Cartas
Me desperté a las siete de la mañana, otra vez, me fui hacia el ordenador y no había señales de ella. Ni siquiera en el foro, mucho menos en la mensajería instantánea y claro ninguna contestación. Me intenté calmar mirando nuevamente su imagen, sonreí y me marché a la cama necesitado de descansar. Era la una de la tarde cuando acabé incorporándome al mundo. Mis cabellos estaban alborotados y mi mirada perdida en las cortinas. Todo seguía a oscuras, como un mal presagio, cuando alcé las persianas observé el diluvio universal frente a mi ventana. Llovía, como hacía meses que no hacía.
Deambulé por la casa y me tomé un zumo de la nevera, fuera tronaba. Inconscientemente regresé a mi despacho, como horas atrás, a comprobar si tenía alguna contestación. Sin embargo, como llovía las líneas de Internet estaban locas y me estaban volviendo a mi peor de lo que estaba. Al final pude acceder a la bandeja del correo electrónico, allí había una respuesta a mis preguntas.
“Perdóname mi amor, vino mi esposo y por poco lee lo que te decía. Apagué la cuenta de la mensajería, él ni siquiera conoce esa dirección, y me fui con él a dormir. Hoy había salido con sus amigos, tenemos una noche a la semana que hacemos lo que queramos. Yo suelo salir con amigas y él con los maridos de estas. Ahora me siento mal por no haberte avisado de que podía ocurrir.
¿Sabes? He estado toda la noche pensando en ti. Incluso ayer hice el amor con mi esposo y tu ternura aparecía en los actos más desesperados. No quiero dañarte con esto, simplemente quiero decirte que cuando él me toca noto que eres tú. Te conozco de dos días, pero eres mucho mejor que él. Sé que ese espíritu fogoso que guardas, que atesoras para mí, se desatará entre mis piernas pronto, muy pronto.
No quiero que pienses mal, no soy una puta y tampoco alguien fácil. Mi pareja ha sido la única en mi vida, hasta ahora. En estos instantes quiero que me abraces tú, que me beses tú y que me lleves al placer más animal. Él no sospecha nada, creo que piensa que nuestras diferencias se van superando. Si bien, la realidad es distinta y él no es objetivo porque creo que aún me ama. ¿Podrías amarme tú? Esa es la duda que me asalta, no quiero encapricharme contigo si luego es imposible. Tengo miedo.
Hoy me he levantado tarde, este fin de semana había dejado mis hijos con mi madre como suelo hacer y acabo de llegar. Son las doce, fuera está lloviendo a chuzos y pienso que pronto escampará, o eso espero. Porque si sigue lloviendo mi marido se quedará en casa, no irá a ver el partido y tendré que soportarlo sin verte. Te echo tanto de menos, necesito tus palabras susurradas al oído.
Hay algo en ti que me atrapa. No sé si es por tu mezcla oriental, por tu forma de ser, tu perfección de rasgos…no lo sé. Tan sólo tengo en mente el momento en el que me enviaste la fotografía, creí que me mentías pero luego pasaste algunas más. No puedo creer que alguien como tú no tenga pareja, es incomprensible.
Ahora me tengo que ir, debo marcharme a hacer la comida. Si mi marido consigue irse con los amigos al bar más tarde yo entraré. Sí, suele irse a un bar cercano con pantalla de plasma mientras grita con otros como orangutanes. Dime, ¿A ti te gusta el fútbol? Espero que no, ese sería tu único defecto.
Te quiero,
Ana”
No supe que pensar, así que desconecté mi mente y comencé a teclear una respuesta. Aquella carta me llenó de necesidades y era hora de demostrarle que yo también sabía hacerla vibrar. Iba a hacer que se sintiera tan caliente que deseara venir a subirse en mis piernas.
“Querida mía:
Mi querida Ana no dudes en lo que te diga, yo te deseo y sé que puedo llegar a amarte. Estoy como un quinceañero y espero tus respuestas como si fuera lo único en esta vida. He olvidado todo, incluso los días grises tienen una luz especial. Eres la dama que siempre deseé, una señora en la vida real con espíritu guerrero y una puta en la cama. Sé que eres así, porque tú misma te describiste de este modo en la conversación.
He hecho una captura a la imagen de tu avatar. Lo siento, tenía que hacerlo. Hoy he tenido varios sueños eróticos por tu culpa, cuando te fuiste me masturbé pensando en tu boca. Sin embargo, es tu vagina lo que deseo. Tan caliente, tan húmeda, tan experta y toda mía. Deseo fundir mi espada en tus entrañas, también mi lengua y quedar mudo ante el sabor tan especial que me dará el complacerte. Rozar tus senos con las yemas de mis dedos húmedas es lo que más ansío, también morderlos y succionarlos con lujuria. Necesito tus gemidos, tus miradas cómplices y tus ruegos.
Mi pasión, mi fogosidad, mi caballerosidad y todo lo que tú quieras te doy. Te complaceré y te entregaré en tu boca la huella de mis deseos, dejaré que ese líquido pastoso y blanquecido caliente tu garganta. Eres la primera que conozco que es capaz de calentar tanto a su hombre, de complacerlo, y por ello te regalaré todo aquello que desees. En la cama serás mi puta, la mayor de todas, te ataré y vendaré los ojos para que no sepas que puede ocurrir tras unas caricias, aunque te lo imagines.
¿Sabes que deseo? Quiero conocerte, tomar un café, llevarte a los servicios y palpar tu hermosa joya. Quiero masturbarte introduciendo todos los dedos posibles. Hacer que te retuerzas de placer y que supliques, que ruegues ser mía. Eres una niña traviesa, juegas con los sentimientos de tu esposo, pero yo haré que no lo hagas con los míos. Después de que me conozcas no dejarás de pensar en lo que yo te haga.
Ten en cuenta una cosa, una muy importante, pase lo que pase yo soy un caballero. Un caballero que tal vez consiga que cabalgues toda una noche. Me pregunto si has hecho el sexo anal, ese también me gustaría otorgártelo. Penetrarte la boca, la vagina o tu entrada será mi meta hasta que lo consiga.
Me tengo que ir, a comer, nos veremos luego y esta vez no me dejarás a la mitad.
Te desea.
Román.”
Envié la carta y me dispuse a comer un poco. Había traído unos cuantos platos del restaurante familiar, el jueves, y los tenía congelados. Así que puse en marcha el microondas y comencé a calentar la deliciosa comida nipona. Hay miles de maneras de hacer un sushi. En el restaurante de mi padre era típico el relleno de pescado crudo, verduras o carne salpimentada. La salsa era de wasabe. Pero lo más delicioso era el Gyoden o el Tempura. Tenía varios en mi haber y no dudé en cortar mis palillos para comenzar a devorar todo aquello. Era rápido, más que cualquier japonés normal. Habitualmente desde pequeño me había pasado horas en la cocina de aquel restaurante, era normal que intentara despistar a los cocineros para robar un poco de comida. Lo único que tuve que preparar de improvisto fueron fideos fritos. Aquel alimento lo regué con sake, entendí porqué era tan importante la incursión de aquella bodega en Japón. Todos allí beben bebidas tradicionales, son muy chapados a la antigua referentemente a su alimentación y cultura. Aunque sea el país más avanzado, que tengan huelgas increíblemente únicas y con un desarrollo impactante, ellos seguían caminando por la calle con la frente bien alta cuando se trataba de tradición. Era increíble, había viajado en numerosas ocasiones al país del sol naciente, donde una vez mi padre salió con lo puesto y yo me hospedaba en hoteles de cinco estrellas.
Cuando acabé de comer y de compadecerme por amar a alguien imposible escuché el sonido de la mensajería. Había puesto los altavoces bien altos para oírlo desde la cocina. Había llevado el portátil al salón y allí me dispuse a conversar con la mujer de mi vida.
-Hola mi príncipe.-tecleó enviándome un guiño de un beso en la pantalla.
-Hola preciosa.-respondí.-Te hecho de menos, cada minuto sin ti es una tortura.-envié esperando respuesta.
-Mi marido fue a ver el fútbol, los niños han ido con él. Estoy desnuda y perversa.-un extraño cosquilleo recorrió todo mi cuerpo. Me alcé del sofá y me desnudé frente al ordenador.-¿Estás?-preguntó enviándome un zumbido.
-Sí, me desnudaba al igual que tú. Ante todo soy un caballero, lady.-respondí haciéndola reír.
-Me dejaste atónita por tu carta, es algo que no esperaba de ti.-aquello me pareció un leve susurro, mi miembro que se encontraba disminuido de su porte comenzó a crecer.
-Soy una maldita caja de sorpresas, si estuviera allí estallarías como si fueras fuegos artificiales. Cada movimiento de mis caderas serían recibidos, por ti, como algo único e indescriptible.-al decir esto puso una foto de ella desnuda.
-Dime príncipe mío, ¿tienes fotos picantes?-preguntó rápidamente sin apenas dejarme tiempo para respirar.
-No, pero si lo deseas te prendo la cam.-respondí y acto seguido mi imagen la estaba captando ella.
-¡Díos mío!-exclamó y yo comencé a tocarme.-Hazlo como si te tocara yo.-
A partir de ahí fue una sesión de cibersexo en toda regla. Ella me daba instrucciones y yo las seguía. Tardé como un cuarto de hora en liberar mi esencia, en condiciones normales habría tardado incluso más. Después de realizarlo tuvo que marcharse a prisa, según ella temía que su marido la descubriera de ese modo.
Aún era pronto para irme a la cama, estaba excitado y sin sueño. Me recosté en el sofá y miré hacia el techo. Me pregunté cuándo la tendría realmente, cómo podría conseguirla por completo y hacerle el sexo que tanto deseábamos. Quería protegerla, amarla y crear con ella un vínculo más allá de la necesidad. Decidí ver una película y dejar descansar la mente, opté por “Tigre y Dragón” para luego marcharme a la cama. Me acosté desnudo, acariciado por la frescura de las sábanas y pensando que quizás algún día, no muy lejano, alguien las compartiría conmigo.
Veintitrés de mayo del dos mil siete.

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