Este texto comienza con un poema de Benedetti:
No puede ser.
Esta ciudad es de mentira.
No puede ser que las palmeras se doblen
a acariciar la crin de los caballos
y los ojos de las putas sean tiernos
como los de una Venus de Lucas Cranach
no puede ser que el viento levante las polleras
y que todas las piernas sean lindas
y que los consejales vayan en bicicleta
del otoño al verano y viceversa.
No puede ser.
Esta ciudad es de mentira.
No puede ser que nadie sienta rubor de mi pereza
y los suspiros me entusiasmen tanto como los hurras
y pueda escupir con inocencia y alegría
no ya en el retrato sino en un señor
no puede ser que cada azotea con antenas
encuentre al fin su rayo justiciero y puntual
y los suicidas miren el abismo y se arrojen
como desde un recuerdo a una piscina.
No puede ser.
Esta ciudad es de mentira.
No puede ser que las brujas sonrían a quemarropa
y que mi insomnio cruja como un hueso
y el subjefe y el jefe de policía lloren
como un sauce y un cocodrilo respectivamente
no puede ser que yo esté corrigiendo las pruebas
de mi propio elogiosísimo obituario
y la ambulancia avance sin hacerse notar
y las campanas suenen sólo como campanas.
No puede ser.
Esta ciudad es de mentira.
O es de verdad
y entonces
está bien
que me encierren.
(Benedetti)
Esta ciudad es de mentira, una fantasía de cuento de hadas, que se hace presente en cada esquina. Las mujeres de mala vida, las putas, te sonríen entregándote el tesoro que llevan entre las piernas, como si nada. Esta ciudad es falsa, una hipocresía cierta que te daña el alma y golpea el cerebro con sus falsas alarmas.
Esta ciudad son mentiras, es una mentira tras otra y no hay nadie en ella que te ponga certeza en la boca.
Es el Apocalipsis y el paraíso, la puerta del cielo que da al infierno con llamaradas de hielo. Los toxicómanos piden limosna y roban los bolsos de las señoras, mientras los niños ya no son niños, son adultos que juegan a parecer inocentes. La muerte, la vida y la guerra más contundentes azotan la ciudad del mañana hoy. Apología al terrorismo de la crueldad del mal amar.
En esa ciudad donde tú y yo nos conocimos, nos dijimos te quiero no te alejes de mi jamás. En esa ciudad traicionera como una jugada de dados trucados, en esa…aún te sigo recordando, aún sigo sintiéndote a mi lado y sigo contando casillas como si fuera una ficha de un parchis inacabado. Aquí, en la ciudad, te sigo esperando.
Te quería y tú decías hacerlo
Te adoraba, me dabas la mano y mentías
Mentías como tantas veces mientras reías
Me mentías y yo sin saberlo
¡Falacias extrañas en una ciudad huraña!
Así comenzó
Así comenzó todo, una mañana de Abril pluviosa que inundaba las calles cortando el tráfico. La ciudad se quedó a oscuras a eso de las siete y media, cuando las hormigas de este laberinto de hormigón caminábamos hacia nuestros trabajos. Gota tras gota el alcantarillado estallaba, las tapas de algunos lugares saltaban quedando a la vista las entrañas de la urbe. Los automóviles no se movían, era una hilera de chatarra inútil con los motores embarrados, mientras los cláxones aullaban. Me movía inquieto en el taxi, lo había pedido hacía minutos y llegaba tarde a la entrevista. Mi traje de chaqueta se arrugaba mientras desanudaba la corbata. Miraba el reloj una y otra vez, el taxista tan sólo me escrutaba por el retrovisor.
-Mal día amigo.-comentó girándose un instante.
-Se suponía que iba a ser el inicio de una nueva vida y comienza con este tiempo.-gruñí enfadado, llegaría tarde y eso me torturaba.
-Pues la calle Cristina esta inundada según me ha dicho un compañero por radio.-aquello me derrumbó. Dios santo estaba vestido con mi traje nuevo, mis zapatos nuevos, mi cabello recién cortado y mi pequeño maletín con todos los soportes necesarios para la entrevista. Había preparado originales y fotocopias de documentos que aportaban fe sobre mi experiencia, estudios y también sobre mi creatividad en otros campos.
-¿Qué? Voy a una entrevista en una de las sucursales bancarias, no puede hacerme esto mi mala estrella.-comencé a marcar nervioso el teléfono de la entidad, daba el primer tono y maldecía más allá de las nubes.
-Amigo, por eso la llaman mala estrella.-comentó con una sonrisa irónica, de esas que al mal tiempo buena cara, pero yo lo tomé como un gesto descortés.
“Buenos días, le habla el contestador de servios al cliente de CajaSol. No olvide ser conciso en su mensaje, nosotros le contestaremos lo antes posible. Pero puede elegir entre las siguientes opciones. Opción…”
-¡Maldito contestador!-grité apagando el teléfono, observando como la batería se agotaba y pitaba cerrándose por completo.
-Creo que nos vamos a quedar un buen rato aquí atrapados.-empezaron a caer granizos de todas partes y la ciudad despareció.-Me llamo Joaquín.-dijo volviéndose para estrechar su mano con la mía.
-Ángel.-respondí estirando mi brazo para corresponderle el apretón de manos.
-¿Eres un chupa tintas?-preguntó desabrochándose el cinturón, para hacer una maniobra complicada hacia atrás. Se sentó a mi lado, el coche era amplio, pero ese hombre debía ser contorsionista.
-¿Qué?-dije interrogante. Estaba asombrado por su maestría.
-Que si es un empresario, un banquero o algo así.-comentó apoyándose en el asiento. Un relámpago iluminó el cielo, parecía que Zeus volvía desde la antigüedad a hacer que brillara todo de forma fantasmagórica.
-Soy un desempleado, acabo de terminar los estudios y me dirigía a la oficina de CajaSol, está en Cristina.-Respondí con el corazón en un puño, tenía pavor a lo que sucedía. Las personas corrían por la calle, podía escucharlos, los coches y todo había quedado inútil.
-Vaya, un joven vampiro.-echó una carcajada con la última palabra.
-¿Cómo dice?-pregunté desconcertado, no había captado el chiste de todo aquello.
-Así llamaba un viejo amigo a los que son como tú, chupaban la vida de las personas con los intereses.-chasqueó los dedos y sacó de entre su ropa un cigarrillo.-¿Puedo?-preguntó colocándoselo en los labios.
-No, no quiero oler a tabaco en la entrevista.-respondí y él automáticamente lo escondió en la cajetilla.
-Tranquilo, hoy no la tendrá. Estamos a oscuras, que demonios, estamos en medio del diluvio universal.-tenía razón, indudablemente tenía razón.
Un golpeteo me despertó de mis cavilaciones y borró la respuesta que tenía preparada. Era un muchacho, de unos dieciocho años y calado hasta los huesos. Le dejamos entrar por piedad y temblando conectamos la calefacción.
-Gracias.-dijo castañeando con su melena empapada sobre el rostro.-Creía que no lo contaba.
Al entrar había encharcado el coche, llegaba el agua por encima de las rodillas y eso era mucho.
-> CONTINUARÁ

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