Mariposas Negras
VII
La jaula de los recuerdos
| E |
ra insistente y yo quería que no volviera a mí. Me había asustado demasiado aquellas palabras, mi corazón había bombeado a mil por hora y todo lo que había conocido o me habían dicho que conocía había sido convertido en cenizas. Las mentiras me rodeaban ahora y no sabía que hacer. Miraba las manecillas del reloj cada día en la salida. Él vino un par de veces, pero el rechazo diario le pudo, al igual que ver el rostro de mi madre observándole con furia.
Pronto me acompañaban a la salida y a la entrada del instituto, no me dejaban acceder a Internet y me tenían secuestrado en mi propia casa. Mi madre decía que lo hacía por mi bien y yo tan sólo quería que me dejara. Había comenzado a recordar cosas, sin embargo no dije nada y me mantuve al margen para observar como se inventaban mi propia vida.
Una mañana vinieron a clases un par de agentes de paisano, me dijeron que tenían que llevarme con ellos a la comisaría. Mis padres estarían allí, detenidos. Alguien había informado del maltrato que había sufrido durante años. En ese instante supe que había sido cosa suya. En unos cuantos días, no sé exactamente cuantos, me vi en su casa conviviendo con él y Sara.
Lentamente recordé cada detalle, lo memoricé al milímetro y lo experimenté mentalmente. Los sonidos, los aromas, el tacto y sobretodo los sentimientos. Amaba a Michel, pero esta vez no se lo pondría tan fácil. Había recuperado todo, incluso el dolor de sus burlas y sus apetencias que nada tenían que ver con mis deseos.
Una noche exploté y acabé acostado junto a él en mi cama. Confesé que ya sabía todo lo sucedido y sin embargo seguía confuso, era normal o eso creo, así que dormí a su lado. Sus brazos me reconfortaron y la sensación de paz vino a mí, tras muchas semanas confundido y perdido.
Abel

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