Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 20 de abril de 2008

Pinceladas



Semidesconocida.

Me desperté a las siete de la mañana, a pesar de ser sábado, me levanté de la cama y me preparé una buena taza de café con leche. Mientras que mordisqueaba una galleta pensé en el sueño que había tenido con aquella mujer. Habíamos ido a un café, nos dispusimos a seguir hablando sobre nuestros sueños futuros y acabamos besándonos como dos colegiales. Todo se interrumpió porque mi cuerpo está acostumbrado a una rutina. Bostecé y sonreí a continuación. Hoy estaba animado, realmente lo estaba. Dejé a un lado el café a medio terminar, junto al paquete de galletas, y me quité la ropa interior echándola a la ropa sucia.

Caminé unos metros, desnudo por mi piso, tomé la toalla y coloqué en la cama la ropa que iba a ponerme. Iba a ser un chándal, saldría a correr por los alrededores en el parque donde se erguían las casetas feriales. Aquel recinto los días habituales del año era un parque especial para enamorados, deportistas y niños. Por un lado una amplia extensión de tierra asentada, por otro un frondoso bosque con árboles centenarios.

Cuando llegué a la ducha dejé correr el agua un poco, me refresqué con aquellas gotas de ambrosia para mí. A mi salida de aquel momento grato, me afeité y coloqué bien mis cabellos. Después me enfundé la ropa que había dispuesto, los calcetines y los deportes. Cogí las llaves, una botella de agua pequeña y una barrita energética para cuando iniciara la vuelta. Estaría una hora, quizás más, corriendo así que decidí dejar encendida la alarma.

El día comenzaba fresco. Las temperaturas aún no eran demasiado agradables, seguía notándose esos diez grados nada más amanecer. Empecé a correr por la carretera, saliendo de mi barriada, para cruzar hasta chapín y desde allí llegar al Parque González Hontoria. Entré por la zona más seca, aún se notaba los retos que había quedado de los abanicos de cartón que refrescaba el calor sofocante del real. Cuando llegué a la zona arbolada me detuve donde los columpios. Me valí de uno de ellos para hacer flexiones y estirar bien mis brazos. Tras esto inicié el camino de regreso a casa por la otra ala de la ciudad. Mientras corría por el entramado de la ciudad escuchaba música de películas que me atraían por su matiz humano, luchador o simplemente por los sueños que intentaban conseguir. En el preciso instante que pasaba frente de la Moncloita, el reproductor saltó al Ojo del Tigre, de la película Rocky. Tras aquella canción comenzó toda la banda sonora y con ello el paisaje derivaba desde Hotel Jerez, llegando a Cristina hasta la Calle Larga y luego entrando por el Mercado de Abastos, para luego tomar un impulso y cambiar el rumbo hasta Correos. Paré un instante frente al buzón del León, miré hacia las calles y el tráfico comenzaba a ser más denso. A pesar de ser sábado muchos madrugaban para sus trabajos, otros simplemente iniciaban un viaje hasta ciudades cercanas para pasar el fin de semana. Tomé un trago de agua, unos mordiscos a la barrita y abrí la parte de arriba del chándal. Me adentré por la calle que daba hacia el teatro Villamarta, para luego llegar a la Estación y de esta al Parque Atlántico, de allí hacia las delicias y luego a la carretera de Arcos.

A mi llegada a casa apagué la alarma, me di otra ducha y me puse una camisa holgada junto a unos vaqueros bastante cómodos. Me senté frente al ordenador, eran las nueve de la mañana casi y había quedado con ella verla hoy. Sin embargo, no dijimos hora y eso me tenía bastante nervioso. Me había echado un vaso de coca~cola, prendí un cigarro y encendí el ordenador. Cuando abrí la bandeja del Hotmail allí estaba un correo suyo, enviado a altas horas de la noche en la madrugada. Según ella estaba bastante atraída por mi persona, pero era casada y aún así quería conocerme más porque su matrimonio iba a la deriva. Aquello no me hundió, sino que me avivó y me hizo desear cortejarla aún más. Era un reto, la mujer de mi vida era la mujer de otro. Debía luchar porque aceptara que yo era mejor, era una competición y había empezado sin mi permiso.

Pasé todo el día frente a la pantalla del ordenador, leí la prensa y estuve navegando por la red observando todos los lugares que jamás había buceado. Era un lugar excepcional, tanto que había encontrado en él a la mujer ideal. Esperé durante todo el día, acabé por desesperarme y a media tarde logré verla conectada.

-Hola mi amor.-eso fue algo que hizo bombear con fuerza mi corazón.

-Buenas tardes preciosa.-respondí inmediatamente con las manos sudadas, estaba nervioso y bastante expectante.

-Como te dije tengo marido, pero me agradas.-las letras se amontonaban, bajo una frase en color rosa chillón que ponía “sin saber qué elegir”.

-Elígeme a mí, yo te haré feliz. Él no lo ha sabido hacer y yo puedo darte algo más que una aventura pasajera.-respondí a su “nick” más que a lo que me escribía.

-No seas tan pretensioso, por ahora conozcámonos un poco más a fondo.-respondió intentando pararme un poco los pies.

-Podríamos quedar la semana que viene, el sábado, en una cafetería y tomar un helado o quizás un refresco.-deseaba que aceptara, que no rechazara eso.

-Me encantaría, pero tengo que coser unos disfraces para una obra de teatro de mis hijos.-aquello me cayó como un balde de agua fría, sin embargo yo estaba dispuesto a conseguirla.

-¿Qué día te vendría bien?-pregunté buscando un poco de esperanza.

-No lo sé, pero antes quiero conocerte un poco más.-respondió evitando comprometerse con algo a ciencia cierta.

Durante horas confesamos partes de nuestras vidas, ella parecía estar muy preocupada por mi vida actual y si había otra mujer que pudiera lanzarse antes de que ella pudiera ser libre. Poco a poco la conversación subió de tono, en mis pantalones algo nacía y yo me sentía extasiado. Comenzó a describir como engulliría mi hombría, como daría placer a toda su extensión y por último lo que haría después con mis fluidos. Yo como si fuera un primerizo en la cama, uno del cual apenas sabe nada, temblaba y asentía a todo lo que decía. Pero cuando mejor estaba, en ese preciso instante en el cual sacaba mi miembro para masturbarme, se marchó sin decir nada más. Pensé que la línea se habría ido, sin embargo en mi mente colapsó una duda y si era si su esposo había llegado.

Decidí escribirle un mail, aún con el calentón encima, le dije que estaría dispuesto a conseguirla pasara lo que pasara. La deseaba, me empezaba a atraer de una forma brutal y yo quería tenerla. Tras eso me fui a la ducha y abrí el agua caliente, me metí con la camiseta junto a los boxer. Bajé la ropa interior e inicié caricias sobre mi erecto miembro, estaba bastante crecido y faltaba poco para el estallido final. Mis manos se deslizaban rápidamente sobre su longitud apretando levemente, con las yemas de los dedos, la punta. Gemía con su nombre en mis labios, Ana, constantemente mientras pegaba mi frente sobre los azulejos. Mi ropa se ataba a mi piel, empapada por la lluvia de la ducha, y mis cabellos caían sobre mis ojos goteando aquella agua cálida. Mi boca se abrió con amplitud, eché hacia atrás la cabeza, el agua incidió directamente en mi sexo y eyaculé. Mi esencia se vertió y se mezcló con el agua caliente. Me desprendí de la camisa y me enjaboné. Cuando salí fui directamente al ordenador, aún con la toalla, para ver si tenía alguna contestación. Sin embargo, no tuve ninguna.

Ya era tarde, casi la una de la mañana, y debía descansar. Apagué el ordenador no sin antes mirar su fotografía, había hecho una captura de pantalla para obtener su imagen. Eran tan hermosa que parecía imposible, palpé tontamente las líneas de su figura con mis dedos. Tomé entonces la libreta y describí mi día, tal y como lo he hecho ahora. Después me tumbé en la cama pensativo, con una sonrisa en mis labios y mi corazón a cien revoluciones. Aquella noche no tuve frío, el calor de la lujuria me hacía arder.

Todo aquello me recordaba a mi adolescencia, cuando escribía cartas de amor a las chicas y estas me respondían algo emocionadas hasta que sabían que era yo. Tenía treinta y cinco años, una edad que me hacía estar en una época dura para España y su mente cerrada. Aún hoy en día está todo colapsado por desprecio y estupideces. Todavía se cree que los inmigrantes quitan puestos de trabajo, cuando la mayoría van a trabajos mal remunerados que nadie quiere. Yo tuve que hacer frente al racismo hasta cumplido los veinte, en los que mis hormonas parecían estar en una hoya a presión a más de cien grados. Mi primera vez fue especial, al igual que la que deseaba tener con ella.

Los sueños fueron de fantasías sexuales, mil posturas con aquella delicia femenina. Mis manos viajaban por su cintura, por sus senos, por sus nalgas, por sus caderas y al final por su vagina. Era todo demasiado enloquecedor, me sentía torturado por el placer y me embriagaba la necesidad. Me desperté a las cinco de la mañana, había dejado venir mi esencia en medio de las sábanas. No me moví, dejé que aquel fluido cálido que quedara impregnando el ambiente. Reí bajo, sabía que estaba loco por una semidesconocida.

Veintidós de mayo e dos mil siete.

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt