Un nuevo fragmento de Khayman. Hacía algunas semanas que no teníamos nada suyo, ¿verdad?
Lestat de Lioncourt
La vida es contradictoria, pero
terriblemente adictiva. Durante cientos de años caminé solo, sin
sentir la compañía de otros y aceptando mi sombra como única guía.
Mis pasos se volvieron pesados por momentos, pero siempre tenía la
esperanza de la dulce venganza. Era el legado de una tragedia, un
dolor inmenso que se propagaba como las luces de las estrellas, de un
rincón a otro del mundo. Mi alma se agitaba, mis recuerdos quedaban
seducidos y solía murmurar su nombre: Maharet.
Ella era la más fuerte, mi compañera
y la madre de mi hija. En su seno el fruto floreció y caminó por
las arenas de Kemet. Pasos que no vimos, camino que no supe si se
torció, pero ella parecía dispuesta a conquistar el silencio y el
tiempo. Volví a encontrarla tiempo después, en una angustiosa noche
donde el cielo se iluminaba con la muerte de miles de jóvenes.
Extraños se aferraban unos a otros, corrían tomados de las manos y
buscaban refugio. Pero la reina, mi creadora y mi ambiciosa conocida,
se dejaba cegar por sus creencias y orgullo. El mundo se estremecía
y ella permanecía fuerte. Tan fuerte como siglos atrás. Supe que
era hora de volver a caminar a su lado.
Nuestras voces se unieron, del mismo
modo que nuestro destino. Supimos desde ese momento que no podríamos
estar separados. La unión estaba fraguada. Los silencios habían
sido intensos, pero la lengua parecía incómoda. Nos contemplábamos
como la primera vez. Ella me fascinó, pero la herí con un acto
salvaje. Sin embargo, entre mis brazos comprendió que la amaba.
Jamás pude dejar de amarla. Nunca la olvidé. Sus ojos verdes, que
fueron sacados de sus cuencas, me perseguían cada noche como si
fuese el único recuerdo digno de aquella época.
Dejamos de ser extraños en la noche,
para convertirnos en amantes. Empezamos a ser el germen sagrado.
Fuimos convertidos en los fundadores de un nuevo culto, cientos de
palabras refugiadas en pergaminos y viejos informes. Silencio que se
quebraba con la visita de jóvenes que se aventuraban a pedir
sabiduría y bendiciones.
Dije que si debía decir «Adiós»
debía ser gracias a ella. Pues en sus brazos encontraría el camino
al paraíso prometido en todas las religiones. Un paraíso donde
iríamos ambos una vez abandonáramos este perverso mundo.
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