Esta es la segunda parte de la historia de David Talbot y Daniel Molloy. ¡Acaso el diablo decía la verdad! ¿Lo hacía? ¡Tal vez!
Lestat de Lioncourt
La primera noche fue imposible. Las calles se volvieron
silenciosas entorno a las dos de la mañana. No se escuchaba siquiera el
murmullo de algún taxi que cumpliera su servicio nocturno. La habitación se
encontraba en penumbra y la única luz era la que entraba por la ventana y la
luz encendida del escritorio. El flexo caía sobre el libro más codiciado y
David parecía obnubilado por su belleza y la magia oscura atrapada entre sus
páginas.
—¿Has sacado algo en claro?—pregunté moviéndome como un león
encarcelado en una pequeña jaula—. David, por favor.
—Leo con mesura porque quiero captar cada detalle—explicó
sin siquiera levantar la vista de las prodigiosas líneas torcidas del
ejemplar—. Es un documento único y costará horas comprenderlo.
—Llevamos aquí más de dos—dije inquieto.
—Se nota que aún eres joven incluso para ser vampiro—comentó
en un murmullo que logré distinguir perfectamente—. Daniel, lo importante no es
cuánto tarde sino la información que logre arrancar de sus páginas—dijo.
Decidí no importunar más. Él era quien sabía el lenguaje
usado en aquellos días, así como las metáforas más usuales y lo alterado que podría
estar un hombre en el estado de aquel “Hombre de Dios” que había cometido esos
brutales episodios. El libro estaba envuelto en la tersa y suave piel de dos
recién nacidos. Dos niños varones que habían sido despellejados cuando aún sus
corazones latían. Era monstruoso. Podía incluso escuchar el llanto de los niños
surgiendo de aquella piel curtida y cosida a los numerosos folios amarillentos,
de letras sinuosas y elegantes, que se desplegaban con aquella tinta oscura que
parecía provenir del mismo infierno.
Me senté en el borde de la cama y apoyé mis manos sobre el
colchón. Parecía cómodo y la colcha era de un tacto agradable. Opté por
descalzarme y arrojarme allí como si me hubiesen disparado arrancándome el
último aliento vital.
Las horas pasaron como él pasaba lentamente las páginas y
tomaba nota. Podía ver desde lo lejos su letra perfecta y elegante surgiendo
como si fuera una oración a sus propios demonios, o quizás a algún guía espiritual
desconocido, mientras buscaba la paciencia necesaria. Yo era un periodista
metódico, pero estos casos me saturaban. Todavía no conocía el lenguaje de la
demonología y él quería enseñarme, pero su paciencia parecía estar agotada tras
años luchando con Lestat y sus incongruencias.
La mañana llegó provocando un revulsivo en las calles. Antes
de las seis de la mañana ya había cierto trasiego de vehículos en la vía
cercana al hotel. Él apagó la lámpara, bajó las persianas y cerró las cortinas
para recostarse a mi lado. Habíamos dejado una nota en la puerta para que no
molestaran y en recepción rogamos que no importunaran en todo el día. Sospechaba
que habían pensado que éramos amantes, pero sólo éramos investigadores con colmillos.
—¿Has encontrado algo?—dije casi perdiendo el hilo de mis
pensamientos.
—Podría tratarse del mismo espíritu—susurró pegándose a mi
espalda—. ¿Tanto te interesa ese descubrimiento?
—Soy periodista y la curiosidad siempre está ahí dejándome
en alerta—confesé girándome hacia él para mirarle a los ojos—. ¿Puedo
preguntarte algo?
—¿Qué es?—preguntó mirándome con una intensidad que me caló
hasta los huesos.
—¿Aún te asombra mirarte al espejo?—puse mis manos sobre sus
mejillas y los deslicé suavemente por aquellos jóvenes rasgos. Tenía una edad
similar a la mía, pero él había visto durante siglos arrugas y manchas por la
vejez. Incluso había visto otro rostro y cuerpo. Él no era aquel muchacho que
se movía por la ciudad con la elegancia de Bogart en Casa Blanca.
—No, ya no—respondió—. ¿Y tú? ¿Aún te asombra lo que
eres?—susurró acomodando su cabeza sobre la almohada.
—No, ya no—dije sus mismas palabras como respuesta, aunque
realmente a veces me asombraba. Mis poderes iban aumentando y comprendía que en
unos siglos podría alcanzar a Armand debido a la cuantiosa sangre que había
logrado beber de Marius en los últimos tiempos.
La noche siguiente fue para los demás libros. No los leyó con
tanto ahínco. Cuando acabó el último decidió empaquetarlos para regresarlos a
los dos hombres que nos esperaban ansiosos en otro punto de la ciudad. Al parecer
corrían cierto riesgo si siempre se veían en un mismo sitio. Era por la
seguridad de la mercancía, aunque para muchos sólo fuesen libros, y por la suya
propia.
Cuando nos marchamos al hotel él comenzó a leerme frases del
libro que habíamos tenido tan sólo unas horas. Me explicó cada línea y se
explayó sobre su teoría. Me sentí abrumado. Memnoch no sólo se había presentado
ante Lestat con esas locas ideas sobre el Cielo y el Infierno. Ahora las
sospechas de Lestat podían estar erradas ahora. ¿Era o no un demonio? ¿Un
espíritu malvado que quería usurpar el puesto de un ser imaginario? ¿Tal vez
eran los espíritus los dioses de otros tiempos? La investigación continuaría y
yo estaría ahí cuando se retomara. No me importaría arriesgar mi vida inmortal
para saber qué sucedía alrededor del mundo, en la oscuridad y durante los
largos días, porque era un misterio que a todos nos involucraba.
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