Todo lo que empieza mal…
Nací en la época de los setenta cuando España comenzaba a despertar, la inmigración comenzaba a fluir por este país caracterizado por la siesta, el toro, las mujeres y el fútbol. La verdad no sé que empujó a mi padre a asentarse en este coliseo del pan y circo. Dejó atrás sus orígenes junto con sus familiares más allegados para montar un negocio familiar. Sería un restaurante, ahora tan famosos y numerosos, que poco a poco fue tomando forma y clientela el sueño de mi abuelo. Quizás fue por eso, tan sólo quizás, o las ansias de aventuras y nuevos aires de mis abuelos, mi tío y mi padre. He empezado con nací y esta introducción porque me pareció necesaria, si ellos no hubieran forjado raíces en la costa andaluza yo no hubiera aparecido.
Mi madre había llegado como muchos europeos a las costas del sol, allí donde hablar inglés se hizo necesario en cualquier negocio. Mi padre sabía tres idiomas, estaba acabando una carrera de derecho e intentaba integrarse. Ambos se conocieron en la playa, sí fue una tormentosa y habitual historia de amor en época de vacaciones. Ellos eran un contraste bastante notorio. Él tan pálido, delgado y con los ojos tan oscuros como sus cabellos; mientras ella era de curvas exuberantes, cabellos dorados y ojos azules con una piel algo rosada. Fue todo un flechazo, eso me contó mi madre, y esto hizo que yo cayera en el encanto de las historias de cuentos de hadas hasta mi pubertad. Sin embargo, todo se debió a una noche en la playa con ambos ebrios. Mi padre la llevó a un lugar oculto entre las rocas y allí la hizo suya en repetidas ocasiones. Cuando el verano acabó ellos siguieron en contacto con cartas, en una de ellas mi madre explicaba que estaba en estado y que el niño era de él. Mi padre en un primer momento fue reacio a creer a la sirena que lo había cautivado, pero como hombre de honor se casó con ella y pocos meses después nací yo. Claro que queda mejor con la fantasía que le da Ursula, mi madre, a todo lo que es referente a su querido esposo. Tuve más hermanos, dos más, pero estos nacerían en un pueblo de Cádiz, donde nos mudamos a instalar un nuevo local de comida rápida japonesa.
De dos restaurantes nació una pequeña cadena de estos, una tienda de subvenir y una minúscula de artículos artesanales. Con este ímpetu empresarial es normal que yo terminara como ahora, siendo jefe de un departamento de más de treinta empleados en una gran empresa publicitaria andaluza. Pero sin embargo no me llena, muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de los sueños de mi abuelo si mi abuela no le hubiera seguido, o qué sucedería si mi madre nunca hubiera conocido a mi padre. Creo que es eso lo que falla, hoy mismo me he dado cuenta.
Una de mis secretarias entró en mi despacho, llevaba una blusa ajustada y sus senos se veían aprisionados en ellos. El canalillo o escote se veía tremendo, cualquier hombre se hubiera percatado y mirado. Creo que también cualquier mujer, ya sea por sus deseos sexuales o por envidia malsana. Sus tacones de aguja resonaron desde la puerta hasta la mesa de mi despacho. Llevaba puesta una falda, apenas se las pone pero he de decir que quizás por comodidad, ya que sus piernas son las más perfectas de la oficina. Aunque leyéndome pensarán que es mi secretaria por sus dotes físicos no es así. Esta mujer impresionante tiene un alto dominio de idiomas, dos más que los cinco que yo hablo, y muy eficiente. La verdad sea dicha, su voz suena encantadora y sensual por el teléfono. Su rostro es bello, completamente prodigioso.
-Señor lamento molestarlo, pero Don Rodríguez Hernández, uno de nuestros mejores clientes nos ha pedido presupuestos para esta campaña publicitaria.-dijo dejando sobre la mesa el archivo sobre los últimos encargos de propaganda que hicieron desde la bodega de este citado cliente. Me quedé callado unos instantes, sin embargo ella prosiguió.-Nos mandó este fax.-dicho esto soltó una hoja con el documento.-Está interesado en una de nuestras ofertas de difusión de productos, sí la que usted ideó.-murmuró esperando alguna reacción de mi parte.
-Esta vez lo desea de su vino fino para el extranjero, es curioso podría pedírselo a alguna agencia Japonesa y no a nosotros.-era una distribución en una incursión valiente en el país nipón. Yo había viajado varias veces extrañando mis raíces, aunque no las conocía profundamente. Adoraba perderme entre los grandes rascacielos y adentrarme en alguno de sus salones de té.
-Tiene mucha confianza en nosotros.-comentó con una encantadora sonrisa en aquellos labios carmín.
¿Por qué me di cuenta de que me sentía de este modo? Lo que cuento tan sólo es un diálogo con una hermosa mujer, una dama con inteligencia y belleza descomunal. Lo que se dice una belleza autóctona de Andalucía. Me di cuenta por su anillo de casada, su disimulado embarazo que me comentó en una cena.
-Mañana tenemos comida de empresa.-me lo recordó como si nada.-Recuerde que la tenemos para festejar el feliz matrimonio de Arturo.-aquello me golpeó duro.-Sé que suele ir, sentarse y alzar la copa con el brindis. Pero esta vez le pido por su bien y por el bien de todos que se involucre. Todos en la empresa nos sentimos como en casa, somos cien empleados y una gran familia. Usted es el único que queda apartado, esto nos causa quebraderos de cabeza torturándonos que le puede ocurrir con nosotros. Se lo comento porque conmigo tiene un mínimo de confianza.-mi pulso se aceleró, mis ojos azules cayeron ajetreados en sus cuencas morenas ocultas tras sus gafas.
-Si no me relaciono es mi problema, no del resto. No tengo porqué crear vínculos con nadie. A usted la trato de otra forma al soportarme durante todos los días, además tengo la consideración de que está gestando.-dije sin alzar la vista del papel, deseaba romperlo y hacerlo estallar en un confeti. Si bien me controlé, no era el momento ni el lugar.
-Lamento haberle hecho sentir mal, no volverá a ocurrir.-susurró al observar mis ojos afilados, cargados de ira.
Sentirme solo, sin nadie a quien confesar lo que acarreaba la jornada me descolocaba. Me quedé pensativo, amontonando aquellos documentos mientras ella se contoneaba hasta la puerta.
-Debería dejar los tacones, eso le afectará a la espalda con el peso del embarazo.-dije intentando suavizar el ambiente, ser irrespetuoso con una mujer no mi intención ni mi deseo.
Tras cerrar la puerta sin decir nada más, y yo menos, me quedé meditando sobre mi vida. Saqué conclusiones extrañas. Jamás había tenido pareja más de un par de meses, amigos tan sólo un par de ellos y ahora no tenía contacto con ellos. En definitiva yo alejaba a las personas. Mi carácter no era grato para nadie, también pedía demasiado a las personas con las que me topaba. Necesitaba alguien a mi lado que me llenara, no que tuviera que llenar ese hueco con otras más. Alguien que fuera sincero, aunque hiriera, y con gustos por el arte. Una chica bonita quizás, con esas características habría millones. Sin embargo, yo deseaba una persona temperamental y que se esforzara por superarse. Una dama en toda regla, que entendiera de cine y de protocolo. Que no dudara ni un instante en darlo todo por sus ideales. Sin embargo, en esta sociedad los ideales se venden con un buen montón de euros, a veces ni eso.
Suspiré y volví al trabajo. Dejé a un lado aquellos papeles en un montón de cosas para la reunión semanal. Aceptaría el trabajo y pondría en marcha mi equipo mañana con una campaña que debería mejor que cualquier otra, más innovadora y sobresalir como nunca. Era mi mejor proyecto desde hacía meses y se notaba que debía de centrarme, era mi país de línea de sangre y quería deslumbrar. Se palpaba que era lo único importante, lo que hacía olvidar que al llegar a casa no habría nadie y la cama seguiría igual de fría que la noche anterior.
Encendí la pantalla y ahí estaba, mi bandeja de correo vacía. No era el correo que usaba como empresario, sino uno personal que me hice hace meses. Era increíble, pero así fue. Nadie me había agregado, ni yo había agregado a nadie. Deseaba desenvolverme aunque fuera en red, parecía más sencillo o eso decían. Me quedé callado y pensativo un segundo, pensé en los millones de foros de la red sobre bolsa y arte. Me interesaba conocer a una mujer empresaria, algún muchacho iniciado en informática o nuevas técnicas de animación. Por ello ingresé a uno hacía días, pero apenas me habían aceptado en su círculo.
Me sentía un fracasado, ni en un mundo donde todos andan con máscaras encajaba. Ese era mi problema realmente, no encajaba con nadie ni para amistad ni para temas sentimentales. Llegué a pensar hacía unos años que era problemas propios los que me afectaban a relacionarme, sin embargo comencé a pensar que es del resto. Yo no hago nada que pueda repeler a otros, tan sólo soy seco y distante. Pero eso no hace que nadie se aproxime, que tiemblen de pavor ante todo lo que diga.
Cuando era pequeño en la escuela no me dejaban participar en nada, permanecía a un lado bajo la sombra de un ciprés con un libro. Los demás niños jugaban al fútbol, chutaban la pelota y se peleaban por esta hasta marcar el ansiado gol. Había pocos que jugaran a las cartas, ajedrez o con las chicas como si fueran padres. Yo disfrutaba de la lectura, era mi momento especial. Nadie se aproximaba a mí, era el ser extraño venido de otra cultura. A pesar de hablar perfectamente español, muy a mi pesar, las bromas sobre mis orígenes me herían. Me volví duro, tanto que ese aspecto ha quedado hasta hoy en día. No recuerdo haber llorado en una caída, tras un golpe de una pelea o por un doloroso insulto.
Los niños son muy crueles, pero cuando se vuelven adultos son peores. Primero son hienas, luego pasan a ser grandes leones jóvenes a punto de cazar una gacela. Sentía sus garras despellejar mi piel, clavarse en mis músculos y llegar a mi cerebro donde se guardan todas las preguntas. Por eso creo fervientemente que la culpa es suya, suya de ser trogloditas. Sobre mis compañeros no tengo ni la más remota idea, pero más de una vez los he escuchado a escondidas y no me apetece estar con personas que suponen que soy un pedante. Por ello, con todo el mundo me comporto como debo.
Apagué el monitor cansado de ser el último mono. Respiré profundamente y miré la lista de mi móvil. Tan sólo había clientes, el número de mi secretaria, el de mi superior y el del restaurante que tanto me agradaba. En mi agenda tan sólo había anotaciones de trabajo y sobre el horario del gimnasio. Saqué un cigarrillo y lo posé en mis labios. Sopesé sobre lo que había hecho, estuve a punto de borrar mi cuenta en aquel lugar cuando llamaron a la puerta.
-Adelante.-comenté guardando el pitillo.
-Señor, aquí está el informe de la última campaña publicitaria que hicimos para la empresa de vehículos de ocasión próximo a la estación.-comentó uno de mis últimas adquisiciones. Venía de Administración y Finanzas, del centro Rumasa en la calle San Juan de Dios. No era mal chico, sin embargo me ponía de los nervios.
-Déjelo aquí, después le daré un vistazo.-respondí tomándolos de sus manos.
-Los resultados son buenos.-se movía nerviosamente, se tocaba el pelo y eso me exasperaba. Si bien, tenía las mejores calificaciones y un espíritu adecuado para el trabajo.
-Ya los miraré.-dije con la mirada perdida en otros asuntos.
-¿De verdad no quiere verlos?-preguntó con sus ojos llenos de ilusión, yo le miré desafiante.
-No.-alcé un poco la voz, pero no grité. Era mi tono de desagrado y parece que lo entendió pues salió corriendo.
Miré el reloj y noté que faltaba media hora para acabar la jornada, jamás me iba antes de tiempo pero un terrible dolor de cabeza se adueñó de mí. Me levanté, me puse el botón de mi chaqueta y tomé mi maletín. Apagué el ordenador con gesto serio, apilé bien los documentos y los guardé dentro de una carpeta para llevármela a casa.
Cuando me monté en el automóvil, después de dejar atrás un día arduo, resoplé. Salí del parking y el sol casi me ciega, sin embargo logré no perder el control del vehículo. En la radio comenzó a sonar música clásica, mi coche era un mercedes flamante con Mozart resonando. Me tocó esperar cuatro semáforos y al final llegué a casa, tiré sobre el sofá la cartera y me fui directo a la cama. Allí me tiré dejando que las ropas revueltas, todavía. Me quedé dormido y cuando me desperté el traje estaba arrugado, al igual que la blusa.
Decidí tomar una ducha, me desnudé dejando la ropa en los pies de la cama y el agua caliente desentumeció mis músculos. Sonreí al notar el jabón deslizándose por mi piel, era viernes y no lo recordaba. Ahora tendría un fin de semana duro. No podía convocar la junta para mañana, sino para el lunes, aunque hablar con el cliente sí era factible. Salí empapado, tras quince minutos de arduo masaje con aquellas esencias frutadas de relax, y me miré al espejo.
-Te odio.-susurré mirándome la cicatriz.
Cuando ya estaba seco, vestido y relajado llamé al bodeguero. Le expliqué que estaríamos de acuerdo en llevar su caso y gestionarlo, como siempre, que el próximo lunes tendría reunión con mi equipo y con mi superior. Debía de observar qué opinaba él, Ildefonso Martínez. Mi jefe era alguien peculiar, yo tenía el cincuenta por ciento de las acciones, me premió una vez con el diez por ciento y en otra ocasión le compré la mitad del negocio. Aún así, él ostenta un cargo superior al mío.
-Buenas tardes, ¿Don Rodríguez Hernández?-pregunté cuando tras la línea se oyó como alguien levantaba el teléfono.
-Sí, soy su secretaria.-comentó con una voz que denotaba una sonrisa telefónica.
-Dígale que desde Publicita, S.A. estaremos gustosos en dirigir su spot televisivo a Japón.-le di la información que seguramente, Santiago, esperaría.
-Vaya, pensó que no lo iban a aceptar.-comentó notándose de lejos como apuntaba lo que le decía.
-Verá nosotros estamos encantados con don Santiago, es un hombre atento y que siempre nos ha dado importantes negocios para ponerlos en marcha. Es sin duda nuestro mejor cliente.-eso era más bien un halago, algo para fidelizarlo y hacer que jamás se marchara. Si bien era cierto, era un gran cliente y todas las navidades a Ildefonso y a mí nos regalaba botellas de su mejor Coñac.
-Se lo diré.-dijo con una risa.-¿Algo más?-preguntó esperando a que prosiguiera.
-Sí, el lunes lo comentaré con mi jefe y lo debatiremos cómo hacerlo. Después hablaremos de quedar el martes o miércoles con Don Rodríguez. Dígale que el lunes le llamaremos para concertar cita.-Me acomodé en el sofá pues estaba agotado, el final de la semana siempre era del mismo modo.
-Excelente, si es el miércoles mejor pues el martes está algo ajetreado.-respondió haciendo resonar las teclas del ordenador que manipulaba.
-¿Podría ser una comida de empresa?-pregunté intentando averiguar si podría repetirse la de hacía cinco meses, esta vez era para una campaña para incrementar la venta de su Coñac en Inglaterra.
-Claro, por supuesto.-comentó con aquella voz aterciopelada.
-Gracias y buenas tardes.-dije con amabilidad, cosa que escaseaba en mí pero era lo que había.
-A usted, buenas tardes.-colgó el teléfono y yo hice lo mismo.
Me alcé del sofá, me encaminé al frigorífico y tomé una cerveza. El ruido de la lata abriéndose avivó mis sentidos y tras el primer trago, además de animar también a mis papilas gustativas, me quedé satisfecho. Miré luego en la estantería, cogí un par de galletas saladas y opté por seguir durmiendo tras el refrigerio. Cuando me acabé la cerveza estaba sentado en la cama. Miré hacia el techo y me pregunté cuándo cambiaría mi vida, cómo debía de hacerlo.
Dejé la botella sobre la mesilla, me tumbé y acaricié mi torso desnudo. Tan sólo llevaba los boxer. La idea de soledad volvía, el techo parecía caerse sobre mí y de improvisto me levanté. Corrí hacia el ordenador portátil y comencé a indagar por Internet. En ese instante sonreí.
Una mujer me había escrito en mi cuenta de correo. Me pedía ser una compañera de estrategias, conversar conmigo y al ser de mi misma ciudad conocernos algún día. Según ella le atraía tomar un café con alguien tan parecido a sus ideales. Estaba dando en las palabras claves, tal como se describía era una fiera en los negocios y eso me excitó e incitó a añadirla a mi cuenta de mensajería. Nada más conectarme ahí estaba ella, la fotografía que tenía en el avatar de la ventana era de una mujer perfecta. Su rostro era angelical, sus cabellos perfectos, su senos adecuados a su estatura y anchura de espalda. Como decirlo, era la mujer que había estado buscando.
-Buenas noches encanto.-esas fueron sus primeras palabras.-¿Qué tal la oficina? Yo aún sigo en ella, termino de hablar con unos distribuidores.-era alguien que parecía dar su vida por su trabajo.
-Hoy fue un día duro, gracias por preguntar. Aún no sé tu nombre, ¿me lo podrías decir?-pregunté intentando no parecer un desesperado por conocerla.
-Ana, me llamo Ana.-respondió.-¿Y tú señor publicista?-preguntó con un toque de ironía.
-Román.-tecleé.
Era algo impensable, que yo conversara de esa forma con una mujer. Hacía meses que no charlaba con ninguna de este modo, era algo poco propicio en mi mundo y las que conocía solían ser tan frías que daban pavor. Necesitaba una guerrera, alguien luchadora y carismática, no una hiena. La conversación se prolongó durante horas. Comencé a conocerla, o eso pensaba, y cada vez la deseaba más. Sin embargo rehusó quedar para un café, según ella aún era pronto y no se fiaba demasiado de Internet. Quería conocer a un colega en el mundo empresarial, alguien que no la mirara por encima del hombro y compartiera esperanzas en el mercado.
Por lo que pude saber había estudiado económicas, tenía veinticinco años recién cumplidos. Había trabajado en una empresa como secretaria, pero al final quedó como encargada de personal de una empresa de transporte. De esta última se fue porque no era lo que ella deseaba hacia la actual, en ella es la jefa de los representantes de venta y también aporta ideas al grupo de marketing de la empresa. En su vida cotidiana era alguien deportista, corría dos horas al día y siempre iba a todos los lugares andando. Adoraba la natación, la lectura de cualquier tipo de novelas o poesía y la música de relajación. No estaba comprometida, ni casada y mucho menos con pareja. Parecía alguien que adoraba la soledad o que esta la consumía. Yo no paraba de sonreír ante sus bromas, ella parecía divertirse con las mías. Me mostré como alguien desenfadado, cosa que no era, y ella parecía también dejar máscaras atrás para ser ella misma. Notaba algo extraño en todo, pero no supe qué, si bien no importó y lo único que pensaba era en tomar algo a solas.
Cuando tuvo que apagar el ordenador, quedamos para seguir la animada charla el sábado después del medio día. Yo apagué sesión cuando se marchó y cerré el ordenador. Una sonrisa en mis labios se dibujó como ilusión. Me sentía menos solo, parecía que había conocido una amiga y también alguien especial a la larga.
Me imaginé a todos en mi oficina si me vieran siendo atento, amable, jovial y con un punto de descaro. Yo, el ogro que tan sólo manda trabajos sin ninguna sonrisa. Sería impensable para ellos, se quedarían de piedra y eso me divertiría seguro. Me levanté nuevamente de la cama, dejé mi portátil en mi pequeño despacho personal y tomé la libreta de imitación a cuero. Inicié el escrito del día y la frase que tituló la entrada fue: Todo lo que empieza mal, no tiene porqué acabar en lágrimas.
Veintiuno de mayo e dos mil siete.
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