Armand y Antoine deberían unirse y aceptar que se quieren. Me resultaría un alivio que encontraran cierta afinidad.
Lestat de Lioncourt
Pude notar como su cuerpo quedaba
detrás del mío. Sus manos se colocaron sobre mis hombros y percibí
su aliento antes de sentir sus labios rozando mi cuello. Estábamos a
solas. Tan sólo la música del piano seguía sonando. Él estaba
allí, junto a mí, permitiendo que el momento se parara y la noche
no prosiguiera como de costumbre. Mis ojos estaban fijos en varios
pesados volúmenes que se hallaban mal colocados. Lestat había
estado en la biblioteca y había revuelto todo. Aún podía oler su
perfume, pero ya no estaba allí. Se había marchado de nuevo en
busca de alguna pequeña aventura nocturna.
—Debemos hablar—su timbre de voz
provocó que todo mi cuerpo se agitara. Me ruboricé y me sentí
torpe.
—¿Sobre qué? ¿Quieres hablar sobre
los celos insufribles de Louis sobre ti o la nueva composición que
hizo Sybelle en tu compañía?—murmuré intentando apartarme, pero
él me rodeó con sus largos brazos.
Sus dedos son largos, finos y muy
atractivos. Posee unas uñas más largas que las mías, algo picudas,
posiblemente ya las tenía largas cuando Lestat lo convirtió. Sus
largos dedos son hábiles y me sentí un instrumento musical tocado
con maestría. Desabrochó mis botones y me arrancó la camisa,
arrojándola a mis pies para seguir besándome.
—No estamos hablando...—dije
girándome de improvisto—. ¿A qué juegas?
—A quererte—respondió con una
cándida sonrisa. Sus labios son carnosos y cuando sonríe parece un
felino. Esos ojos azules, tan profundos, parecían ahogarme en la
pasión que él desataba con cada nota de su violín. Podía escuchar
la música de Sybelle, cada vez más ascendente, y mi corazón
palpitaba de forma insólita—. Yo te amo y te admiro.
—Y yo preciso de tiempo para asumir
todos los sentimientos que albergo hacia ti—comenté apartándolo.
—Estás huyendo, pero no sé si de mí
o de tus sentimientos.
—De todo quizás—dije saliendo de
la habitación.
Huía de mis sentimientos y de la
imposibilidad de descifrarlos. No comprendía que ocurría con ellos.
Siempre creí que mi único gran amor era Marius y que jamás me
repondría. Hizo tantas promesas, me regaló el oído durante meses,
pero fue incapaz de mover un dedo para buscarme. Se comportó como un
cobarde, aunque siempre se disfrazó de hombre de honor y de valeroso
guerrero. Pero no era otra cosa que un insufrible cobarde que jamás
cumpliría sus escasas promesas. Nunca logré reponerme de mi error
al amarlo y haberlo defendido durante tantos años. En mis sueños
aún aparecía como el Mesías salvador, pero no era más que un
recuerdo hiriente que seguía tatuado a fuego en mi alma y en mis
recuerdos.
Antoine era distinto. Avivaba en mí
los recuerdos de un pasado trágico. Nunca comprendí a Nicolas.
Jamás tuve la oportunidad de soportar el tormento de sus palabras
llenas de burla y odio. Los reproches que surgían de aquella boca
perfecta, de sus manos delicadas y sus ojos irritantes eran
continuos. Las obras de teatro eran una muestra de su locura, pero
también de su genialidad. Él tenía algo de Nicolas. Era un genio.
Las obras de Antoine poseían una gracia especial. Ni siquiera los
mejores músicos de Notker habían logrado apaciguar mi destrozada
alma como las obras de ese muchacho, pues sólo era un niño todavía
en éste mundo incierto. ¿Y yo qué soy? Soy un niño. Somos niños
y seguiremos siendo niños siempre. Antoine no sólo era distinto
sino que sigue siéndolo.
La melancolía de Louis no es
comparable a la de ningún otro, pero también posee ese matiz. Una
vida dura, infectada de traumas y calumnias, me recuerda a la
nuestra. Todos sufrimos cuando somos jóvenes y creemos que jamás
vamos a superarlo, pero finalmente logramos surgir como si fuésemos
fantasmas en Hamlet.
Me siguió. Lo noté de inmediato.
Podía escuchar el murmullo suave de su corazón y sus pensamientos
atolondrados. Quería reprocharme tantas cosas, pero no era capaz de
decir nada. Tan sólo me miró como se mira a un sueño imposible. Se
acercó a mí girándome suavemente, besó con ternura mis labios y
me abrazó. El resto de la noche la pasó conmigo recostado en mi
cama, con ratos de silencio y momentos de conversación sobre el
arte, la vida y el amor.
Creo que le amo. He descubierto el amor
a su lado. Sin embargo, tengo miedo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario