Nicolas arremete contra mí... Ya estaba tardando.
Lestat de Lioncourt
Esos besos que me diste, ¿algunos
fueron sinceros? ¿La inocencia de tu rostro era sólo una fachada?
Recuerdo esos ojos intensos que tanto me contemplaban y atraían,
como si fueran dos océanos de pesadilla, envolviéndome en su gris
manto y cubriéndome como si fuera nieve cálida. Me arrebatabas el
aliento y la conciencia, me atormentaba tu luz y picaresca, pero
sobre todo quería retenerte. Te atrapaba buscando cierta esperanza a
mi alma. Me vaciabas y llenabas con cada palabra, arrebatándome la
verdad y arrojándola a las llamas donde sólo quedan cenizas,
recuerdos y unas breves notas de violín.
¿Alguna vez me amaste? ¿Me amaste
tanto como yo te pude amar? ¿Nos convertimos en dos marionetas del
destino o fuimos nosotros quienes cavamos nuestra propia tumba?
Quizás éramos un par de romeos enamorados cantando versos de poemas
jamás escritos. No lo sé. Tal vez nos convertimos en un par de
Quijotes esperando una gran aventura, la cual nos destrozó
dejándonos prácticamente sin sueños. En el páramos donde yacía
mi alma, completamente sola, aguardaba también la vela de la
esperanza. Siempre encendí esa vela por ti. Jamás apagué la llama.
Esperaba que tú me comprendieras del mismo modo que yo lo hacía,
que me amaras incluso en los peores momentos, pero sólo te alejaste
como si fuese el cadáver de una de tus víctimas. Para ti no supuso
nada mi amor, al menos así lo sentí, y ni mucho menos aceptaste mi
disparatada idea de convivir entre mortales, engañarles y
arrancarles lo poco que les quedaba. Lo poco que nosotros teníamos,
Lestat. Aquello que nos quitaron a todos dejándonos desheredados por
completo. Convirtiéndonos en seres oscuros sin futuro, aunque el
tiempo fuese nuestro.
Recuerdo aquel primer beso. Fue un
arrebato tuyo, como siempre, mientras yo intentaba explicarte lo
costoso que fue curtir la piel de la capa que mi padre te había
hecho. Mis manos se movían rápidas por el forro, acariciando
sutilmente cada pelo, sintiéndome arrinconado por tu aspecto
desafiante, fresco y algo tosco. Cuando pude tomar conciencia de lo
que hacíamos ya te sostenía, aferrado a ti apoyando mis brazos en
tus hombros, notando como me agarrabas de la cintura y me pegabas a
uno de los gruesos muros de tu castillo. Aquella cuadra fue para
nosotros el inicio de todo. Tu lengua me arrancaba la agonía que
sentía en mi pecho, mis ojos se cerraban con fuerza igual que los de
una jovencita que ama por primera vez, y mis piernas temblaron. No
eras el primer hombre que me arrancaba el aliento, pero sí fuiste el
primero que hizo que ardiera por cada caricia.
Dime, ¿te saciaste? ¿Bebiste todo el
cáliz de mi vida? ¿Me arrebataste todos los sueños? ¿Quebraste
cada trozo de mi alma? ¿Lo hiciste? Estoy seguro que no sabes
contestar a estas miserables preguntas, pero sí te puedo decir que
me decepcionaste. Esperaba que me pudieses contar todo, que confiaras
en mí plenamente, y, sin embargo corriste a refugiarte bajo las
faldas de tu madre.
Olvidaste mis gemidos y mis ojos
encandilados cuando me desnudabas. Hacías todo tan brusco, pero
siempre me tratabas con cuidado. Era como si el perfecto caballero
entrara en tu cuerpo, deseara ser dulce y atento, antes de arrancarme
la poca decencia que aún guardaba. Tus dedos largos, aunque más
toscos que los míos, rozaban mi vientre y apartaban el cabello de mi
rostro. Los míos eran una serenata que palpaban ciegos cada uno de
tus músculos. Me tratabas como a un idiota, cuando el único idiota
eras tú. Podía estar enamorado, pero sabía que significaba cada
uno de tus movimientos. Sé que me amaste, y esa es tu condena,
aunque ni siquiera llegó a los límites de la demencia como sucedió
conmigo.
Dijiste que viviríamos juntos para
siempre, que no me dejarías caer, que el mundo lo sostendríamos
juntos y que confiara en ti. ¡Qué estúpido fui al creer que las
promesas se mantienen!
No hay comentarios:
Publicar un comentario