Hoy les traigo para amenizar la madrugada un relato peculiar. David Talbot ha tenido un encontronazo con el Diablo, sí con Memnoch, ¿qué esperan de él? ¿creen que podrán satisfacer su curiosidad y deseo?
Lestat de Lioncourt
Un trato egoísta
Decidí hacía varios meses que debía
volver a mis orígenes, indagar sobre la Orden y su normal
funcionamiento, así como los casos que involucraban a mis compañeros
eternos. Había viajado hasta Londres por asuntos relacionados con
ciertos misterios que estaban acaeciendo en las calles más
transitadas por turistas y conciudadanos, sin embargo no eran los
únicos motivos por los cuales había decidido trasladarme hasta
Trafalgar Square. Extrañaba el bullicio nocturno de la zona norte de
Londres. Las farolas suavemente iluminadas, sus gavinas de teléfono
tan típicas y reconocibles en cientos de folletos turísticos, los
autobuses de dos pisos intentando rebasar los cientos de turismos que
se concentraban cerca de los pub y discotecas que comenzaban a dejar
pasar a los primeros clientes y los monumentos, silenciosos
recuerdos, de la vida cotidiana.
El asfalto estaba aún húmedo por la
suave llovizna que había tenido a últimas horas de la tarde, la
neblina se alzaría en pocas horas y los termómetros descendían.
Aún así muchas mujeres jóvenes vestían hermosos zapatos de tacón
realzando sus níveas piernas en rajas de falda, o pequeñas faldas,
que se ajustaban a sus caderas. Hermosas sin duda, como sirenas, que
se movían casi al unísono en grupo mientras reían, señalaban
modelos mucho más sugerentes en los escaparates de las tiendas de
moda y permitían que los jóvenes suspiraran por ellas deseando
tenerlas a su lado, con una bebida bien fría y susurrándoles
cualquier cosa al oído deseando atraparla entre sus brazos en la
cama.
Hacía escasas horas que el traje serio
de cientos de estudiantes y trabajadores quedó en el armario. Muchos
estaban en sus casas cómodamente sentados frente al fuego, cenando y
compartiendo recuerdos o simplemente dejando que la ciudad los
absorbiera con su encanto. El abeto traído de Oslo ya había sido
encendido como era tradición en conmemoración a la Segunda Guerra
Mundial. La plaza siempre estaba animada, pero en fechas cercanas a
la Navidad todos parecían recordar que era todo un símbolo.
Había adquirido un apartamento en
aquella zona hacía varias décadas. Podía contemplar toda la plaza
y las callea aledañas. Las luces de los diversos hogares iban
iluminándose mientras la mía seguía a oscuras. Ya había realizado
todos los trámites y únicamente debía reponerme a la nostalgia.
Por aquella plaza había caminado junto a Aaron no hacía más de
tres décadas, incluso podía recordar la conversación con
exactitud. A lo lejos podía verse el Big Ben y decenas de edificios
que podían considerarse parte de la historia de la ciudad, sus
ciudadanos y en sí de la humanidad.
Mis manos estaban apoyadas sobre el
barandal de hierro negro y a pesar de estar enguatadas sentía el
frío calando mis huesos. Mi gabardina gris cubría mi traje oscuro,
serio y pulcro, así como mi corbata perfectamente anudada del mismo
color y mi camisa blanca de algodón. La ropa estaba helada como mis
mejillas y mis labios. La noche estaba siendo cruda y debía
apartarme de aquel lugar, el cual me daba un aspecto de maniquí,
para adentrarme y poder calentarme con la chimenea que aún no había
encendido.
Decidí cerrar el balcón dejando que
inclusive las cortinas se echaran. Quedé a oscuras suspirando por
los viejos recuerdos. Las emociones que llegaban a mí como oleadas,
o golpes eléctricos, me hacían desear hundirme en los archivos que
había rescatado de la Talamasca. Mi vieja orden, el motivo por el
cual Lestat llegó a mi vida como un ciclón llevándose todo lo
valioso y dejándome en serias ruinas. Mi mundo tal y como lo conocía
se había desvanecido. Conseguí construir una nueva muralla, mucho
más firme, y encontrar en la eternidad el misterio fundamental de mi
alma.
Pasé mi mano diestra por mis cabellos
girándome hacia el interior de la habitación, escruté en la
penumbra en dirección a la chimenea y miré fijamente. Era posible
encenderla ayudándome con mi poder mental, pero siempre usaba los
medios humanos a ser posible. La discreción jamás debía perderse,
sobre todo en un hombre que había vivido durante décadas a costa de
ella.
Justo en el momento en el cual daba mis
primeros pasos hacia la chimenea esta se iluminó con unas llamaradas
dantescas, las cuales se sosegaron dejando que los leños prendieran
fuego de forma controlada, lamiendo con crueldad los muros de ésta y
ofreciendo algo de luz. No había sido yo, sino una presencia que
simplemente me desconcertó. Su figura apareció justamente al lado
de la chimenea, con un traje impecable de Armani que quedaba en él
como si estuviera hecho a medida. Sus cabellos estaban sueltos y
caían en ondas sobre sus hombros, rozando su espalda y su pecho.
Tenía los ojos profundos y los pómulos parecían más marcados que
en la última ocasión en la cual nos vimos las caras. Había
realizado una labor intensa de investigación y terminé dando con
él. Hablamos de su dolor, comprendí su deseo de ser correspondido,
pero jamás esperé que él me buscara a mí.
-Memnoch-dije su nombre sin miedo
alguno, como si se tratara de un simple juego de niños.
-Mr. Talbot-susurró con una ligera
sonrisa que provocó en mí un ligero escalofrío.
-¿Puedo ofrecerle mi ayuda?-debía ser
cortés, pues comprendía que podía irritarse y comenzar una
discusión que sólo traería problemas en mi vida.
-Puedes ofrecerme algo más que tu
ayuda-comentó girándose por completo para que pudiera observar su
rostro, el cual podía ser tomado por el de un ángel, mientras
desabrochaba el único botón que cerraba su chaqueta en ese momento.
El demonio metió su mano izquierda en
el bolsillo y pasó su derecha sobre sus cabellos, despejando durante
unas breves milésimas de segundos su cara. Dejó ambas manos en los
bolsillos de inmediato y permitió que escuchara con nitidez sus
pasos por la sala. Las ascuas seguían ardiendo y él parecía
provocar que bailaran según él deseara, y podía prácticamente
palparlo.
-¿Algo más que mi ayuda?-reí bajo
recordando su forma elegante de hablar, la cual no había cambiado en
los meses en los cuales ni siquiera había escuchado mencionar su
nombre en mi presencia.
Ni siquiera sabía que Lestat estaba
siendo atormentado, aunque sí que quizás era un trato con él quien
había traído a Nicolas de regreso. Sin embargo, no había podido
escuchar historia alguna que fuera cien por cien contrastada y
pudiera ofrecerme una idea de sus nuevos juegos. Pues, eso hacía el
demonio. Lucifer y Dios hablando en la cafetería, jugando al ajedrez
como algunas personas de mi entera confianza los habían descrito más
de una vez o simplemente caminando por la ciudad, entre los mortales
cuyas miserables almas se rifaban, teniendo una amena charla que
nadie comprendería en absoluto.
-Tu compañía-dijo secamente con un
tono de voz aterciopelado, mientras se apartaba por completo de la
zona de la chimenea y las luces tenues de la sala comenzaron a
brillar.
-Me siento muy honrado porque pensara
en mí para compartir esta velada, sin embargo dudo que pueda ser su
mejor compañía. Estoy seguro al ciento por ciento que encontrará
algún muchacho que llevarse consigo- decliné la oferta con astucia,
pues sabía en qué podía deparar aquello.
-No deseo a cualquiera-murmuró
caminando hacia mí con una elegancia propia de otra época, tomó
mis hombros con sus manos y me miró a los ojos con una enorme
sonrisa- Deseo al hombre que ha vivido tantas aventuras, las cuales a
pesar de conocerlas deseo volverlas a vivir.
-Oh- dije arqueando las cejas hacia
arriba mientras me sonrojaba suavemente- No soy esa clase de hombres.
¿Por qué no busca a Lestat? Estoy seguro que ha conseguido nuevas
aventuras.
-Podríamos hacer un rato-me tomó del
rostro con sus manos cálidas y dejó que mi corazón se abriera.
Aquel ser tenía un gran impacto sobre mí.
Temía y sentía curiosidad por él.
Poseía un amor extraño hacia su persona debido a saber bien quien
era, pero no que quería. Era astuto y con una personalidad tan
cambiante que temía que e hiciese daño. Sin embargo, accedí a
escuchar su oferta.
-¿Qué deseas?-pregunté sereno y noté
como sus labios rozaban los míos.
Él me deseaba a mí. Por supuesto
sabía que quería condenarme, como otros ya lo habían sentido
gracias a su poder. Una condena mínima debido a lo interesante y
tentador que podría ser comprender los sentimientos de un demonio,
si es que poseía alguno, y hasta que punto podían compararse con
los de un humano y por ende con los de un vampiro.
-Un trato-respondió acariciando cuello
con sus largos y finos dedos de uñas puntiagudas- Aquello que más
quieras a cambio de sexo.
-Sexo...-balbuceé apartándome
confundido- ¿Viene aquí para pedirme sexo como si fuera una fulana
cualquiera?-me había indignado terriblemente.
-Necesito comprender los sentimientos
humanos y es la única manera- desconocía que mentía o tal vez, y
sólo tal vez, deseaba creer esa desagradable falacia.
-¿Habla de forma honesta?-hacer esa
pregunta a un demonio era inútil, pues sabían envolverte con sus
mentiras y llevarte a un estado de estupidez superior a cualquier
momento de seducción.
Comprendía que los demonios no eran
seres honestos, pues eran tan honestos como Dios. El orgullo, vanidad
y mentiras habían regido cielo e infierno girando todo entorno a la
creación, los hombres, su evolución y la guerra silenciosa que
ambos bandos soportaban. Si bien, era una guerra dialéctica según
había argumentado Memnoch a Lestat. No estaba convencido hasta que
punto era cierto el regalo del demonio, pero al menos parecía
agradable al oído.
-Por supuesto-respondió llevando su
mano derecha al corazón-Por supuesto que soy honesto.
-¿Puedo pedir cualquier cosa en ese
trato?-quería estar seguro, pues temía a la letra pequeña que
podía existir en el contrato.
Él tan sólo asintió moviendo su
cabeza, sacando las manos de los bolsillos para mirarme como si
quisiera adivinar cuales serían mis próximas palabras. Llevé mis
manos al rostro frotándolo un segundo para asegurarme que estaba
despierto y no ensoñando en el balcón. Mis manos seguían
enguatadas, por ello cuando las pasé por mi rostro decidí quitarme
los guantes liberándolas al fin. Guardé los guantes de cuero en el
bolsillo derecho de mi chaqueta y suspiré.
En aquel simple apartamento decorado
con sobriedad, aunque elegancia. El cual tenía una hermosa lámpara
de lágrimas que iluminaba todo suavemente, así como la chimenea, un
par de sofá, lámparas de elegantes pies, varias estanterías
repletas de archivos y una mesa de café pequeña y coqueta. Aquella
estancia era simple, aunque era la más grande de la vivienda. Ambos
parecíamos llenarla con nuestra presencia e incluso la
empequeñecíamos.
-Podría pedirte el regreso de Aaron,
pero sé que murió siendo feliz y su vida estuvo completa. Conocer a
Beatrice Mayfair le otorgó una paz y un amor que desconocía.
Traerlo de vuelta sería una tremenda torpeza por mi parte, aunque
extraño poder conversar con él y concederle la explicación de mis
años como vampiro-suspiré con una leve sonrisa melancólica y
caminé hacia uno de los sofá, tomando asiento, y pidiéndole con un
gesto suave de mi mano que él hiciera lo mismo- Merrick. ¿Qué
puedo decir de uno de mis grandes amores? Ella se marchó porque
jamás fue feliz. No comprendía la felicidad o quizás nunca la
comprendimos a ella. Recuerdo aún la primera vez que la vi con
catorce años, tan hermosa y fuerte, con aquel traje blanco con
estampados florales. Podría pedirte su regreso, pero sé que ella no
sería feliz ni siquiera concediendo cada uno de sus caprichos- pude
ver como él avanzaba hasta mí para sentarse a mi lado. Los cómodos
sillones forrados en estampado de color crema nos acogieron a ambos,
sintiendo como su aliento se pegaba a mi cuello hundiendo su rostro
en él. Sus labios rozaron el cuello de mi camisa y yo simplemente
sonreí de forma amarga dejando escapar un par de lágrimas- Jamás
he sido egoísta y ahora rogaría no serlo, pero es tanto el amor que
siento por ella que desearía tenerla a feliz y a mi lado. Desearía
que Mona Mayfair regresara conmigo- tragué saliva dejando que un par
de lágrimas bañaran mi rostro y cayeran por mi cuello- Mi amor por
Mona es comparable a mi amor por Merrick, pero ella es más fuerte y
libre. Es un pecado pedir que regrese a mi lado cuando tomó su
decisión, sin embargo rogaría por una nueva oportunidad. Desearía
besar sus labios una vez más.
Amé como a un hermano a Aaron. Él fue
mi guía en muchas ocasiones, mi gran apoyo, y yo para él fui un
insuflo de esperanza en muchas ocasiones. Recordaba su rostro amable
hundido en miles de documentos desde el amanecer hasta bien entrada
la noche. Me sentaba a su lado en la gran biblioteca y hojeaba sus
manuscritos. Las brujas de Mayfair eran su especialidad, al igual que
yo era un espiritista de éxito y renombre que había logrado
expulsar demonios de cuerpos infantiles. Sin embargo, él únicamente
fue feliz junto a Beatrice. Ella le dio todo y él aceptó sin
remedio alguno que sería feliz por siempre. Fue asesinado, pero su
asesinato no truncó sus días dorados sino que los desplazó en el
tiempo esperando a su mujer, la única que logró enamorarlo de tal
forma que según Yuri incluso parecía haber rejuvenecido.
Mi pasión por Merrick era explosiva,
tóxica, desafiante, llena de alcohol y momentos salvajes en medio de
las selvas y junglas. Su piel de chocolate era deliciosa, amaba besar
sus labios y me sentí como un adolescente cuando volvimos a estar
juntos en aquel taxi. Ella y yo, besándonos de forma escandalosa,
mientras mis manos la tomaban de la cintura y ella jugueteaba con mi
torso. Amor por ella eso era todo ¿no era así? Un amor tóxico que
no nos hizo felices y que estaba seguro que fue un lastre para su
alma en vez de una liberación. Ella quiso marcharse y traerla de
vuelta sería no cumplir su voluntad.
Sin embargo, Mona había aparecido en
los últimos meses como un revulsivo. Explosiva, indecente,
inteligente, divertida, con unos ojos verdes que me congelaba el
aliento y que lograba que mi aspecto serio se desvaneciera. Quería
volver a rodear su cuerpo y saber que era todo para ella, aunque a
veces sentía que era infiel pero siempre regresaba a mí. “Mona
Mayfair no ama a nadie por miedo y porque no sabe amar” había
escuchado miles de veces, pero yo sabía que había un brillo
especial cuando me miraba y que se apagó al comprender que no
conocía todo mi pasado.
Memnoch sonrió cuando me contempló
tan decidido por ofrecerle mi compañía por una mujer que aún tenía
mi corazón en sus manos, pues así había ocurrido a muchos de los
hombres de la orden. Las Mayfair estaban vinculadas a nosotros desde
los inicios y de igual modo las desgracias acaecían sobre los
miembros de la orden.
-Trato hecho porque es un pacto entre
caballeros, David- mi nombre en su boca me provocó un escalofrío
que recorrió toda mi columna vertebral.
Me atrapó con hambre pues su lengua me
invadió con deseo mientras me sostenía por la nuca con su zurda. Su
diestra desabrochaba, y prácticamente arrancaba, los botones de mi
chaleco, para hacer lo mismo con mi camisa y el cinturón de cuero
que rodeaba mi cadera. Supe entonces que sería el dominado, como lo
fui con Lestat una vez en Brasil. Sin embargo, algo me decía que
Memnoch sería mucho más brusco y no tendría contemplaciones hacia
mí.
Me aferré a su chaqueta cerrando mis
puños, dejando las solapas muy arrugadas, pues temía desvanecerme
por la rudeza de sus acciones. Podía poseer una fuerza
inconmensurables, pero era imposible compararme con un demonio. Sus
uñas desgarraban la camisa de algodón, la cual se manchó con
algunas gotas que brotaron de sendos rasguños superficiales.
Recuerdo que caímos del sofá mientras
aún librábamos una batalla ruda de unos besos insaciables. Mi ropa
volaba por los aires como trozos de tela inservibles. Yo mismo había
elegido la tela, el corte y también había asistido a tres pruebas
para finalmente tener unas prendas tan completas y perfectas. Si
bien, Memnoch no tuvo más que usar sus manos y fuerza para
convertirlas en confeti.
-Hoy serás mi mascota-dijo al
apartarse algunos centímetros de mí- Vas a sentir el placer de los
infiernos.
No respondí nada sobre el placer que
me ofrecería, pues si hacía todo aquello era con la esperanza de
volver a tener a Mona a mi lado. Quería contemplarla, besar sus
mejillas y hundirme en su mirada que me llenaba de esperanza y una
terrible excitación. Sin embargo, intentaría disfrutar la
experiencia lo máximo que pudiera. Por ello, cuando Memnoch se
inclinó sobre mí mordiendo mis pezones dejé la mente en blanco y
dejé escapar un suave gruñido.
Noté su abultada entrepierna cuando
comenzó a deslizar sus manos sobre mi torso hacia mis caderas,
tomándome de estas mientras yo abría las piernas. Sin duda gemí
cuando mi leve erección rozó la tela y me miró de aquella forma
tan profunda. La punta de mis dedos palparon su rostro y buscaron
acariciar sus labios. Tenía una boca bien formada y una mandíbula
algo fina. Poseía el equilibrio perfecto entre lo masculino y lo
femenino. Sin embargo, yo poseía un cuerpo masculino y definido,
pero aún así estaba permitiendo que él me dominase.
-Memnoch- gemí hundiendo mi rostro en
su cuello para morder su manzana de adán.
Pude notar como su cuerpo tembló bajo
mis mordiscos, pero no era lo único que él podía percibir. Mi mano
diestra acariciaba su sexo erecto por encima de la ropa, mientras la
zurda apretaba sus testículos. Mi lengua se deslizó hacia el lóbulo
derecho de su oreja y lo mordisqueé succionando.
-Te permito hacerlo tan fuerte como
desees. Permito que bombees dentro de mí y me desgarres. Toleraré
el sexo busco que tú quieras concederme. Pero, no olvides nuestro
acuerdo. Deseo a mi esposa de regreso- besé su boca y logré que se
activara la bestia que realmente era.
Rompió su ropa dejándola aún más
destrozada que la mía, se arrojó sobre mí y se introdujo en mi
interior. Grité por el dolor echando la cabeza hacia atrás, pero
tras un par de fuertes estocadas comencé a gemir. Mis manos fueron a
sus brazos para soportar las arremetidas, sus brazos estaban tensos y
sus manos colocadas sobre el parquet. Sus testículos creaban una
música brusca, tan brusca como lo era él. Gemía olvidándome de
Mona, de mí, del lugar en el cual estaba, de mi amor por la
sobriedad y discreción. Creo que le entregué mi cuerpo, pero no del
todo mi alma. No podía ofrecerle mis más puros sentimientos a un
demonio que tan sólo deseaba divertirse. Creo que él lo sabía y
sólo pedía que aquel momento al menos fuera recordado, así como
poder contárselo a Lestat. Sabía que era parte de una venganza
personal, pues podía asegurar que Memnoch había decidido pasar a la
acción y no quedarse únicamente observando como Lestat le
rechazaba.
Salió de mi interior para arrojarme
sobre el sofá, el cual se manchó con mi sudor sanguinolento, y
finalmente, cuando él me montó agarrándome del cabello, tirando de
mi cabeza hacia sí, con mis brazos apoyados en el sofá y mis
rodillas clavadas en el suelo, sentí su intromisión de nuevo y como
el sofá cedía rompiéndose causando cierto estruendo. Podía
comprar otro, pues tenía dinero suficiente y en aquellos momentos no
me interesaba siquiera si se caía el departamento a pedazos. Él
resoplaba humillándome con palabras como puta y zorra, si bien era
algo habitual en un momento tan brusco y sexual. Llevó su mano
diestra a mi miembro y comenzó a masturbarme a un ritmo mayor que
las estocadas.
Mis colmillos estaban más puntiagudos
que nunca, mi pelo parecía desprenderse de mi cuero cabelludo, mis
ojos se cerraron y mis gritos aumentaban mientras sentía como
finalmente llegaba a un poderoso orgasmo manchando la tela del
destrozado sofá. Él salió de mí tirándome al suelo y
masturbándose frente a mí.
Me quedé boquiabierto con los ojos
entrecerrados y las piernas temblorosas. No podía recuperar la
conciencia aún, pues era tan grande el placer que era imposible de
despertarme la espiral de lujuria que él me había ofrecido.
Entonces echó su cabeza hacia atrás y de su pene empezó a surgir
el espeso semen que manchó mi rostro, muy cerca de mis labios,
mientras él apretaba el glande y parte de la base, así como sus
propios testículos, para permitir que recibiera todo su deseo.
Sus ojos eran impactantes, pues tenían
cierto brillo en aquella penumbra que le destacaba como algo
sobrehumano. Me incorporé para lamer su glande y abandonar algunos
besos en sus testículos. Él sonrió acariciando mi rostro mientras
permitía que limpiara cualquier rastro de semen.
-En unas semanas verás el resultado.
Será el regalo de Navidad que el demonio dejará en tu
puerta-susurró antes de desvanecerse ante mis propios ojos.
Recuerdo que tuve que respirar
profundamente y me incorporé a duras penas. Tenía algo de ropa en
la maleta de la habitación, la cual no había siquiera deshecho.
Decidí tomarme una ducha, limpiarme y retirar todo aquello que
pudiera recordarme que había sido egoísta. Sí, había sido egoísta
porque tendría a Mona a mi lado, pero eso no era quizás lo que ella
deseaba.
2 comentarios:
Creo que la imagen que tenía de David cambiará después de ésto. Sólo un poco.
La forma de tratarlo por parte de Memnoch me ha mecho estremecer de distintas maneras y no todas fueron agradable.
Un texto que definitivamente irá a mis favoritos.
@ClaudiaNoir
... Memnoch siempre aparece causándome pequeños paros cardíacos. xD David, ¡cómo me gustó aquí! Y no me sonó a pérdida. Pero vaya, si por eso es trato y no ritual de sacrificio. Fui feliz. No había dicho nada sobre los títulos de cada relato, lo resumo: adecuadamente sensuales.
Gracias, otra vez y las veces que sean necesarias.
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