Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Amar a un demonio

Bonsoir mes amis

Aquí tienen el fic que esperaban de Memnoch por Nicolas. 

Lestat de Lioncourt 

Amar a un demonio

Sentía que mi alma sufría sin explicación alguna. Me sentía dentro de una vorágine de dudas, sentimientos perversos, sensaciones dolorosas y sobre todo la creación de una nueva obra. El dolor siempre me ayudó a comunicarme, especialmente cuando eran sentimientos perversos los que asolaban cada retazo de mi oscura alma. Mis lágrimas brotaban manchando las hojas, emborronando las letras, pero aún así recordaba frase por frase porque era mi propia tragedia. Hubiese deseado arrojarme a las llamas yo mismo, sin ayuda de otro imbécil como Armand, y sentir que la muerte al fin me acogía dándome la paz que ya no tenía.

Deseaba perderme como humo de cigarrillo, dejando mi esencia pero al fin sintiendo la libertad. Quería desvanecerme, olvidarme, perderme de mí mismo y por fin el silencio. Sin embargo, me movía de forma desenfrenada, igual que un animal encerrado o un loco en su celda, de un lado a otro de las habitaciones y salas. Escribía en las paredes y en los numerosos folios que quedaban en el suelo.

-¡Que alguien me arranque el corazón!-grité furioso lleno de rabia mientras caía de bruces llorando. Mis manos acariciaban los papeles que estaban arremolinados a mi alrededor, igual que si fueran las plumas de las alas de un ángel- ¡Ya no quiero nada! ¡No quiero nada!-me sentí lleno de amargura mientras rompía mi camisa por puro coraje.

Mis uñas afiladas y largas rompían la tela de la camisa. Podía escuchar como se hacía jirones mientras se desprendía. Era un sonido tranquilizador tan sólo por segundos, pues mi afán de destrucción se veía apaciguado. Golpeé el suelo y me arrojé a él dejando que mi rostro se hundiera en mi propia obra. Mi espalda quedó al aire, aunque en realidad portaban unas negras alas negras que eran imposibles de ver si no permitía que surgieran.

-¿Para qué quiero estar vivo si sufro más que cuando estaba muerto? ¿Por qué he aprendido a vivir y no a saber que la oscuridad viene cuando menos la necesito?-murmuré acariciando una de las hojas antes de gritar hasta quedarme casi sin fuerzas. Algunos cristales se rompieron provocando que el frío del invierno entrara en mis habitaciones y mi cuerpo lo padeciera.

Entonces escuché como alguien pisaba los cristales y caminaba hacia el gran salón donde me hallaba. Era una vivienda con buena acústica y mis oídos, además, eran privilegiados. Deseé incorporarme, pero quedé tumbado acariciando las notas que había escrito con mi propio puño y letra. Los pasos se volvieron más profundos y elegantes cuando la puerta se abrió, entró en la sala y quedó a pocos metros metros. Pude ver sus resplandecientes botas negras y supe que era él. Ni siquiera moví un músculo, pues no deseaba ofrecerle la satisfacción de ver como me retorcía si se acercaba demasiado. A pesar de mi negativa me sentía tentado, pues su aroma invadía mis sentidos y deseaba tener mi piel impregnada por su olor corporal, mucho más intenso que el de un humano o vampiro.

-¿Has venido a contemplar tu obra?-pregunté sarcástico aunque con la voz entrecortada y ronca por los esfuerzos- ¿Te agrada?

El silencio era aplastante, sobre todo porque podía escuchar su respiración pausada mientras la mía aún era agitada. Deseé huir de allí, pero él me encontraría. Ambos éramos criaturas similares, aunque yo sólo era su creación debido a un pacto que en ocasiones me arrepentía haber hecho. Me incorporé permitiendo que viera mi rostro lleno de lágrimas, las cuales aún surgían a pesar de mis múltiples intentos por calmarme.

Él estaba allí con una ropa similar a la de cualquier joven de más de veinte años, con unas botas negras que desde hacía semanas le acompañaban. Chaqueta de cuero, jersey de lana grueso y pantalones tejanos bastante gruesos. Su pelo estaba cepillado y echado hacia atrás. Tenía una mirada severa y dura, como si no hubiese vida o si la vida que existiese en él fuera miserable.

Mis labios temblaron mientras mis puños se cerraban. Deseaba arrojarme a sus brazos y pedir disculpas por mis celos. Aunque eran celos comprensibles, sobre todo porque cada día regresaba con un aroma distinto impregnando su ropa y destrozándome por ello. No comprendía siquiera porque esos sentimientos acudían a mí y sobre todo porque tenía que ser precisamente con él.

-Si esperas una explicación o disculpas por este desorden no lo haré. Es mi apartamento y puedo hacer en él lo que desee- mis palabras sonaron firmes, pero estoy seguro que pudo leer en mis ojos el deseo que yacía en mi interior.

Quería ser rodeado por sus brazos, escuchar cualquier historia impactante sobre los infiernos y ser seducido por su lengua para hacerme callar. Podía decirse que estaba a su merced y me había capturado tan rápido como lo hizo una vez Lestat. Siempre que jugaba con fuego terminaba quemándome y en ésta ocasión ardería para siempre.

Él estiró su brazo derecho hacia mí y cerré los ojos de inmediato. Deseé que me ofreciera alguna caricia como consuelo, pero sus dedos fueron a mi cuello, justo tras mi nuca, y me levantó de forma dominante y cruel. Quise quejarme, sin embargo sólo pude abrir brevemente mi boca. Seguía con los párpados bajados cuando noté su respiración cerca de mi rostro. Mis pies rozaban el suelo, pero no estaba apoyado en él. Memnoch era más alto que yo, inclusive Lestat lo era y éste era algo más bajo. Posiblemente yo no llegaba al metro setenta de estatura, pues jamás me he medido ni deseo averiguar esas vanidades, y Memnoch siempre ha rozado el metro noventa.

-¿Quién te crees que eres?-preguntó provocando en mí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.

-No sé ya quien soy ni a que tengo derecho-respondí en un balbuceo.

Su mano era como una garra que me sostenía firmemente y prácticamente evitaba que pudiera respirar. Con su izquierda desabrochó los escasos botones de mi pantalón y hundió su mano dentro de mi ropa interior, palpando mi miembro que reaccionó a sus ásperas caricias. Jadeé sintiendo como el paraíso se abría ante mí, a pesar de estar siendo estrangulado.

-Memnoch- balbuceé mordiendo mi labio inferior.

No sé que deseaba en ese momento. Quería que se fuera, pero a la vez necesitaba que me hiciera suyo de todas las formas posibles. Necesitaba que me abrazara y me jurara que sólo yo era capaz de despertar sus más intensas y perversas pasiones, pues aunque fuera una mentira creería cualquier cosa en ese momento y mi alma quedaría en paz de nuevo. Por supuesto, sólo quedaría en paz hasta que volviese a oler en él el perfume de otro amante.

Me endurecía bajo su tacto y reaccionaba igual que una puta entrenada, sin embargo decidió que era suficiente. Me arrojó al suelo al abrir su mano y apartar la otra. Caí desplomado y tembloroso, pero no tardé en acercarme a él gateando sobre las hojas de papel. Mis ojos posiblemente tenían miles de sentimientos encontrados en sus pupilas. Sonreí como lo haría un estúpido drogadicto frente a su dosis y acaricié sus piernas por encima del pantalón. Lamí su bragueta con la punta de mi lengua, pues esperaba que se excitara y no dudara en hacerme suyo.

Él tan sólo me propinó una patada empujándome al suelo. Varios papeles salieron volando y quedaron arrugados por mi cuerpo deslizándose sobre ellos. Mi espalda dio con un mueble cercano y algunas figurillas, todas de incalculable valor, cayeron haciéndose añicos. Mis ojos café con tonalidades ambarinas quedaron con expresión atónita. Mis manos temblaron intentando buscar apoyo para levantarme. Aquello había sido un golpe a mi orgullo.

-Creí que sería fácil domesticarte, pero me he percatado que contigo no puedo usar mis trucos convencionales-dijo dando un par de pasos hacia mí.

El vello de mi nuca se erizó y mis dedos fueron a mi rostro, intentando palpar las lágrimas que seguían saliendo. Lloraba sin emitir sonido alguno, como si hubiese quedado mudo de repente. Las yemas de mis dedos estaban frías y mucho más suaves que sus manos, sin embargo hubiese dado todo porque fueran las suyas.

-Levántate ahora mismo-dijo en un gruñido mientras me levantaba prácticamente en peso.

Sus manos me habían agarrado de los brazos y podía sentir como ardían. Él parecía arder frente a mí, por el calor que transmitía y su expresión grotesca. Incluso de ese modo lo deseaba y necesitaba que me tomara como su única puta. No esperaba ser amado, ni siquiera ser apreciado, pero sí quería ser el único que lograra saciar sus instintos más bajos.

Mis piernas temblaron, aunque creo que era el piso del departamento. Rápidamente la decoración cambió como si fuera un sueño. Las paredes cayeron ladrillo a ladrillo, el apelo pintado se deslució y quedó sumido en una profunda oscuridad allá donde los muros no se habían desplomado, las alfombras se perdieron engullidas por un suelo frío y húmedo, el murmullo de las ratas se perdía por las numerosas galerías y el confort daba paso a una celda. Cadenas, varios potros de tortura, una cama sin ropas de cama y únicamente con el sucio colchón que parecía haber sido usado en una sangrienta batalla, las velas le daban un tono más lúgubre y peculiar, sobre todo por su aroma, y también había un ligero aroma a musgo. Él se apartó dejando que cayera al suelo, sin embargo no perdió la ocasión y antes de retirarse me arrancó los pantalones.

-¿Dónde estamos?-pregunté confuso mientras intentaba incorporarme, pero él me agarró del cabello y me empujó contra su entrepierna. Allí, con el rostro pegado a su bragueta, me sentí excitado. Podía estar en serios problemas, pero él estaba ofreciéndome aquella zona tan sensible y que tanto deseaba sentir entre mis nalgas.

-¿A caso te importa?-dijo como única respuesta- Aprenderás a ser completamente sumiso.

No sabía porque pretendía domesticarme igual que si fuera un animal. Sin embargo, sentía que ya lo era. Prácticamente decía algo y lo hacía de inmediato. Me había vuelto preso del demonio. Quise mirarlo a los ojos, pero rápidamente me abofeteó provocando que ocultara mi mirada de la suya. Miré las baldosas negras que alfombraban el piso, las cuales me recordaban a las que una vez estuvieron en las calles de París.

-Ven aquí- su voz era mucho más gruesa que lo acostumbrado y su presencia me intimidaba.

Podía notar como su energía fluctuaba de una forma oscura y fría. Me sentía una hormiga frente a una enorme lupa. Él me iba a provocar la muerte si seguía de ese modo, o al menos así lo sentía. Gateé hacia donde se encontraba, tan sólo a unos metros de mí. Levantó su pierna derecha, provocando que su bota quedara a escasos milímetros de mis labios.

-Lame mis botas, quiero que estén limpias-aquella orden era humillante, pero no dudé en cumplirla.

Mi lengua acariciaba la bota de cuero negra y mientras escuchaba de fondo como un látigo chocaba contra el suelo. No quise mirar hacia donde provenía el sonido pues sabía que si lo haría no sólo me azotaría, sino que me torturaría de mil formas posibles. El sabor a cuero en mi boca era asqueroso, pero podía soportarlo pues suponía que pronto me dejaría probar algo mucho más delicioso y que guardaba aún enfundado en su ropa interior. Bajó la pierna y yo me incliné hacia el suelo continuando mi labor. Y no sólo lo hice con aquella bota, sino también con la otra pareja del par. De nuevo otro golpe vino a caer sobre mí y mi pecho. Me dio una fuerte patada en el pecho y me tiró hacia atrás.

Ni siquiera me dio la oportunidad de incorporarme, o tomar aire, pues en escasas décimas de segundo sentí sus manos sobre mi cabeza y como tiraban de mi pelo hacia las cadenas de la pared. Allí había sangre, pues podía olerla. Rápidamente sentí el hierro en mis muñecas y también en mis tobillos.

Pude notar que llevaba el látigo en la cintura, posiblemente lo hizo aparecer como todo aquel lugar. Empezaba a extrañar mi apartamento destrozado por mi locura, mis partituras y escritos revueltos por el suelo y la tenue luz del amanecer colándose con el frío invernal. Sólo una cosa hacía que deseara quedarme en aquel lugar preso de la tortura y era porque él estaba allí, tocándome de forma brusca pero sólo a mí. Prefería ser torturado a no ser consolado por sus golpes. No podía ser más sumiso y estúpido, pero eso no quitaba que me sintiera complacido e incluso tocado por Dios.

Tal y como pensaba él hizo sonar el látigo una vez más, pero en ésta ocasión sobre mis omóplatos. Comenzó a ofrecerme latigazos, uno tras otro. Pronto toda mi espalda sangraba y tenía profundas heridas. Aquel dolor fue tan fuerte y salvaje que mis músculos se tensaron. Guardaba silencio, pues sabía que si gritaba iba a ser todavía peor. Las cadenas no eran del mundo humano, podía sentir que incluso eran mucho más pesadas que el hierro habitual. Sin embargo, en uno de esos profundos latigazos acabé mostrando mis alas.

Pequeñas plumas negras cayeron de mi espalda justo cuando las alas se abrían extendiéndose hasta prácticamente rozar el techo, el cual era abovedado, y que dieron cierta tregua a la tortura del látigo. Sin embargo, él no paró sus juegos. Se aproximó a mí agarrándome de mis alas para tirar de ellas.

-¿Y si te las quito?-preguntó en un murmullo que me heló el alma.

-No...-casi no tenía aliento para hablar, sobre todo porque sentía que mi alma se rompía en miles de fragmentos. En esos instantes era un espejo que estallaba debido a un fuerte impacto.

-¿Y si te dejo morir como tanto deseas?-musitó.

-No, no quiero morir. Pero...- balbuceé sin saber como afrontar la cruda y tenebrosa realidad que se postraba ante mí.

-¿Pero?-su torso se pegó a mi espalda, pude notar sus manos hundirse en la espesa capa de plumas de mi alas y como éstas reaccionaban. Era como un ave que quería salir a volar y le recordaban que terminaría siendo mutilado- Dime.

-Siento que muero cuando te huelo con el perfume de otro- hice un inciso para tomar aire- Siento que muero.

-Tú no eres mi dueño- aquellas palabras me destrozaron y lograron que llorara aún más amargamente.

Entonces, en ese momento se apartó. Pensé que se marcharía dejándome allí, pero regresó, hundió sus manos en mis alas y las desgarró de mi espalda. Un terrible alarido surgió de mi garganta, sobre todo cuando tomó una de las velas, la cual era bastante ancha y parecía un cirio, y lo derramó sobre las heridas que aún estaban abiertas. Y en medio de ese atroz momento escuché como bajaba su cremallera y se introducía dentro de mí. El dolor se unió al placer y comencé a sentirme tan excitado que tan sólo pensaba en su miembro manchando mis entrañas. Cada embestida era para mí descubrir el edén. Era salvaje y apasionado, cubierto de pequeñas venas y de una anchura considerable. Las cadenas se movían porque mis brazos lo hacían, así como mis piernas, debido a las embestidas y al propio movimiento de mi cuerpo temblando de placer.

-Memnoch- jadeé buscando rozar mi miembro con el muro, pero él lo impedía apartándome de él lo máximo que se podía por la longitud de mis cadenas.

Pasados unos minutos acabé llegando al orgasmo olvidando el dolor que sentía, mis alas estaban destrozadas y mi espalda llena de marcas. Podría curarme, aunque no sabía como serían mis poderes en aquel nuevo cuerpo. No era un vampiro, sino un demonio de alas tan tupidas y negras como las del propio Memnoch. Sin embargo, desconocía como podría curarme y si él lo permitiría.

Pude notar que él no llegó a derramarse en mi interior, pero yo sí. Manché la pared y mi vientre, pero él ni siquiera se había sacado la ropa. Volví a sentirme miserable, poco deseado y únicamente tratado como si fuera un muñeco con el cual disfrutar cargado de ira. Cuando salió de mí me quitó los grilletes y me arrojó a una silla que no había visto debido a la oscuridad, la cual sólo era sutilmente iluminada por las escasas velas.

Al sentarme noté que sus ojos brillaban ambarinos, aquello que había sentido no era ropa sino su verdadera forma. Él estaba transformado en un ser monstruoso y su sonrisa era igual de paralizante como la sonrisa de la gorgona.

-¿Por qué?-pregunté mirándolo a los ojos- ¿Por qué? Yo no necesito que hagas esto para que te ame. No necesito que me doblegues. ¿No te das cuenta? Deja de tratarme así- me excitaba sentirme acorralado, pero aquella forma me transmitía terror.

Se aproximó a mí apoyado por unas patas de formes de macho cabrío, colocó mi mano sobre su miembro y las suyas fueron a mi rostro colocando unos ganchos. Los ganchos eran para abrir la boca y evitar que se cerrara. Aquello fue el fin de mi diálogo, pues sólo podía mover a duras penas mi lengua y mi mandíbula había quedado fija.

A penas podía ver del todo su rostro, pero era negro igual que su piel. Parecía carbonizado. Sus cabellos dorados tenían un aspecto café casi negros, sus ojos eran como los de una bestia y su respiración era demasiado fuerte. Tenía unas manos menos ásperas, pero rugosas, y sus uñas eran más puntiagudas. Eran sin dudas garras, unas tremendas garras. Pude verlas bien, e incluso sentirlas, cuando me colocó las correas que me atarían a la silla. El sonido de sus patas sobre las baldosas eran demasiado espeluznante, sobre todo cuando me hundió el rostro en su entrepierna y comenzó a penetrar mi bocas in importarle nada.

El sabor de su miembro era el mismo de siempre y pronto terminé relajándome. Mi sexo tomó forma y empecé a estar tan excitado como la primera vez que pude sentirle. En aquella biblioteca, en penumbra, en media noche y en la mansión de Lestat. Aún podía escuchar el golpeteo de sus testículos contra mi trasero, como sus manos acariciaban mis costados y su lengua se enroscaba en la mía. Nunca había sentido tanto placer como aquel día. Era excitante, emocionante y delicioso. Y aquel momento vino a mi mente dejando que todo lo que ocurriera a mi alrededor no existiera, ni siquiera que mis alas estaban siendo destrozadas por el peso de mi espalda contra el respaldo. No me importaba nada. Disfrutaba de aquel encuentro como si fuera el último.

Al fin pude sentir sus manos sobre mi vientre deslizándose hasta mi entrepierna, pero tan sólo fueron unos segundos, pues sus dedos quedaron pegados a mis pezones. Me pellizcaba con fuerza y cierta rabia, tal vez por mis palabras y la actitud que había tomado al sentirme rechazado. El miedo me doblegaba siempre y la ira me encendía, pero en aquel momento no había ni rabia ni miedo.

Pude sentir como se derramaba en mi boca, llenándola con su cálido esperma, y como yo me sentía terriblemente excitado. Él se movió de mi lado para regresar con un vibrador, el cual era de gran tamaño y al introducirlo por mi recto sentí que me dividía en dos. Era excesivamente grande y mi trasero a penas lo soportaba. Estaba frío, embarrado en un líquido que aún le daba mayor frialdad, pero la fricción lo calentó de igual modo que a mi cuerpo.

Notaba como mi cuerpo cedía a cualquier perverso juego y él me acariciaba de una forma tan indecente que creía morirme de placer en aquellos momentos. Sus uñas no me arañaban, sino que me excitaban. Era un roce erótico que me confundía por su poderosa mirada clavada en mí. Su aliento era cálido y su piel se sentía agradable por su elevada temperatura. Era como tener un fuego que no quemaba, o más bien las ascuas de un gran incendio.

Apartó los hierros de la boca para escucharme gemir. Mis gemidos eran cada vez más elevados, chillaba su nombre y rogaba que me hiciera suyo una vez más. Poco a poco fue liberando mis extremidades y pude salir de la silla para arrodillarme frente a él, acariciar sus patas de macho cabrío y hundir mi rostro en su entrepierna. No me importaba en absoluto su macabro aspecto. Prefería que así fuera a tenerlo como un muchacho joven ofreciéndome caricias. Tal cual era lo aceptaba, aunque su otra imagen siempre me hizo quedar seducido y excitado.

El murmullo del vibrador indicaba que estaba puesto a máxima potencia y que seguía en su lugar, aunque duró un minuto escaso en mi interior. Al levantarme no tenía apoyo la base y cayó, pero él no me hizo sentirlo de nuevo. Me tomó del cuello llevándome hasta la cama, la cual estaba empapada en sangre quizás por la otra víctima de sus torturas. Era sangre fresca, pero desconocía de quien sería y no estaba dispuesto a conocerlo.

Rápidamente me giró para acariciar mis glúteos, azotarnos con contundencia y entrar en ellos. Aquello me hizo sentir satisfecho. Podía tenerlo de nuevo en mi interior, rellenándome y bombeando, mientras sus dientes se clavaban en mi espalda arrancando trozos de mi piel y carne. No me importaba si me dañaba aún más, pues mi alma ya lo estaba. Sólo tenía que soportar que él no era tan mío como yo deseaba creer.

Creo que mis gemidos le taladraban el cerebro, pues eran muy similares a los de cualquier prostituta que realmente sentía sus orgasmos. Estaba desatado y no dejaría de disfrutar aquel momento, por mucho que me doliera en un futuro. Mi pecho sufriría, mis lágrimas brotarían de nuevo por la amargura y no por el placer del momento, y yo acabaría más hundido que nunca. No obstante, en ese momento yo estaba siendo tocado por un ángel y no por un demonio.

El ritmo era fuerte y preciso, pues tocaba mi punto de placer con suma facilidad. Mi miembro de nuevo estaba completamente duro y cuando él acabó llenándome, igual que si fuera un bollo de crema o pollo de acción de gracias, caí satisfecho en la cama. Sin embargo, él no estaba del todo feliz por los resultados.

Al incorporarse noté que había regresado a su forma habitual, lo cual incluso llegó a decepcionarme, y me tomó del brazo izquierdo levantándome del colchón. Me llevó entonces a uno de los potros, me ató y dejó en una posición claramente sumisa. Dudaba poder soportar una vez más aquel ímpetu suyo sobre mí, sobre todo cuando escuché nuevamente el látigo. No tardó demasiado en marcar la piel de mis nalgas, e incluso herirlas, para gozar por completo como un auténtico sádico.

En medio de la penumbra vi que algo brillaba, lo cual me dio la impresión que era un objeto metálico. El objeto no era más que una daga especial que podía marcar tanto a demonios como ángeles, pues su hoja había sido realizada en los infiernos por viejos ángeles caídos. Manejó rápido el arma, sobre todo porque cuando vi que desaparecía entonces, y no antes, pude sentir como la sangre goteaba de mi nalga derecha.

Él había dibujado una M, como símbolo de su nombre. Esa inicial diría que yo era parte suya o más bien que él era mi amo. No podría desobedecerle ahora que había hecho algo así. Sin embargo, me sentía frustrado con las manos atadas. Siempre odié que hicieran algo así, pues mis manos eran muy delicadas y debían servir par tocar el violín.

Siguió azotándome hasta que se cansó, o más bien volvió sentir duro su miembro, y me hizo suyo de una forma menos brusca y más íntima. Yo caí en un delicioso trance. Tal vez él no era de mi propiedad, pero yo sí lo era de la suya y esperaba que nunca se cansara de mí. Siempre lo había sabido, pero aquella marca me reconocía ante todos como suyo. Incluso podía mostrar la marca frente a Lestat, al cual tendría que hacerle alguna visita explicándole la desfavorable situación para él.

Cuando acabó de nuevo no prosiguió, sino que todo desapareció a nuestro alrededor y me arrojó a mi cama. Logré ver al fin perfectamente su rostro, sus cabellos dorados, sus mejillas marcadas y aquella boca que parecía que siempre iba a seducirte con cualquier palabra que dijera. Sus manos eran tan ásperas como antes y su cuerpo era envidiable.

-Amo-dije abriendo suavemente mis piernas para mostrar que aún tenía esperma entre ellas- Amo, quédate conmigo- susurré jadeando- Te amo y necesito, amo.

-Tengo cosas más importantes- dijo apartándose de la cama para recuperar su imagen inicial, la de aquellas botas y ropa de joven amante del rock, las cervezas y disconforme con la sociedad- Algo más importante que amaestrar a una puta violinista. Tengo una cita con Julien Mayfair y su nueva vida.


Desapareció provocando que me hundiera en mi soledad. Me sentía dichoso y a la vez lleno de miedos. Quería que regresara y me dejara besar sus labios. Ni siquiera me permitió saborear de nuevo su boca como aquellas veces. Incluso me decepcionaba a mí mismo por haber dicho que lo amaba, pues yo mismo le había dado un poder superior a cualquiera que él pudiese haber tenido sobre mí.   

2 comentarios:

Unknown dijo...

Es la primera vez que comento alguno de sus escritos. Siempre me ha dado un poco de vergüenza, sin embargo debe saber que me ha encantado (como todos los que he podido leer) y siempre me llevo una grata sorpresa con la impresionante calidad del trabajo que realizan.


Renée (@ClaudiaNoir)

Ga dijo...

Hoy me tardé porque las advertencias me ponían la piel de gallina...
Me mordí los dedos más de una vez, y cubrí mi boca porque me asusté. Sufrí con Nicolas, (ay sí qué sacrificio), pero en serio, sí. Aunque mi lado masoquista pudo más y continué leyendo hasta el final.
Bueno, Memnoch siempre me deja con la boca abierta... sorprendida, para que no se lea peor de lo que ya.
¿Mencioné que Julien de regreso me provoca euforia? Creo que sí. Aunque no necesito excusas para emocionarme xD
Gracias, de nuevo.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt