestar ni a ver, era lo normal.
-No te vas a arrepentir.-Masculló tomando aire, le había arrebatado el aliento con mi beso.
-No estés tan seguro de tus habilidades.-Sonreí descarado y acaricié sus cabellos.-Hazlo ya.-Indiqué haciendo que se arrodillara bajo el mantel de la mesa.-Siempre te ha gustado mi miembro.-Susurré.-Ahora que es tuyo hazlo feliz.-Entonces vi que se arrodillara frente a mí y comenzó a besarlo mientras lo masturbaba. Su lengua era experta y sabía como tomarlo, sus labios lo rodeaban y su mirada se clavaba en mí.-Vamos al servicio.-Dije guardándola como pude para tirar de él hasta el aseo.
-Hazme tuyo.-Susurró para besarme mientras yo anclaba mis manos en sus nalgas.-Dios.-Masculló cuando con brutalidad lo dejé mirando a los espejos, mis manos bajaron con rapidez sus pantalones y comencé a rozarme entre sus nalgas.
Humedecí mis dedos en el agua y los introduje en su entrada, dos desde el inicio para dar holgura a su interior. Cuando no pude jugar más por culpa de sus gemidos me sumergí. Un golpe a su trasero con mi mano dio el inicio de un sexo desenfrenado. Mis embestidas eran crueles y él no se quejaba sino que aullaba de placer. Cuando concluí me subí la cremallera y me marché del baño.
-Gracias por ser mi puta.-Comenté para caminar por el pasillo. Segundos después su mano me agarraba con firmeza.
-No soy tu puta.-Dijo en tono bajo.
-Bueno te comportas como tal.-Respondí alejándome por él para regresar a casa.

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