Memnoch... ¿por qué es así? Se burla de mí.
Lestat de Lioncourt
Lo contemplé allí, pavoneándose en
la habitación. Parecía tranquilo, como si supiese que nada ni nadie
pudiese dañarlo. Sonreía al levantar algunos de los objetos.
Coqueteó con el espejo, se acomodó el cabello y miró sus hermosos
gemelos. Iba vestido como cualquier hombre joven adicto a los
negocios, pero con ese aire de rebeldía tan atractivo. Tenía un
corte elegante ese traje, pero desenfadado. No llevaba corbata, tenía
un par de botones abiertos aquella camisa de agradable algodón
blanco, y la americana estaba abierta. Se sabía atractivo y lucía
su belleza como un pavo real. Jamás creí que encontrara a un ser
tan extraordinario como él. Reía resuelto, encantado consigo mismo,
y completamente convencido que tenía el poder de Dios y el Diablo.
Cuando se acercó a mí me vio como un
horrendo trofeo. Pensó que podría llevarme consigo, como si fuera
una baratija más, por si tenía algún valor. Era una forma de
recordarse a sí mismo que había cazado a un villano. Un auténtico
villano, como él. No se imaginaba en absoluto que era yo. Sus largos
dedos acariciaron mi piel, tan fría como el mármol y tan oscura
como la noche. Aquellos dedos suaves y cálidos me entristecieron.
Era demasiado cálido, perfecto y deseable. Pero a la vez, por muy
duro que suene, no dejaba de ser un ser más en un mundo que pendía
de un hilo. No tenía demasiadas particularidades, aunque sabía que
él podía llevar mi mensaje a todos los mortales que le amaban.
—Carajo, sí que eres feo—murmuró,
frunciendo sus ceño, juntando ligeramente sus doradas cejas,
mientras evitaba reírse en mi cara.
Deseé arrancarle las ganas de reír en
ese momento, pero esperé a que se acercara un poco más. Cuando me
palpó mejor, hundiendo sus dedos en las grietas de mi piel,
comprendió que era un ser vivo. Un ser más poderoso y monstruoso
que él. Él, que decía que me perseguiría de tenerme frente a
frente, se echó a temblar. El Demonio se presentó ante él.
El aspecto de carnaval, con los cuernos
y las patas de cabra, no era más que el atuendo que todos desean
ver. Sin embargo, no es así. Soy un ser hermoso que aún conserva
sus alas, pero que no puede regresar al cielo hasta que cumpla su
misión. Deseaba que él me escuchara y ayudara. Lo hizo bien. Cuando
vino a mí, aceptando mi compañía escuchando mi historia, supe que
lo lograría.
Él lo hizo. Él llevó a todos el Velo
de la Verónica, sus memorias y ese deseo irrefrenable de ser santo.
Él y no yo. Fue la herramienta del Demonio y del propio Dios.
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