Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 6 de diciembre de 2013

Un trato egoísta

Bonsoir mes amis

Hoy les traigo para amenizar la madrugada un relato peculiar. David Talbot ha tenido un encontronazo con el Diablo, sí con Memnoch, ¿qué esperan de él? ¿creen que podrán satisfacer su curiosidad y deseo?


Lestat de Lioncourt

Un trato egoísta


Decidí hacía varios meses que debía volver a mis orígenes, indagar sobre la Orden y su normal funcionamiento, así como los casos que involucraban a mis compañeros eternos. Había viajado hasta Londres por asuntos relacionados con ciertos misterios que estaban acaeciendo en las calles más transitadas por turistas y conciudadanos, sin embargo no eran los únicos motivos por los cuales había decidido trasladarme hasta Trafalgar Square. Extrañaba el bullicio nocturno de la zona norte de Londres. Las farolas suavemente iluminadas, sus gavinas de teléfono tan típicas y reconocibles en cientos de folletos turísticos, los autobuses de dos pisos intentando rebasar los cientos de turismos que se concentraban cerca de los pub y discotecas que comenzaban a dejar pasar a los primeros clientes y los monumentos, silenciosos recuerdos, de la vida cotidiana.

El asfalto estaba aún húmedo por la suave llovizna que había tenido a últimas horas de la tarde, la neblina se alzaría en pocas horas y los termómetros descendían. Aún así muchas mujeres jóvenes vestían hermosos zapatos de tacón realzando sus níveas piernas en rajas de falda, o pequeñas faldas, que se ajustaban a sus caderas. Hermosas sin duda, como sirenas, que se movían casi al unísono en grupo mientras reían, señalaban modelos mucho más sugerentes en los escaparates de las tiendas de moda y permitían que los jóvenes suspiraran por ellas deseando tenerlas a su lado, con una bebida bien fría y susurrándoles cualquier cosa al oído deseando atraparla entre sus brazos en la cama.

Hacía escasas horas que el traje serio de cientos de estudiantes y trabajadores quedó en el armario. Muchos estaban en sus casas cómodamente sentados frente al fuego, cenando y compartiendo recuerdos o simplemente dejando que la ciudad los absorbiera con su encanto. El abeto traído de Oslo ya había sido encendido como era tradición en conmemoración a la Segunda Guerra Mundial. La plaza siempre estaba animada, pero en fechas cercanas a la Navidad todos parecían recordar que era todo un símbolo.

Había adquirido un apartamento en aquella zona hacía varias décadas. Podía contemplar toda la plaza y las callea aledañas. Las luces de los diversos hogares iban iluminándose mientras la mía seguía a oscuras. Ya había realizado todos los trámites y únicamente debía reponerme a la nostalgia. Por aquella plaza había caminado junto a Aaron no hacía más de tres décadas, incluso podía recordar la conversación con exactitud. A lo lejos podía verse el Big Ben y decenas de edificios que podían considerarse parte de la historia de la ciudad, sus ciudadanos y en sí de la humanidad.

Mis manos estaban apoyadas sobre el barandal de hierro negro y a pesar de estar enguatadas sentía el frío calando mis huesos. Mi gabardina gris cubría mi traje oscuro, serio y pulcro, así como mi corbata perfectamente anudada del mismo color y mi camisa blanca de algodón. La ropa estaba helada como mis mejillas y mis labios. La noche estaba siendo cruda y debía apartarme de aquel lugar, el cual me daba un aspecto de maniquí, para adentrarme y poder calentarme con la chimenea que aún no había encendido.

Decidí cerrar el balcón dejando que inclusive las cortinas se echaran. Quedé a oscuras suspirando por los viejos recuerdos. Las emociones que llegaban a mí como oleadas, o golpes eléctricos, me hacían desear hundirme en los archivos que había rescatado de la Talamasca. Mi vieja orden, el motivo por el cual Lestat llegó a mi vida como un ciclón llevándose todo lo valioso y dejándome en serias ruinas. Mi mundo tal y como lo conocía se había desvanecido. Conseguí construir una nueva muralla, mucho más firme, y encontrar en la eternidad el misterio fundamental de mi alma.

Pasé mi mano diestra por mis cabellos girándome hacia el interior de la habitación, escruté en la penumbra en dirección a la chimenea y miré fijamente. Era posible encenderla ayudándome con mi poder mental, pero siempre usaba los medios humanos a ser posible. La discreción jamás debía perderse, sobre todo en un hombre que había vivido durante décadas a costa de ella.

Justo en el momento en el cual daba mis primeros pasos hacia la chimenea esta se iluminó con unas llamaradas dantescas, las cuales se sosegaron dejando que los leños prendieran fuego de forma controlada, lamiendo con crueldad los muros de ésta y ofreciendo algo de luz. No había sido yo, sino una presencia que simplemente me desconcertó. Su figura apareció justamente al lado de la chimenea, con un traje impecable de Armani que quedaba en él como si estuviera hecho a medida. Sus cabellos estaban sueltos y caían en ondas sobre sus hombros, rozando su espalda y su pecho. Tenía los ojos profundos y los pómulos parecían más marcados que en la última ocasión en la cual nos vimos las caras. Había realizado una labor intensa de investigación y terminé dando con él. Hablamos de su dolor, comprendí su deseo de ser correspondido, pero jamás esperé que él me buscara a mí.

-Memnoch-dije su nombre sin miedo alguno, como si se tratara de un simple juego de niños.

-Mr. Talbot-susurró con una ligera sonrisa que provocó en mí un ligero escalofrío.

-¿Puedo ofrecerle mi ayuda?-debía ser cortés, pues comprendía que podía irritarse y comenzar una discusión que sólo traería problemas en mi vida.

-Puedes ofrecerme algo más que tu ayuda-comentó girándose por completo para que pudiera observar su rostro, el cual podía ser tomado por el de un ángel, mientras desabrochaba el único botón que cerraba su chaqueta en ese momento.

El demonio metió su mano izquierda en el bolsillo y pasó su derecha sobre sus cabellos, despejando durante unas breves milésimas de segundos su cara. Dejó ambas manos en los bolsillos de inmediato y permitió que escuchara con nitidez sus pasos por la sala. Las ascuas seguían ardiendo y él parecía provocar que bailaran según él deseara, y podía prácticamente palparlo.

-¿Algo más que mi ayuda?-reí bajo recordando su forma elegante de hablar, la cual no había cambiado en los meses en los cuales ni siquiera había escuchado mencionar su nombre en mi presencia.

Ni siquiera sabía que Lestat estaba siendo atormentado, aunque sí que quizás era un trato con él quien había traído a Nicolas de regreso. Sin embargo, no había podido escuchar historia alguna que fuera cien por cien contrastada y pudiera ofrecerme una idea de sus nuevos juegos. Pues, eso hacía el demonio. Lucifer y Dios hablando en la cafetería, jugando al ajedrez como algunas personas de mi entera confianza los habían descrito más de una vez o simplemente caminando por la ciudad, entre los mortales cuyas miserables almas se rifaban, teniendo una amena charla que nadie comprendería en absoluto.

-Tu compañía-dijo secamente con un tono de voz aterciopelado, mientras se apartaba por completo de la zona de la chimenea y las luces tenues de la sala comenzaron a brillar.

-Me siento muy honrado porque pensara en mí para compartir esta velada, sin embargo dudo que pueda ser su mejor compañía. Estoy seguro al ciento por ciento que encontrará algún muchacho que llevarse consigo- decliné la oferta con astucia, pues sabía en qué podía deparar aquello.

-No deseo a cualquiera-murmuró caminando hacia mí con una elegancia propia de otra época, tomó mis hombros con sus manos y me miró a los ojos con una enorme sonrisa- Deseo al hombre que ha vivido tantas aventuras, las cuales a pesar de conocerlas deseo volverlas a vivir.

-Oh- dije arqueando las cejas hacia arriba mientras me sonrojaba suavemente- No soy esa clase de hombres. ¿Por qué no busca a Lestat? Estoy seguro que ha conseguido nuevas aventuras.

-Podríamos hacer un rato-me tomó del rostro con sus manos cálidas y dejó que mi corazón se abriera. Aquel ser tenía un gran impacto sobre mí.

Temía y sentía curiosidad por él. Poseía un amor extraño hacia su persona debido a saber bien quien era, pero no que quería. Era astuto y con una personalidad tan cambiante que temía que e hiciese daño. Sin embargo, accedí a escuchar su oferta.

-¿Qué deseas?-pregunté sereno y noté como sus labios rozaban los míos.

Él me deseaba a mí. Por supuesto sabía que quería condenarme, como otros ya lo habían sentido gracias a su poder. Una condena mínima debido a lo interesante y tentador que podría ser comprender los sentimientos de un demonio, si es que poseía alguno, y hasta que punto podían compararse con los de un humano y por ende con los de un vampiro.

-Un trato-respondió acariciando cuello con sus largos y finos dedos de uñas puntiagudas- Aquello que más quieras a cambio de sexo.

-Sexo...-balbuceé apartándome confundido- ¿Viene aquí para pedirme sexo como si fuera una fulana cualquiera?-me había indignado terriblemente.

-Necesito comprender los sentimientos humanos y es la única manera- desconocía que mentía o tal vez, y sólo tal vez, deseaba creer esa desagradable falacia.

-¿Habla de forma honesta?-hacer esa pregunta a un demonio era inútil, pues sabían envolverte con sus mentiras y llevarte a un estado de estupidez superior a cualquier momento de seducción.

Comprendía que los demonios no eran seres honestos, pues eran tan honestos como Dios. El orgullo, vanidad y mentiras habían regido cielo e infierno girando todo entorno a la creación, los hombres, su evolución y la guerra silenciosa que ambos bandos soportaban. Si bien, era una guerra dialéctica según había argumentado Memnoch a Lestat. No estaba convencido hasta que punto era cierto el regalo del demonio, pero al menos parecía agradable al oído.

-Por supuesto-respondió llevando su mano derecha al corazón-Por supuesto que soy honesto.

-¿Puedo pedir cualquier cosa en ese trato?-quería estar seguro, pues temía a la letra pequeña que podía existir en el contrato.

Él tan sólo asintió moviendo su cabeza, sacando las manos de los bolsillos para mirarme como si quisiera adivinar cuales serían mis próximas palabras. Llevé mis manos al rostro frotándolo un segundo para asegurarme que estaba despierto y no ensoñando en el balcón. Mis manos seguían enguatadas, por ello cuando las pasé por mi rostro decidí quitarme los guantes liberándolas al fin. Guardé los guantes de cuero en el bolsillo derecho de mi chaqueta y suspiré.

En aquel simple apartamento decorado con sobriedad, aunque elegancia. El cual tenía una hermosa lámpara de lágrimas que iluminaba todo suavemente, así como la chimenea, un par de sofá, lámparas de elegantes pies, varias estanterías repletas de archivos y una mesa de café pequeña y coqueta. Aquella estancia era simple, aunque era la más grande de la vivienda. Ambos parecíamos llenarla con nuestra presencia e incluso la empequeñecíamos.

-Podría pedirte el regreso de Aaron, pero sé que murió siendo feliz y su vida estuvo completa. Conocer a Beatrice Mayfair le otorgó una paz y un amor que desconocía. Traerlo de vuelta sería una tremenda torpeza por mi parte, aunque extraño poder conversar con él y concederle la explicación de mis años como vampiro-suspiré con una leve sonrisa melancólica y caminé hacia uno de los sofá, tomando asiento, y pidiéndole con un gesto suave de mi mano que él hiciera lo mismo- Merrick. ¿Qué puedo decir de uno de mis grandes amores? Ella se marchó porque jamás fue feliz. No comprendía la felicidad o quizás nunca la comprendimos a ella. Recuerdo aún la primera vez que la vi con catorce años, tan hermosa y fuerte, con aquel traje blanco con estampados florales. Podría pedirte su regreso, pero sé que ella no sería feliz ni siquiera concediendo cada uno de sus caprichos- pude ver como él avanzaba hasta mí para sentarse a mi lado. Los cómodos sillones forrados en estampado de color crema nos acogieron a ambos, sintiendo como su aliento se pegaba a mi cuello hundiendo su rostro en él. Sus labios rozaron el cuello de mi camisa y yo simplemente sonreí de forma amarga dejando escapar un par de lágrimas- Jamás he sido egoísta y ahora rogaría no serlo, pero es tanto el amor que siento por ella que desearía tenerla a feliz y a mi lado. Desearía que Mona Mayfair regresara conmigo- tragué saliva dejando que un par de lágrimas bañaran mi rostro y cayeran por mi cuello- Mi amor por Mona es comparable a mi amor por Merrick, pero ella es más fuerte y libre. Es un pecado pedir que regrese a mi lado cuando tomó su decisión, sin embargo rogaría por una nueva oportunidad. Desearía besar sus labios una vez más.

Amé como a un hermano a Aaron. Él fue mi guía en muchas ocasiones, mi gran apoyo, y yo para él fui un insuflo de esperanza en muchas ocasiones. Recordaba su rostro amable hundido en miles de documentos desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Me sentaba a su lado en la gran biblioteca y hojeaba sus manuscritos. Las brujas de Mayfair eran su especialidad, al igual que yo era un espiritista de éxito y renombre que había logrado expulsar demonios de cuerpos infantiles. Sin embargo, él únicamente fue feliz junto a Beatrice. Ella le dio todo y él aceptó sin remedio alguno que sería feliz por siempre. Fue asesinado, pero su asesinato no truncó sus días dorados sino que los desplazó en el tiempo esperando a su mujer, la única que logró enamorarlo de tal forma que según Yuri incluso parecía haber rejuvenecido.

Mi pasión por Merrick era explosiva, tóxica, desafiante, llena de alcohol y momentos salvajes en medio de las selvas y junglas. Su piel de chocolate era deliciosa, amaba besar sus labios y me sentí como un adolescente cuando volvimos a estar juntos en aquel taxi. Ella y yo, besándonos de forma escandalosa, mientras mis manos la tomaban de la cintura y ella jugueteaba con mi torso. Amor por ella eso era todo ¿no era así? Un amor tóxico que no nos hizo felices y que estaba seguro que fue un lastre para su alma en vez de una liberación. Ella quiso marcharse y traerla de vuelta sería no cumplir su voluntad.

Sin embargo, Mona había aparecido en los últimos meses como un revulsivo. Explosiva, indecente, inteligente, divertida, con unos ojos verdes que me congelaba el aliento y que lograba que mi aspecto serio se desvaneciera. Quería volver a rodear su cuerpo y saber que era todo para ella, aunque a veces sentía que era infiel pero siempre regresaba a mí. “Mona Mayfair no ama a nadie por miedo y porque no sabe amar” había escuchado miles de veces, pero yo sabía que había un brillo especial cuando me miraba y que se apagó al comprender que no conocía todo mi pasado.

Memnoch sonrió cuando me contempló tan decidido por ofrecerle mi compañía por una mujer que aún tenía mi corazón en sus manos, pues así había ocurrido a muchos de los hombres de la orden. Las Mayfair estaban vinculadas a nosotros desde los inicios y de igual modo las desgracias acaecían sobre los miembros de la orden.

-Trato hecho porque es un pacto entre caballeros, David- mi nombre en su boca me provocó un escalofrío que recorrió toda mi columna vertebral.

Me atrapó con hambre pues su lengua me invadió con deseo mientras me sostenía por la nuca con su zurda. Su diestra desabrochaba, y prácticamente arrancaba, los botones de mi chaleco, para hacer lo mismo con mi camisa y el cinturón de cuero que rodeaba mi cadera. Supe entonces que sería el dominado, como lo fui con Lestat una vez en Brasil. Sin embargo, algo me decía que Memnoch sería mucho más brusco y no tendría contemplaciones hacia mí.

Me aferré a su chaqueta cerrando mis puños, dejando las solapas muy arrugadas, pues temía desvanecerme por la rudeza de sus acciones. Podía poseer una fuerza inconmensurables, pero era imposible compararme con un demonio. Sus uñas desgarraban la camisa de algodón, la cual se manchó con algunas gotas que brotaron de sendos rasguños superficiales.

Recuerdo que caímos del sofá mientras aún librábamos una batalla ruda de unos besos insaciables. Mi ropa volaba por los aires como trozos de tela inservibles. Yo mismo había elegido la tela, el corte y también había asistido a tres pruebas para finalmente tener unas prendas tan completas y perfectas. Si bien, Memnoch no tuvo más que usar sus manos y fuerza para convertirlas en confeti.

-Hoy serás mi mascota-dijo al apartarse algunos centímetros de mí- Vas a sentir el placer de los infiernos.

No respondí nada sobre el placer que me ofrecería, pues si hacía todo aquello era con la esperanza de volver a tener a Mona a mi lado. Quería contemplarla, besar sus mejillas y hundirme en su mirada que me llenaba de esperanza y una terrible excitación. Sin embargo, intentaría disfrutar la experiencia lo máximo que pudiera. Por ello, cuando Memnoch se inclinó sobre mí mordiendo mis pezones dejé la mente en blanco y dejé escapar un suave gruñido.

Noté su abultada entrepierna cuando comenzó a deslizar sus manos sobre mi torso hacia mis caderas, tomándome de estas mientras yo abría las piernas. Sin duda gemí cuando mi leve erección rozó la tela y me miró de aquella forma tan profunda. La punta de mis dedos palparon su rostro y buscaron acariciar sus labios. Tenía una boca bien formada y una mandíbula algo fina. Poseía el equilibrio perfecto entre lo masculino y lo femenino. Sin embargo, yo poseía un cuerpo masculino y definido, pero aún así estaba permitiendo que él me dominase.

-Memnoch- gemí hundiendo mi rostro en su cuello para morder su manzana de adán.

Pude notar como su cuerpo tembló bajo mis mordiscos, pero no era lo único que él podía percibir. Mi mano diestra acariciaba su sexo erecto por encima de la ropa, mientras la zurda apretaba sus testículos. Mi lengua se deslizó hacia el lóbulo derecho de su oreja y lo mordisqueé succionando.

-Te permito hacerlo tan fuerte como desees. Permito que bombees dentro de mí y me desgarres. Toleraré el sexo busco que tú quieras concederme. Pero, no olvides nuestro acuerdo. Deseo a mi esposa de regreso- besé su boca y logré que se activara la bestia que realmente era.

Rompió su ropa dejándola aún más destrozada que la mía, se arrojó sobre mí y se introdujo en mi interior. Grité por el dolor echando la cabeza hacia atrás, pero tras un par de fuertes estocadas comencé a gemir. Mis manos fueron a sus brazos para soportar las arremetidas, sus brazos estaban tensos y sus manos colocadas sobre el parquet. Sus testículos creaban una música brusca, tan brusca como lo era él. Gemía olvidándome de Mona, de mí, del lugar en el cual estaba, de mi amor por la sobriedad y discreción. Creo que le entregué mi cuerpo, pero no del todo mi alma. No podía ofrecerle mis más puros sentimientos a un demonio que tan sólo deseaba divertirse. Creo que él lo sabía y sólo pedía que aquel momento al menos fuera recordado, así como poder contárselo a Lestat. Sabía que era parte de una venganza personal, pues podía asegurar que Memnoch había decidido pasar a la acción y no quedarse únicamente observando como Lestat le rechazaba.

Salió de mi interior para arrojarme sobre el sofá, el cual se manchó con mi sudor sanguinolento, y finalmente, cuando él me montó agarrándome del cabello, tirando de mi cabeza hacia sí, con mis brazos apoyados en el sofá y mis rodillas clavadas en el suelo, sentí su intromisión de nuevo y como el sofá cedía rompiéndose causando cierto estruendo. Podía comprar otro, pues tenía dinero suficiente y en aquellos momentos no me interesaba siquiera si se caía el departamento a pedazos. Él resoplaba humillándome con palabras como puta y zorra, si bien era algo habitual en un momento tan brusco y sexual. Llevó su mano diestra a mi miembro y comenzó a masturbarme a un ritmo mayor que las estocadas.

Mis colmillos estaban más puntiagudos que nunca, mi pelo parecía desprenderse de mi cuero cabelludo, mis ojos se cerraron y mis gritos aumentaban mientras sentía como finalmente llegaba a un poderoso orgasmo manchando la tela del destrozado sofá. Él salió de mí tirándome al suelo y masturbándose frente a mí.

Me quedé boquiabierto con los ojos entrecerrados y las piernas temblorosas. No podía recuperar la conciencia aún, pues era tan grande el placer que era imposible de despertarme la espiral de lujuria que él me había ofrecido. Entonces echó su cabeza hacia atrás y de su pene empezó a surgir el espeso semen que manchó mi rostro, muy cerca de mis labios, mientras él apretaba el glande y parte de la base, así como sus propios testículos, para permitir que recibiera todo su deseo.

Sus ojos eran impactantes, pues tenían cierto brillo en aquella penumbra que le destacaba como algo sobrehumano. Me incorporé para lamer su glande y abandonar algunos besos en sus testículos. Él sonrió acariciando mi rostro mientras permitía que limpiara cualquier rastro de semen.

-En unas semanas verás el resultado. Será el regalo de Navidad que el demonio dejará en tu puerta-susurró antes de desvanecerse ante mis propios ojos.


Recuerdo que tuve que respirar profundamente y me incorporé a duras penas. Tenía algo de ropa en la maleta de la habitación, la cual no había siquiera deshecho. Decidí tomarme una ducha, limpiarme y retirar todo aquello que pudiera recordarme que había sido egoísta. Sí, había sido egoísta porque tendría a Mona a mi lado, pero eso no era quizás lo que ella deseaba.  

2 comentarios:

Unknown dijo...

Creo que la imagen que tenía de David cambiará después de ésto. Sólo un poco.
La forma de tratarlo por parte de Memnoch me ha mecho estremecer de distintas maneras y no todas fueron agradable.
Un texto que definitivamente irá a mis favoritos.
@ClaudiaNoir

Ga dijo...

... Memnoch siempre aparece causándome pequeños paros cardíacos. xD David, ¡cómo me gustó aquí! Y no me sonó a pérdida. Pero vaya, si por eso es trato y no ritual de sacrificio. Fui feliz. No había dicho nada sobre los títulos de cada relato, lo resumo: adecuadamente sensuales.
Gracias, otra vez y las veces que sean necesarias.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt