Bonsoir mes amis
Aquí tienen el fic que esperaban de Memnoch por Nicolas.
Lestat de Lioncourt
Amar a un demonio
Sentía que mi alma
sufría sin explicación alguna. Me sentía dentro de una vorágine
de dudas, sentimientos perversos, sensaciones dolorosas y sobre todo
la creación de una nueva obra. El dolor siempre me ayudó a
comunicarme, especialmente cuando eran sentimientos perversos los que
asolaban cada retazo de mi oscura alma. Mis lágrimas brotaban
manchando las hojas, emborronando las letras, pero aún así
recordaba frase por frase porque era mi propia tragedia. Hubiese
deseado arrojarme a las llamas yo mismo, sin ayuda de otro imbécil
como Armand, y sentir que la muerte al fin me acogía dándome la paz
que ya no tenía.
Deseaba perderme como
humo de cigarrillo, dejando mi esencia pero al fin sintiendo la
libertad. Quería desvanecerme, olvidarme, perderme de mí mismo y
por fin el silencio. Sin embargo, me movía de forma desenfrenada,
igual que un animal encerrado o un loco en su celda, de un lado a
otro de las habitaciones y salas. Escribía en las paredes y en los
numerosos folios que quedaban en el suelo.
-¡Que alguien me
arranque el corazón!-grité furioso lleno de rabia mientras caía de
bruces llorando. Mis manos acariciaban los papeles que estaban
arremolinados a mi alrededor, igual que si fueran las plumas de las
alas de un ángel- ¡Ya no quiero nada! ¡No quiero nada!-me sentí
lleno de amargura mientras rompía mi camisa por puro coraje.
Mis uñas afiladas y
largas rompían la tela de la camisa. Podía escuchar como se hacía
jirones mientras se desprendía. Era un sonido tranquilizador tan
sólo por segundos, pues mi afán de destrucción se veía
apaciguado. Golpeé el suelo y me arrojé a él dejando que mi rostro
se hundiera en mi propia obra. Mi espalda quedó al aire, aunque en
realidad portaban unas negras alas negras que eran imposibles de ver
si no permitía que surgieran.
-¿Para qué quiero estar
vivo si sufro más que cuando estaba muerto? ¿Por qué he aprendido
a vivir y no a saber que la oscuridad viene cuando menos la
necesito?-murmuré acariciando una de las hojas antes de gritar hasta
quedarme casi sin fuerzas. Algunos cristales se rompieron provocando
que el frío del invierno entrara en mis habitaciones y mi cuerpo lo
padeciera.
Entonces escuché como
alguien pisaba los cristales y caminaba hacia el gran salón donde me
hallaba. Era una vivienda con buena acústica y mis oídos, además,
eran privilegiados. Deseé incorporarme, pero quedé tumbado
acariciando las notas que había escrito con mi propio puño y letra.
Los pasos se volvieron más profundos y elegantes cuando la puerta se
abrió, entró en la sala y quedó a pocos metros metros. Pude ver
sus resplandecientes botas negras y supe que era él. Ni siquiera
moví un músculo, pues no deseaba ofrecerle la satisfacción de ver
como me retorcía si se acercaba demasiado. A pesar de mi negativa me
sentía tentado, pues su aroma invadía mis sentidos y deseaba tener
mi piel impregnada por su olor corporal, mucho más intenso que el de
un humano o vampiro.
-¿Has venido a
contemplar tu obra?-pregunté sarcástico aunque con la voz
entrecortada y ronca por los esfuerzos- ¿Te agrada?
El silencio era
aplastante, sobre todo porque podía escuchar su respiración pausada
mientras la mía aún era agitada. Deseé huir de allí, pero él me
encontraría. Ambos éramos criaturas similares, aunque yo sólo era
su creación debido a un pacto que en ocasiones me arrepentía haber
hecho. Me incorporé permitiendo que viera mi rostro lleno de
lágrimas, las cuales aún surgían a pesar de mis múltiples
intentos por calmarme.
Él estaba allí con una
ropa similar a la de cualquier joven de más de veinte años, con
unas botas negras que desde hacía semanas le acompañaban. Chaqueta
de cuero, jersey de lana grueso y pantalones tejanos bastante
gruesos. Su pelo estaba cepillado y echado hacia atrás. Tenía una
mirada severa y dura, como si no hubiese vida o si la vida que
existiese en él fuera miserable.
Mis labios temblaron
mientras mis puños se cerraban. Deseaba arrojarme a sus brazos y
pedir disculpas por mis celos. Aunque eran celos comprensibles, sobre
todo porque cada día regresaba con un aroma distinto impregnando su
ropa y destrozándome por ello. No comprendía siquiera porque esos
sentimientos acudían a mí y sobre todo porque tenía que ser
precisamente con él.
-Si esperas una
explicación o disculpas por este desorden no lo haré. Es mi
apartamento y puedo hacer en él lo que desee- mis palabras sonaron
firmes, pero estoy seguro que pudo leer en mis ojos el deseo que
yacía en mi interior.
Quería ser rodeado por
sus brazos, escuchar cualquier historia impactante sobre los
infiernos y ser seducido por su lengua para hacerme callar. Podía
decirse que estaba a su merced y me había capturado tan rápido como
lo hizo una vez Lestat. Siempre que jugaba con fuego terminaba
quemándome y en ésta ocasión ardería para siempre.
Él estiró su brazo
derecho hacia mí y cerré los ojos de inmediato. Deseé que me
ofreciera alguna caricia como consuelo, pero sus dedos fueron a mi
cuello, justo tras mi nuca, y me levantó de forma dominante y cruel.
Quise quejarme, sin embargo sólo pude abrir brevemente mi boca.
Seguía con los párpados bajados cuando noté su respiración cerca
de mi rostro. Mis pies rozaban el suelo, pero no estaba apoyado en
él. Memnoch era más alto que yo, inclusive Lestat lo era y éste
era algo más bajo. Posiblemente yo no llegaba al metro setenta de
estatura, pues jamás me he medido ni deseo averiguar esas vanidades,
y Memnoch siempre ha rozado el metro noventa.
-¿Quién te crees que
eres?-preguntó provocando en mí un escalofrío que recorrió todo
mi cuerpo.
-No sé ya quien soy ni a
que tengo derecho-respondí en un balbuceo.
Su mano era como una
garra que me sostenía firmemente y prácticamente evitaba que
pudiera respirar. Con su izquierda desabrochó los escasos botones de
mi pantalón y hundió su mano dentro de mi ropa interior, palpando
mi miembro que reaccionó a sus ásperas caricias. Jadeé sintiendo
como el paraíso se abría ante mí, a pesar de estar siendo
estrangulado.
-Memnoch- balbuceé
mordiendo mi labio inferior.
No sé que deseaba en ese
momento. Quería que se fuera, pero a la vez necesitaba que me
hiciera suyo de todas las formas posibles. Necesitaba que me abrazara
y me jurara que sólo yo era capaz de despertar sus más intensas y
perversas pasiones, pues aunque fuera una mentira creería cualquier
cosa en ese momento y mi alma quedaría en paz de nuevo. Por
supuesto, sólo quedaría en paz hasta que volviese a oler en él el
perfume de otro amante.
Me endurecía bajo su
tacto y reaccionaba igual que una puta entrenada, sin embargo decidió
que era suficiente. Me arrojó al suelo al abrir su mano y apartar la
otra. Caí desplomado y tembloroso, pero no tardé en acercarme a él
gateando sobre las hojas de papel. Mis ojos posiblemente tenían
miles de sentimientos encontrados en sus pupilas. Sonreí como lo
haría un estúpido drogadicto frente a su dosis y acaricié sus
piernas por encima del pantalón. Lamí su bragueta con la punta de
mi lengua, pues esperaba que se excitara y no dudara en hacerme suyo.
Él tan sólo me propinó
una patada empujándome al suelo. Varios papeles salieron volando y
quedaron arrugados por mi cuerpo deslizándose sobre ellos. Mi
espalda dio con un mueble cercano y algunas figurillas, todas de
incalculable valor, cayeron haciéndose añicos. Mis ojos café con
tonalidades ambarinas quedaron con expresión atónita. Mis manos
temblaron intentando buscar apoyo para levantarme. Aquello había
sido un golpe a mi orgullo.
-Creí que sería fácil
domesticarte, pero me he percatado que contigo no puedo usar mis
trucos convencionales-dijo dando un par de pasos hacia mí.
El vello de mi nuca se
erizó y mis dedos fueron a mi rostro, intentando palpar las lágrimas
que seguían saliendo. Lloraba sin emitir sonido alguno, como si
hubiese quedado mudo de repente. Las yemas de mis dedos estaban frías
y mucho más suaves que sus manos, sin embargo hubiese dado todo
porque fueran las suyas.
-Levántate ahora
mismo-dijo en un gruñido mientras me levantaba prácticamente en
peso.
Sus manos me habían
agarrado de los brazos y podía sentir como ardían. Él parecía
arder frente a mí, por el calor que transmitía y su expresión
grotesca. Incluso de ese modo lo deseaba y necesitaba que me tomara
como su única puta. No esperaba ser amado, ni siquiera ser
apreciado, pero sí quería ser el único que lograra saciar sus
instintos más bajos.
Mis piernas temblaron,
aunque creo que era el piso del departamento. Rápidamente la
decoración cambió como si fuera un sueño. Las paredes cayeron
ladrillo a ladrillo, el apelo pintado se deslució y quedó sumido en
una profunda oscuridad allá donde los muros no se habían
desplomado, las alfombras se perdieron engullidas por un suelo frío
y húmedo, el murmullo de las ratas se perdía por las numerosas
galerías y el confort daba paso a una celda. Cadenas, varios potros
de tortura, una cama sin ropas de cama y únicamente con el sucio
colchón que parecía haber sido usado en una sangrienta batalla, las
velas le daban un tono más lúgubre y peculiar, sobre todo por su
aroma, y también había un ligero aroma a musgo. Él se apartó
dejando que cayera al suelo, sin embargo no perdió la ocasión y
antes de retirarse me arrancó los pantalones.
-¿Dónde
estamos?-pregunté confuso mientras intentaba incorporarme, pero él
me agarró del cabello y me empujó contra su entrepierna. Allí, con
el rostro pegado a su bragueta, me sentí excitado. Podía estar en
serios problemas, pero él estaba ofreciéndome aquella zona tan
sensible y que tanto deseaba sentir entre mis nalgas.
-¿A caso te
importa?-dijo como única respuesta- Aprenderás a ser completamente
sumiso.
No sabía porque
pretendía domesticarme igual que si fuera un animal. Sin embargo,
sentía que ya lo era. Prácticamente decía algo y lo hacía de
inmediato. Me había vuelto preso del demonio. Quise mirarlo a los
ojos, pero rápidamente me abofeteó provocando que ocultara mi
mirada de la suya. Miré las baldosas negras que alfombraban el piso,
las cuales me recordaban a las que una vez estuvieron en las calles
de París.
-Ven aquí- su voz era
mucho más gruesa que lo acostumbrado y su presencia me intimidaba.
Podía notar como su
energía fluctuaba de una forma oscura y fría. Me sentía una
hormiga frente a una enorme lupa. Él me iba a provocar la muerte si
seguía de ese modo, o al menos así lo sentía. Gateé hacia donde
se encontraba, tan sólo a unos metros de mí. Levantó su pierna
derecha, provocando que su bota quedara a escasos milímetros de mis
labios.
-Lame mis botas, quiero
que estén limpias-aquella orden era humillante, pero no dudé en
cumplirla.
Mi lengua acariciaba la
bota de cuero negra y mientras escuchaba de fondo como un látigo
chocaba contra el suelo. No quise mirar hacia donde provenía el
sonido pues sabía que si lo haría no sólo me azotaría, sino que
me torturaría de mil formas posibles. El sabor a cuero en mi boca
era asqueroso, pero podía soportarlo pues suponía que pronto me
dejaría probar algo mucho más delicioso y que guardaba aún
enfundado en su ropa interior. Bajó la pierna y yo me incliné hacia
el suelo continuando mi labor. Y no sólo lo hice con aquella bota,
sino también con la otra pareja del par. De nuevo otro golpe vino a
caer sobre mí y mi pecho. Me dio una fuerte patada en el pecho y me
tiró hacia atrás.
Ni siquiera me dio la
oportunidad de incorporarme, o tomar aire, pues en escasas décimas
de segundo sentí sus manos sobre mi cabeza y como tiraban de mi pelo
hacia las cadenas de la pared. Allí había sangre, pues podía
olerla. Rápidamente sentí el hierro en mis muñecas y también en
mis tobillos.
Pude notar que llevaba el
látigo en la cintura, posiblemente lo hizo aparecer como todo aquel
lugar. Empezaba a extrañar mi apartamento destrozado por mi locura,
mis partituras y escritos revueltos por el suelo y la tenue luz del
amanecer colándose con el frío invernal. Sólo una cosa hacía que
deseara quedarme en aquel lugar preso de la tortura y era porque él
estaba allí, tocándome de forma brusca pero sólo a mí. Prefería
ser torturado a no ser consolado por sus golpes. No podía ser más
sumiso y estúpido, pero eso no quitaba que me sintiera complacido e
incluso tocado por Dios.
Tal y como pensaba él
hizo sonar el látigo una vez más, pero en ésta ocasión sobre mis
omóplatos. Comenzó a ofrecerme latigazos, uno tras otro. Pronto
toda mi espalda sangraba y tenía profundas heridas. Aquel dolor fue
tan fuerte y salvaje que mis músculos se tensaron. Guardaba
silencio, pues sabía que si gritaba iba a ser todavía peor. Las
cadenas no eran del mundo humano, podía sentir que incluso eran
mucho más pesadas que el hierro habitual. Sin embargo, en uno de
esos profundos latigazos acabé mostrando mis alas.
Pequeñas plumas negras
cayeron de mi espalda justo cuando las alas se abrían extendiéndose
hasta prácticamente rozar el techo, el cual era abovedado, y que
dieron cierta tregua a la tortura del látigo. Sin embargo, él no
paró sus juegos. Se aproximó a mí agarrándome de mis alas para
tirar de ellas.
-¿Y si te las
quito?-preguntó en un murmullo que me heló el alma.
-No...-casi no tenía
aliento para hablar, sobre todo porque sentía que mi alma se rompía
en miles de fragmentos. En esos instantes era un espejo que estallaba
debido a un fuerte impacto.
-¿Y si te dejo morir
como tanto deseas?-musitó.
-No, no quiero morir.
Pero...- balbuceé sin saber como afrontar la cruda y tenebrosa
realidad que se postraba ante mí.
-¿Pero?-su torso se pegó
a mi espalda, pude notar sus manos hundirse en la espesa capa de
plumas de mi alas y como éstas reaccionaban. Era como un ave que
quería salir a volar y le recordaban que terminaría siendo
mutilado- Dime.
-Siento que muero cuando
te huelo con el perfume de otro- hice un inciso para tomar aire-
Siento que muero.
-Tú no eres mi dueño-
aquellas palabras me destrozaron y lograron que llorara aún más
amargamente.
Entonces, en ese momento
se apartó. Pensé que se marcharía dejándome allí, pero regresó,
hundió sus manos en mis alas y las desgarró de mi espalda. Un
terrible alarido surgió de mi garganta, sobre todo cuando tomó una
de las velas, la cual era bastante ancha y parecía un cirio, y lo
derramó sobre las heridas que aún estaban abiertas. Y en medio de
ese atroz momento escuché como bajaba su cremallera y se introducía
dentro de mí. El dolor se unió al placer y comencé a sentirme tan
excitado que tan sólo pensaba en su miembro manchando mis entrañas.
Cada embestida era para mí descubrir el edén. Era salvaje y
apasionado, cubierto de pequeñas venas y de una anchura
considerable. Las cadenas se movían porque mis brazos lo hacían,
así como mis piernas, debido a las embestidas y al propio movimiento
de mi cuerpo temblando de placer.
-Memnoch- jadeé buscando
rozar mi miembro con el muro, pero él lo impedía apartándome de él
lo máximo que se podía por la longitud de mis cadenas.
Pasados unos minutos
acabé llegando al orgasmo olvidando el dolor que sentía, mis alas
estaban destrozadas y mi espalda llena de marcas. Podría curarme,
aunque no sabía como serían mis poderes en aquel nuevo cuerpo. No
era un vampiro, sino un demonio de alas tan tupidas y negras como las
del propio Memnoch. Sin embargo, desconocía como podría curarme y
si él lo permitiría.
Pude notar que él no
llegó a derramarse en mi interior, pero yo sí. Manché la pared y
mi vientre, pero él ni siquiera se había sacado la ropa. Volví a
sentirme miserable, poco deseado y únicamente tratado como si fuera
un muñeco con el cual disfrutar cargado de ira. Cuando salió de mí
me quitó los grilletes y me arrojó a una silla que no había visto
debido a la oscuridad, la cual sólo era sutilmente iluminada por las
escasas velas.
Al sentarme noté que sus
ojos brillaban ambarinos, aquello que había sentido no era ropa sino
su verdadera forma. Él estaba transformado en un ser monstruoso y su
sonrisa era igual de paralizante como la sonrisa de la gorgona.
-¿Por qué?-pregunté
mirándolo a los ojos- ¿Por qué? Yo no necesito que hagas esto para
que te ame. No necesito que me doblegues. ¿No te das cuenta? Deja de
tratarme así- me excitaba sentirme acorralado, pero aquella forma me
transmitía terror.
Se aproximó a mí
apoyado por unas patas de formes de macho cabrío, colocó mi mano
sobre su miembro y las suyas fueron a mi rostro colocando unos
ganchos. Los ganchos eran para abrir la boca y evitar que se cerrara.
Aquello fue el fin de mi diálogo, pues sólo podía mover a duras
penas mi lengua y mi mandíbula había quedado fija.
A penas podía ver del
todo su rostro, pero era negro igual que su piel. Parecía
carbonizado. Sus cabellos dorados tenían un aspecto café casi
negros, sus ojos eran como los de una bestia y su respiración era
demasiado fuerte. Tenía unas manos menos ásperas, pero rugosas, y
sus uñas eran más puntiagudas. Eran sin dudas garras, unas
tremendas garras. Pude verlas bien, e incluso sentirlas, cuando me
colocó las correas que me atarían a la silla. El sonido de sus
patas sobre las baldosas eran demasiado espeluznante, sobre todo
cuando me hundió el rostro en su entrepierna y comenzó a penetrar
mi bocas in importarle nada.
El sabor de su miembro
era el mismo de siempre y pronto terminé relajándome. Mi sexo tomó
forma y empecé a estar tan excitado como la primera vez que pude
sentirle. En aquella biblioteca, en penumbra, en media noche y en la
mansión de Lestat. Aún podía escuchar el golpeteo de sus
testículos contra mi trasero, como sus manos acariciaban mis
costados y su lengua se enroscaba en la mía. Nunca había sentido
tanto placer como aquel día. Era excitante, emocionante y delicioso.
Y aquel momento vino a mi mente dejando que todo lo que ocurriera a
mi alrededor no existiera, ni siquiera que mis alas estaban siendo
destrozadas por el peso de mi espalda contra el respaldo. No me
importaba nada. Disfrutaba de aquel encuentro como si fuera el
último.
Al fin pude sentir sus
manos sobre mi vientre deslizándose hasta mi entrepierna, pero tan
sólo fueron unos segundos, pues sus dedos quedaron pegados a mis
pezones. Me pellizcaba con fuerza y cierta rabia, tal vez por mis
palabras y la actitud que había tomado al sentirme rechazado. El
miedo me doblegaba siempre y la ira me encendía, pero en aquel
momento no había ni rabia ni miedo.
Pude sentir como se
derramaba en mi boca, llenándola con su cálido esperma, y como yo
me sentía terriblemente excitado. Él se movió de mi lado para
regresar con un vibrador, el cual era de gran tamaño y al
introducirlo por mi recto sentí que me dividía en dos. Era
excesivamente grande y mi trasero a penas lo soportaba. Estaba frío,
embarrado en un líquido que aún le daba mayor frialdad, pero la
fricción lo calentó de igual modo que a mi cuerpo.
Notaba como mi cuerpo
cedía a cualquier perverso juego y él me acariciaba de una forma
tan indecente que creía morirme de placer en aquellos momentos. Sus
uñas no me arañaban, sino que me excitaban. Era un roce erótico
que me confundía por su poderosa mirada clavada en mí. Su aliento
era cálido y su piel se sentía agradable por su elevada
temperatura. Era como tener un fuego que no quemaba, o más bien las
ascuas de un gran incendio.
Apartó los hierros de la
boca para escucharme gemir. Mis gemidos eran cada vez más elevados,
chillaba su nombre y rogaba que me hiciera suyo una vez más. Poco a
poco fue liberando mis extremidades y pude salir de la silla para
arrodillarme frente a él, acariciar sus patas de macho cabrío y
hundir mi rostro en su entrepierna. No me importaba en absoluto su
macabro aspecto. Prefería que así fuera a tenerlo como un muchacho
joven ofreciéndome caricias. Tal cual era lo aceptaba, aunque su
otra imagen siempre me hizo quedar seducido y excitado.
El murmullo del vibrador
indicaba que estaba puesto a máxima potencia y que seguía en su
lugar, aunque duró un minuto escaso en mi interior. Al levantarme no
tenía apoyo la base y cayó, pero él no me hizo sentirlo de nuevo.
Me tomó del cuello llevándome hasta la cama, la cual estaba
empapada en sangre quizás por la otra víctima de sus torturas. Era
sangre fresca, pero desconocía de quien sería y no estaba dispuesto
a conocerlo.
Rápidamente me giró
para acariciar mis glúteos, azotarnos con contundencia y entrar en
ellos. Aquello me hizo sentir satisfecho. Podía tenerlo de nuevo en
mi interior, rellenándome y bombeando, mientras sus dientes se
clavaban en mi espalda arrancando trozos de mi piel y carne. No me
importaba si me dañaba aún más, pues mi alma ya lo estaba. Sólo
tenía que soportar que él no era tan mío como yo deseaba creer.
Creo que mis gemidos le
taladraban el cerebro, pues eran muy similares a los de cualquier
prostituta que realmente sentía sus orgasmos. Estaba desatado y no
dejaría de disfrutar aquel momento, por mucho que me doliera en un
futuro. Mi pecho sufriría, mis lágrimas brotarían de nuevo por la
amargura y no por el placer del momento, y yo acabaría más hundido
que nunca. No obstante, en ese momento yo estaba siendo tocado por un
ángel y no por un demonio.
El ritmo era fuerte y
preciso, pues tocaba mi punto de placer con suma facilidad. Mi
miembro de nuevo estaba completamente duro y cuando él acabó
llenándome, igual que si fuera un bollo de crema o pollo de acción
de gracias, caí satisfecho en la cama. Sin embargo, él no estaba
del todo feliz por los resultados.
Al incorporarse noté que
había regresado a su forma habitual, lo cual incluso llegó a
decepcionarme, y me tomó del brazo izquierdo levantándome del
colchón. Me llevó entonces a uno de los potros, me ató y dejó en
una posición claramente sumisa. Dudaba poder soportar una vez más
aquel ímpetu suyo sobre mí, sobre todo cuando escuché nuevamente
el látigo. No tardó demasiado en marcar la piel de mis nalgas, e
incluso herirlas, para gozar por completo como un auténtico sádico.
En medio de la penumbra
vi que algo brillaba, lo cual me dio la impresión que era un objeto
metálico. El objeto no era más que una daga especial que podía
marcar tanto a demonios como ángeles, pues su hoja había sido
realizada en los infiernos por viejos ángeles caídos. Manejó
rápido el arma, sobre todo porque cuando vi que desaparecía
entonces, y no antes, pude sentir como la sangre goteaba de mi nalga
derecha.
Él había dibujado una
M, como símbolo de su nombre. Esa inicial diría que yo era parte
suya o más bien que él era mi amo. No podría desobedecerle ahora
que había hecho algo así. Sin embargo, me sentía frustrado con las
manos atadas. Siempre odié que hicieran algo así, pues mis manos
eran muy delicadas y debían servir par tocar el violín.
Siguió azotándome hasta
que se cansó, o más bien volvió sentir duro su miembro, y me hizo
suyo de una forma menos brusca y más íntima. Yo caí en un
delicioso trance. Tal vez él no era de mi propiedad, pero yo sí lo
era de la suya y esperaba que nunca se cansara de mí. Siempre lo
había sabido, pero aquella marca me reconocía ante todos como suyo.
Incluso podía mostrar la marca frente a Lestat, al cual tendría que
hacerle alguna visita explicándole la desfavorable situación para
él.
Cuando acabó de nuevo no
prosiguió, sino que todo desapareció a nuestro alrededor y me
arrojó a mi cama. Logré ver al fin perfectamente su rostro, sus
cabellos dorados, sus mejillas marcadas y aquella boca que parecía
que siempre iba a seducirte con cualquier palabra que dijera. Sus
manos eran tan ásperas como antes y su cuerpo era envidiable.
-Amo-dije abriendo
suavemente mis piernas para mostrar que aún tenía esperma entre
ellas- Amo, quédate conmigo- susurré jadeando- Te amo y necesito,
amo.
-Tengo cosas más
importantes- dijo apartándose de la cama para recuperar su imagen
inicial, la de aquellas botas y ropa de joven amante del rock, las
cervezas y disconforme con la sociedad- Algo más importante que
amaestrar a una puta violinista. Tengo una cita con Julien Mayfair y
su nueva vida.
Desapareció provocando
que me hundiera en mi soledad. Me sentía dichoso y a la vez lleno de
miedos. Quería que regresara y me dejara besar sus labios. Ni
siquiera me permitió saborear de nuevo su boca como aquellas veces.
Incluso me decepcionaba a mí mismo por haber dicho que lo amaba,
pues yo mismo le había dado un poder superior a cualquiera que él
pudiese haber tenido sobre mí.
2 comentarios:
Es la primera vez que comento alguno de sus escritos. Siempre me ha dado un poco de vergüenza, sin embargo debe saber que me ha encantado (como todos los que he podido leer) y siempre me llevo una grata sorpresa con la impresionante calidad del trabajo que realizan.
Renée (@ClaudiaNoir)
Hoy me tardé porque las advertencias me ponían la piel de gallina...
Me mordí los dedos más de una vez, y cubrí mi boca porque me asusté. Sufrí con Nicolas, (ay sí qué sacrificio), pero en serio, sí. Aunque mi lado masoquista pudo más y continué leyendo hasta el final.
Bueno, Memnoch siempre me deja con la boca abierta... sorprendida, para que no se lea peor de lo que ya.
¿Mencioné que Julien de regreso me provoca euforia? Creo que sí. Aunque no necesito excusas para emocionarme xD
Gracias, de nuevo.
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