Marius necesita que le callen de vez en cuando.
Lestat de Lioncourt
La película había comenzado. La
música de las trompetas retumbaba por toda la habitación. La luz de
la televisión de plasma iluminaba parcialmente a ambas figuras. El
sofá parecía cómodo, aunque no lo era tanto ver ciertas películas
con un antiguo romano apuntillando todos los errores. La ropa, la
música, los letreros en latín o los rasgos de los famosos actores
de hollywood que se paseaban ante el decorado. La película era
antigua, pero interesante. Spartacus había levantado furor en los
días dorados del cine y provocado que miles de personas aclamaran a
sus actores principales. Douglas lucía espectacular en aquel
ambiente, pero Marius no dejaba de refunfuñar.
—No nos saludábamos así—dijo
cruzando sus brazos a la altura de su pecho—. Arruinan el guión.
Aunque, ¿qué van a arruinar? Es una basura—parloteaba.
—Los guionistas posiblemente estén
muertos, Marius—suspiró Daniel intentando distraerse con la
película.
—¿A ti te gusta esto?—contestó
señalando la pantalla.
—Cuando era un niño mi padre solía
verla conmigo. Es un clásico del cine—explicó sin prestarle
atención.
—¡Así no era la música! ¡Maldita
sea!—dijo airado golpeando uno de los brazos del sofá.
En ese momento el antiguo periodista,
el creado de su delicado Amadeo, se incorporó mirándolo con el ceño
fruncido y sus ojos violetas clavados en su rostro enfurruñado. De
inmediato intentó increpar nuevamente a una de las actrices, pero no
pudo. La boca de Daniel acaparó la suya y sus manos, suaves y
delgadas, lo tomaron de ambos lados de la cabeza. Al apartarse se
recostó sobre sus piernas y le dio un ligero golpe en la rodilla
derecha.
—Cállate... o tendré que
callarte—susurró.
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